La Misa de san Gregorio, tabla flamenca con el sacerdote ante el altar y Cristo varón de dolores

Los cuatro fines de la Misa: lo que le estás pidiendo a Dios sin saberlo

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Usted entra en la iglesia, se arrodilla y empieza la Misa. Pregunta sencilla: ¿qué está haciendo exactamente en ese momento?

La respuesta clásica es que está ofreciendo un sacrificio, y que ese sacrificio se ofrece por cuatro fines distintos y simultáneos. No son cuatro devociones entre las que haya que elegir: son cuatro cosas que ocurren a la vez cada vez que el sacerdote sube al altar. El padre Michael Müller les dedica cinco capítulos seguidos en The Holy Mass (1875), y Nikolaus Gihr los desarrolla en su gran manual de 1902.

Son estos cuatro: adoración, propiciación, acción de gracias e impetración. Vamos uno por uno, porque cada uno cambia algo de cómo se oye Misa.

1. Adoración: el único culto de valor infinito

Dios merece un honor infinito. Ninguna criatura finita —ni un hombre, ni un ángel, ni todos los ángeles juntos— puede dárselo, porque lo finito no alcanza a lo infinito por mucho que se multiplique.

Müller lo explica con una imagen que viene de la Escritura. Antes de la Encarnación, nadie amaba a Dios más que los ángeles, y precisamente por eso nadie deseaba más verlo honrado como merecía. Sabían que ese honor infinito no podía venir de ninguna criatura. Por eso cantaron con aquel júbilo cuando nació el Hijo de Dios: «Gloria a Dios en las alturas», porque al fin había en la tierra Alguien capaz de dar al Padre una gloria infinita.

Y aquí está el punto: ese mismo honor infinito es el que Cristo sigue ofreciendo al Padre en cada Misa. No un honor parecido, ni un recuerdo de aquel honor: el mismo, porque la víctima que se ofrece es Él mismo.

Müller recoge una frase que, según cuenta, oyó interiormente un alma que se lamentaba de no tener mil lenguas para alabar a Dios: «Soy más honrado por una sola Misa que por todo el honor que tú pudieras jamás concebir o desear». Sea cual sea el crédito que se le dé al relato, la razón que da Müller a continuación es pura teología y no depende de él: la víctima es Cristo, y por eso el valor es infinito.

2. Propiciación: satisfacer por el pecado

Este es el fin del que menos se habla y el que más pesa.

Müller abre el capítulo mirando lo que el pecado ha costado. Los ángeles más brillantes, expulsados del cielo por un solo pecado mortal. Nuestros primeros padres, echados del paraíso por un solo pecado mortal. La tierra destruida por el agua y ciudades consumidas por el fuego. Y el infierno, poblado. «La grandeza del castigo», escribe, «es la medida de la enormidad del crimen».

De ahí saca la consecuencia: ante una ofensa de ese calibre hace falta una satisfacción proporcionada, y ninguna obra humana la alcanza. La Misa sí, porque quien satisface es el mismo que fue ofendido en cuanto Dios y el mismo que repara en cuanto hombre.

Conviene precisar, para no caer en caricaturas: la Misa no se ofrece para arrancar el perdón de los pecados mortales al margen de la confesión. Su eficacia propiciatoria mueve al pecador a la penitencia, satisface por la pena temporal debida y aprovecha a los difuntos. No sustituye al confesonario: lo acompaña.

3. Acción de gracias: pagar una deuda que no podemos pagar

Haga la cuenta de lo que ha recibido: la existencia, la fe, el bautismo, la salud que tenga, los suyos, el tiempo que le queda. Ahora intente ponerle precio y pagarlo.

No se puede. Cualquier agradecimiento humano es desproporcionado por defecto. La palabra griega eucharistía significa precisamente acción de gracias, y el Sacrificio se llama así porque es el único agradecimiento a la altura del beneficio: es Cristo quien da gracias, y sus gracias sí valen lo que la deuda.

Esto tiene una aplicación inmediata y muy poco usada: cuando alguien recibe un favor grande —una curación, un trabajo, un hijo—, lo que corresponde no es solo rezar, sino mandar decir una Misa en acción de gracias. Era costumbre corriente hace un siglo y se ha perdido casi del todo.

4. Impetración: pedir

Müller le dedica dos capítulos enteros, señal de la importancia que le daba. La impetración es sencillamente pedir: alcanzar de Dios lo que se necesita.

La diferencia con la oración privada no está en el afecto de quien pide, sino en quién presenta la petición. En la Misa, la súplica no sube sola: sube unida a la ofrenda de Cristo. Por eso la Iglesia ha entendido siempre que lo que se pide en la Misa se pide con una fuerza que ninguna otra oración tiene.

De ahí vienen dos costumbres que conviene recuperar. La primera, entrar en la iglesia sabiendo qué se va a pedir ese día, y no dejarlo a la improvisación. La segunda, mandar decir Misas por intenciones concretas en lugar de limitarse a pedir oraciones.

