El Concilio de Nicea explicado en diez minutos
Por Marcos Vera PérezCada domingo, millones de católicos rezan un texto redactado en el año 325 por unos trescientos obispos reunidos en una ciudad de Asia Menor. Conviene saber qué estaban discutiendo y por qué eligieron esas palabras y no otras.
El problema
Hacia el año 318, un presbítero de Alejandría llamado Arrio empezó a enseñar una tesis que parecía razonable y resolvía una dificultad real. Si Dios es uno, ¿cómo puede el Hijo ser también Dios sin que haya dos dioses?
La respuesta de Arrio fue elegante: el Hijo no es Dios en sentido propio. Es la primera y más excelsa de las criaturas, anterior al tiempo y al mundo, por la que Dios creó todo lo demás. Su fórmula, memorizable y fácil de cantar —Arrio compuso canciones para difundirla entre marineros y comerciantes—, era esta: hubo un tiempo en que el Hijo no existía.

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La cuestión no era académica. Si Cristo es criatura, entonces no es Dios quien se ha hecho hombre; entonces la Redención la realiza un intermediario y no el propio Dios; entonces adorar a Cristo es idolatría; entonces el cristianismo es otra cosa.
El concilio
La discusión dividió al Oriente cristiano en pocos años. Constantino, que acababa de conceder la libertad de culto y veía peligrar la unidad del Imperio, convocó en el año 325 a los obispos en Nicea, cerca de su residencia. Acudieron alrededor de trescientos —la tradición habla de trescientos dieciocho—, muchos de ellos con las cicatrices de la persecución de Diocleciano, terminada apenas doce años antes.
Fue el primer concilio ecuménico de la historia de la Iglesia. Presidieron los legados del papa Silvestre I. Entre los presentes destacó, siendo entonces solo diácono, Atanasio de Alejandría.
La palabra decisiva
El debate se centró en encontrar un término que Arrio no pudiera aceptar. Y ahí estuvo la dificultad: los arrianos admitían sin problema llamar al Hijo «Dios», «Verbo», «imagen del Padre», «engendrado antes de todos los siglos», porque reinterpretaban cada expresión en su sentido.
El concilio eligió finalmente una palabra griega que no está en la Biblia: homoousios, consustancial, de la misma sustancia que el Padre. Era la única que no admitía doble lectura.
Es un detalle importante para entender cómo funciona el dogma: la Iglesia no añadió nada a la Revelación, sino que acuñó un término nuevo para defender lo que siempre había creído frente a una interpretación que vaciaba las palabras antiguas.

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Qué más se decidió
Además del símbolo de fe, Nicea fijó el cálculo de la fecha de la Pascua, que hasta entonces variaba de región en región, y aprobó veinte cánones disciplinares sobre la ordenación, la readmisión de los que habían apostatado en la persecución y la organización de las sedes.
Lo que vino después
Suele suponerse que con Nicea se acabó el problema. Ocurrió lo contrario: durante más de medio siglo el arrianismo dominó buena parte del episcopado oriental, con el respaldo de varios emperadores. San Atanasio fue depuesto y desterrado cinco veces por defender el término de Nicea. San Jerónimo escribió que el mundo entero gimió al descubrirse arriano.
La cuestión se cerró en el Concilio de Constantinopla, en el año 381, que confirmó a Nicea y completó el símbolo con el artículo sobre el Espíritu Santo. El texto resultante es el que se reza en la Misa.
Dos lecciones
Que una palabra puede sostener una fe entera. Los contemporáneos ironizaron sobre una disputa por una letra —entre homoousios y homoiousios, consustancial y semejante en sustancia—. De esa letra dependía que Cristo fuera Dios o no lo fuera.
Que las mayorías no deciden la verdad. Durante décadas, la mayoría de los obispos en activo fue arriana o transigió con el arrianismo. La fe se conservó porque unos pocos se negaron a firmar fórmulas ambiguas, aun a costa del destierro.
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