¿Es Jehová el nombre de Dios?
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
No. «Jehová» no es un nombre hebreo y no lo pronunció nunca un judío de la Antigüedad. Es una lectura híbrida, nacida en Occidente en la Edad Media, que junta las cuatro consonantes del nombre divino —YHWH, el tetragrama— con las vocales de una palabra distinta: Adonai, «Señor». Los hebraístas la han llamado «gramaticalmente imposible» y «un monstruo morfológico». La vocalización que el consenso de los especialistas reconstruye es Yahweh, no Jehová.
Y la Iglesia, que lleva veinte siglos leyendo la Escritura en voz alta, no dice ni «Jehová» ni «Yahvé» cuando lee el nombre divino: dice Señor. No por descuido ni por haber escondido nada, sino por una tradición que empieza en los propios judíos antes de Cristo, pasa por la Septuaginta y por la Vulgata y se puso por escrito, una vez más, en una carta de la Santa Sede de 2008. Vamos por orden, porque cada pieza importa.

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¿De dónde sale la palabra «Jehová»?
El hebreo antiguo se escribía sin vocales. El nombre que Dios revela a Moisés se escribe con cuatro consonantes —yod, he, vav, he: YHWH—, y de ahí el nombre técnico que le dan los estudiosos, tetragrama, «cuatro letras».
Con el tiempo, los judíos dejaron de pronunciarlo. Donde el texto ponía YHWH, el lector decía en voz alta Adonai, «Señor». Siglos después, cuando los masoretas fijaron por escrito la vocalización de la Biblia hebrea, pusieron bajo esas cuatro consonantes los puntos vocálicos que correspondían a la palabra que había que decir, Adonai, a modo de aviso permanente para el lector. Es lo que los hebraístas llaman qeré perpetuum: una lectura obligada y constante.
Lo que ocurrió después se entiende sin saber una palabra de hebreo. Alguien que no conocía la convención leyó las consonantes de un nombre con las vocales del otro, y de esa mezcla salió Yehowah, que en castellano se dice «Jehová». No es una traducción: es un empalme. El resultado no significa nada en hebreo, porque nunca fue una palabra hebrea.
La forma aparece por primera vez en textos latinos de autores cristianos medievales que discutían con rabinos: el dominico Raymundo Martí la emplea en su Pugio fidei, redactado hacia 1270, y vuelve a salir en Porcheto de Salvatici en 1303. En el primer cuarto del siglo XVI, Pietro Colonna Galatino la pone en circulación con la grafía Iehoua —el gran léxico hebreo de Brown, Driver y Briggs le atribuye la introducción de esa pronunciación en 1520—, y a partir de ahí pasa a las biblias protestantes y de ellas al habla corriente.
Que no es una pronunciación auténtica no lo dicen los apologistas católicos: lo dicen los hebraístas. Emil G. Hirsch la calificó de «gramaticalmente imposible». Marvin Pope, de «un monstruo morfológico». Y cuando se les pregunta qué se pronunciaba en realidad, la respuesta mayoritaria es Yahweh, no Jehová.
¿Por qué los judíos no pronunciaban el nombre de Dios?
Por reverencia. La carta de la Santa Sede de 2008 lo resume con exactitud: «como expresión de la infinita grandeza y majestad de Dios», el tetragrama «se consideraba impronunciable», y en la lectura se sustituía por Adonai.

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Y hay una razón más honda, que está en el pasaje mismo de la revelación. Cuando Moisés pregunta por el nombre, en el capítulo tercero del Éxodo, lo que recibe no es una etiqueta entre otras, sino una afirmación del ser: Ego sum qui sum, «Yo soy el que soy». Dios no se presenta como un dios con nombre propio al que distinguir de los dioses vecinos; se presenta como el que es, aquel cuyo ser no depende de nada. El nombre, en la Escritura, no es un sonido que haya que acertar: es la manifestación de quién es Aquel que lo lleva.
De manera que quien hace del problema una cuestión de fonética ya ha errado la cuestión. Discutir si hay que decir «Yahvé» o «Jehová» como si de ello dependiera la salvación es tratar al Dios vivo como un amo al que hay que llamar por el apodo exacto. No es así como la Escritura habla del Nombre, y no es así como la Iglesia lo ha entendido nunca.
¿Qué hicieron la Septuaginta y la Vulgata con el tetragrama?
Aquí está el dato que desarma la acusación de que «la Iglesia quitó el nombre de Dios».
La Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento hecha por judíos en Alejandría dos y tres siglos antes de Cristo, traduce el tetragrama por Kyrios, «Señor». Lo hicieron judíos, para judíos, antes de que existiera un solo cristiano. Y es esa versión la que citan los apóstoles en el Nuevo Testamento.
La tradición latina siguió el mismo camino. La Vetus Latina, la Vulgata de san Jerónimo y la Neovulgata que la Iglesia emplea hoy en la liturgia ponen en su lugar Dominus, «Señor».
