Mandar decir una Misa por un difunto: lo que la Iglesia enseña que ocurre de verdad
Por Marcos Vera PérezMuere alguien de la familia. Entre el tanatorio, las flores y los papeles, alguien dice: «Habrá que encargar una Misa». Se encarga, se deja un donativo en la sacristía, se avisa de la hora, y ahí acaba el asunto. Pocos saben qué han pedido ni qué enseña la Iglesia que ocurre entonces.
Conviene saberlo, porque la doctrina es más exacta —y más sobria— de lo que sugieren la devoción sentimental y la desconfianza de quien sospecha ahí un negocio. La Iglesia no promete que su padre salga del purgatorio el martes. Enseña otra cosa, y con precisión.
Michael Müller recoge lo que un obispo contó a un sacerdote joven: también él hacía mementos por sus difuntos, hasta que enfermó de gravedad. «Entonces toda mi vida pasada, con sus faltas y sus pecados, se me presentó con viveza sobrecogedora. Vi cuánto tenía que expiar; y pensé en qué pocas Misas se dirían por mí».
¿Qué se pide al mandar decir una Misa por un difunto?
Se pide que el sacerdote aplique a esa alma concreta el fruto ministerial del sacrificio. Gihr lo explica así: el sacerdote, como dispensador de los misterios de Dios, no solo tiene potestad de ofrecerlo, sino de determinar a quién se aplica su fruto, y esa potestad se le comunica de modo inviolable en la ordenación.
No es, por tanto, una oración más. Es una aplicación directa de lo que Cristo ganó en la Cruz, hecha por quien tiene autoridad para hacerla. La Iglesia ha ofrecido desde el principio la Misa por personas individuales, y ha condenado la afirmación de que esa aplicación no aproveche particularmente a aquellos por quienes se hace.
Por qué la Misa aprovecha a los difuntos más que nada
La enseñanza es unánime y antigua. Martin von Cochem cita a Trento: «Este Sínodo ecuménico enseña que las almas detenidas en el purgatorio son ayudadas por los sufragios de los fieles, pero principalmente por el aceptable sacrificio del altar». Y añade santo Tomás: «Por ninguna otra oblación pueden las almas del purgatorio ser liberadas más rápidamente que por el sacrificio de la Misa».
La razón que da Cochem es de justicia, no de sentimiento:
En la Misa no solo el sacerdote y la congregación rezan por la liberación de las santas almas: al mismo tiempo ofrecen a Dios la totalidad de la deuda todavía pendiente ante la justicia divina, y así aplacan su justa ira.
Müller recoge la misma doctrina en los Padres: san Agustín escribe que la pompa fúnebre y los monumentos costosos «son cierto consuelo para los vivos, no ayudas para los muertos», mientras que los difuntos sí son ayudados por las limosnas, las oraciones de la Iglesia y el sacrificio saludable. Se entiende teniendo claro que la Misa es el Calvario sin sangre.
A quién aprovecha el sacrificio y a quién no
Gihr plantea la cuestión con la frialdad de un tratado. Los que salieron de este mundo o están en el cielo, donde gozan y reinan; o están sepultados en el abismo del infierno, del cual no hay redención; o permanecen en el lugar de purificación hasta ser dignos de aparecer ante Dios.
Solo por la última de esas tres clases puede ofrecerse propiamente la Misa, y por ella se ofrece según la tradición apostólica. A los bienaventurados no les hace falta; a los condenados no les sirve. De ahí que sea falso asegurar que unas Misas «han sacado» a un difunto: nadie sabe en cuál de las tres está.
El único efecto que un difunto puede recibir
Este punto ordena lo demás. Gihr:
De los distintos efectos de la Misa, los fieles difuntos pueden recibir uno solo, a saber, la remisión de la pena temporal por satisfacción hecha a la divina Justicia.
Esas penas son el último impedimento que les retiene fuera del descanso de su Señor. Como sacrificio de propiciación, la Misa desarma la justicia divina que pesa sobre ellas y cancela lo que les queda por sufrir.
