Por qué la Misa es en latín
Por Marcos Vera PérezEs la objeción número uno, y se formula siempre igual: «si no lo entiendo, ¿para qué sirve?». Merece una respuesta seria, porque detrás de la lengua litúrgica hay razones que la Iglesia ha dado por escrito durante siglos, y porque la objeción, mirada de cerca, descansa sobre un malentendido acerca de qué es la Misa.
Primero, un dato: el latín no fue nunca la lengua del pueblo en la liturgia
Se repite que la Misa se decía en latín «porque entonces todos hablaban latín». Es falso desde hace mil quinientos años. Roma celebró en griego durante los tres primeros siglos, cuando el pueblo de Roma hablaba latín. Cuando pasó al latín, hacia el siglo IV, ya era una lengua culta que se alejaba del habla corriente. Y en el momento en que la Misa llegó a Hispania, a la Galia, a Germania, a Irlanda o a América, nadie de aquellos pueblos entendía latín.
Es decir: durante la inmensa mayor parte de la historia de la Iglesia latina, la Misa se ha celebrado en una lengua que los fieles no hablaban. No es una anomalía tardía. Es la norma.
Por qué una lengua sagrada
La Iglesia no es la única que lo hace, y eso ya dice algo. Los judíos rezan en hebreo, los coptos en copto, los griegos en griego litúrgico, los sirios en siríaco. Toda liturgia tradicional aparta una lengua para hablar con Dios, y la aparta precisamente porque no es la de la calle. Lo sagrado se separa de lo común: eso es lo que significa la palabra.
Y hay un motivo más hondo. En el título de la cruz, la sentencia de Pilato se escribió en hebreo, en griego y en latín. Las tres lenguas quedaron unidas a la Pasión, y la Iglesia ha guardado el eco de las tres en su liturgia: el hebreo en el amén, el aleluya y el hosanna; el griego en el Kyrie eleison; y el latín en todo lo demás.
Las tres razones prácticas
Unidad. Un católico español entraba en una iglesia de Filipinas, de Polonia o de Argentina y estaba en su casa: las mismas palabras, el mismo rito, la misma Misa. La lengua común hacía visible que la Iglesia es una y no una federación de iglesias nacionales.
Inmutabilidad. Las lenguas vivas se mueven. Una palabra que hoy significa una cosa, en cincuenta años significa otra, y con ella se desplaza el sentido del texto. El latín no cambia, porque ya no lo habla ningún pueblo: lo que consubstantiálem Patri quería decir en Nicea quiere decir hoy exactamente lo mismo. Una lengua muerta es el mejor recipiente para una doctrina que no muere.
Precisión dogmática. Esto no es teoría. Buena parte de las grandes disputas doctrinales se han jugado en una palabra, y la traducción es siempre una interpretación. Mantener el texto latino como el texto, y poner la traducción al lado como ayuda, es la manera de que lo que se cree no dependa de cómo se tradujo.
Lo que dijo Trento
El concilio de Trento trató la cuestión de frente, porque los reformadores exigían la lengua vulgar. En la sesión XXII, sobre el sacrificio de la Misa, declaró que no pareció oportuno a los Padres que se celebrase indistintamente en lengua vulgar, y mandó a los pastores que explicasen con frecuencia al pueblo, sobre todo los domingos, lo que se lee en la Misa y el misterio que allí se obra.
Conviene subrayar las dos mitades de esa disposición, porque casi siempre se cita solo la primera. Trento no dijo «que el pueblo no se entere». Dijo: el rito en latín, y al pueblo, explicación y catequesis. Que es exactamente lo que hace un misal bilingüe.
Lo que dijo san Juan XXIII
En 1962, con la constitución apostólica Veterum sapientia, Juan XXIII recordó las razones de la Iglesia para conservar el latín: que es una lengua universal, inmutable y no vernácula, y por tanto la única apta para una Iglesia que abarca todas las naciones y todos los siglos. Y mandó que su enseñanza se mantuviera con vigor en los seminarios.
La objeción, de frente
«Pero yo no me entero de nada.»
Esta objeción supone que la Misa es un discurso dirigido a los asistentes, y que si no se capta el discurso, no queda nada. Pero la Misa no es un discurso: es un sacrificio. Lo esencial que ocurre en ella —que el sacerdote ofrece a Dios el Cuerpo y la Sangre de Cristo— ocurre igual se entienda el latín o no, del mismo modo que lo que ocurrió en el Calvario no dependía de que los que estaban al pie de la cruz entendieran arameo. El fiel no asiste para oír una explicación: asiste para unirse a una ofrenda.
