Basílica paleocristiana en penumbra con una columna partida por una grieta

El peor enemigo vino de dentro: las primeras herejías de la Iglesia

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La quinta clase de la Historia de la Iglesia Católica del padre Gabriel Calvo Zarraute se titula, sin rodeos, «Galería de herejías». Y empieza con una afirmación que descoloca a quien cree que la Iglesia primitiva tuvo un solo problema —los leones— y que ese problema venía de fuera.

No. A los dos enemigos exteriores —«los perseguidores paganos y los filósofos contrarios»— se sumó pronto un tercero más temible: el enemigo interior. Cristianos que, desde dentro de la Iglesia, trataban de corromper su doctrina.

Y la conclusión del autor es la que da título a este artículo: la crisis que supusieron estos enemigos interiores «fue incluso mayor que la que le procuraron los enemigos externos».

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Por qué era tan peligroso

El libro da tres razones, y las tres siguen valiendo hoy.

La primera es de tiempo: en los primeros siglos la Iglesia aún no había definido con precisión todos sus dogmas, lo que dificultaba enormemente la defensa contra los errores. No existía todavía el vocabulario exacto con el que después se cortaría la discusión en seco.

La segunda es de calidad de los adversarios. Muchos de los que propagaban estas desviaciones «eran hombres de notables cualidades naturales». Gente brillante, no mediocres resentidos.

La tercera es la más importante, y es de presentación. Se presentaban «revestidos del prestigio de una vida ascética o del ropaje de la ciencia». Es decir: con aspecto de más santos o de más sabios que los demás. Por eso eran «capaces de engañar a los incautos».

El primer error: atar la Iglesia a la Ley antigua

El primero de todos fue el particularismo judío, que pretendía mantener atada la Iglesia naciente a las prescripciones mosaicas. Quedó rechazado en el concilio de Jerusalén, hacia los años 49-50, el primero de la historia.

Pero no desapareció. El P. Calvo Zarraute subraya un dato que conviene tener presente: san Pablo tuvo que luchar contra esas tendencias durante toda su vida, y sus partidarios provocaron su primera cautividad en Jerusalén y en Roma.

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Junto a eso, en el extremo opuesto, apareció el antinomismo: rebeldía contra toda ley y una libertad exagerada que acababa en libertinaje. A esos grupos se refieren la segunda carta a los Corintios, la de san Judas y el Apocalipsis, que menciona a los nicolaítas de Éfeso.

Los dos errores son contrarios y los dos son errores. La Iglesia tuvo que defenderse por los dos flancos desde el primer día.

Simón el Mago, «patriarca de los herejes»

Así lo llama la tradición, y así lo recoge el libro. Aunque se le considera precursor del gnosticismo, el autor precisa que destaca «más bien por ser un rebelde, cismático y sembrador de discordias». Los Hechos de los Apóstoles cuentan que ya antes de encontrarse con ellos se hacía pasar por un personaje extraordinario, y que san Pedro lo reprendió y estigmatizó con dureza.

Ahí está, en la primera página del asunto, la respuesta de la Iglesia: no diálogo interminable, sino reprensión.

El montanismo: cuando la trampa se disfraza de pureza

Este es el episodio que más interesa, y el que el P. Calvo Zarraute analiza con más finura.

Hacia el año 172, en Asia Menor, un neófito llamado Montano empezó a profetizar exaltadamente, anunciando el fin inminente del mundo y la llegada de la nueva Jerusalén. Llegó a presentarse a sí mismo como el Espíritu Paráclito prometido por Cristo.

Su programa era de una exigencia feroz: ayunos severísimos, prohibición completa del matrimonio, y la tesis de que ciertos pecados graves —apostasía, homicidio y adulterio— no podían ser perdonados por la Iglesia. A eso añadían prohibiciones contra el ornato femenino, contra aceptar cargos públicos, contra servir en las legiones y contra el uso de las artes y las ciencias profanas.

Y funcionó. El libro explica por qué: «ganó muchos adeptos porque se presentaba como un retorno a la pureza apostólica».

Aquí está el análisis que hay que leer despacio. El rigorismo, escribe el autor, se presentaba como una vuelta al espíritu auténtico del Evangelio, buscando reformar la Iglesia. Pero en el fondo causaba los mismos fines destructivos que los enemigos paganos: al poner en duda la autoridad jerárquica legítima y presentarse como portadores exclusivos de la verdad católica, «terminaban combatiendo con igual saña a la Iglesia».

