¿Resucitó Jesús con su cuerpo o solo en espíritu?
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
Con su cuerpo. Jesucristo resucitó en la misma carne que había sido clavada en la cruz, no como un fantasma ni como una «criatura espiritual» que hubiera dejado atrás su cuerpo. Es Él quien insiste en ello la tarde misma del domingo: se planta en medio de los suyos, que lo toman por un espíritu, y los corrige sin dejar lugar a dudas: «Palpadme y ved: un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Y, para que no quede resquicio, les pide algo de comer y come delante de ellos un trozo de pez asado.
Los testigos de Jehová enseñan lo contrario. Sostienen que Jesús murió «en la carne» pero fue devuelto a la vida «en el espíritu», es decir, como ser espiritual sin cuerpo, y que su cuerpo de carne no volvió a tomarlo: su propia revista lo dijo con todas las letras en 1953, que aquel cuerpo «fue eliminado por Jehová Dios, disuelto en sus elementos o átomos constituyentes». Los cuerpos con que se aparecía, según ellos, eran formas que materializaba y disolvía, distintas de una vez a otra. Conviene ver por qué esa lectura no se sostiene con la Escritura delante, y qué enseña en cambio la Iglesia desde el principio.

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¿Qué dijo Jesús resucitado a los que lo tomaron por un espíritu?
El relato de san Lucas es demasiado concreto para forzarlo. Los discípulos, «sobresaltados y llenos de miedo, creían ver un espíritu». Jesús no les dice que acierten a medias; les dice que se equivocan de raíz: «¿Por qué os turbáis, y por qué se os suben a la cabeza esas dudas? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo». Y da la prueba que Él mismo elige: el tacto. «Palpadme y ved: un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Fíjese el lector en la lógica del pasaje. Si Jesús hubiera resucitado como espíritu y solo se hubiera revestido de una apariencia corporal, esa frase sería un engaño, porque les estaría demostrando con un cuerpo prestado algo que no era verdad de Él. El argumento de Cristo solo vale si el que habla tiene de verdad carne y huesos. Por eso añade el segundo signo, todavía más terrenal: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Le dan parte de un pez asado y lo come ante ellos. Un espíritu no necesita cenar; un cuerpo resucitado, para probar que lo es, puede hacerlo.
¿Por qué invita a santo Tomás a meter el dedo en las llagas?
Ocho días después se repite la escena con el que faltaba. Tomás había puesto una condición dura: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré». Cristo no le reprocha la exigencia: se la concede. «Trae acá tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Aquí hay un detalle que decide la cuestión. El cuerpo resucitado conserva las llagas. No es un cuerpo nuevo fabricado para la ocasión, sino el mismo que fue traspasado el viernes, ahora vivo y glorioso. Las heridas son su carné de identidad: prueban que el que está delante es el crucificado y no otro. De ahí brota la confesión más alta de los evangelios, que Tomás pronuncia tocando esa carne: «¡Señor mío y Dios mío!». La divinidad de Cristo y la realidad de su cuerpo resucitado se confiesan en el mismo acto.
¿No había anunciado Él mismo que resucitaría su cuerpo?
Sí, y lo había dicho desde el principio de su vida pública, aunque de forma velada. En el Templo, a los que le piden una señal, les responde: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Los oyentes entienden el edificio de piedra y se burlan. Pero el evangelista aclara en el acto de qué hablaba: «Él se refería al templo de su cuerpo». No dijo que levantaría un espíritu ni que recibiría un cuerpo cualquiera: dijo que levantaría ese mismo templo que iban a destruir, su cuerpo.
Lo mismo predica san Pedro el día de Pentecostés, cuando aplica a Cristo el salmo: «No fue abandonado en el abismo ni su carne vio la corrupción». La palabra es «carne», y la afirmación es que no se corrompió, precisamente porque fue resucitada antes de que la muerte hiciera su obra en ella. Si el cuerpo se hubiera disuelto en átomos, como quiere la doctrina contraria, la profecía de que «su carne no vio la corrupción» quedaría sin cumplir: disolverse en los elementos es, justamente, corromperse.

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¿Qué significa que resucitó «en el espíritu» (1 Pedro 3,18)?
El texto en que se apoyan los testigos de Jehová dice que Cristo fue «muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu». De ahí deducen que resucitó convertido en espíritu. Pero el versículo no dice eso. «En la carne» y «en el espíritu» no nombran dos sustancias de las que Cristo tuviera una y perdiera la otra; nombran dos ámbitos o modos: murió en cuanto a la vida mortal, propia de la carne débil, y fue devuelto a la vida por obra del Espíritu y en la condición gloriosa del Espíritu. Es el mismo contraste que san Pablo usa a cada paso, y que no significa nunca «sin cuerpo».
De hecho, el propio san Pablo explica con todo cuidado que la resurrección es corporal, y hasta emplea esa misma pareja de palabras. «Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que duermen», escribe; y «primicia» quiere decir que la nuestra será como la suya. Y al describir cómo resucita el cuerpo dice: «Se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual». «Cuerpo espiritual» no es «un espíritu sin cuerpo» —sería una contradicción en los términos—: es un cuerpo real, el mismo, pero enteramente dócil al espíritu, incorruptible y glorioso. La Escritura, lejos de abolir el cuerpo, promete transformarlo.
¿Qué diferencia hay entre un cuerpo glorioso y un fantasma?
