La Última Cena, tabla flamenca de un maestro de Amberes de hacia 1515: Cristo sentado tras la mesa bendice el pan mientras los doce apóstoles reaccionan al anuncio de la traición, con Judas en primer plano y sobre el mantel blanco el cordero

Lo que hay de judío en la Misa católica y nadie te ha explicado nunca

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Quien asiste a una Misa tradicional y conoce algo de la liturgia hebrea reconoce cosas. Unas son evidentes: amén, aleluya, hosanna, Sabaoth, cuatro palabras hebreas que el latín no tradujo. Otras son de estructura: primero se lee y se predica, después se ofrece. Ese es el orden de la sinagoga seguido del orden del Templo.

El asunto se presta a dos errores contrarios: negarlo, como si la Misa hubiera nacido de la nada, o convertirlo en tesis de hermandad religiosa, como si la Misa fuese una variante del culto judío y ambas cosas siguieran siendo lo mismo.

Lo que enseña la Iglesia es más exigente: Dios preparó durante siglos unas formas —el sacrificio, el sacerdocio, el pan y el vino— que eran sombra de una realidad futura. Llegada la realidad, la sombra cesó. Lo que queda en el altar no es judaísmo conservado: es cumplimiento.

¿Qué parte de la Misa viene de la sinagoga?

Adrian Fortescue, liturgista de oficio y poco dado a entusiasmos, lo da por establecido: «Que la primera parte de la liturgia, la de los catecúmenos, con sus lecturas de la Biblia, sermón y oraciones, es una forma cristianizada del antiguo servicio sinagogal puede tenerse por cierto».

Es decir: desde el principio de la Misa hasta el ofertorio, lo que usted tiene delante es la estructura de una mañana de sábado en la sinagoga, bautizada. Y añade un detalle: parece que en las sinagogas no se cantaban salmos, de modo que ese elemento hubo de tomarse del Templo.

Fortescue coteja el oficio del sábado —bendición, lectura de la Ley y de los Profetas, salmos, sermón, las dieciocho bendiciones, oración por toda clase de personas, bendición sacerdotal y oración por la paz— con la liturgia de las Constituciones Apostólicas, y halla en el mismo orden lecturas, salmo gradual, sermón, letanías del diácono, oración y bendición del obispo, y beso de paz.

Las palabras hebreas que el sacerdote no ha dejado de decir

Fortescue enumera las fórmulas bíblicas y sinagogales que los cristianos adoptaron tal cual: amén, aleluya, «Señor, ten piedad», «demos gracias a Dios», «por los siglos de los siglos».

Dos siguen en hebreo sin disimulo en el Sanctus. Sabaoth, «ejércitos», se conserva sin traducir en todas las liturgias. Y hosanna, literalmente «sálvanos», había dejado ya de ser petición en tiempos de nuestro Señor y era, dice Fortescue, interjección de triunfo: el grito del Domingo de Ramos, tomado del salmo 117 y añadido al texto de Isaías. De ahí que el Benedictus qui venit siga al Sanctus.

Que el latín no las tradujera no es descuido: es la misma razón por la que la Iglesia conserva lenguas muertas en el culto, cuestión tratada al explicar por qué la Misa es en latín.

«Bendijo el pan»: qué significaba ese verbo

Los evangelistas dicen que Cristo, tomando el pan, «bendijo». Fortescue explica que allí el verbo tenía contenido técnico: las berakot eran fórmulas fijas del tratado Berakot del Talmud, todavía impresas en cualquier devocionario hebreo.

Sobre el pan se decía: «Bendito eres tú, Señor nuestro Dios, rey del universo, que haces salir el pan de la tierra». Sobre el vino: «... que has creado el fruto de la vid». El cabeza de familia las pronunciaba, probaba de cada cosa y la daba a los demás. Fortescue pregunta lo obvio: cuando el Evangelio dice que el Señor «bendijo», ¿no significa que usó fórmulas semejantes?

El Benedixit del Canon, por tanto, no es palabra decorativa: describe un acto concreto, el de toda mesa judía, que Cristo llenó de un contenido que nadie había puesto antes en él.

Melquisedec: el sacerdote del pan y del vino que nombra el Canon

Después de la consagración, el sacerdote pide que Dios reciba esta oblación como recibió los dones de Abel, el sacrificio de Abrahán y «lo que te ofreció tu sumo sacerdote Melquisedec». No es adorno: es el eje del argumento católico sobre el sacrificio.

