¿Enseña la Biblia la Trinidad?
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
Sí. La palabra «Trinidad» no está en la Biblia, igual que no están las palabras «encarnación», «monoteísmo» ni «teocracia»: son nombres que se pusieron después a cosas que ya estaban dichas. Lo que la Escritura enseña, y lo enseña en docenas de lugares, es que hay un solo Dios, que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios y que el Espíritu Santo es Dios, y que los tres no son tres nombres de uno solo ni tres dioses, sino tres que obran y hablan distinguiéndose entre sí. Eso, y no otra cosa, es lo que la Iglesia llama Trinidad.
Y conviene empezar quitando de la mesa un versículo. El texto que durante siglos se citó primero —«tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo», 1 Juan 5,7— no lo vamos a usar, porque su autenticidad textual está discutida y la propia Iglesia lo ha dejado fuera de su edición latina oficial. Lo explicamos más abajo con detalle. La doctrina no lo necesita: se sostiene con los textos que nadie discute, y es en esos en los que vamos a detenernos.

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¿Dónde manda la Biblia bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?
En el último capítulo de san Mateo. Cristo resucitado envía a los apóstoles y les dice cómo han de hacer discípulos: bautizándolos «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
El griego de esa frase merece mirarse despacio, porque dice más de lo que parece. La palabra «nombre» está en singular: eis to onoma, no «en los nombres». Un solo Nombre. Y a continuación, cada uno de los tres lleva su propio artículo: tou Patros kai tou Hyiou kai tou Hagiou Pneumatos, «del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Es exactamente la estructura que haría falta para decir lo que la Iglesia dice y no otra: un solo Nombre, tres distintos.
Si el Hijo fuera una criatura y el Espíritu una fuerza impersonal, la fórmula sería absurda. Nadie bautiza en el nombre de Dios, de un arcángel y de la electricidad. Y nadie, en el mundo judío del siglo I, metía a una criatura dentro del Nombre divino: era precisamente lo que ningún judío podía hacer.
¿Por qué la Traducción del Nuevo Mundo pone «un dios» en Juan 1,1?
Porque la doctrina lo exige, no porque el griego lo pida. Juan 1,1 dice: en arché en ho logos, kai ho logos en pros ton theon, kai theos en ho logos. «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.»
El argumento que se alega es este: en la tercera cláusula, theos aparece sin artículo —es lo que los gramáticos llaman un theos anarthro—, mientras que en la segunda sí lo lleva, ton theon. De ahí concluyen que el segundo es «Dios» y el tercero «un dios». La Traducción del Nuevo Mundo lo imprime así: «la Palabra era un dios», con una nota que propone además «era divina».
El problema de ese razonamiento es doble, y el segundo es demoledor.

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El primero es gramatical. En griego, un nombre predicado que va delante del verbo pierde normalmente el artículo sin volverse por ello indeterminado: es lo que describió E. C. Colwell en el Journal of Biblical Literature en 1933 y lo que precisó Philip B. Harner en la misma revista en 1973. Harner, estudiando este versículo, concluye que la fuerza del griego es cualitativa y que «quizá la cláusula podría traducirse: “el Verbo tenía la misma naturaleza que Dios”». Bruce M. Metzger, uno de los mayores especialistas en el texto del Nuevo Testamento del siglo XX, fue más seco: de la versión «un dios» escribió en Theology Today, en abril de 1953, que «es, de hecho, una traducción espantosamente equivocada».
El segundo problema no es de gramática, sino de coherencia, y lo pone cualquiera que sepa contar. En el mismo capítulo primero de san Juan, la palabra «Dios» aparece sin artículo otras veces, y la Traducción del Nuevo Mundo las traduce «Dios», con mayúscula. En el versículo 6, para theou, sin artículo: ellos ponen «de Dios». En el 12, tekna theou, sin artículo: ponen «hijos de Dios». En el 13, lo mismo: «nacieron de Dios». Solo en el versículo 1, y solo cuando el sujeto es el Verbo, el mismo griego sin artículo se convierte en «un dios». Y en el versículo 18 llegan a escribir «el dios unigénito», en minúscula.
Es decir: la regla que invocan no la aplican doce líneas más abajo. No hay aquí una discusión de helenistas; hay una decisión tomada de antemano a la que se le ha buscado después una gramática.
¿Llamó alguien «Dios» a Jesucristo en el Evangelio?
Sí, y Cristo no lo corrigió. Cuando el apóstol Tomás ve al Resucitado y toca sus llagas, se arroja a sus pies y dice: Ho Kyrios mou kai ho Theos mou. «Señor mío y Dios mío.»
Aquí no hay nada que discutir sobre artículos, porque los dos lo llevan: ho Kyrios y ho Theos, y los dos van dirigidos a la misma persona que está delante. Hasta la Traducción del Nuevo Mundo lo imprime así: «¡Mi Señor y mi Dios!». Lo que hacen es explicarlo luego como una exclamación de asombro, algo así como un «¡Dios mío!» de los nuestros.
