Cómo se formó la Misa de siempre: el origen del rito romano
Por Marcos Vera PérezLa última clase de la Historia de la Iglesia Católica del padre Gabriel Calvo Zarraute está dedicada a la liturgia antigua, y es probablemente la que más interesa hoy a un católico de a pie. Porque cuenta, paso a paso, cómo se formó la Misa entre los siglos IV y VII. Y porque dice, sin rodeos, qué se hizo con ella en 1969.
Muchos ritos, una sola fe
Lo primero que subraya el libro es que la Iglesia nunca ha impuesto un rito único.
En Oriente había la liturgia de Santiago, usada en Antioquía y Jerusalén; la de san Marcos en Alejandría; las de san Juan Crisóstomo y san Basilio en Constantinopla; y, más antigua que todas, la clementina, recogida en el libro VIII de las Constituciones Apostólicas. En Occidente dominaba la romana, pero convivía con la ambrosiana en Milán, la galicana en las Galias y la mozárabe o visigótica en toda la península ibérica.

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El autor lo interpreta así: esa variedad deja ver «la notable flexibilidad que la Iglesia siempre mostró respecto a los ritos, entendidos como formas externas del culto, en contraste con su firmeza doctrinal en lo esencial de la fe». Y concluye: «Esta multiplicidad de ritos, lejos de ser un obstáculo, embellecía la unidad de la Iglesia.»
Retenga esa distinción, porque es la clave de todo lo que viene: flexible en la forma, inflexible en la fe. No al revés.
De dónde viene la palabra «Misa»
Un dato pequeño y precioso. Ya desde el siglo IV la palabra «Misa» empezó a designar la celebración eucarística completa. Se encuentra por primera vez en los escritos de san Ambrosio, y deriva de la fórmula de despedida: Ite, missa est.
La estructura quedó fijada en dos partes, que cualquier católico reconocerá: la Misa de los catecúmenos, hasta el sermón, y la Misa de los fieles, desde el ofertorio hasta la bendición final.
El Credo tardó en entrar, y no llegó a la vez a todas partes: en Antioquía en el siglo V, en Constantinopla a principios del VI, y en Roma no hasta el siglo X.
Cómo se comulgaba
Aquí el P. Calvo Zarraute es tajante, y el dato merece citarse literalmente porque circula mucha confusión.

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«Antiguamente la comunión se recibía de pie, pero contra las falsedades de los liturgistas protestantizados, nunca se hizo sobre la palma de la mano desnuda del fiel, sino sobre un corporal que se desplegaba previamente.»
Y añade otra costumbre de aquellos siglos: era «tan espontánea como generalizada» la práctica, recomendada por san Pablo, de que las mujeres cubrieran su cabeza con un paño de lino.
En Constantinopla se introdujo la costumbre de mojar el pan consagrado en el vino y administrarlo con una cucharilla. A quienes no comulgaban se les daba un pan bendito, la eulogia.
Otro dato que sorprende: la comunión se fue haciendo menos frecuente. San Agustín habla todavía de comuniones diarias o semanales, pero en el siglo VI ya se documenta la recepción solo en las grandes fiestas. El libro lo explica «por la creciente comprensión de la santidad requerida para poder comulgar».
El canto, las horas y la predicación
Desde el siglo IV existían coros especializados, las scholae cantorum. San Ambrosio compuso himnos que marcaron el canto litúrgico —el cantus ambrosianus— y san Gregorio Magno fijó las melodías corales del canto gregoriano, transmitidas mediante los signos llamados neumas.
A las horas de tercia, sexta y nona se añadieron maitines, laudes, vísperas y completas, impulsadas sobre todo por los monjes; más tarde llegó prima y se reorganizaron las vigilias nocturnas.
Y un detalle que humaniza toda la escena: el pueblo escuchaba la predicación de pie y, a veces, «expresaba su aprobación con aplausos».
Cómo se llenó el calendario
Las fiestas se organizaron en torno a dos ciclos, Navidad y Pascua.
La celebración del nacimiento de Cristo aparece en Roma en el año 336, el 25 de diciembre, y de ahí pasó a Constantinopla. Occidente tomó de Oriente la Epifanía. Desde el siglo VI, en las Galias, se introdujo el Adviento con sus ayunos preparatorios, y la fiesta de la Circuncisión el 1 de enero. En torno a la Pascua se fueron ordenando el Domingo de Ramos, la Semana Santa, la Octava, la dominica in albis, las rogativas antes de la Ascensión y Pentecostés.
Las fiestas marianas llegaron después, y el libro señala el momento exacto: el culto a la Virgen «se intensificó especialmente tras el Concilio de Éfeso (431), que proclamó su Maternidad divina». De ahí la Presentación del Señor, la Anunciación —el 25 de marzo en Oriente, el 18 de diciembre en Hispania—, la Dormición o Asunción el 15 de agosto y el Nacimiento de María el 8 de septiembre.