Gihr lo expone así. Melquisedec aparece y desaparece de la Escritura como personaje misterioso, y Dios le concedió el honor de prefigurar el sacerdocio y el sacrificio de Cristo, llamado «sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»; lo prefiguró por la naturaleza de su sacrificio y el modo de ofrecerlo.

Y lo propio de aquel sacrificio consistía únicamente en esto: que ofreció pan y vino al Altísimo. De donde Gihr concluye que Cristo, verdadero y eterno Melquisedec, debe ofrecer un sacrificio semejante, y no una vez sola, sino de continuo hasta el fin de los tiempos; lo cual solo es posible si la celebración diaria de la Eucaristía bajo las especies de pan y vino es un sacrificio real.

Y el pan sigue siendo ácimo por la misma lógica: Gihr da por admitido que Cristo consagró pan sin levadura, porque la Ley prohibía tener nada fermentado en casa aquella noche. La cena entera la hemos contado en cómo dijo Cristo la primera Misa.

Lo que NO viene del Cenáculo: el caso del Credo

Aquí hay que ser severo, porque circula literatura devota que atribuye a la Última Cena cada ceremonia de la Misa. Meagher sostiene que el Shemá —el «Escucha, Israel» de la sinagoga— es el antecedente del Credo de la Misa solemne.

El dato histórico no lo permite. León III (795-816) dijo que en Roma el Credo no se decía en la Misa, sino solo para instruir a los catecúmenos; tampoco está en el Sacramentario Gregoriano. Bernón de Reichenau cuenta lo que vio en 1014: san Enrique II advirtió que en su coronación romana no se cantaba el Credo, al que estaba acostumbrado en Alemania; se le respondió que la Iglesia romana nunca había sido manchada por la herejía y que por eso era innecesario, pero Benedicto VIII accedió al deseo del emperador y mandó cantarlo tras el Evangelio también en Roma. Fortescue zanja el asunto: que solo se cante en domingos y fiestas sigue mostrando que no es elemento esencial.

Con el incienso pasa algo parecido: es tentador derivarlo del altar de oro del Templo, y Meagher lo hace. Fortescue es más prudente: Tertuliano atestigua que los cristianos lo usaban en la vida ordinaria, pero en la liturgia solo para los funerales; la primera referencia litúrgica es de Orígenes, y al principio se empleaba solo en las procesiones, llevado delante del obispo como signo de honor, según la costumbre que lo llevaba delante de los cónsules.

Las vestiduras no vienen de Aarón, sino del guardapolvo de un esclavo

Meagher sostiene que la casulla procede del talit hebreo, el manto de los profetas que Cristo habría llevado en la Última Cena. John Walsh, que dedicó un libro a las vestiduras, expone las dos escuelas y decide.

La «ritualista» sostiene que las vestiduras cristianas están modeladas sobre las del sacerdocio judío, y reclama para ellas una institución divina indirecta; la «anticuaria» estudia catacumbas, mosaicos y figuras funerarias. El veredicto de Walsh es tajante: los expertos de esta segunda escuela «son unánimes en sostener que las vestiduras de la Iglesia cristiana evolucionaron por un proceso natural a partir del vestido ordinario de un ciudadano romano de los siglos primero o segundo». De la teoría levítica escribe que durante años fue la única propuesta, que «muy pocos la sostienen ahora de manera absoluta» y que «ha sido abandonada como insostenible».

De la casulla da el detalle: su antecesor fue una capa de abrigo usada al principio solo por esclavos y campesinos, mencionada ya por Plauto dos siglos antes de Cristo; de lana gruesa y a veces de cuero, no se envolvía al cuerpo como la toga, sino que se metía la cabeza por un agujero central y el cuerpo quedaba cubierto como bajo una cabañita, casula, de donde el nombre. Walsh admite que ninguna escuela acierta del todo, porque más tarde sí se introdujeron cambios para asimilar los dos ceremoniales; pero el orden de los factores es el que es.

Qué queda de la Ley antigua y qué quedó abolido

Michael Müller lo formula sin ambigüedad: el Salvador vino no a destruir la ley del sacrificio, sino a cumplirla; cuanto era esencial en la Ley antigua siguió siendo esencial en la nueva. El sacrificio, esencia de la religión judía, siguió siendo la esencia de la cristiana. Cristo sustituyó una víctima más perfecta por las antiguas, porque la sangre de animales no podía por sí borrar el pecado del hombre.