Lo que no puede hacer la Misa es perdonar el pecado mortal en lugar de la confesión. Ni en los vivos ni en los muertos. Müller es tajante: «nuestros pecados no son perdonados directa e inmediatamente por la Misa, como lo son por el bautismo o el sacramento de la penitencia»; el sacrificio obtiene la gracia del arrepentimiento que dispone a confesarse, y «solo pueden ser perdonados por el sacramento de la penitencia». Por eso, observa Cochem, las almas del purgatorio están ya en gracia: han hecho las paces con Dios en ese sacramento, y siguen cautivas solo por la pena debida.
Valor infinito, aplicación limitada
El valor de la Misa es infinito. Gihr afirma que, en cuanto Cristo mismo se ofrece, no es inferior al sacrificio de la Cruz: «ambos son igualmente infinitos, igualmente por encima de toda estimación e igualmente valiosos».
La aplicación, en cambio, es finita: «la Misa no puede producir para el hombre o en el hombre efectos infinitos», porque la criatura finita no sería capaz de recibirlos. La prueba está en la práctica de la Iglesia: si cada Misa desplegara toda su eficacia, una sola bastaría para vaciar el purgatorio; que se ofrezcan muchas por una misma alma demuestra que el fruto de una es limitado.
Se distinguen el fruto general, que alcanza a toda la Iglesia por el solo ejercicio del ministerio; el fruto especial, de quienes cooperan en la oblación; y el fruto personalísimo, reservado al celebrante. El que usted encarga es el ministerial. De ahí una consecuencia: mejor varias Misas sucesivas que una sola, y mejor aún asistir a ellas, pues Cochem enseña que aprovecha más a aquel por quien se dice si está presente.
Nadie puede decirle cuántas Misas hacen falta
Hay que cortar toda aritmética piadosa. Gihr, tras afirmar que la Misa dicha por esas almas con toda probabilidad no queda sin efecto, escribe:
Esto es todo lo que sabemos; el resto está enteramente envuelto en gran oscuridad, pues se nos oculta en qué medida y hasta qué punto el santo sacrificio abrevia o alivia cada vez los sufrimientos de un alma.
Cochem responde lo mismo a quien pregunta cuánto se remite por una Misa: «Dios no ha revelado a su Iglesia la severidad ni la duración del castigo que ha de sufrirse por el pecado mortal o venial». Cuándo quede libre un alma depende de la voluntad de Dios.
Los ejemplos de los autores antiguos —las treinta Misas de san Gregorio por el monje Justo, las treinta de san Vicente Ferrer por su hermana— no son tarifas. Son avisos contra la presunción de dar por glorificada a un alma solo porque la queríamos mucho.
El estipendio no es el precio de la Misa
Müller responde sin rodeos: lo que se entrega al sacerdote con ocasión de los sacramentos o de la Misa no se da como pago. «Nadie debería decir al sacerdote: ¿cuánto cuesta una Misa? La Misa es de valor infinito. Comprar o vender las cosas santas de Dios sería un pecado grave: la simonía.»
La cantidad es una ofrenda dada en obediencia al precepto de sostener a los pastores, y equivale por costumbre al sustento decoroso de un sacerdote durante un día. Santo Tomás lo formula con exactitud: no recibe dinero como precio de la consagración —eso sería simoníaco—, sino como estipendio de su sustento.
La costumbre es antiquísima: Müller recuerda que Judas Macabeo envió una gran suma a los sacerdotes pidiendo sacrificios por los caídos en batalla.
Qué cambia en el altar en la Misa de difuntos
Quien asista notará que la liturgia se despoja. Adrian Fortescue lo detalla: los ornamentos son siempre negros; se omite el salmo Iudica al pie del altar; no se dicen ni el Gloria in excelsis ni el Credo; se omite la bendición Iube Domine benedicere y no se besa el libro tras el evangelio; en el Agnus Dei las cláusulas finales son dona eis requiem, y el sacerdote no se golpea el pecho.
Al final no se dice Ite missa est, sino Requiescant in pace, «siempre en plural, aun cuando la Misa se ofrezca por una sola persona». Tampoco se da la bendición. Toda la ceremonia está hecha para que nadie confunda un funeral con una canonización.
