Concilio de Éfeso con obispos y un icono de la Virgen con el Niño

Por qué el concilio de Éfeso proclamó a María Madre de Dios

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En el año 431, en Éfeso, la Iglesia reunida en concilio proclamó que la Virgen María es Madre de Dios, Theotokos. Y el pueblo de la ciudad salió a las calles con antorchas a celebrarlo.

Conviene entender qué se estaba jugando allí, porque no era un título honorífico para la Virgen. El padre Gabriel Calvo Zarraute lo explica en su Historia de la Iglesia Católica, y su tesis es terminante: lo que estaba en juego era si la Redención sirve de algo.

Cómo empezó: por querer corregir un error

Este es el detalle que más enseña de todo el episodio.

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El nestorianismo no nació de la mala fe, sino de un exceso de celo. Apolinar de Laodicea había enseñado una comprensión defectuosa de la humanidad de Cristo, reduciéndola hasta eliminar su alma racional, y había sido condenado. El concilio de Constantinopla (381) afirmó que Cristo posee una naturaleza humana completa.

Y entonces, escribe el autor, algunos teólogos de la escuela de Antioquía, «en su afán por corregir el apolinarismo», se fueron al extremo opuesto. Defendiendo con tanto énfasis la plena humanidad y la plena divinidad, llegaron a la conclusión de que esas dos naturalezas existían en dos sujetos distintos. Cristo sería la unión de dos personas, una divina y otra humana, «conectadas de forma externa, como si se tratase de una asociación moral o un vínculo accidental».

Diodoro de Tarso y su discípulo Teodoro de Mopsuestia lo compararon con «la presencia de Dios en un templo» o con «un traje que reviste al hombre». La llamaron synapheia. No era una unidad: era una colaboración entre dos seres distintos.

Nestorio dice en voz alta lo que estaba en las aulas

La cosa quedó durante un tiempo en el ámbito académico. Cambió cuando Nestorio, monje antioqueno y predicador brillante, llegó al patriarcado de Constantinopla en 428.

El libro no lo pinta como un villano de folletín. Al contrario: era «admirado por su ascetismo y elocuencia», hasta el punto de que «pronto fue comparado con san Juan Crisóstomo». Uno de los hombres más respetados de su tiempo.

La controversia estalló cuando un colaborador suyo negó públicamente que la Virgen fuera Madre de Dios. Ante la indignación del pueblo, Nestorio se puso al frente: María había dado a luz al hombre Jesús, en quien luego habitaba el Verbo divino; no podía llamarse Theotokos, a lo sumo madre de Cristo en cuanto hombre.

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Por qué eso destruye la Redención

El P. Calvo Zarraute lo dice en dos frases que conviene copiar y guardar.

«Este planteamiento implicaba consecuencias muy serias: si la humanidad de Cristo no era verdaderamente la del Hijo de Dios, entonces su Pasión y muerte no podían considerarse redentoras en sentido pleno. La doctrina evangélica de que "el Verbo se hizo carne" quedaba así desvirtuada.»

Ahí está todo. Si en la Cruz no muere Dios hecho hombre, sino un hombre a quien Dios acompañaba, entonces en el Calvario murió un justo más. Y el cristianismo entero se queda en una historia edificante.

Por eso el título mariano no es un adorno. Negar que María es Madre de Dios es negar que el que nació de ella sea Dios. El dogma mariano defiende, en realidad, el dogma de Cristo. Siempre ha sido así.

La respuesta: san Cirilo y el papa Celestino

El primero en denunciar la novedad fue Eusebio de Dorilea. Nestorio, sin embargo, «no mostró disposición alguna al diálogo ni al reconocimiento de errores»: respondía con soberbia, tachaba a sus opositores de agitadores, «ignorando incluso la autoridad del papa», y recurrió a las autoridades civiles para reprimir a los monjes que protestaban.

El que se puso al frente fue san Cirilo, patriarca de Alejandría, que el libro describe como «un teólogo de gran hondura, especialmente experto en la doctrina de la Encarnación», capaz de «combinar la firmeza doctrinal con la prudencia pastoral». Primero intentó rebatir el error sin nombrar al autor. Cuando vio que no bastaba, mandó a Roma al diácono Posidonio con las pruebas.

Y aquí hay que fijarse en quién decide. El papa Celestino I pidió dictamen al abad Casiano de Marsella, convocó un concilio en Roma en 430, reafirmó la doctrina tradicional y rechazó las enseñanzas de Nestorio. Después hizo dos cosas: dio a san Cirilo autoridad para actuar en su nombre, y escribió directamente a Nestorio exigiendo su sumisión.