Dicho de otro modo: el que se declara más católico que la Iglesia acaba, sin quererlo, haciendo el trabajo de los que la persiguen.

El caso Tertuliano

La prueba de hasta dónde llegaba el atractivo del montanismo es que se llevó por delante a un gigante.

Tertuliano, el gran escritor africano, «con su temperamento vehemente, quedó fascinado por el ideal ascético y el rigor moral del movimiento». Intentó primero arrastrar a la comunidad de Cartago; al fracasar, se separó de la Iglesia en el año 197.

Que un hombre de esa talla acabara fuera por exceso de rigor dice más sobre el peligro que cien advertencias.

La Iglesia, entre tanto, hizo lo que debía: los concilios locales de Asia Menor examinaron la doctrina, la declararon herética y excomulgaron a sus seguidores; escritores católicos como Apolinar, Melitón, Milcíades y Apolonio la refutaron; y los papas Víctor y Ceferino la condenaron formalmente, «usando todos los medios posibles para proteger la ortodoxia católica».

Los errores sobre Cristo, que son los que matan

Junto a los rigoristas, el libro estudia los errores especulativos, «que fueron el origen de múltiples herejías posteriores».

El adopcionismo sostenía que Jesús era simplemente un hombre nacido de la Virgen que en el bautismo había recibido una fuerza especial. Teodoto de Bizancio le dio forma sistemática —para justificar su propia apostasía, afirmando que solo había negado a un mero hombre— y fue excomulgado por el papa Víctor hacia el 190. Setenta años después, Pablo de Samosata, obispo de Antioquía y hombre de gran habilidad dialéctica, reincidió: el Logos habitaba en Cristo como una influencia externa. Dos concilios en Cesarea, en 264 y 268, acabaron con él.

El monarquianismo o sabelianismo quiso resolver el problema por el lado contrario: Padre e Hijo no serían personas distintas, sino una misma divinidad con distintas modalidades. El Padre mismo habría descendido al seno de María y padecido en la cruz. La Trinidad quedaba reducida a tres «rostros» o modos de obrar.

Y el P. Calvo Zarraute escribe entonces la frase que explica por qué esto no es erudición: «Esta solución simplista destruía la Redención.»

Porque de eso se trataba siempre. Una herejía nunca es una curiosidad de anticuario: es un golpe dirigido al punto exacto del que depende que estemos salvados.

Hipólito, o cómo se sale uno de la Iglesia por impaciencia

Hay en este capítulo un episodio que el autor cuenta en tres líneas y que merece un artículo entero.

Durante las controversias trinitarias, en tiempos de los papas Ceferino y Calixto, Hipólito —un teólogo de primer orden, que combatía el sabelianismo con toda razón— se impacientó. Le pareció que el Papa era tibio. Y «llegó a autoproclamarse antipapa».

Tenía razón en la doctrina. Y aun así acabó fuera.

El final, sin embargo, es de los que consuelan: Hipólito «terminó reconciliándose y muriendo mártir junto al papa Ponciano en Cerdeña». Los dos deportados, los dos muertos por la fe, los dos santos.

Lo que enseña la galería entera

Repase los nombres: el judaizante que ata, el antinomista que suelta, el mago que se cree extraordinario, el milenarista que promete un reino en esta tierra, el montanista que se declara el Espíritu Santo, el adopcionista que rebaja a Cristo a hombre, el sabeliano que disuelve la Trinidad, el teólogo impaciente que se hace antipapa.

Ninguno de ellos se presentó diciendo que venía a destruir la Iglesia. Todos venían a mejorarla: a purificarla, a hacerla más razonable, más rigurosa, más comprensible, más evangélica.

Y el criterio que los distingue a todos de los santos no es la buena intención, ni el fervor, ni la inteligencia, ni siquiera tener razón en un punto concreto. Es uno solo, y está en cada página de este capítulo: la sumisión a la autoridad legítima de la Iglesia.

Hipólito lo entendió a tiempo. Tertuliano, no.

Dónde seguir

Este capítulo es la Clase V de Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, del P. Gabriel Calvo Zarraute, manual del curso de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano, con prólogo de Mons. Athanasius Schneider. Después vendrán las herejías grandes: el arrianismo, el nestorianismo, el monofisismo.

Quién es el autor, en su ficha. Y para el resto del catálogo, la colección de historia de la Iglesia.

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