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Lo que el autor dice de 1969
Y aquí llega la parte que distingue este manual de cualquier otro.
Al describir la liturgia gregoriana, el P. Calvo Zarraute señala que es «la misma que ha llegado hasta nuestros días en el rito romano tradicional». Y añade, sin suavizar una sílaba:
«Dicho rito fue alterado sustancialmente por la Misa nueva, inventada (ex novo) por un equipo de liturgistas modernistas y pastores protestantes (observadores), e impuesta de forma positivista por Pablo VI (1969) contra la totalidad de la historia de la liturgia romana.»
No es la única vez. Al tratar del Bautismo, escribe que adquirió en aquella época su estructura ritual definitiva, «siendo mutilados muchos de sus antiguos y elocuentes ritos por la reforma litúrgica de Pablo VI en 1969». Y al hablar de la Invención de la Santa Cruz, fiesta del 3 de mayo nacida del hallazgo de la Cruz por santa Elena, apunta que aquella fiesta «más que milenaria fue abolida del calendario litúrgico por Pablo VI en 1969».
Sobre la devoción mariana el juicio es paralelo: «debido al proceso de protestantización que sufre la Iglesia desde el Vaticano II, la devoción mariana ha enfrentado una serie de críticas infundadas», desde equiparar su culto al de Dios hasta pedir que se eliminen las prácticas externas «en favor de una falsa espiritualidad más interior».
Estas frases están en un manual universitario de historia, prologado por un obispo, y son del autor. Quien quiera discutirlas tendrá que hacerlo con el libro delante.
La fuerza del argumento no es la indignación: son los siglos
Conviene notar por qué el juicio del autor pesa. No se apoya en un sentimiento ni en una nostalgia. Se apoya en las trescientas páginas anteriores.
Cuando se ha leído cómo la Misa se fue formando lentamente —el Credo tardando seis siglos en llegar a Roma, el canto fijándose con san Gregorio, el calendario creciendo fiesta a fiesta durante trescientos años, los sacramentarios copiándose y enviándose de papa a emperador—, la palabra que el autor emplea, orgánico, deja de ser un adjetivo y se convierte en una descripción.
Y entonces se entiende el reproche: no que en 1969 se cambiara algo, sino que se cambiara de otra manera. Lo que había crecido se sustituyó por lo que se redactó.
Y una cosa más que el libro deja clara
Que la severidad con la reforma no es severidad con la Iglesia.
En este mismo capítulo el autor recuerda que los Padres «insistieron siempre en que la Iglesia tenía poder para perdonar incluso los pecados más graves, frente a tendencias rigoristas que lo negaban». Que incluso en los casos de exclusión más dura «siempre se reconocía la posibilidad de otorgar el perdón en el momento de la muerte». Que el sigilo sacramental «se mantenía con absoluto rigor». Que los confesores eran «verdaderos padres espirituales».
Es la misma Iglesia la que fija el dogma en Nicea y la que perdona al moribundo. Firme en la doctrina, maternal con las personas. Esa es la continuidad que el libro defiende de principio a fin, y desde la cual juzga lo que vino después.
Dónde seguir
Esto es la Clase XVI, la última, de Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, del P. Gabriel Calvo Zarraute, manual del curso de la Escuela de Pensamiento Católico Melchor Cano, con prólogo de Mons. Athanasius Schneider. Detrás quedan el mundo en que nació Cristo, los apóstoles, las persecuciones, las herejías, Constantino, Nicea, Éfeso y Calcedonia.
Quién es el autor, en su ficha. Del mismo autor tenemos publicado también su esquema del liberalismo, el capitalismo y el modernismo. Y el catálogo entero, en la colección de historia de la Iglesia.
Y si de la historia quieres pasar a la práctica: en nuestra sección sobre la Misa tradicional está todo lo que hace falta para empezar a seguirla —la guía paso a paso, las partes de la Misa una por una y qué misal comprar—.
Seguir leyendo
- Los Padres de la Iglesia: quiénes fueron y por qué siguen importando — san Ambrosio, san Gregorio Magno y los demás escritores de aquellos siglos, y por qué su testimonio sigue siendo el criterio.
- Así era el mundo en que nació Cristo — la Clase I: el Imperio romano, el judaísmo del segundo Templo y la cultura griega.
- El peor enemigo vino de dentro — gnósticos, montanistas y las primeras herejías de la Iglesia.
- Qué cambió de verdad con Constantino — el Edicto de Milán, Nicea y el destierro de san Atanasio.
- Por qué Éfeso proclamó a María Madre de Dios — Nestorio, san Cirilo y el concilio de 431.
- El ofertorio de la Misa de siempre y el que se inventó en 1969 — qué decían las oraciones antiguas y qué se puso en su lugar.
- Por qué la Misa es en latín — la lengua en que cuajó el rito romano.
- Historia de la Iglesia: todo lo que hemos publicado — la página que recorre en orden la Edad Antigua.