Libro antiguo abierto sobre una mesa de madera, entre pilas de volúmenes encuadernados en cuero y pergaminos enrollados, en una biblioteca en penumbra, con el titular «¿Es el alma inmortal?» y el sello de Páginas Contrarrevolucionarias.

¿Es el alma inmortal?

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Sí, y la Iglesia lo tiene definido como doctrina de fe desde 1513: el alma espiritual del hombre es inmortal, no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte y volverá a unirse a él en la resurrección final. No es una opinión de escuela ni una herencia de la filosofía griega colada en el cristianismo: es una definición conciliar, y el concilio que la dio apoyó su definición, entre otros pasajes, en una frase de Cristo.

Esa frase es la del Evangelio de san Mateo: «no temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma» (Mt 10,28). Si el alma muriese con el cuerpo, la advertencia no tendría sentido, porque quien mata el cuerpo habría matado todo. Alrededor de ese versículo hay media docena más que apuntan en la misma dirección, y un versículo del Eclesiastés que suele presentarse como objeción y que, leído entero, dice algo distinto de lo que se le hace decir. Vamos uno por uno.

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¿Qué dijo Cristo sobre matar el alma?

Lo dijo en el discurso con que envía a los apóstoles, advirtiéndoles de las persecuciones: «Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede perder en la gehenna alma y cuerpo» (Mt 10,28).

La frase está construida sobre una distinción y un contraste. La distinción: hay quien puede matar el cuerpo y no puede matar el alma. El contraste: hay Uno que puede con las dos cosas. Si el alma se extinguiera al morir el cuerpo, la primera mitad sería falsa —el perseguidor sí acabaría con el alma, por vía indirecta— y la segunda mitad perdería su fuerza, porque no habría nada que distinguir.

Y hay un dato que conviene tener presente desde el principio: este es precisamente el versículo que el concilio de Letrán V alegó, en 1513, al definir la inmortalidad del alma. No es una lectura que alguien haya inventado después para salir de un apuro; es la que está en el documento conciliar.

¿Qué enseña la parábola del rico y Lázaro?

En Lucas 16,19-31, Cristo cuenta la historia de un rico que vestía de púrpura y de un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas, que yacía a su puerta. Mueren los dos. Y lo que sigue es lo que importa: el pobre «fue llevado por los ángeles al seno de Abraham», y el rico, en el tormento, ve a Lázaro, habla con Abraham, le pide que le mande a Lázaro con una gota de agua y, al negársele, le pide que lo envíe a avisar a sus cinco hermanos.

Es decir: después de morir, y antes de cualquier resurrección de los cuerpos, los dos están conscientes. Uno consuela, otro sufre, los dos recuerdan su vida anterior, el rico se preocupa por su familia y hay una conversación. Si al morir el hombre quedara inconsciente o dejara de existir hasta el día de la resurrección, la escena entera sería incomprensible.

Se suele responder que es una parábola, y lo es. Pero una parábola toma sus materiales de lo que el oyente sabe que es verdad; Cristo no construye enseñanzas sobre supuestos falsos. Y, en todo caso, la parábola no está sola: lo que insinúa lo afirman otros pasajes sin figura ninguna.

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¿Está la coma de Lucas 23,43 en el sitio que dice la Traducción del Nuevo Mundo?

Esta es la objeción técnica que merece una respuesta honrada, así que empecemos por reconocer lo que es verdad. Cristo dice al ladrón arrepentido: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). La Traducción del Nuevo Mundo mueve la pausa y traduce «en verdad te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso», con lo que el «hoy» deja de señalar cuándo estará en el paraíso y pasa a señalar cuándo se lo está diciendo.

Y es cierto que los manuscritos griegos antiguos se escribían sin puntuación: no hay una coma original que alguien haya movido. La gramática, por sí sola, no resuelve el caso. Lo reconoce incluso quien defiende la otra puntuación: un estudio publicado en «Ministry Magazine», la revista de los adventistas del séptimo día, en junio de 2013, admite que «el orden de palabras griego permite cualquiera de las dos» y que la coma como signo no se introdujo hasta el siglo IX. No vamos, por tanto, a decir que el griego lo prohíbe, porque no sería verdad. Lo que decide la cuestión son otras tres cosas.

