Los Padres de la Iglesia: quiénes fueron y por qué siguen importando

Los Padres de la Iglesia: quiénes fueron y por qué siguen importando

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Entre la muerte del último apóstol y el siglo VIII hay una franja de tiempo que la mayoría de los católicos no sabría describir. Y sin embargo en esos siete siglos se fijó el canon de la Biblia, se formularon el Credo y los dogmas trinitarios y cristológicos, se organizó la liturgia y se escribió casi todo lo que la Iglesia sigue pensando sobre Dios y sobre el hombre.

Los responsables de aquel trabajo son los Padres de la Iglesia.

Quién es «Padre»

La teología exige cuatro condiciones para aplicar el título: antigüedad (pertenecer a los primeros siglos), ortodoxia doctrinal, santidad de vida y aprobación de la Iglesia. Quien cumple las tres primeras pero no la segunda —Orígenes, Tertuliano— es «escritor eclesiástico»: se le lee con provecho y con cautela.

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Se distinguen los Padres griegos, los latinos y los orientales, y el período se cierra convencionalmente con San Isidoro de Sevilla en Occidente y San Juan Damasceno en Oriente.

Los primeros: los Padres apostólicos

Son los que trataron con los apóstoles o con sus discípulos directos, y su valor es sobre todo histórico: muestran qué creía la Iglesia antes de que nadie tuviera que definirlo.

San Clemente Romano, tercer sucesor de San Pedro, escribe hacia el año 96 una carta a los corintios interviniendo con autoridad en los asuntos de otra comunidad: el primer testimonio del primado romano fuera del Nuevo Testamento.

San Ignacio de Antioquía, camino de Roma para ser devorado por las fieras hacia el año 107, escribe siete cartas en las que aparecen ya la palabra «católica» aplicada a la Iglesia, la estructura de obispo, presbíteros y diáconos, y una afirmación tajante de que la Eucaristía es la carne de Cristo.

San Policarpo de Esmirna, discípulo de San Juan, murió mártir en la hoguera siendo anciano.

Los grandes del siglo IV y V

El siglo IV es el de las grandes controversias y, por tanto, el de la gran teología.

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San Atanasio sostuvo casi solo la fe de Nicea frente al arrianismo y fue desterrado cinco veces por ello.

San Basilio, San Gregorio Nacianceno y San Gregorio de Nisa —los capadocios— fijaron el vocabulario trinitario que la Iglesia sigue usando.

San Juan Crisóstomo, el mejor predicador de la antigüedad cristiana, dejó homilías sobre casi toda la Escritura que todavía se leen sin necesidad de adaptación.

San Ambrosio enseñó a la Iglesia a plantarse ante el poder político y convirtió, sin proponerselo, a un profesor de retórica africano.

San Jerónimo tradujo la Biblia entera al latín desde los originales, dando lugar a la Vulgata.

San Agustín, obispo de Hipona, escribió las Confesiones —el primer libro verdaderamente interior de la literatura occidental— y La ciudad de Dios, y determinó el rumbo del pensamiento cristiano durante mil años.

Por qué siguen importando

Porque son el criterio de interpretación. Cuando se discute qué significa un pasaje de la Escritura, la pregunta católica no es qué me parece a mí, sino cómo lo ha entendido siempre la Iglesia. Los Padres son el testimonio de ese «siempre».

Porque desmontan el mito de la corrupción primitiva. Es frecuente oír que la Iglesia «inventó» la jerarquía, la Misa o el culto a los santos en el siglo IV, al aliarse con el Imperio. Los textos de los siglos I y II dicen lo contrario, y están fechados.

Porque escribieron en crisis. Ninguno de ellos trabajó en tiempos tranquilos: escribieron bajo persecución, en el destierro o en medio de la desintegración del Imperio. Eso hace su lectura especialmente útil en épocas difíciles.

Por dónde empezar

Tres textos breves y accesibles: las Cartas de San Ignacio de Antioquía, que se leen en una tarde; la Didajé, manual cristiano del siglo I; y los primeros libros de las Confesiones de San Agustín. Después, con el contexto histórico al lado, todo lo demás.

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