Conviene detenerse en lo que esto significa. Cuando una Biblia católica en español pone «Señor» donde el hebreo tiene YHWH, no está ocultando nada: está haciendo exactamente lo que hicieron los judíos antes de Cristo, lo que hicieron los apóstoles al citar la Escritura y lo que ha hecho la Iglesia desde el primer siglo. Los que innovaron, y lo hicieron en el siglo XVI, fueron otros.
¿Qué ha mandado la Iglesia sobre el nombre de Dios?
El 29 de junio de 2008, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos dirigió a las Conferencias Episcopales una carta sobre «el Nombre de Dios» (Prot. n. 213/08/L), firmada por el cardenal Francis Arinze, prefecto, y por monseñor Albert Malcolm Ranjith, arzobispo secretario. No era una ocurrencia de oficina: se hizo por indicación del Santo Padre y de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe, y recoge lo que ya había dispuesto la instrucción Liturgiam authenticam en su número 41.
Manda tres cosas:
- En las celebraciones litúrgicas, en los cantos y en las oraciones, el nombre de Dios «en la forma del tetragrama YHWH no deberá ser usado ni pronunciado».
- En las traducciones bíblicas destinadas al uso litúrgico, «el divino tetragrama debe ser traducido por el equivalente de Adonai/Kyrios»: Señor, Lord, Signore, Seigneur, Herr.
- Cuando en el texto van seguidos el término hebreo Adonai y el tetragrama, «Adonai debe traducirse como “Señor”, y la palabra “Dios” se usará para el tetragrama YHWH», como ya hacían la Septuaginta y la Vulgata.
Dos precisiones, para no decir más de lo que dice el documento. La primera: la carta regula el culto público y las traducciones litúrgicas; no establece una pena ni declara un dogma sobre la fonética del hebreo. La segunda: lo que mueve a la Santa Sede no es la arqueología, sino la fidelidad. Dice en voz alta lo que la Iglesia ha dicho siempre, y lo dice porque en los años anteriores habían empezado a colarse en lecturas, oraciones y cantos formas como «Yahweh» o «Yehovah» que no pertenecen a la tradición cristiana.
¿Aparece «Jehová» en el Nuevo Testamento?
Ni una sola vez. De los más de cinco mil setecientos manuscritos griegos conocidos del Nuevo Testamento, ninguno contiene el tetragrama.
Y esto no hace falta que lo diga un católico. Lo reconoce la propia Watchtower en su publicación sobre el asunto: «ningún manuscrito griego antiguo que poseemos hoy» contiene el nombre en pleno. Su argumento, por tanto, no se apoya en manuscritos, porque no los hay; se apoya en una conjetura: que el nombre estaba allí y que los copistas cristianos lo borraron. La hipótesis la formuló el profesor George Howard en 1977 y la mayoría de los especialistas la rechaza —Albert Pietersma entre ellos—, porque el consenso es que la Septuaginta empleó Kyrios desde el principio y que las formas en caracteres hebreos que aparecen en unos pocos fragmentos son revisiones hebraizantes posteriores, no el estado original del texto.
Y, sin embargo, la Traducción del Nuevo Mundo mete «Jehová» en el Nuevo Testamento doscientas treinta y siete veces. La base que ellos mismos declaran en su Kingdom Interlinear son «versiones hebreas»: en su mayor parte, traducciones y diccionarios modernos. La única premoderna es un Mateo en hebreo atribuido a Shem Tob, de los siglos XIII o XIV, es decir, más de mil doscientos años después de san Mateo.
Resumamos lo que eso es. Doscientas treinta y siete veces se introduce en el texto sagrado una palabra que no está en ningún manuscrito, para sostener una doctrina que necesita que esté. Eso no es traducir: es corregir la Palabra de Dios para que encaje. Y el que hace eso ha dejado de tener una autoridad por encima de sí mismo, que es, al cabo, el mismo movimiento con que empezó la Reforma y el que explica por qué la Biblia se ha podido manipular cada vez que alguien se ha quedado a solas con ella.
¿Cuál es, entonces, el Nombre que salva?
La Escritura responde sin ambigüedad, y la respuesta no es un sonido hebreo recuperado por filólogos del siglo XX.
San Pablo escribe que Dios exaltó a Cristo y «le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre», para que ante Él se doble toda rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor. Ese es el Nombre: el título que la Septuaginta reservaba al Dios de Israel, puesto sobre Jesús. La carta de 2008 lo dice con una precisión que vale la pena retener: atribuir ese título a Cristo resucitado «corresponde exactamente a la proclamación de su divinidad».
Y san Pedro, ante el Sanedrín, remata: no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos. No el de un dios lejano al que haya que llamar con la vocalización correcta, sino el de Aquel que se dejó clavar en una cruz.
Hay además un detalle que suele pasar desapercibido y que lo decide todo. Cuando los discípulos le piden a Cristo que les enseñe a orar, Él no les enseña a pronunciar el tetragrama. Les enseña a decir Padre. Y en la oración de la última noche declara haber manifestado el Nombre a los hombres que el Padre le dio. El nombre que Cristo revela no es una secuencia de consonantes hebreas: es el Padre, y con él el Hijo y el Espíritu Santo, en cuyo nombre manda bautizar a todas las gentes. Quien se queda discutiendo las vocales de YHWH se ha detenido en el Éxodo, y ha pasado de largo por delante de la revelación entera.