La primera, la fórmula. «En verdad te digo» —amén soi legó— es en los Evangelios una expresión hecha, una fórmula solemne de introducción que aparece decenas de veces y que va siempre completa en sí misma, seguida de lo que se afirma. No lleva adverbios de tiempo pegados. Añadirle un «hoy» la convierte en algo que no se encuentra en ningún otro lugar de los cuatro Evangelios.

La segunda, el sentido. «Te digo hoy» no añade información ninguna: el Señor no estaba hablando ayer ni iba a hablar mañana, estaba clavado en una cruz y le quedaban horas. Un «hoy» en ese lugar sobra. En el otro lugar, en cambio, lo cambia todo, y responde exactamente a lo que el ladrón había pedido: él había dicho «acuérdate de mí cuando llegues a tu reino», es decir, algún día; y la respuesta es que no habrá que esperar: hoy.

Y la tercera, cómo lo leyó la antigüedad cristiana. La lectura tradicional es la que recogen los Padres y la que conserva el texto latino oficial de la Iglesia: la Nova Vulgata puntúa «Amen dico tibi: Hodie mecum eris in paradiso», con la pausa antes del «hoy». El propio estudio adventista citado reconoce que autores del siglo V como Casiano y Hesiquio preferían unir el «hoy» a «estarás».

Con todo, conviene no apoyar la doctrina en una coma, y no hace falta: los pasajes que vienen a continuación dicen lo mismo sin que haya nada que puntuar.

¿Qué son las «almas» que Juan ve bajo el altar?

En Apocalipsis 6,9-11, al abrirse el quinto sello, san Juan escribe: «vi debajo del altar las almas de los que habían sido degollados por la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían». Y esas almas hacen tres cosas: claman a gran voz —«¿hasta cuándo, Señor, santo y veraz, no juzgas y vengas nuestra sangre?»—, reciben cada una una túnica blanca, y oyen que se les dice que descansen «todavía un poco de tiempo», hasta que se complete el número de sus hermanos.

El pasaje no deja margen. Son almas de personas ya muertas; están separadas de sus cuerpos, porque los cuerpos fueron degollados; la resurrección no ha llegado, porque todo esto pasa antes del juicio final del libro; y sin embargo hablan, preguntan, reciben y esperan. Unas almas que no existieran no podrían clamar ni esperar, ni tendría sentido pedirles paciencia.

¿Qué esperaba san Pablo al morir?

Dos textos suyos lo dicen, y los dos con la misma estructura: morir equivale a estar con Cristo, sin intervalo de inexistencia.

El primero, a los filipenses: «me siento apremiado por las dos partes: tengo deseo de ser desatado y estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero permanecer en la carne es más necesario por vosotros» (Flp 1,23-24). Pablo pondera dos opciones: seguir vivo o morir. Y lo que pone en el platillo de morir no es «dejar de existir hasta la resurrección», sino «estar con Cristo». Si morir fuese quedar inconsciente durante siglos, no habría nada que ponderar: la comparación quedaría vacía.

El segundo, a los corintios, es aún más explícito: «preferimos salir de este cuerpo y estar presentes ante el Señor» (2 Cor 5,8). Salir del cuerpo y estar ante el Señor se presentan como las dos caras de una misma cosa. No hay un tercer estado intermedio de no existir.

¿Y Eclesiastés 9,5, «los muertos no saben nada»?

Este es el versículo que casi siempre se trae, y conviene leerlo despacio, porque el propio libro pone la acotación. Eclesiastés 9,5 dice: «los vivos saben que han de morir, pero los muertos ya no saben nada, ni tienen ya recompensa, porque su memoria quedó entregada al olvido».