Aquí está el malentendido de fondo. Quien niega la resurrección de la carne suele imaginarse solo dos posibilidades: o un cadáver reanimado, atado a las limitaciones de antes, o un espíritu puro sin cuerpo. Y como el Resucitado atraviesa las puertas cerradas y aparece y desaparece, concluye que no puede tener cuerpo. Pero la fe cristiana afirma una tercera realidad, más alta que las dos: el cuerpo glorioso.
El Catecismo lo resume con precisión: por el tacto y por compartir la comida, Jesús resucitado establece un contacto directo con los suyos para que reconozcan que «no es un fantasma» y que el cuerpo en que se les aparece «es el mismo que había sido torturado y crucificado, pues conserva aún las huellas de su pasión»; y a la vez ese cuerpo «auténtico y real posee las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio y en el tiempo» como antes. Por eso puede entrar a puerta cerrada sin dejar de ser carne y hueso. Y por eso su resurrección no es, como la de Lázaro, una vuelta a la vida de antes para volver a morir, sino el paso a una vida que ya no acaba. El cuerpo glorioso no es menos cuerpo que el nuestro: es más, no menos.
¿Por qué importa tanto esto y no es una disputa de palabras?
Importa porque toca el centro del cristianismo. San Pablo lo juega todo a esta carta: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe». Y la resurrección que predica es la del cuerpo, porque Cristo es «primicia»: el primero de una cosecha que será la nuestra. Si Él se quedó en espíritu, nuestra esperanza de resucitar en el cuerpo se queda sin fundamento, y el artículo del Credo que repetimos cada domingo —«creo en la resurrección de la carne»— pierde su sentido.
Importa, además, porque está en juego la bondad de lo creado. Dios hizo el cuerpo, se hizo Él mismo cuerpo en el seno de la Virgen, y en la cruz salvó al hombre entero, no solo a su alma. Vaciar la resurrección de carne es, en el fondo, dar la razón a los viejos errores que despreciaban la materia como algo de lo que hay que escapar. La Iglesia, en cambio, confiesa que la carne que el Verbo asumió está hoy sentada, glorificada, a la derecha del Padre, y que allí nos espera.
Preguntas frecuentes
¿Dónde dice la Biblia que Jesús resucitó con su cuerpo?
Sobre todo en Lucas 24,36-43, donde Jesús dice «un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo» y come un pez asado; en Juan 20,24-28, donde invita a Tomás a tocar sus llagas; y en Juan 2,19-21, donde anuncia que levantará «el templo de su cuerpo». San Pedro predica que «su carne no vio la corrupción» (Hechos 2,31).
¿Qué enseñan los testigos de Jehová sobre la resurrección de Cristo?
Enseñan que resucitó como ser espiritual, sin cuerpo, y que su cuerpo de carne no volvió a tomarlo. Su revista afirmó en 1953 que aquel cuerpo «fue eliminado por Jehová Dios, disuelto en sus elementos o átomos». Es una doctrina que no encuentra apoyo en los relatos de los evangelios.
Si tenía cuerpo, ¿cómo atravesaba las puertas cerradas?
Porque era un cuerpo glorioso, no un cuerpo sujeto ya a las limitaciones de antes. La fe no obliga a elegir entre un cadáver reanimado y un espíritu sin cuerpo: afirma una tercera realidad, un cuerpo real que posee «las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso», como dice el Catecismo. Por eso podía aparecer y desaparecer sin dejar de ser carne y hueso.
¿Qué significa «vivificado en el espíritu» en 1 Pedro 3,18?
No significa «convertido en espíritu». «En la carne» y «en el espíritu» no nombran dos sustancias, sino dos modos: Cristo murió en cuanto a la vida mortal y fue devuelto a la vida por obra del Espíritu y en la condición gloriosa del Espíritu. Es el mismo lenguaje que san Pablo usa cuando habla del «cuerpo espiritual», que es un cuerpo real.
¿Es lo mismo que la resurrección de Lázaro?
No. Lázaro, la hija de Jairo y el joven de Naín volvieron a la vida de antes y tuvieron que morir de nuevo. La resurrección de Cristo no es una vuelta a la vida terrena, sino el paso a una vida que ya no acaba, en un cuerpo glorificado. Por eso es «primicia» de la nuestra y no un milagro más.
¿Qué dice el Credo sobre nuestro cuerpo?
El Credo confiesa «la resurrección de la carne». No solo el alma: también el cuerpo resucitará y será transformado, a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo, que es primicia de los que duermen. Negar la resurrección corporal de Cristo deja sin fundamento esa esperanza.
El método, no solo la respuesta
Este artículo contesta una objeción. Pero detrás de ella hay un modo entero de leer la Biblia, el de quien recorta los pasajes que estorban y fuerza los que quedan para que encajen en una doctrina decidida de antemano. Contra eso no basta memorizar versículos sueltos: hace falta saber leer la Escritura como la lee la Iglesia, que la recibió, la custodió y la declaró inspirada.
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Fuentes
- Nova Vulgata, Evangelium secundum Lucam 24 y Epistola I ad Corinthios 15, en el texto oficial de la Santa Sede. Lucas en vatican.va y 1 Corintios en vatican.va.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 645-646, sobre la condición del cuerpo resucitado de Cristo. Texto en vatican.va.
- Para la posición de los testigos de Jehová, sus propias publicaciones: The Watchtower, 1 de septiembre de 1953, p. 518 («disposed of by Jehovah God, dissolved into its constituent elements or atoms») y «After Jesus' Resurrection, Was His Body Flesh or Spirit?».