Qué contestar cuando llamen a la puerta
Con caridad en el modo y firmeza en el fondo. Quien toca el timbre suele ser alguien de buena fe al que han enseñado mal; el error que trae, en cambio, no merece ninguna concesión. Cuatro cosas bastan:
- «Jehová» no es hebreo. Son las consonantes de un nombre con las vocales de otra palabra. Lo dicen los hebraístas, no los católicos.
- El primero que puso «Señor» en lugar del tetragrama fue un judío, traduciendo la Septuaginta dos siglos antes de Cristo. La Iglesia no quitó nada: continuó.
- En el Nuevo Testamento no aparece. Más de cinco mil setecientos manuscritos griegos y ni uno con el tetragrama; lo reconoce su propia publicación. Las doscientas treinta y siete veces que lo leen en su Biblia están puestas a mano.
- El Nombre sobre todo nombre lo da san Pablo, y es el de Jesucristo, Señor. Ahí está la cuestión de fondo, y no en la fonética: si Cristo es Dios o no lo es.
Esa última es la pregunta que de verdad importa, y la que conviene llevar al centro de la conversación en cuanto se pueda, porque es la que su doctrina no puede sostener con la Escritura en la mano.
Preguntas frecuentes
¿Entonces está mal decir «Jehová»?
No es un pecado ni un error de fe decirlo al hablar, y en castellano hay himnos antiguos que lo usan. Lo que no es cierto es que sea el nombre que Dios reveló a Moisés: es una forma híbrida y tardía. En la liturgia, la Iglesia manda decir «Señor».
¿Puedo decir «Yahvé» al rezar o al estudiar?
La carta de 2008 regula el culto público y las traducciones litúrgicas, donde el tetragrama no debe usarse ni pronunciarse. Fuera de ahí, en un estudio o en una explicación, nombrar la forma «Yahvé» para hablar de ella no está prohibido, aunque lo propio del cristiano es decir «Señor».
¿Dónde aparece por primera vez la forma «Jehová»?
En textos latinos medievales: el dominico Raymundo Martí la emplea en su «Pugio fidei», hacia 1270, y Porcheto de Salvatici en 1303. Se difunde en el siglo XVI por Pietro Colonna Galatino, y de ahí pasa a las biblias protestantes.
¿Es verdad que la Iglesia quitó el nombre de Dios de la Biblia?
No. El primero que puso «Señor» en lugar del tetragrama fue el traductor judío de la Septuaginta, dos siglos antes de Cristo, y es esa versión la que citan los apóstoles. La Vulgata y la Neovulgata hicieron lo mismo con «Dominus». La Iglesia continuó una práctica judía, no la inventó.
¿Cuántas veces mete «Jehová» en el Nuevo Testamento la Traducción del Nuevo Mundo?
Doscientas treinta y siete. Ninguna de ellas está en un manuscrito griego: de los más de cinco mil setecientos conocidos, ninguno contiene el tetragrama, y su propia publicación lo reconoce.
¿Qué libro me ayuda a responder bien a estas objeciones?
La «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute, porque el problema de fondo no es este dato ni aquel, sino saber cómo se lee la Biblia y con qué autoridad. Sin eso, se contesta una objeción y aparecen diez.
El método, no solo la respuesta
Este artículo contesta una pregunta. Pero el que llama a la puerta no trae una: trae veinte, y todas con un versículo delante. Contra eso no sirve una lista de respuestas aprendidas, sino saber leer la Escritura como la lee la Iglesia, que es la que la recibió, la custodió y la declaró inspirada.
Eso es lo que enseña la «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute: el canon, la inspiración, los géneros, la relación entre Escritura y Tradición y los límites de la crítica moderna. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 € y en audiolibro por 14,99 €.
Fuentes
- Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Carta a las Conferencias Episcopales sobre «el Nombre de Dios», Roma, 29 de junio de 2008, Prot. n. 213/08/L. Texto en español (PDF) y texto en inglés.
- Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, instrucción Liturgiam authenticam (2001), n. 41. Texto en vatican.va.
- Para la posición de los Testigos de Jehová, su propia publicación: «El nombre de Dios y el “Nuevo Testamento”», donde reconocen que «ningún manuscrito griego antiguo que poseemos hoy» contiene el nombre en pleno.
- Para la historia de la forma «Jehová» y los juicios de los hebraístas (Emil G. Hirsch, Marvin Pope; el léxico de Brown, Driver y Briggs; Raymundo Martí, Pugio fidei, h. 1270; Porcheto de Salvatici, 1303; Pietro Colonna Galatino): síntesis con la bibliografía reunida.
- Gabriel Calvo Zarraute, Introducción a la Sagrada Escritura, Páginas Contrarrevolucionarias.