Y aun así, la Iglesia nunca ha querido que el fiel esté a oscuras. Por eso existen los misales bilingües desde hace siglos: latín a un lado, castellano enfrente. Con uno en la mano, el fiel entiende cada palabra de la Misa —todas, sin excepción— y a la vez oye el rito en la lengua de la Iglesia. La objeción queda resuelta por dieciocho euros y tres domingos de costumbre.
Añádase algo que comprueba cualquiera que lleve unos meses: el latín de la Misa es muy limitado y muy repetitivo. Son las mismas fórmulas todos los domingos. Al cabo de un tiempo uno deja de traducir y simplemente entiende, igual que entiende el amén sin traducirlo.
El modo de resolverlo es tener el texto delante. Nuestro Ordinario sencillo de la Santa Misa presenta el latín y el castellano en columnas enfrentadas, con las rúbricas en rojo, para que se lea lo que se está oyendo en el mismo instante. Si aún no has ido nunca, empieza por cómo seguir la Misa tradicional en latín, paso a paso; y si te lías con los nombres, aquí están explicados: Misa tridentina, de san Pío V, forma extraordinaria.
Las tres palabras que usted ya reza sin traducir
Hay un argumento que zanja la discusión sin necesidad de teología, y está delante de todos desde hace veinte siglos.
Cuando la liturgia pasó del arameo y el hebreo al griego, y del griego al latín, hubo tres palabras que nadie tradujo nunca: amén, aleluya y hosanna. Son hebreas. Están en la Misa en latín, están en la Misa en castellano y están en la Misa en suajili, sin traducir, exactamente igual desde el principio.
¿Por qué? Porque la Iglesia entendió desde muy pronto que en el culto hay palabras que no se sustituyen sin perder algo. No se conservaron por pereza de los traductores: se conservaron porque significan más de lo que cabe en su equivalente.
Ése es, en pequeño, el argumento entero de la lengua litúrgica. Si eso vale para tres palabras, ¿por qué no habría de valer para el conjunto del rito en el que están? Quien acepta decir amén sin traducirlo ya ha admitido el principio; lo que queda es discutir su extensión.
Y hay un segundo efecto, éste práctico: esas tres palabras son lo único que un católico de Madrid, uno de Manila y uno de Nairobi pueden rezar juntos sin ponerse de acuerdo en nada. Una lengua común hace eso mismo con el resto.
Preguntas frecuentes
¿Desde cuándo se celebra la Misa en latín?
Roma celebró en griego los tres primeros siglos. Hacia el siglo IV pasó al latín, que para entonces ya era una lengua culta alejada del habla corriente.
¿Trento prohibió celebrar en lengua vulgar?
Declaró que no pareció oportuno celebrarla indistintamente en lengua vulgar, y a la vez mandó a los pastores que explicasen con frecuencia al pueblo lo que se lee en la Misa. Las dos mitades van juntas.
Si no sé latín, ¿cómo me entero?
Con un misal bilingüe: latín en una columna y castellano enfrente. Se lee lo que se está oyendo, en el mismo instante y sin perderse una palabra.
¿Es difícil el latín de la Misa?
Es muy limitado y muy repetitivo: las mismas fórmulas todos los domingos. Al cabo de unos meses uno deja de traducir y sencillamente entiende.
¿Por qué no se traduce y ya está?
Porque toda traducción es una interpretación, y buena parte de las disputas doctrinales se han jugado en una palabra. Mantener el texto latino como el texto, con la traducción al lado como ayuda, es lo que impide que la fe dependa de cómo se tradujo.
¿Hay palabras que la liturgia nunca ha traducido?
Sí, tres, y son hebreas: amén, aleluya y hosanna. Están sin traducir en la Misa en latín, en castellano y en cualquier otra lengua, desde el principio. La Iglesia entendió muy pronto que en el culto hay palabras que no se sustituyen sin perder algo.
Fuentes
- Pío XII, encíclica Mediator Dei, 20 de noviembre de 1947 (vatican.va).
- Concilio de Trento, sesión IV, decreto sobre los libros sagrados, 8 de abril de 1546.
- San Pío V, bula Quo primum tempore, 14 de julio de 1570 (texto).
- Benedicto XVI, motu proprio Summorum Pontificum, 7 de julio de 2007 (vatican.va).
- Concilio de Trento, sesión XXII (17 de septiembre de 1562), doctrina sobre el sacrificio de la Misa, cap. VIII y canon 9.
- San Juan XXIII, constitución apostólica Veterum sapientia (22 de febrero de 1962).
- Pío XII, encíclica Mediator Dei (20 de noviembre de 1947), sobre la sagrada liturgia.
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