Y en cuanto llegó el Redentor y derramó su sangre, «los tipos y las imágenes quedaron a un lado, porque ya no eran agradables a Dios». Müller lee la sentencia en Malaquías: «desde donde sale el sol hasta donde se pone, mi nombre es grande entre las naciones, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece a mi nombre una oblación limpia». Gihr recuerda que los Padres enseñan unánimemente, y la Iglesia lo ha declarado, que la santa Misa es esa oblación limpia.

Conviene acabar con la advertencia de Fortescue: hay influencias judías en la primera liturgia cristiana, pero «cuáles servicios judíos tuvieron más influencia y los puntos de dependencia en detalle siguen siendo inciertos», y «es peligroso trazar formas paralelas con un conjunto determinado de oraciones judías y deducir que ese conjunto concreto es el prototipo de la liturgia cristiana».

Preguntas frecuentes

¿Es cierto que la primera parte de la Misa es la sinagoga cristianizada?

Sí, y no es opinión devota: Fortescue lo da por cierto. La liturgia de los catecúmenos —lecturas, sermón y oraciones— es una forma cristianizada del antiguo oficio sinagogal, y lo pone en paralelo con la liturgia de las Constituciones Apostólicas: lecturas de la Ley y los Profetas, salmos, sermón, letanías, bendición y beso de paz. Los salmos, en cambio, hubieron de tomarse del Templo, porque en las sinagogas no se cantaban.

¿Qué palabras hebreas siguen diciéndose en la Misa?

Fortescue enumera amén y aleluya entre las fórmulas adoptadas sin traducir, y señala que en el Sanctus se conserva Sabaoth, «ejércitos», en todas las liturgias. Se añade hosanna, «sálvanos», que ya en tiempos de nuestro Señor era interjección de triunfo: el grito del Domingo de Ramos, tomado del salmo 117 y unido al texto de Isaías, lo que explica que el Benedictus qui venit vaya después.

¿La Misa procede entonces del culto judío?

No en el sentido en que suele decirse. Müller lo precisa: Cristo no vino a destruir la ley del sacrificio, sino a cumplirla, y lo esencial de la Ley antigua siguió siendo esencial en la nueva. Pero llegado el Redentor, los tipos y las figuras dejaron de ser agradables a Dios y desaparecieron. Lo que hay en el altar es la oblación limpia anunciada por Malaquías, no una prolongación del culto del Templo.

¿Por qué el Canon nombra a Melquisedec?

Porque de él viene el argumento del sacrificio incruento. Gihr recuerda que Cristo es llamado «sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» y que lo propio de Melquisedec fue ofrecer pan y vino al Altísimo. Si Cristo es sacerdote de ese orden, debe ofrecer un sacrificio semejante, y no una vez sola, sino continuamente; lo cual solo cabe si la Eucaristía es un sacrificio verdadero.

¿Las vestiduras del sacerdote imitan las del sumo sacerdote judío?

No. Walsh expone las dos teorías y dictamina: la de origen levítico es la más antigua y fue durante años la única propuesta, pero muy pocos la sostienen ya de modo absoluto y «ha sido abandonada como insostenible». Los expertos son unánimes en que las vestiduras evolucionaron del vestido ordinario del ciudadano romano de los siglos primero y segundo.

¿Todo lo que suena a hebreo en la Misa viene del Cenáculo?

No, y conviene desconfiar de quien lo afirme. El Credo no se cantaba en la Misa romana hasta 1014, cuando Benedicto VIII accedió a la petición de san Enrique II; antes, según León III, en Roma solo servía para instruir a los catecúmenos. Fortescue añade que cantarse únicamente en domingos y fiestas sigue mostrando que no es elemento esencial de la Misa.

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Para seguir la Misa

Reconocer el Sabaoth, el hosanna o el nombre de Melquisedec en su sitio exige tener el texto delante.

Misal de la Misa tradicional en latín y español: latín y español enfrentados, rúbricas en rojo con lo que hace el sacerdote y lo que hacen los fieles, siluetas al margen para saber cuándo se está de pie, de rodillas o sentado, y el aviso de la campanilla en la consagración. 76 páginas a todo color, 18,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

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