La oración por los difuntos no es un añadido tardío. Fortescue explica que lo primero que se puso por escrito en la liturgia parecen haber sido los dípticos: dos tablillas unidas con bisagras, en una los nombres de los vivos por quienes se rezaba y en la otra los de los muertos, leídos por el diácono. De ahí procede el Memento etiam del Canon romano, donde los nombres se pronuncian tras in somno pacis. Ayuda conocer las partes de la Misa tradicional y el purgatorio en el libro que quitaron de la Biblia.
Preguntas frecuentes
¿Sirve de algo encargar una Misa si no sé si mi difunto está en el purgatorio?
Sí, y precisamente por eso se encarga. Gihr enseña que la Misa se ofrece propiamente por las almas del lugar de purificación, y que la Iglesia permite celebrarla por todos los que murieron en su seno, porque a los difuntos en comunión visible con ella se los considera, si no ya en el cielo, al menos en camino seguro. Usted no sabe en qué estado está esa alma; tampoco el sacerdote. Ofrecer el sacrificio es lo razonable; no presumir nada, lo honrado.
¿Puede una Misa sacar directamente a un alma del purgatorio?
Puede contribuir a ello, pero nadie puede afirmarlo de un caso concreto. Gihr dice que la Misa ofrecida por esas almas con toda probabilidad no queda nunca sin efecto, y añade que el resto está envuelto en gran oscuridad: se nos oculta en qué medida abrevia o alivia sus sufrimientos. Cochem repite que Dios no ha revelado la severidad ni la duración de esas penas. Por eso es útil, y a menudo necesario, repetir el sacrificio.
¿La Misa perdona los pecados de mi difunto?
No en el sentido en que suele entenderse. Müller enseña que los pecados mortales solo pueden ser perdonados por el sacramento de la penitencia, y que la Misa obtiene la gracia del arrepentimiento que dispone a confesarse. Quien está en el purgatorio ya ha hecho las paces con Dios en ese sacramento, como recuerda Cochem, y permanece allí por la pena temporal pendiente. Lo que recibe de la Misa es la remisión de esa pena, no el perdón de la culpa.
¿Cuántas Misas debo encargar?
No hay número revelado, y desconfíe de quien se lo dé. Lo que sí enseñan los autores es que conviene repetir el sacrificio: Gihr afirma que no es inútil, sino más bien necesario, ofrecer la Misa varias veces por una misma alma, para ayudarla a entrar antes y con más seguridad en posesión del cielo. Los ejemplos clásicos, como las treinta Misas de san Gregorio Magno, indican perseverancia, no una tarifa.
¿Es simonía pagar por una Misa?
Lo sería si se pagase por ella, y por eso la Iglesia no lo permite. Müller advierte que nadie debe preguntar cuánto cuesta una Misa, porque es de valor infinito y comprar o vender las cosas santas de Dios sería pecado grave de simonía. El estipendio es una ofrenda para el sustento del sacerdote, fijada por la costumbre en lo que necesita para un día. Santo Tomás lo dice igual: no es precio de la consagración.
¿Sirve más asistir a la Misa que solo encargarla?
Son dos cosas distintas y se suman. Quien encarga la Misa obtiene para su difunto el fruto ministerial, que el sacerdote aplica por intención expresa. Quien además asiste con devoción gana el fruto especial de los que cooperan personalmente en la oblación, más o menos abundante según su disposición. Cochem añade que la Misa aprovecha más a aquel por quien se dice si está presente. Encargarla y asistir es hacer las dos cosas.
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- La Misa es el Calvario sin sangre
- Los cuatro fines de la Misa
- El purgatorio y la Biblia mutilada
- La Misa tradicional
Para seguir la Misa
En un funeral, con los nervios y el latín, es fácil pasar media hora sin saber en qué momento se está. Llevar el texto delante lo cambia todo.
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Fuentes
- Michael Müller, The Holy Mass (1875), caps. XXIV, XXIX «Mass Propitiatory for the Dead» y XXXVIII.
- Nikolaus Gihr, The Holy Sacrifice of the Mass (1902), caps. 17, 20 y 22.
- Martin von Cochem, Explanation of the Holy Sacrifice of the Mass, cap. «Holy Mass the Unfailing Succor of the Departed».
- Adrian Fortescue, The Ceremonies of the Roman Rite Described, § «At Requiem Mass».
- Adrian Fortescue, The Mass: A Study of the Roman Liturgy, caps. sobre el origen del rito romano y el Canon.
