Emperador romano ante el monograma de Cristo resplandeciendo en el cielo

Qué cambió de verdad con Constantino: el Edicto de Milán y Nicea

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Sobre Constantino circulan dos leyendas contrarias y las dos son falsas. Una dice que se convirtió de golpe, milagrosamente, y que a partir de ahí todo fue de color de rosa. La otra dice que fue un cínico que instrumentalizó la fe y que la Iglesia se vendió al poder.

El padre Gabriel Calvo Zarraute dedica a este asunto la Clase VIII de su Historia de la Iglesia Católica, y lo que cuenta es bastante más interesante que cualquiera de las dos versiones.

El giro que nadie esperaba

El autor pide que se comparen dos fotografías del mismo Imperio separadas por trece años.

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Entre 300 y 313, la Iglesia sufre «las más cruentas persecuciones». Diocleciano, «dotado de extraordinarias cualidades personales y de un gran talento político», considera al cristianismo el enemigo principal del Imperio y se propone erradicarlo.

Y de pronto, escribe el P. Calvo Zarraute, «en un giro inesperado, el cristianismo no solo dejó de ser perseguido, sino que fue protegido y favorecido por el Estado».

Al poner las dos imágenes juntas, dice, «salta a la vista la acción providencial que guio estos acontecimientos».

Por qué Constantino acabó donde acabó

El libro no atribuye el cambio a un rayo. Enumera causas, y son varias.

La educación. Aunque su formación fue pagana, tuvo desde joven el ejemplo de su padre, Constancio Cloro, «quien mostró siempre benevolencia hacia los cristianos». Además Constantino participaba del culto al Sol invicto, «una religión de tinte monoteísta» que conducía a la idea de un Ser supremo invisible. Eso, señala el autor, «le infundió cierta predisposición a valorar el concepto de una divinidad trascendente».

El testimonio de los mártires. Constantino «quedó impresionado por la firmeza admirable de los cristianos en medio de las persecuciones que él mismo había presenciado en Oriente».

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Y el cálculo político, que el libro no oculta. Libre de prejuicios, Constantino pudo analizar serenamente el resultado de las políticas anteriores: los intentos de Decio, de Valeriano y sobre todo de Diocleciano por aniquilar el cristianismo «habían fracasado estrepitosamente». La Iglesia era demasiado fuerte como para ser destruida. De ahí a pensar que el Imperio podía beneficiarse de esa fuerza había un paso.

Que haya cálculo político no anula la Providencia: la Providencia trabaja con las causas segundas, y una de ellas fue que un emperador inteligente supiera leer un siglo de fracasos.

El Puente Milvio, contado con honradez

Llega entonces el año 312 y el enfrentamiento con Majencio. El libro recoge las dos fuentes y las distingue con cuidado, que es exactamente lo que hay que hacer.

Eusebio cuenta que Constantino, angustiado, pidió auxilio a Dios, y que más tarde el propio emperador le refirió bajo juramento haber visto en pleno día un signo luminoso en el cielo: la cruz con la inscripción In hoc signo vinces.

Lactancio, que educó al hijo del emperador, cuenta otra cosa: un sueño nocturno en el que se le ordenaba poner el signo de Cristo en los escudos de sus soldados.

El P. Calvo Zarraute no fuerza las fuentes ni las descarta. Escribe: «Aunque es difícil precisar los detalles históricos con absoluta certeza, parece plausible que, en un momento de extrema tensión, Constantino, ya predispuesto a valorar la fe cristiana, recibiera una fuerte impresión religiosa que se tradujo en una inspiración sobrenatural.»

Mandó grabar el anagrama de la X y la P entrelazadas. Majencio pereció ahogado en el Tíber.

Qué decía de verdad el Edicto de Milán

Aquí conviene ser exactos, porque casi nadie lo es.

El Edicto de Milán, promulgado en 313 por Constantino junto con Licinio, no hizo del cristianismo la religión del Imperio. Proclamó la libertad religiosa para todos los súbditos, con una fórmula que el libro cita en su latín: liberam potestatem sequendi religionem quam quisque voluisset. Y ordenó restituir los bienes confiscados a la Iglesia.

Es decir: el cristianismo quedó equiparado jurídicamente a la religión pagana oficial. Nada más, y nada menos.

Quien convirtió al cristianismo en religión del Imperio fue, setenta años después, Teodosio el Grande —hispano, subraya el autor— que en 380 cristianizó el Imperio y declaró fuera de la ley el paganismo.

Y hubo un epílogo sangriento que suele omitirse: Licinio, «pagano de corazón», rompió pronto el pacto y desató una nueva persecución que duró una década, hasta que Constantino lo venció en Adrianópolis en 323.

Lo que vino después: los privilegios

La lista que da el libro es concreta y vale la pena.

Constantino liberó al clero de las cargas municipales; en 321 permitió a la Iglesia recibir donaciones testamentarias y estableció el descanso dominical; ese mismo año reconoció valor jurídico a la emancipación de esclavos hecha ante la Iglesia. Financió las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Lorenzo extramuros. Entregó a los papas el palacio de Letrán, que se convirtió en su residencia. Y tuvo como asesor religioso, desde 313, a un español: Osio de Córdoba.

