Concilio Vaticano II

Historia · Doctrina
El Concilio Vaticano II: qué dijo, qué cambió y qué pasó después
Cuatro otoños de trabajo, dieciséis documentos y sesenta años de discusión sobre lo que significan. Esta página reúne lo esencial en orden —las fechas, los textos, lo que el Concilio enseñó y lo que se le atribuyó sin haberlo dicho— y enlaza los artículos donde cada punto se desarrolla.
Las fechas
Juan XXIII anuncia el Concilio el 25 de enero de 1959, a los tres meses de ser elegido, y lo abre el 11 de octubre de 1962 en San Pedro. Muere en junio de 1963, con una sola sesión celebrada. Pablo VI decide continuarlo y lo clausura el 8 de diciembre de 1965. Fueron cuatro períodos de sesiones, siempre en otoño, con más de dos mil padres conciliares: el concilio más numeroso de la historia de la Iglesia.
Los dieciséis documentos
No todos tienen el mismo rango, y confundirlos es el origen de la mitad de los malentendidos. Cuatro son constituciones, el grado más alto; nueve son decretos, de aplicación práctica; tres son declaraciones, el grado menor.
Las cuatro constituciones son la columna vertebral:
- Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963), sobre la sagrada liturgia. Fue el primer texto aprobado.
- Lumen gentium (21 de noviembre de 1964), sobre la Iglesia.
- Dei Verbum (18 de noviembre de 1965), sobre la divina revelación: la Escritura, la Tradición y el Magisterio.
- Gaudium et spes (7 de diciembre de 1965), constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Es el texto más largo y el más discutido.
Entre las declaraciones está Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, aprobada también el 7 de diciembre de 1965, que es el documento que más consecuencias políticas tuvo, y muy especialmente en España.
Un concilio pastoral, no dogmático
Este es el dato que más veces se omite y sin el cual no se entiende nada. El Vaticano II no definió ningún dogma nuevo ni condenó formalmente ningún error. No hay en sus actas un solo canon con anatema, cosa que había sido la forma normal de hablar de todos los concilios anteriores, de Nicea a Trento.
No fue un descuido: fue el propósito declarado. En el discurso de apertura, el 11 de octubre de 1962, Juan XXIII dijo que la Iglesia había condenado los errores con la mayor severidad en el pasado, pero que prefería ahora emplear la medicina de la misericordia antes que las armas de la severidad. Y añadió la frase que sería después la más citada y la más forzada del Concilio entero: una cosa es la sustancia de la doctrina del depósito de la fe y otra la manera de formularla.
La distinción es legítima y antigua. El problema empezó cuando se usó para sostener lo contrario de lo que dice: que también la sustancia podía cambiar si cambiaba la formulación.
Qué cambió de verdad
Cambió la liturgia, aunque no como suele contarse: Sacrosanctum Concilium ordenó conservar el uso del latín en los ritos latinos y cuidar que los fieles supieran cantar en latín las partes del ordinario que les corresponden. El Misal de 1969 y la práctica generalizada de la lengua vernácula son posteriores al Concilio y no están en su texto.
Cambió el lenguaje sobre la Iglesia, que Lumen gentium presenta como Pueblo de Dios y como Cuerpo Místico, y que desarrolla la doctrina de la colegialidad episcopal —con una Nota explicativa previa añadida por Pablo VI precisamente para impedir que se leyera contra el primado del Papa—.
Y cambió la relación con el Estado. Dignitatis humanae afirma el derecho civil a no ser coaccionado en materia religiosa, dejando a salvo —lo dice el propio texto— el deber moral de los hombres y de las sociedades hacia la verdadera religión. Esa reserva es la que casi nunca se cita.
El Concilio y España
En 1962 España era un Estado confesional católico, con un Concordato firmado en 1953 que reconocía a la Iglesia una posición jurídica sin equivalente en Europa. Dignitatis humanae obligó a revisar ese edificio: el Fuero de los Españoles fue modificado y en 1967 se aprobó una ley de libertad religiosa.
Pero el cambio de fondo no fue jurídico, sino de personal y de orientación. En pocos años el episcopado español pasó de sostener el orden confesional a buscar activamente el despegue respecto del régimen, y la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes de 1971 marcó el punto de inflexión. Fue entonces cuando la voz de Guerra Campos se volvió incómoda y solitaria.
Mons. Guerra Campos, padre conciliar
José Guerra Campos (1920-1997) estuvo en el aula conciliar. Era entonces obispo auxiliar de Madrid y uno de los pocos padres españoles con formación técnica en la cuestión del ateísmo contemporáneo, que es el asunto en el que intervino: el tratamiento que el esquema sobre la Iglesia en el mundo actual —el futuro Gaudium et spes— debía dar al ateísmo militante y al marxismo.
Su posición después del Concilio no fue nunca la de negar el Concilio. Fue exactamente la contraria: sostener que los textos decían lo que decían, que no decían lo que se les hacía decir, y que entre el Concilio real y el llamado espíritu del Concilio había con frecuencia una distancia que no se podía salvar sin cambiar de religión. Lo desarrollamos en Un faro en la tempestad, y su biografía completa está en su ficha de autor.
El humo de Satanás
Que la crisis posterior fue real no lo dijeron los críticos del Concilio: lo dijo quien lo había clausurado. El 29 de junio de 1972, en la homilía de la fiesta de san Pedro y san Pablo, Pablo VI afirmó que por alguna grieta había entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Cuatro años antes, el 30 de junio de 1968, había proclamado el Credo del Pueblo de Dios, una profesión de fe artículo por artículo que solo se explica si alguien en la Iglesia había dejado de creerlos.
Ese es el marco honesto para leer lo que vino después: no una conspiración descubierta por aficionados, sino un diagnóstico del propio Papa que gobernó el Concilio.
Cómo leer el Concilio hoy
Con los textos delante y en orden. Un concilio pastoral no crea doctrina nueva: transmite la recibida, y por tanto se interpreta a la luz de lo que la Iglesia enseñaba antes, no al revés. Cuando un párrafo conciliar parece decir lo contrario de Trento o del Vaticano I, la lectura correcta no es la que hace ganar al párrafo, sino la que muestra la continuidad; y si no hay manera de mostrarla, lo que está mal es la lectura.
Ese es el método de Guerra Campos y es el de esta editorial. No exige ninguna acrobacia: exige leer, que es más trabajo.
Libro en Páginas Contrarrevolucionarias
La brújula teológica de Mons. Guerra Campos contra el naufragio modernista: el pensamiento de un padre conciliar que leyó el Concilio en continuidad y pagó por decirlo.
Para seguir leyendo
- Un faro en la tempestad: la brújula teológica de Mons. Guerra Campos contra el naufragio modernista.
- Mons. José Guerra Campos: quién fue, qué escribió y por qué se le apartó.
- Historia de la Iglesia católica: veinte siglos por orden, del siglo I a hoy.
También puede ver el resto de nuestros libros de apologética y doctrina.
