El foro romano al anochecer y, al fondo, la estrella sobre Belén

Padre Gabriel Calvo Zarraute: así era el mundo en que nació Cristo

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Hay una pregunta que casi nunca se hace y que el padre Gabriel Calvo Zarraute pone al principio de su Historia de la Iglesia Católica: por qué Cristo nació entonces. No antes, no después. San Pablo lo llama «la plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), y esa expresión, escribe el autor, «sugiere que el mundo se hallaba, en cierto modo, preparado para recibir al Salvador».

El primer capítulo del libro está dedicado enteramente a demostrarlo. Y lo que sale de ahí no es una estampa piadosa: es el retrato de una civilización agotada.

Lo que Roma puso en manos de los apóstoles

El autor empieza por lo material, que es lo más fácil de ver y lo que menos se agradece.

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En tiempos de Cristo el Imperio iba de Egipto a Hispania y de Siria a Britania, unido por una red de calzadas y de rutas marítimas en torno a un Mediterráneo que era, con razón, Mare Nostrum. Esa infraestructura, señala el libro, «permitió a los misioneros cristianos viajar con relativa seguridad y rapidez».

A eso se sumaba algo todavía más decisivo: una lengua común. El helenismo heredado de Alejandro había disuelto las barreras entre los pueblos y había dejado la koiné, un griego simplificado que funcionaba como lengua franca. En esa lengua se escribieron los Evangelios y las cartas apostólicas. Mientras tanto, en Occidente el latín hacía el mismo trabajo. Y por encima de todo, la pax romana, que desde el 27 a. C. había traído una estabilidad inédita.

El P. Calvo Zarraute recuerda que esto no lo vieron primero los historiadores modernos: ya Eusebio de Cesarea, el primer historiador de la Iglesia, sostuvo en su Historia eclesiástica que el Imperio romano fue una preparación providencial para el nacimiento y la expansión del cristianismo.

Una religión que ya no creía nadie

Aquí empieza la parte incómoda, y el libro no la suaviza.

El panorama religioso del Imperio, escribe, «revela una profunda crisis espiritual y moral». Las antiguas religiones tradicionales habían caído en descrédito, «especialmente entre las élites cultas». El politeísmo, que durante siglos había sostenido la vida pública, estaba sustituido «en gran parte por el escepticismo, el relativismo y el indiferentismo».

¿Y qué ocupa el hueco cuando una sociedad deja de creer? Tres cosas, según el autor, y las tres nos suenan.

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Primero, el culto al poder. Augusto promovió el culto al emperador como instrumento político de cohesión. No pretendía sustituir a los dioses: pretendía canalizar el sentido de lo sagrado hacia la figura del emperador «como representante del poder absoluto de Roma».

Segundo, la espiritualidad importada. Isis, Serapis, Baal, Cibeles, Mithra. Cultos orientales con ritos misteriosos y promesa de salvación personal, que ganaron terreno entre las masas urbanas. El libro les reconoce, con honradez, que expresaban «una búsqueda auténtica de redención y vida eterna».

Tercero, la superstición. Astrología, magia, nigromancia. Se multiplicaron hasta el punto de que las autoridades imperiales tuvieron que legislar contra ellas. El autor lo interpreta como lo que es: «el vacío interior de una sociedad sin certezas espirituales».

Y una filosofía que tampoco podía sostenerla

La filosofía, llamada a suplir en parte la carencia de una religión verdadera, estaba igual de agotada.

El P. Calvo Zarraute reconoce sin reservas la grandeza de Sócrates, Platón y Aristóteles, y recoge la expresión de san Justino, filósofo y mártir, que llamó a esas intuiciones semina Verbi, semillas del Verbo. Platón había concebido el Ser supremo como fuente del bien y de la verdad; Aristóteles había llegado al Primer Motor inmóvil.

Pero al llegar la plenitud de los tiempos, aquello era ruina. El epicureísmo negaba la providencia; el cinismo atacaba la religión y el orden moral «con sarcasmo corrosivo»; el escepticismo negaba hasta la posibilidad de conocer con certeza. Y el estoicismo, la corriente dominante entre las élites, defendía una ética elevada sobre una idea de Dios «profundamente panteísta y determinista», donde la libertad quedaba anulada por el hado.

La conclusión del autor es de una precisión que conviene retener: el mundo antiguo ofrecía a la vez una preparación negativa —la insuficiencia demostrada de la razón sola— y una preparación positiva, «una aspiración genuina al conocimiento del verdadero Dios».

La familia romana en ruinas

Y llegamos a las páginas más duras del capítulo, las que describen la descomposición social. El autor advierte que no era superficial ni limitada a ciertos sectores: era estructural.