Por qué no es lo mismo que rezar en casa

Rezar en casa es bueno y necesario, y nada de lo anterior lo discute. Pero conviene ver la diferencia con claridad.

Un rosario, un ayuno, una limosna son obras buenas de valor limitado: valen lo que vale quien las hace. La Misa es de valor infinito en sí misma, porque no la hace usted: la hace Cristo, y usted se une a ella. Lo único limitado es la disposición con que uno se acerca y la medida en que Dios quiere aplicar esos frutos.

Esa es también la razón por la que la Iglesia manda oír Misa los domingos bajo pecado grave y no manda rezar el rosario. No es una cuestión de reglamento: es que en un caso se trata del culto público y debido a Dios, y en el otro de una devoción.

Los frutos: general, especial y personalísimo

Falta una pieza para que el cuadro quede completo, y es la que responde a la pregunta que todo el mundo hace: si la Misa tiene valor infinito, ¿por qué no se arregla el mundo con una sola?

Porque una cosa es el valor del sacrificio y otra su aplicación. Gihr distingue tres modos en que los frutos se reparten.

El fruto general alcanza a toda la Iglesia: a los vivos, a los difuntos y a quienes ni siquiera saben que se está celebrando. Cada Misa que se dice en cualquier rincón del mundo aprovecha a todo el cuerpo.

El fruto especial es el que el sacerdote aplica a la intención por la que se ofrece esa Misa concreta: el difunto, el enfermo, la familia que la ha encargado. Es el que se pide al mandar decir una Misa.

El fruto personalísimo es el que recibe el propio sacerdote que la celebra, y también, en su medida, quienes asisten y se unen a la ofrenda.

De ahí se sigue lo que decía Cochem y repiten todos: la cantidad de gracia que uno se lleva de una Misa no depende de la Misa, que es infinita, sino de con qué disposición entra y con qué atención la sigue. Dicho de otro modo: el grifo da lo que da; el límite es el tamaño del vaso que uno pone debajo.

Qué cambia el domingo que viene

Tres cosas prácticas, y ninguna cuesta dinero.

  1. Entre con una intención. Antes de que empiece, formule por escrito o mentalmente qué ofrece y qué pide. Los cuatro fines son un guion: adoro, satisfago, doy gracias, pido.
  2. Siga el rito, no lo contemple. Cuando el sacerdote ofrece la hostia y el cáliz, usted ofrece con él; la Misa no es un espectáculo al que se asiste.
  3. Mande decir Misas. Por los difuntos, en acción de gracias y por lo que necesite. Es la costumbre más olvidada y la más eficaz.

Preguntas frecuentes

¿Cuáles son los cuatro fines de la Misa?

Adoración, propiciación, acción de gracias e impetración. Es decir: dar a Dios el culto que merece, satisfacer por el pecado, agradecer los beneficios recibidos y pedir lo que se necesita. Los cuatro se realizan a la vez en cada Misa.

¿Por qué se dice que la Misa tiene valor infinito?

Porque la víctima que se ofrece es Jesucristo y el sacerdote principal que la ofrece es Él mismo. El valor de un sacrificio se mide por la dignidad de la víctima, y esa dignidad es infinita. Lo limitado es la disposición de quien la ofrece y la aplicación de sus frutos.

¿Perdona la Misa los pecados mortales?

No en lugar de la confesión. Su eficacia propiciatoria mueve al pecador a la penitencia y satisface por la pena temporal debida por los pecados ya perdonados. Para el perdón del pecado mortal está el sacramento de la penitencia.

¿Es más eficaz una Misa que un rosario?

Son cosas de distinto orden. El rosario es una devoción de valor limitado, por buena que sea; la Misa es el sacrificio público de la Iglesia y tiene valor infinito en sí misma. Por eso la Iglesia obliga a oír Misa el domingo y no obliga a rezar el rosario.

¿Qué significa mandar decir una Misa por alguien?

Pedir al sacerdote que aplique los frutos de una Misa concreta a una intención determinada: un difunto, un enfermo, una necesidad o una acción de gracias. Es la manera ordinaria de que los méritos del sacrificio lleguen a una persona en particular.

¿Se puede ofrecer la Misa por alguien que no es católico?

Se puede pedir por cualquier persona viva, incluidos los que están fuera de la Iglesia, y de hecho es una de las obras de caridad más recomendadas. En el caso de los difuntos, la Iglesia aplica los sufragios a los fieles difuntos y encomienda los demás a la misericordia de Dios.

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Para seguir la Misa

Entrar con una intención es más fácil cuando uno sabe en qué momento está. El Misal de la Misa tradicional en latín y español lleva el latín y el español enfrentados, las rúbricas en rojo con lo que hace el sacerdote y lo que hacen los fieles, siluetas al margen para saber cuándo se está de pie, de rodillas o sentado, y el aviso de la campanilla en la consagración. 76 páginas a todo color, 18,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

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