Coro de la iglesia de los capuchinos de Roma, con los religiosos en oración ante el altar

Por qué el demonio odia la Misa más que ninguna otra cosa del mundo

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Hay un capítulo en un libro de 1875 que se titula, sin rodeos, «El odio de Satanás a la Misa». Lo escribió el padre Michael Müller, redentorista, en The Holy Mass, y su tesis es sencilla: de todo lo que hay en la tierra, lo que el demonio quiere destruir con más empeño es el Santo Sacrificio del altar.

Y para demostrarlo no recurre a una leyenda piadosa. Recurre a un texto que escribió el propio Martín Lutero.

Qué se juega en cada Misa

Para entender el argumento hay que entender primero qué sostiene la Iglesia que ocurre en el altar. No es un recuerdo, ni una representación, ni una cena fraterna. Es el mismo sacrificio del Calvario, ofrecido de modo incruento, con el mismo sacerdote y la misma víctima, y solo distinto en el modo de ofrecerse.

De ahí se sigue lo que Müller desarrolla en su capítulo undécimo: la Misa aplica a las almas concretas, aquí y ahora, los méritos infinitos de Cristo. La redención se obró una vez en el Calvario; la Misa la reparte. Es el canal por el que llega a este hombre, a esta familia, a este difunto.

Si eso es verdad, entonces está claro cuál es el blanco. Quien quiera estorbar la salvación de los hombres no atacará las devociones secundarias: atacará el conducto.

El texto de Lutero que Müller pone en el centro

Lutero dejó escrito el relato de una disputa nocturna en la que, según él mismo cuenta, fue interrogado sobre sus Misas. Müller lo recoge siguiendo la Vida de Lutero de Audin, capítulos XIX y XX.

Los argumentos que Lutero dice haber recibido son estos, y conviene leerlos despacio, porque no son argumentos de un ignorante:

«¿Cómo ibas a consagrar en la Misa, ni a celebrarla realmente, si no tenías el poder de consagrar, lo cual, según tu propia doctrina, es un defecto esencial? ¡Qué sacerdocio es ese! ¡Qué consagración! ¡Qué Misa! ¿Qué clase de sacerdote eres tú?»

«Sostengo, pues, que no has consagrado en la Misa, y que has ofrecido y has hecho adorar a otros simple pan y vino. En tu Misa falta una persona con poder para consagrar. Estás ahí, por ti mismo, como un monje ignorante e infiel.»

«No estás ordenado; solo has ofrecido pan y vino, como los paganos. ¡Qué abominación nunca oída!»

Y entonces viene la parte que Müller subraya, porque es Lutero quien la escribe: reconoce al final de esa conferencia que no fue capaz de responder. Dice que su adversario lo apretó de tal modo con sus argumentos que lo dejó sin réplica, y añade un detalle físico: que la voz iba acompañada de un espanto tal que «la sangre se me heló en las venas».

Escribe después a Melanchton una sola línea que lo resume todo: «No volveré a celebrar Misas privadas nunca más».

La pregunta que Lutero no hizo

Aquí está el nervio del capítulo, y es de una lógica que no necesita teología.

Si celebrar la Misa y asistir a ella fuera cometer idolatría —que es lo que se le estaba diciendo—, entonces la Misa sería un culto al demonio. Y si la Misa fuera un culto al demonio, ¿qué interés podía tener el demonio en que se aboliera? ¿Desde cuándo trabaja alguien por destruir su propio culto y su propio imperio?

Müller pone en boca de Lutero la respuesta que debió dar y no dio:

«Si decir Misa y asistir a ella es cometer pecado de idolatría, ¿por qué entonces me persuades de que aboláis la Misa? ¿Por qué quieres que destruya tu propio culto, tu propio imperio en la tierra? No eres tan necio: sabes demasiado bien que la Misa es ese Sacrificio poderoso con el que tu fuerza ha sido aplastada.»

Es un argumento por reducción al absurdo, y es válido con independencia de lo que uno piense del relato. Quien pide la supresión de un culto está reconociendo que ese culto le estorba. Un enemigo no destruye sus propias armas.

La otra cara: lo que la Misa hace en un alma

Müller no se queda en lo negativo. Dedica varios capítulos a lo contrario: a lo que ocurre cuando un alma se acerca al altar bien dispuesta.

Uno de los casos que narra con más detalle es el de Nicola Aubry, la mujer poseída cuyo proceso fue seguido con enorme expectación en su tiempo. Müller explica que, después de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, aquella mujer resultaba a Satanás tan temible como un león furioso lo es para un hombre. Su conclusión no es el prodigio, sino la doctrina que hay detrás: por la comunión el hombre se hace, como dice San Pedro, partícipe de la naturaleza divina; y contra eso el demonio no tiene fuerza.