Pero el texto no lo permite. San Juan escribe que Tomás «le dijo» —eipen auto, se lo dijo a Él—, no que exclamara al aire. Y la respuesta de Cristo es la última bienaventuranza del Evangelio: dichosos los que crean sin haber visto. Si Tomás acabara de confundir a su maestro con el Dios de Israel, aquel era el momento de aclararlo. En toda la Escritura, cuando alguien recibe un honor que no le corresponde, lo rechaza en el acto: el ángel se lo prohíbe a Juan, san Pedro levanta del suelo a Cornelio, san Pablo y Bernabé se rasgan las vestiduras en Listra. Cristo, aquí, no rechaza nada. Acepta y bendice.
¿Qué quiso decir Cristo con «yo y el Padre somos uno»?
Lo primero que hay que decir es lo que no quiso decir, y para eso basta el griego. La frase es ego kai ho Pater hen esmen. El numeral «uno» está en neutro —hen, no heis—, y el verbo está en plural: «somos». Es decir: somos dos, y somos una sola cosa. Ni una persona que se llama de dos maneras, que es lo que la gramática prohíbe con el plural, ni dos dioses, que es lo que prohíbe el neutro singular.
Y lo segundo, que suele olvidarse: el mejor comentario de esa frase lo escribió san Juan en el versículo siguiente. Los oyentes cogieron piedras. Cristo les pregunta por cuál de sus obras lo apedrean, y ellos responden que no por una obra, «sino por blasfemia, y porque tú, siendo hombre, te haces Dios».
Ahí está la prueba que no depende de ninguna traducción. Quienes lo escucharon en su propia lengua, en su propio templo, entendieron que estaba afirmando su divinidad. Y Él, que tenía la ocasión servida para deshacer el malentendido, no lo deshizo: siguió adelante y añadió que el Padre está en Él y Él en el Padre. Entonces volvieron a intentar prenderlo.
¿Aparece el Espíritu Santo junto al Padre y al Hijo como Dios?
Sí, y en los sitios donde más cuenta: en la fórmula del bautismo y en la bendición con que san Pablo cierra una carta. Al final de la segunda a los Corintios escribe: «La gracia del Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo, con todos vosotros.»
Los tres, en una sola frase, puestos al mismo nivel y cada uno con su artículo en griego: tou Kyriou Iesou Christou, tou Theou, tou Hagiou Pneumatos. No es una enumeración de cosas desiguales, como quien dijera «la gracia de Dios, el amor de la Virgen y el agua bendita». Es una bendición trinitaria, y san Pablo la escribe sin explicarla, porque daba por supuesto que sus lectores sabían de qué hablaba.
Añádase que a ese Espíritu la Escritura le atribuye lo que solo se atribuye a una persona y solo a Dios: habla, enseña, prohíbe, reparte sus dones «como quiere», y mentirle es mentir a Dios, como san Pedro le dice a Ananías en los Hechos. Una fuerza impersonal no se entristece, no decide y no recibe el nombre de Dios.
¿Por qué no usamos 1 Juan 5,7 como prueba de la Trinidad?
Porque sería hacer trampa, y porque no hace falta. Conviene decirlo nosotros antes de que lo diga nadie.
El pasaje conocido como Comma Johanneum —«porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno»— falta en la práctica totalidad de los manuscritos griegos del Nuevo Testamento. Metzger, en su comentario textual, lo resume: aparece en ocho manuscritos griegos conocidos, de los cuales cuatro lo traen solo como nota al margen, y todos ellos son tardíos: el más antiguo es un códice del siglo X con la variante añadida, y los demás son de los siglos XIV al XVIII. Ningún Padre griego lo cita. Y, leído en su contexto, rompe la frase.
Lo decisivo para un católico es otra cosa: la propia Iglesia lo ha dejado fuera de su edición latina oficial. En la Nova Vulgata, que es el texto latino que la Santa Sede emplea hoy, 1 Juan 5,7 dice solamente: Quia tres sunt, qui testificantur —«porque tres son los que dan testimonio»—, y los tres del versículo siguiente son el Espíritu, el agua y la sangre.
De manera que quien nos eche en cara ese versículo se encontrará con que ya lo hemos retirado. Y ahí está lo interesante: la Trinidad se enseña igual sin él. Un argumento que se cae al quitarle su mejor pieza no era un argumento; y el nuestro no se cae.
¿Qué definió el concilio de Nicea en el año 325?
Nicea no inventó nada: puso un adjetivo donde ya no cabían ambigüedades. Un sacerdote de Alejandría, Arrio, enseñaba que el Hijo era la primera y más excelsa de las criaturas, hecho por Dios antes de todo lo demás. Y el problema, para la Iglesia, era que Arrio aceptaba todas las palabras de la Escritura: llamaba al Hijo Dios, Señor, Verbo, Unigénito. Les daba otro sentido.
Por eso el concilio reunido en Nicea el año 325 escribió en el Credo una palabra que no está en la Biblia y que no admitía dos lecturas: el Hijo es homoousios to Patri, consustancial al Padre, de la misma sustancia. Y añadió, para que no quedara resquicio, los anatemas: a quien diga «que hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no era», o que es «de otra sustancia o esencia», o «que es una criatura», la Iglesia católica y apostólica lo anatematiza.
