¿El infierno es eterno? Lo que la Iglesia católica tiene definido y el exorcismo de Earling de 1928

¿El infierno es eterno? Lo que la Iglesia tiene definido — y lo que ocurrió en Earling en 1928

Cada cierto tiempo vuelve la misma noticia: un predicador conocido sugiere en público que el infierno no dura para siempre, que los condenados acaban apagándose, y que quien afirme lo contrario está imponiendo una tradición por encima de la Escritura. La propuesta suena razonable y hasta humilde. Y a mucha gente le quita un peso de encima.

Conviene saber que esa idea tiene nombre técnico, tiene siglos y tiene respuesta. Se llama aniquilacionismo —del latín nihil, nada— y sostiene que el alma del condenado no sufre eternamente, sino que en algún momento deja de existir. La Iglesia la examinó y la cerró hace más de quinientos años, cuatro antes de que Lutero clavara nada en ninguna puerta.

La respuesta corta

Sí, el infierno es eterno, y no es una opinión de escuela: está definido. Pero la razón por la que es eterno no es la que suele contarse. No es que Dios no deje salir a nadie. Es que el condenado no quiere salir. Y eso, que parece un matiz, lo cambia todo. Si quiere ver de dónde sale esta manera de leer la Escritura junto con la Iglesia y no contra ella, el punto de partida es Espiritualidad Bíblica, de monseñor Juan Straubinger.

Por qué el aniquilacionismo resulta atractivo

Hay que decirlo sin ironía: la idea quita el miedo. Si el infierno se acaba, si al final uno se apaga como una vela, entonces lo peor que puede ocurrir es dejar de estar. Comparado con la eternidad, eso casi parece un alivio. Precisamente por eso hay que mirarlo de frente en vez de despacharlo con una burla.

Y hay que reconocer también la parte de verdad de la objeción: quien la propone no suele ser un malintencionado, sino alguien que abre una pregunta y pide estudiarla. El problema no está en la pregunta. Está en a quién se le hace.

La pregunta de fondo: ¿quién cierra la discusión?

Fíjese en la escena. Un pastor protestante muy respetado dice que el infierno es eterno. Otro pastor protestante, igual de respetado, dice que no. Los dos tienen la misma Biblia abierta sobre la mesa, los dos son sinceros y los dos saben griego. Es un partido con dos árbitros pitando a la vez: uno señala penalti y el otro dice que no hay nada.

Así no se puede jugar, y así no se puede creer. Una discusión de ese tipo no termina nunca: solo puede terminar en más división. Es exactamente el mecanismo por el que en cinco siglos se ha llegado a decenas de miles de denominaciones, cada una con su respuesta.

La Iglesia resolvió esto la primera vez que le ocurrió, y está escrito en la propia Biblia. En Hechos 15 había un problema real: si los gentiles convertidos debían circuncidarse o no. No hubo un club de lectura: hubo un concilio. Los apóstoles discutieron, discutieron fuerte, y al final se levantó Pedro, dio la respuesta y se acabó. Y lo que escribieron fue: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros». El Espíritu Santo es el autor de la Escritura y es Él quien la interpreta, y habla por su Iglesia.

Los cuatro textos que cierran la cuestión

1215 · Concilio IV de Letrán. En la constitución Firmiter define que los réprobos reciben pena perpetua. Concilio ecuménico: es Pedro levantándose, como en Hechos 15.

1336 · Benedicto XII, Benedictus Deus. Lo deja por escrito con precisión de notario: las almas de quienes mueren en pecado mortal descienden al infierno inmediatamente después de la muerte y allí son atormentadas. Atormentadas, es decir, conscientes. No apagadas.

1513 · Concilio V de Letrán, Apostolici regiminis. Condena expresamente a quienes afirman que el alma humana es mortal. Es la respuesta directa al aniquilacionismo, formulada cuatro años antes de que existiera el protestantismo.

Catecismo, 1033-1037 y 393. El infierno es la autoexclusión definitiva y libremente elegida de la comunión con Dios. Y el número 393 explica por qué no hay marcha atrás: no es que a Dios se le agote la misericordia, es el carácter irrevocable de la elección.

El versículo que no se puede partir por la mitad

Y queda la Escritura, que es donde el aniquilacionismo quiere jugar. Mateo 25, 46: «E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

La misma palabra griega —aiónios— para las dos cosas, en la misma frase, en boca del mismo Jesucristo. Ahí está el problema que no tiene salida: si el castigo eterno se acaba, la vida eterna también se acaba. No se puede recortar una mitad del versículo y dejar la otra entera.

Earling, Iowa, 1928

Hasta aquí la doctrina. Ahora un caso, con la advertencia por delante: lo que sigue no es dogma, no obliga a nadie y se puede discutir sin dejar de ser católico. Se cuenta porque está documentado, no porque haya que creerlo.

El de Earling está considerado el exorcismo mejor documentado de los Estados Unidos. El relato lo escribió un sacerdote, el padre Carl Vogl, y se publicó en alemán en 1935 —siete años después de los hechos, con los testigos vivos— con el título Begone Satan!. Lo edita TAN Books y el texto puede leerse hoy. No se hizo a escondidas: con permiso del obispo, en un convento de religiosas, con la comunidad presente y con el párroco del pueblo, el padre Joseph Steiger, como testigo permanente. Hay nombres, hay fechas y hay lugar. El caso llegó incluso a la revista Time.