De ahí salieron los célebres doce anatematismos de san Cirilo, que sintetizaban la enseñanza católica. Nestorio respondió con otros doce en contra, acusando de hereje a Cirilo.

El concilio, con todo lo que tuvo de tormenta

Fue Nestorio quien recurrió al emperador Teodosio II, y fue el emperador quien propuso el concilio. Celestino aceptó y designó legados; san Cirilo fue instruido para presidir en nombre del papa.

El concilio empezó en junio de 431 antes de que llegaran los legados papales y los obispos de Antioquía. Se leyeron las cartas, el dictamen del papa y los testimonios patrísticos, y se condenó y depuso a Nestorio. El libro anota la reacción: «la decisión fue celebrada con júbilo en Éfeso, especialmente por el pueblo devoto a María como Madre de Dios».

El autor no esconde que la validez de aquella primera sesión se ha discutido. Y responde: san Cirilo actuó «con plena autoridad delegada por el papa», y cuando llegaron los legados romanos ratificaron todos los actos, «eliminando cualquier posible duda». Actuó deprisa, además, porque sabía que el emperador maniobraba para poner al frente a Juan de Antioquía.

Lo que siguió fue feo: Juan de Antioquía montó un concilio paralelo que declaró depuestos a Cirilo y a Memnón; el emperador, «confundido por la información contradictoria», decidió deponer a los dos, a Nestorio y a Cirilo. Hizo falta que un monje de gran reputación llegara hasta él con documentos ocultos para que Teodosio II reconociera el error. Nestorio fue desterrado; Cirilo, rehabilitado.

Cirilo cede en las palabras, no en el dogma

La parte que menos se cuenta es la mejor.

Ganado el concilio, la paz no llegó. Juan de Antioquía y Teodoreto de Ciro seguían desconfiando de ciertas expresiones de Cirilo, temiendo que llevaran al monofisismo —al error contrario—. Y san Cirilo, «consciente de la importancia de la unidad, se mostró dispuesto a ceder en las cuestiones de lenguaje, siempre que no se comprometiera el dogma». Eliminó las expresiones ambiguas.

De ahí salió el edicto de unión de 433: una sola persona en Cristo, con dos naturalezas perfectas. El papa Sixto III lo aprobó con alegría.

Ahí está la regla entera, y es la misma que rige hoy: en las palabras, toda la flexibilidad del mundo; en el dogma, ninguna. Quien cede en el dogma para salvar la paz no salva ninguna de las dos cosas.

Una advertencia del autor sobre los historiadores de hoy

El libro cierra el tema con un aviso que no conviene saltarse.

«Algunos historiadores liberales han intentado justificar su supuesta ortodoxia» —la de Nestorio—, «pero los textos muestran claramente que Nestorio defendía una unión meramente moral entre las dos naturalezas de Cristo». Y su resistencia a las decisiones del tercer concilio ecuménico «demuestra una actitud objetiva de herejía».

Y remata: «Las simpatías modernistas hacia él suelen apoyarse más en la excusa del estilo vehemente de san Cirilo, pero en el fondo lo que defienden es el contenido doctrinal herético.»

Es decir: cuando alguien le diga que Cirilo fue duro y que a Nestorio se le entendió mal, pregúntese si lo que le están pidiendo es compasión con un hombre o revisión de un dogma.

Lo que queda de Éfeso

Queda, en primer lugar, el título. Theotokos, Madre de Dios, que es el fundamento de toda la devoción mariana posterior: de ahí arrancan, como cuenta el mismo libro más adelante, las grandes fiestas de la Virgen.

Queda el modo: un patriarca que trabaja con el Papa y por mandato del Papa, no por su cuenta.

Y queda el nestorianismo, que no desapareció. Expulsado del Imperio, se refugió en Persia, estableció una Iglesia propia con sede en Seleucia-Ctesifonte y se expandió hasta la India, donde están los cristianos de santo Tomás. Aún hoy subsisten comunidades, «especialmente en el Kurdistán, y otras unidas a Roma: los caldeos y los malabares».

Dónde seguir

Éfeso es el Tema 33 de Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, del P. Gabriel Calvo Zarraute, con prólogo de Mons. Athanasius Schneider. Inmediatamente después viene el monofisismo, san León Magno y el concilio de Calcedonia (451), que completan el edificio.

Quién es el autor, en su ficha. Sobre el título de Corredentora y la mariología, tenemos publicado este artículo. Y el catálogo completo, en la colección de historia de la Iglesia.

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1 comentario

¡Ya lo compré en digital! Aún no lo he empezado. El autor (a quien admiro y respeto) es garantía de ortodoxia absoluta.

Luis Rosas

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