Ese es el punto en que la discusión se decide, y vale la pena verlo con claridad: el que hoy enseña que Cristo es la primera criatura de Dios no está proponiendo una lectura nueva de la Biblia. Está repitiendo, palabra por palabra, lo que la Iglesia examinó y condenó hace mil setecientos años. La Comisión Teológica Internacional lo ha recordado en el documento con que la Santa Sede conmemoró el aniversario del concilio: el Hijo no solo es plenamente Dios como el Padre, sino «de una sustancia numéricamente idéntica a la suya», y la terminología griega que allí se empleó estaba «al servicio de las expresiones escriturísticas tradicionales», es decir, para defenderlas, no para sustituirlas.
Preguntas frecuentes
¿Está la palabra «Trinidad» en la Biblia?
No, y ningún católico ha dicho nunca que lo esté. Tampoco están «encarnación», «sacramento» ni «monoteísmo». Lo que está en la Biblia es la realidad que ese nombre designa: un solo Dios, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tratados como Dios y distinguidos entre sí.
¿Por qué Juan 1,1 no se traduce «la Palabra era un dios»?
Porque en griego un nombre predicado que precede al verbo pierde normalmente el artículo sin hacerse indeterminado, y porque la propia Traducción del Nuevo Mundo traduce «Dios» ese mismo griego sin artículo en Juan 1,6, 1,12 y 1,13. La regla que invocan no la aplican doce líneas más abajo.
¿No dijo Cristo que el Padre es mayor que Él?
Sí, y es verdad. Lo dijo en cuanto hombre: el Hijo asumió una naturaleza humana, nació, tuvo hambre y murió. Negar eso sería negar la Encarnación. Las dos cosas se afirman juntas, porque el mismo Evangelio en que dice que el Padre es mayor es el que empieza diciendo que el Verbo era Dios.
¿Es verdad que 1 Juan 5,7 se añadió al texto?
Su autenticidad está discutida y no se emplea como prueba. Falta en casi todos los manuscritos griegos y ningún Padre griego lo cita. La edición latina oficial de la Iglesia, la «Nova Vulgata», no lo trae. La doctrina de la Trinidad no depende de ese versículo.
¿Qué palabra definió el concilio de Nicea y por qué no es bíblica?
«Consustancial», homoousios en griego. Se eligió precisamente porque no estaba en la Escritura: Arrio aceptaba todas las palabras bíblicas dándoles otro sentido, y hacía falta una que no admitiera dos lecturas. Nicea no añadió fe: cerró una escapatoria.
¿Qué libro me ayuda a responder bien a estas objeciones?
La «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute, porque el problema de fondo no es este versículo ni aquel, sino con qué autoridad se lee la Biblia. Sin eso, se contesta una objeción y aparecen diez.
El método, no solo la respuesta
Este artículo contesta una pregunta. Pero el que llama a la puerta no trae una: trae veinte, y todas con un versículo delante y una traducción propia en la mano. Contra eso no sirve una lista de respuestas aprendidas de memoria, sino saber cómo se establece el texto, cómo se traduce y con qué autoridad se interpreta. Eso es lo que separa una conversación de un intercambio de citas.
Es lo que enseña la «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute: el canon, la inspiración, la crítica textual, la relación entre Escritura y Tradición y los límites de la exégesis moderna. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 € y en audiolibro por 14,99 €.
Fuentes
- Concilio de Nicea (325), símbolo y anatemas, en la colección de los concilios ecuménicos: texto en inglés con el griego homoousion y el latín consubstantialem.
- Comisión Teológica Internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025), aprobado en la plenaria de 2024 y autorizado para su publicación el 16 de diciembre de 2024. Texto en vatican.va.
- Nova Vulgata, Primera carta de san Juan, capítulo 5, donde el versículo 7 dice solamente Quia tres sunt, qui testificantur. Texto en vatican.va.
- Para el griego palabra por palabra de Mateo 28,19, Juan 1,1, Juan 10,30, Juan 20,28 y 2 Corintios 13,13: interlineal del Nuevo Testamento griego.
- Para la versión que aquí se examina, su propia edición: Juan 1 en la Traducción del Nuevo Mundo, revisión de 2019, donde el mismo griego sin artículo se traduce «un dios» en el versículo 1 y «Dios» en los versículos 6, 12 y 13.
- Philip B. Harner, «Qualitative Anarthrous Predicate Nouns: Mark 15:39 and John 1:1», Journal of Biblical Literature 92/1 (marzo de 1973), p. 87; E. C. Colwell, «A Definite Rule for the Use of the Article in the Greek New Testament», Journal of Biblical Literature 52 (1933), p. 20; Bruce M. Metzger, «The Jehovah's Witnesses and Jesus Christ», Theology Today (abril de 1953), p. 75.
- Gabriel Calvo Zarraute, Introducción a la Sagrada Escritura, Páginas Contrarrevolucionarias.