El exorcista era el padre Theophilus Riesinger, capuchino alemán, uno de los pocos hombres de Norteamérica con experiencia real en aquello. La mujer, publicada bajo el seudónimo de Anna Ecklund para protegerla, tenía cuarenta y seis años y llevaba desde los catorce sufriéndolo. Fueron veintitrés días de exorcismo repartidos en tres tandas a lo largo de cuatro meses de 1928. No fue una noche de nervios.

Los fenómenos están descritos con frialdad casi clínica y no hace falta regodearse en ellos. Lo que importa de este caso no es lo que se vio. Es quién habló.

Tres voces con nombre

Cuando el exorcista interroga, aparecen tres almas además del demonio. Y las tres tienen nombre.

El padre de aquella mujer, muerto años antes. Preguntado por qué está condenado, no responde lo que uno esperaría. Dice que lo peor que hizo en su vida fue maldecir a su propia hija y entregarla. Y viene el detalle que quita el sueño: antes de morir le llevaron un sacerdote y le administraron la unción de enfermos. Se rió. Dios no lo mandó al infierno; Dios le mandó un sacerdote, y él, con el óleo todavía en la frente, dijo que no.

La mujer que convivía con él, de la que basta con decir que confesó cuatro criaturas muertas antes de nacer y que mostró hacia el Santísimo un odio que los testigos describen como lo más difícil de presenciar de todo el exorcismo.

Y Judas Iscariote. Preguntado a qué había venido, respondió que a llevarla a la desesperación para que se ahorcase: su propio método, lo único que sabe hacer. Y entonces el exorcista, que era un hombre experimentado, no le preguntó por el infierno. Le preguntó otra cosa mucho más fina: si se arrepentía.

Mil novecientos años después de aquella noche en el huerto, no dijo que sí. No pidió perdón. Maldijo.

Por eso es eterno

Ahí está la respuesta, y no es la que suele darse. El infierno no dura para siempre porque Dios cierre la puerta por fuera. Dura para siempre porque la voluntad del condenado se quedó fija en el instante de la muerte. Eligió, y esa elección ya no se toca. Dos mil años teniendo delante al Dios que le lavó los pies, y no lo dijo.

Y por eso el aniquilacionismo no funciona, ni siquiera dentro de su propia lógica. Si los condenados dejaran de existir, Judas se habría apagado hacia el año 33 y en aquella habitación de Iowa no habría habido nadie a quien preguntar nada. Pero había alguien, y tenía nombre.

Lo que de verdad hay que llevarse

Este asunto, bien mirado, no va de Judas. Judas queda lejísimos: es historia sagrada. Va del padre de aquella mujer, que era un hombre corriente de un pueblo corriente. Se enfadó, dijo una barbaridad sobre su propia hija, se enredó en una relación que no debía, dejó pasar los años, y cuando le llevaron al sacerdote a la cama se rió. Ése es el resumen de su vida.

Tres cosas pequeñas, entonces. Bendecir a los hijos —con la mano en la cabeza y la señal de la cruz— y no entregarlos nunca, ni en broma ni con la sangre caliente: un padre tiene autoridad espiritual de verdad sobre sus hijos, y esa misma autoridad puesta del revés hace un daño que no se imagina. Confesarse esta semana y no el mes que viene. Y si alguien de los suyos está en las últimas, llamar al sacerdote sin esperar a no molestar, porque lo único que separó a aquel hombre de la salvación fue una risa, y lo único que separa a mucha gente de la suya es que nadie hizo esa llamada a tiempo.

Preguntas frecuentes

¿Es dogma que el infierno es eterno? Sí. Está definido en el Concilio IV de Letrán (1215) y en la constitución Benedictus Deus de Benedicto XII (1336), y recogido en el Catecismo, 1033-1037.

¿Y que los condenados sufren conscientemente? También. Benedictus Deus dice que son atormentadas inmediatamente después de la muerte, y el V Concilio de Letrán (1513) condenó la tesis de que el alma humana sea mortal.

¿Sabemos si Judas está condenado? La Iglesia no ha declarado condenado a ningún hombre por su nombre, ni siquiera a Judas. Las palabras de Cristo sobre él en Mateo 26, 24 son gravísimas, pero no constituyen una definición. El caso de Earling es un relato privado y documentado, no una fuente doctrinal.

¿Dios manda a alguien al infierno? No. El Catecismo, 1033, lo dice con todas las letras: el infierno es una autoexclusión libremente elegida. Dios no condena; uno se condena.

¿Todavía se puede evitar? Mientras quede un solo día por delante, no hay ningún sitio reservado que no pueda cancelarse de rodillas.

Para seguir

Todo lo anterior descansa en una manera concreta de leer la Escritura: dentro de la Iglesia y con la Iglesia, no contra ella ni por libre. Quien quiera aprender a hacerlo tiene en Espiritualidad Bíblica, de monseñor Juan Straubinger —el gran biblista católico de lengua española—, el mejor sitio por donde empezar.

El origen de este artículo

Este artículo desarrolla y documenta una exposición del P. Gabriel Calvo Zarraute en Tekton Centro Televisivo. Las referencias conciliares y pontificias y los datos del caso de Earling se han verificado uno por uno contra las fuentes antes de publicarse.

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