Pero mantuvo la igualdad formal entre las religiones, respetó el culto pagano y conservó el título de Pontifex Maximus. En las monedas siguieron apareciendo las antiguas divinidades, junto al monograma de Cristo.

La factura: el emperador se mete donde no debe

Y aquí está el juicio que hace valioso este capítulo, porque el autor no hace apología barata.

El donatismo, dice, «reveló la doble actitud de Constantino»: su interés sincero en la paz religiosa, y «la facilidad con que consideraba natural intervenir él mismo en cuestiones internas de la Iglesia».

Eso se vio del todo con el arrianismo. Arrio, presbítero de Alejandría, «hombre de vida ascética, de una notable capacidad dialéctica y no menor tenacidad», enseñaba que el Verbo no es eterno ni de la misma naturaleza que el Padre, sino «una criatura excelsa, la primera y más perfecta». El libro explica por qué arrasó: «por su aparente sencillez intelectual», al negar el misterio hacía el cristianismo más «comprensible» a la mentalidad pagana.

Y explica por qué era mortal: «si Cristo no era verdaderamente Dios, su sacrificio cruento en la Cruz no podía reconciliar a la humanidad con el Padre». Y añade una consecuencia que el lector católico debe retener: «En su extensión sacramental, la Santa Misa no sería la renovación de ese sacrificio incruento.»

Fue Osio de Córdoba quien, al comprobar la gravedad de la crisis, propuso al emperador convocar un concilio general. Constantino aceptó con entusiasmo y puso los recursos del Imperio: transporte gratuito, gastos pagados, logística para una asamblea grandiosa.

Nicea, 325

Unos trescientos obispos. Delegados del papa Silvestre —los sacerdotes Vito y Vicente—. Presidiendo, Osio de Córdoba.

La descripción que hace el P. Calvo Zarraute de aquella sala merece leerse entera: era venerable no solo por el número, sino por la calidad de sus miembros, «confesores marcados por las cicatrices y las amputaciones de las persecuciones». Hombres a los que el Imperio había mutilado doce años antes y que ahora viajaban a costa del Imperio. Entre ellos, el patriarca Alejandro de Alejandría, con su joven archidiácono: Atanasio.

Constantino inauguró el concilio con manto imperial y zapatos de púrpura, exhortó a la unidad, y —anota el libro— «en ese momento, el emperador se consideraba a sí mismo "obispo externo", dejando a los prelados las decisiones sobre la fe».

Y fue otra vez el español quien resolvió el nudo. Ante el riesgo de fórmulas ambiguas que cada uno pudiera interpretar a su modo, Osio propuso la palabra griega homoousios, consubstancial. El autor la llama «un hallazgo providencial»: eliminaba equívocos y se convirtió «en la piedra de toque de la ortodoxia durante siglos». De ahí el Símbolo de Nicea: engendrado, no creado, consustancial al Padre.

Y después, la recaída

Este es el final que las estampas no cuentan.

Tras Nicea, cortesanos favorables al arrianismo persuadieron al emperador de que «la reconciliación pacífica era preferible a la rigidez doctrinal». En 328 volvió Eusebio de Nicomedia; poco después fue rehabilitado el propio Arrio.

San Atanasio, elegido patriarca de Alejandría ese mismo año, se convirtió en el blanco. Lo acusaron falsamente de crímenes políticos, incluso de haber asesinado a un obispo llamado Arsenio —«al que san Atanasio presentó vivo para demostrar la calumnia»—. Al final lo acusaron de bloquear el trigo hacia Constantinopla, y Constantino, en un arranque de ira, desterró a Atanasio a Tréveris en 335.

Arrio murió poco después en Constantinopla, en vísperas de su readmisión solemne, «en circunstancias misteriosas, o más bien sospechosas». Y el emperador que había convocado Nicea recibió el Bautismo en su lecho de muerte de manos de un obispo arriano, Eusebio de Nicomedia.

El balance, sin rebajas y sin condenas

El P. Calvo Zarraute lo formula así: el juicio sobre Constantino «es, en conjunto, positivo». Fue un gran gobernante, consolidó el Imperio y favoreció decisivamente a la Iglesia, liberándola de siglos de persecución. «Si bien su intromisión en asuntos dogmáticos causó graves daños y su retraso en recibir el Bautismo muestra cierta tibieza, sus méritos son tales que la posteridad no dudó en llamarlo Constantino el Grande.»

Y de todo el episodio queda una lección que no ha caducado. El poder político puede dejar de perseguir a la Iglesia, puede protegerla, puede pagarle los viajes a los obispos. Lo que no puede es decidir la fe. Cuando lo intenta —aunque sea con buena intención, aunque sea buscando la paz— el resultado es Atanasio en el destierro.

Dónde seguir

Este es el contenido de la Clase VIII de Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, del P. Gabriel Calvo Zarraute, con prólogo de Mons. Athanasius Schneider. El pulso con el arrianismo continúa varias clases más, hasta Teodosio y el concilio de Constantinopla.

La ficha del autor está aquí, y el resto del catálogo en la colección de historia de la Iglesia.

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