De ahí que Müller saque la consecuencia práctica que más le importa: no basta con saber esto. Hay que ir a Misa, y hay que ir sabiendo a qué se va.

Por qué esto no es un asunto del siglo XVI

Uno podría pensar que todo esto pertenece al pasado. No es así. La pregunta que Müller deja planteada sigue siendo la misma hoy, y se puede formular sin nombrar al demonio en absoluto:

¿Por qué, de todas las cosas de la Iglesia, es la Misa la que siempre acaba en el centro de la disputa? No las devociones, no las costumbres, no la disciplina: la Misa. Cuando la Reforma protestante quiso cambiar la fe de Inglaterra, lo primero que cambió fue el rito del altar. Cuando en el siglo XX se quiso cambiar el modo de creer, otra vez fue por ahí por donde se empezó.

Quien entiende esto entiende por qué un católico se toma en serio cómo se celebra la Misa, qué se dice en ella y en qué lengua se dice. No es estética. Es el conducto de la redención, y el enemigo lo sabe mejor que muchos católicos.

Por qué la Misa vale más que cualquier otra oración

Müller dedica cinco capítulos seguidos a desplegar los cuatro fines por los que se ofrece el Sacrificio, y conviene tenerlos presentes porque explican de dónde le viene a la Misa su peso.

El primero es la adoración: es el único culto de valor infinito que la criatura puede rendir a Dios, porque quien se ofrece es el Hijo. El segundo es la propiciación: satisface por el pecado. El tercero es la acción de gracias: paga una deuda que ninguna oración nuestra alcanza a pagar. Y el cuarto es la impetración: alcanza lo que se pide.

De ahí que Müller escriba que un rosario, un ayuno o una limosna son obras buenas de valor limitado, mientras que la Misa es de valor infinito en sí misma, y solo está limitada por la disposición de quien la ofrece y de quien la recibe. La frase con la que lo resume es suya: a la Misa se viene «a recibir las riquezas del alma y los tesoros del amor».

Súmese eso al capítulo del odio de Satanás y el cuadro queda completo. No se combate con tanta insistencia lo que no vale nada.

Qué se puede hacer con esto

Tres cosas, y las tres son de Müller.

  1. Oír Misa sabiendo qué pasa. Seguir el rito con el texto delante cambia por completo la experiencia: se deja de asistir y se empieza a ofrecer.
  2. Mandar decir Misas. Por los vivos y por los difuntos. Es la limosna que más rinde de todas.
  3. No tratar la Misa como una costumbre. Müller escribe que la familiaridad con lo santo, si no engendra irreverencia, al menos produce descuido. Y el descuido en esto se paga.

Preguntas frecuentes

¿De dónde sale que el demonio odia especialmente la Misa?

Del capítulo XXXVI de The Holy Mass del padre Michael Müller (1875), titulado «El odio de Satanás a la Misa». Su argumento es que, siendo la Misa el canal por el que se aplican a las almas los méritos de la Redención, es el blanco natural de quien quiere estorbar la salvación.

¿Qué escribió Lutero exactamente?

Dejó por escrito el relato de una disputa nocturna en la que se le objetó que no estaba ordenado, que no tenía poder para consagrar y que por tanto había hecho adorar pan y vino. Reconoce que no supo responder y que después escribió a Melanchton diciendo que no volvería a celebrar Misas privadas.

¿Es eso una leyenda católica contra Lutero?

No. El relato es del propio Lutero y consta en sus escritos; Müller lo cita siguiendo la Vida de Lutero de Audin, capítulos XIX y XX. Lo que añade Müller es la conclusión, no el hecho narrado.

¿Cuál es el argumento de fondo?

Que si la Misa fuera idolatría, el demonio no tendría ningún interés en que se suprimiese, porque estaría pidiendo la destrucción de su propio culto. Que pida abolirla es la mejor prueba de que le estorba.

¿Qué significa que la Misa «aplica» los méritos de Cristo?

Que la redención se obró de una vez para siempre en el Calvario, pero sus frutos se reparten en el tiempo. La Misa es el modo ordinario por el que esos méritos infinitos llegan a personas concretas, vivas o difuntas.

¿La Misa repite el sacrificio de la Cruz?

No. Es el mismo y único sacrificio, ofrecido de modo incruento. La víctima es la misma y el sacerdote principal es el mismo; solo cambia el modo de ofrecerse. Por eso no se añade nada al Calvario: se aplica.

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Para seguir la Misa

Si algo se saca de todo esto es que a la Misa no se va de espectador. Para eso está el Misal de la Misa tradicional en latín y español: latín y español enfrentados, rúbricas en rojo con lo que hace el sacerdote y lo que hacen los fieles, siluetas al margen que indican de pie, de rodillas o sentado, aviso de la campanilla en la consagración y notas con el origen histórico de cada parte. 76 páginas a todo color, 18,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

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