¿Es el Espíritu Santo una persona o una fuerza activa?
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
Una persona. El Espíritu Santo es Dios, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, no una energía ni un fluido que Dios emana. La Escritura le atribuye lo que solo hace una persona: habla, enseña, decide, reparte, elige, se le puede mentir y se le puede contristar. Una fuerza impersonal —la electricidad, el viento, la gravedad— no hace nada de eso. Por eso la Iglesia lo llama «Señor» y lo adora junto al Padre y al Hijo.
Los testigos de Jehová lo niegan. En sus publicaciones escriben «espíritu santo» en minúscula y lo definen como «la fuerza activa de Dios»; con sus palabras: «No es una persona, sino una fuerza poderosa que Dios hace emanar de sí mismo para llevar a cabo su santa voluntad». La cuestión, entonces, está bien planteada, y se resuelve con la Biblia en la mano. No juzgamos la sinceridad de quien lo sostiene de buena fe; examinamos si eso es lo que dice la Escritura. Vamos a los textos.

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¿Qué dicen los testigos de Jehová del Espíritu Santo?
Lo resumen en una fórmula: el Espíritu Santo es «la fuerza activa de Dios». Lo comparan con la electricidad o con una señal que se transmite, y argumentan que, cuando la Biblia dice que el Espíritu «enseña» o «da testimonio», se trata de una personificación, como cuando se dice que la sabiduría «clama» o que el pecado «acecha a la puerta».
El argumento tiene un punto débil que decide el asunto. La Escritura personifica cosas, es cierto; pero no le atribuye a la sabiduría que se le mienta, ni que reparta dones «como quiere», ni que se le pueda ofender hasta el punto de no tener perdón. Esas no son maneras de hablar: son actos de una voluntad y de una inteligencia. Veámoslos uno por uno.
¿Se puede mentir a una fuerza? Hechos 5,3-4
Cuando Ananías esconde parte del dinero y finge entregarlo todo, san Pedro le dice: «¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo?». Y en la frase siguiente, sin solución de continuidad, remata: «No has mentido a los hombres, sino a Dios» —en griego, ouk epseuso anthropois alla to theo.
Repárese en lo que ha hecho el apóstol en dos versículos. Primero dice que Ananías ha mentido al Espíritu Santo; luego, que ha mentido a Dios. Las dos frases nombran al mismo destinatario del engaño. A una corriente eléctrica no se le miente: se usa o no se usa. Mentir supone alguien que entiende lo que se le dice y a quien se pretende engañar. San Pedro pone al Espíritu Santo en ese lugar, y acto seguido lo llama Dios.
¿Puede una fuerza enseñar, guiar y hablar?
Cristo, en la Última Cena, promete a los apóstoles «otro Paráclito» —otro Abogado, otro Consolador— y describe lo que hará con verbos que no caben en una energía. «El Paráclito, el Espíritu Santo, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14,26). «Cuando venga aquel, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que oiga» (Juan 16,13).
Enseñar, recordar, guiar, hablar, oír: son actos de quien conoce y quiere, no de una fuerza. Y hay un detalle en el griego que apunta en la misma dirección. Al referirse al Espíritu —cuya palabra, pneuma, es neutra en griego—, Cristo emplea el demostrativo masculino ekeinos, «aquel», concordándolo con «el Paráclito», que es masculino y designa a alguien, no a algo. El mismo retrato aparece en los Hechos: «El Espíritu Santo dijo: separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado» (Hechos 13,2). Quien habla en primera persona y llama a una misión es alguien.

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¿Por qué un solo «nombre» para los tres? Mateo 28,19
Al enviar a los apóstoles, Cristo manda bautizar «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». El griego dice eis to onoma, «en el nombre», en singular: un solo nombre para los tres, no «en los nombres».
El Padre es una persona; el Hijo es una persona a quien se adora. Poner al Espíritu Santo en la misma fórmula, bajo el mismo y único «nombre», en el acto que hace cristiano a alguien, sería incomprensible si el tercero fuese una fuerza. Nadie bautiza «en el nombre del Padre, del Hijo y de la energía divina». La fórmula del propio Cristo coloca a los tres en el mismo plano personal.
¿Reparte sus dones «como quiere»? 1 Corintios 12,11
San Pablo, después de enumerar los distintos dones espirituales, concluye: «todo esto lo obra un mismo y único Espíritu, que reparte a cada uno en particular como él quiere». El griego es kathos bouletai, «según quiere», del verbo de la voluntad deliberada.
Una fuerza no «quiere». La electricidad no decide a quién ilumina; obedece a leyes, no a una voluntad. Aquí, en cambio, el Espíritu distribuye los dones «a cada uno en particular» y «como él quiere»: elige, discierne, reparte con criterio propio. Eso es exactamente lo que hace una persona y lo que no puede hacer una cosa.
¿Se puede contristar a una fuerza, o blasfemar contra ella?