Empezaba por la familia. El matrimonio romano era «una institución degradada, efímera y sin la menor estabilidad ni respeto», con el divorcio practicado con suma ligereza como símbolo de una mentalidad hedonista. El libro recoge la frase de Séneca según la cual las matronas romanas contaban los años no por los cónsules, sino por sus maridos.

Augusto intentó legislar contra ello —la Lex Iulia, la Lex Papia Poppaea— para frenar la resistencia al matrimonio y la caída de la natalidad. «Estas medidas, aunque bien intencionadas, fracasaron estrepitosamente.» El modelo natural de familia romana, base de la estabilidad moral de la República, estaba en vías de extinción.

Encima, el lujo. Las élites vivían «en una perpetua exhibición de riqueza», con banquetes extravagantes y una frivolidad generalizada «incluso entre los varones, antaño modelo de sobriedad y masculinidad». Los esclavos se contaban por decenas de miles en las casas ricas, usados «no solo como fuerza de trabajo y atención doméstica, sino como objetos de placer o símbolos de estatus social». Esa cosificación del ser humano, concluye el autor, arrastró consigo el orden moral entero.

Catedrales del horror

Donde la degeneración se vio con más crudeza fue en el espectáculo. Lo que había tenido un matiz sagrado se convirtió en «una maquinaria de manipulación política y en un instrumento de embrutecimiento colectivo». Panem et circenses: al pueblo se le mantenía bajo control y el pueblo pedía cada vez más sangre.

«Ya no era un noble deporte lo que se celebraba, sino la muerte sádica», escribe el P. Calvo Zarraute. Los coliseos, el de Roma con sus ochenta mil asientos, eran «catedrales del horror donde el pueblo pedía sangre a gritos». En los juegos de Septimio Severo fueron sacrificadas setecientas fieras en siete días.

Y con frecuencia, añade, esos espectáculos «se emplearon para ejecutar a los cristianos, que —debido a su demonización social— se convirtieron pronto en las víctimas favoritas del morbo colectivo».

El teatro iba por el mismo camino: comedias vulgares y mimos obscenos, «pensados para halagar los instintos más bajos del público». El autor cierra con un apunte que vale por un tratado: cuando Boccaccio escribió el Decamerón al inicio del Renacimiento paganizante, la fuente principal de la que bebió fue aquel teatro romano decadente.

También en Israel se había cumplido el plazo

El libro dedica el segundo tema al pueblo elegido, y el diagnóstico es paralelo.

Israel había conservado el monoteísmo en medio de un mundo politeísta, y la esperanza mesiánica había sido «el faro que guiaba su historia». Pero en tiempos de Cristo esa esperanza estaba deformada: muchos concebían al Mesías «como un libertador político-militar».

El Sanedrín, que debía velar por la fidelidad a la Ley, «se hallaba corrompido por su politización y partidismo, siendo finalmente el órgano que injustamente juzgó y condenó a Jesucristo». Los saduceos eran una élite sacerdotal rica y racionalista, partidaria de la helenización y siempre dispuesta a avenirse con Roma, que negaba la resurrección y vivía «una religión exterior y superficial». Los fariseos, custodios estrictos de la Ley, cayeron por su rigorismo legalista «en la hipocresía, al orgullo espiritual».

La sentencia del autor no deja resquicio: unos por incredulidad práctica y otros por soberbia espiritual, ambos «habían pervertido la verdadera religión de Israel». También allí se había llegado a la plenitud de los tiempos.

Por qué esto no es solo historia antigua

Lea otra vez la lista: una religión oficial en la que ya no cree nadie, un culto al poder político que ocupa el hueco de lo sagrado, espiritualidades importadas y a la carta, superstición desatada, matrimonio degradado, natalidad hundida, leyes bienintencionadas que fracasan, espectáculos cada vez más crueles, teatro cada vez más obsceno y una élite religiosa acomodada al poder.

El P. Calvo Zarraute está describiendo el siglo I. Que el lector saque sus conclusiones sobre el XXI.

Y saque también la que el libro saca: que fue exactamente ahí, y no en una época próspera y virtuosa, donde Dios quiso entrar en la historia.

Dónde seguir

Todo esto es el primer capítulo de Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, manual de estudio del curso de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano, con prólogo de Mons. Athanasius Schneider. Detrás vienen los apóstoles, las persecuciones, las herejías, Constantino, Nicea, Éfeso y la formación de la liturgia romana.

Quién es el autor, en su ficha. Y si quiere el mapa completo del catálogo, en la colección de historia de la Iglesia.

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