Ahora el versículo siguiente, que es la clave y casi nunca se cita: «Su amor, su odio y sus envidias perecieron a la vez, y ya no tienen parte en este mundo ni en la obra que se hace bajo el sol» (Ecl 9,6). «Bajo el sol» es la expresión que recorre el libro entero de principio a fin, y es su manera de decir «aquí, en esta vida, en el mundo de los vivos». El autor no está informando sobre el estado del alma ante Dios: está constatando lo que un muerto ya no hace entre nosotros. No come, no ama, no odia, no cobra su jornal, no interviene en los negocios de los vivos, y pronto nadie lo recuerda. Eso es rigurosamente cierto, y es lo único que la frase afirma.

Hay además una prueba interna de que la frase no puede leerse como una tesis sobre el más allá: si «los muertos no saben nada» fuese una afirmación absoluta sobre su ser, el mismo versículo negaría también la resurrección de la carne, que los testigos de Jehová sí sostienen, y negaría cualquier juicio después de la muerte. Una lectura que prueba demasiado no prueba nada. Y hay una razón de género literario: el Eclesiastés es un libro sapiencial que mira la vida desde abajo, desde la experiencia humana sin más luz que la razón, para mostrar que así mirada todo es «vanidad»; su conclusión no está en el capítulo 9, sino al final, cuando remata que hay que temer a Dios y guardar sus mandamientos, «porque Dios juzgará toda obra». Un libro que acaba anunciando el juicio no está enseñando en el capítulo 9 que no hay nada después.

¿Qué ha definido la Iglesia sobre la inmortalidad del alma?

Lo definió el concilio de Letrán V, en su sesión octava, el 19 de diciembre de 1513, con la bula Apostolici regiminis del papa León X. Y lo hizo con nombre y apellidos, porque corrían entonces por las universidades tesis que sostenían que el alma era mortal o que había una sola alma común a todos los hombres, y que eso era verdad «al menos según la filosofía».

El concilio condena «a todos los que afirman que el alma intelectiva es mortal, o que es una sola en todos los hombres, y a los que siembran dudas sobre esta materia». Y define lo contrario: que el alma no solo es verdaderamente, por sí y esencialmente, la forma del cuerpo humano —como ya había dicho Clemente V en el concilio de Vienne—, sino que además «es inmortal», y que se multiplica individualmente según el enorme número de cuerpos en los que se infunde. Es decir, dos cosas: cada hombre tiene su alma, y esa alma no muere.

La bula argumenta además desde la Escritura, y aquí se cierra el círculo del artículo: «esto consta claramente por el Evangelio, cuando el Señor dice: no pueden matar el alma»; y añade que, de otro modo, «la encarnación y los demás misterios de Cristo no nos aprovecharían nada, ni habría resurrección que esperar, y los santos y los justos serían, como dice el Apóstol, los más desgraciados de todos los hombres».

El Catecismo lo recoge y remite expresamente a ese concilio: «La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios —no es "producida" por los padres—, y que es inmortal: no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final» (n. 366), con la referencia al concilio de Letrán V de 1513. Y de ahí se sigue lo demás: «cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular» (n. 1022).

Preguntas frecuentes

¿Dice la Biblia que el alma es inmortal?

Lo enseña en varios lugares sin usar esa palabra. Cristo distingue entre quien mata el cuerpo y no puede matar el alma (Mt 10,28); san Juan ve bajo el altar las almas de los mártires, que claman y esperan (Ap 6,9-11); y san Pablo presenta el morir como «estar con Cristo» (Flp 1,23) y «estar presentes ante el Señor» (2 Cor 5,8).

¿Cuándo definió la Iglesia la inmortalidad del alma?

En el concilio de Letrán V, sesión octava, el 19 de diciembre de 1513, con la bula «Apostolici regiminis» del papa León X, que condena a quienes sostienen que el alma intelectiva es mortal o que es una sola en todos los hombres. El Catecismo remite a esa definición en el n. 366.

¿Es verdad que la Traducción del Nuevo Mundo mueve la coma de Lucas 23,43?