San Pablo advierte: «no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados» (Efesios 4,30). Contristar es causar tristeza, y la tristeza es un movimiento del ánimo; una fuerza no se entristece. Solo se contrista a alguien que ama y que puede ser ofendido por el que ama.
Y Cristo dice algo todavía más grave: «todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no se perdonará» (Mateo 12,31-32). No tendría sentido hablar de blasfemia contra una corriente de energía, ni distinguir ese pecado del cometido contra el Hijo del hombre. Que haya una ofensa posible contra el Espíritu, y de tal peso, supone que el Espíritu es Alguien a quien se puede ofender. La reverencia o el desprecio se dirigen a personas, no a fuerzas.
¿Qué confiesa la Iglesia desde el año 381?
En el Credo que rezamos cada domingo, fijado por el concilio de Constantinopla en el año 381, la Iglesia proclama: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria».
Cada palabra está pesada. «Señor» es el título de Dios; «dador de vida», lo que solo Dios hace; y «recibe una misma adoración» que el Padre y el Hijo, lo que ninguna criatura puede recibir sin idolatría. La Iglesia no inventó esta fe en un concilio: la leyó en la Escritura que acabamos de recorrer y la defendió cuando algunos empezaron a rebajar al Espíritu a la condición de criatura o de fuerza. Adorar a quien reparte, enseña, se contrista y da la vida no es un exceso: es reconocer lo que la Biblia ya decía.
Preguntas frecuentes
¿No personifica la Biblia muchas veces cosas que no son personas?
Sí, pero la personificación tiene un límite claro. A la sabiduría o al pecado la Escritura los hace «hablar» como figura literaria, pero no dice que se les mienta, que repartan dones «como quieren», que se les pueda contristar o blasfemar sin perdón. Esos actos suponen inteligencia y voluntad, y por eso no son personificación, sino descripción de una persona.
¿Por qué «espíritu» es neutro en griego si el Espíritu es una persona?
Porque el género gramatical de una palabra no decide la naturaleza de lo que nombra. En griego pneuma es neutro, pero en Juan 14,26 y 16,13 Cristo usa el demostrativo masculino ekeinos, «aquel», concordándolo con «el Paráclito». Lo decisivo no es el género de la palabra, sino los actos personales que se le atribuyen.
¿Dónde dice la Biblia que se puede mentir al Espíritu Santo?
En Hechos 5,3-4. San Pedro reprocha a Ananías haber «mentido al Espíritu Santo» y a renglón seguido le dice: «no has mentido a los hombres, sino a Dios». Mentir supone un destinatario que entiende y a quien se engaña; y el apóstol identifica a ese destinatario con Dios.
¿Qué significa que el Espíritu reparte los dones «como quiere»?
Que elige y decide, cosa propia de una voluntad. En 1 Corintios 12,11 san Pablo dice que el Espíritu reparte a cada uno «como él quiere», con el verbo griego de la voluntad deliberada. Una fuerza obedece a leyes; no quiere ni distribuye con criterio propio.
¿Desde cuándo enseña la Iglesia que el Espíritu Santo es Dios?
Desde el principio, y lo definió solemnemente el concilio de Constantinopla en el año 381, cuyo Credo llama al Espíritu «Señor y dador de vida» y afirma que «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». No es una novedad conciliar, sino la lectura de lo que ya decía la Escritura.
¿Qué libro me ayuda a responder a estas objeciones?
La «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute, porque enseña a leer cada pasaje en su contexto y en su lengua original, que es donde se ve si el Espíritu habla, enseña y quiere, o si solo lo hace una figura retórica. Con esa base no se contesta un versículo suelto, sino la raíz de la objeción.
Una persona a la que se puede entristecer
Quien ha seguido los textos habrá notado que el Espíritu Santo del Nuevo Testamento no se parece a una corriente ni a una señal: habla, enseña, guía, reparte, elige, se le miente y se le entristece. Negarle la condición de persona obliga a leer todos esos pasajes como si fueran figuras, y son demasiados y demasiado concretos para serlo.
Entender por qué el texto dice lo que dice, y por qué la Iglesia lo leyó así desde el principio, es lo que trabaja la «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute: la inspiración, el canon, las lenguas originales y la relación entre Escritura y Tradición. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 € y en audiolibro por 14,99 €.
Fuentes
- Para el griego de Hechos 5,4 («no has mentido a los hombres, sino a Dios»): interlineal de Hechos 5,4.
- Para el demostrativo masculino ekeinos aplicado al Paráclito: interlineal de Juan 14,26.
- Para el texto del Credo niceno-constantinopolitano (381) y la confesión del Espíritu como «Señor y dador de vida»: Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 245 y siguientes, en vatican.va.
- Para la postura que aquí se examina, en sus propias palabras: «¿Qué es el espíritu santo?», en la biblioteca en línea de los testigos de Jehová, que lo define como «la fuerza activa de Dios».
- Gabriel Calvo Zarraute, Introducción a la Sagrada Escritura, Páginas Contrarrevolucionarias.