Sí: traduce «te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso», en lugar de «te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». Los manuscritos griegos no llevaban puntuación, de modo que la gramática sola no decide; lo que decide es que «en verdad te digo» es una fórmula completa que nunca lleva adverbio de tiempo, que «te digo hoy» no añade nada y que la lectura tradicional es la de la antigüedad cristiana.

¿Qué significa de verdad Eclesiastés 9,5?

Que el muerto ya no participa en la vida de este mundo. El versículo siguiente lo acota expresamente: «ya no tienen parte en este mundo ni en la obra que se hace bajo el sol» (Ecl 9,6). «Bajo el sol» es la fórmula con que el libro designa esta vida. No es una afirmación sobre el estado del alma ante Dios.

¿No es la inmortalidad del alma una idea griega ajena a la Biblia?

La palabra y algunos conceptos filosóficos vienen de la tradición griega, pero la cosa está en la Escritura antes de que la Iglesia use ese vocabulario: en Mt 10,28, en Lucas 16, en Apocalipsis 6 y en las dos cartas de san Pablo citadas. El concilio de Letrán V apoya precisamente su definición en el Evangelio, no en los filósofos.

¿La inmortalidad del alma hace innecesaria la resurrección de la carne?

No, al contrario: el hombre es cuerpo y alma, y su estado definitivo es el de los dos unidos. El Catecismo dice que el alma «se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final» (n. 366). El alma separada está en un estado real pero incompleto; por eso la Iglesia confiesa la resurrección de la carne en el Credo.

Dónde aprender a responder a estas objeciones

Todas las objeciones de este tipo tienen la misma forma: un versículo suelto, sacado de su libro y de su género literario, puesto a competir con el resto de la Escritura. Y se responden siempre del mismo modo: leyendo el pasaje entero, sabiendo qué clase de libro es el que lo contiene y sabiendo qué ha enseñado la Iglesia, que es quien recibió esos libros y los declaró inspirados. Quien tiene eso no necesita memorizar réplicas: le basta leer bien.

Eso es lo que enseña la «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute: el canon, la inspiración, los géneros literarios —con los libros sapienciales entre ellos—, la relación entre Escritura y Tradición y los límites de la crítica moderna. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 € y en audiolibro por 14,99 €.

Fuentes

  • Concilio de Letrán V, sesión VIII, 19 de diciembre de 1513, bula Apostolici regiminis de León X: texto de las sesiones del concilio. Condena a quienes afirman «que el alma intelectiva es mortal, o que es una sola en todos los hombres», define que «es inmortal» y lo apoya en el Evangelio: «no pueden matar el alma».
  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 362-368, sobre el alma, su creación inmediata por Dios y su inmortalidad, con remisión expresa a Letrán V (1513): texto español en vatican.va. Y el n. 1022 sobre el juicio particular: «Creo en la vida eterna».
  • Mateo 10,28, Lucas 16,19-31 y Lucas 23,43 en el texto latino oficial de la Iglesia, que puntúa «Amen dico tibi: Hodie mecum eris in paradiso»: Nova Vulgata, Evangelium secundum Lucam y según san Mateo, en vatican.va.
  • Eclesiastés 9,5-6, donde el propio libro acota el enunciado a «la obra que se hace bajo el sol»: Nova Vulgata, Ecclesiastes. Y Apocalipsis 6,9-11, las almas bajo el altar: Nova Vulgata, Apocalypsis Ioannis.
  • Sobre la puntuación de Lucas 23,43, el reconocimiento de quien defiende la lectura contraria: «The Significance of a Comma: An Analysis of Luke 23:43», Ministry Magazine, junio de 2013, que admite que el orden de palabras griego permite las dos puntuaciones, que la coma no se introdujo hasta el siglo IX y que Casiano y Hesiquio preferían unir «hoy» a «estarás».
  • Gabriel Calvo Zarraute, Introducción a la Sagrada Escritura, Páginas Contrarrevolucionarias.

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