Job, óleo de Léon Bonnat (1880), en penumbra: el anciano de larga barba blanca alza los ojos al cielo. Encima, el titular «Si Dios existe, ¿por qué permite el mal?», con la firma de Páginas Contrarrevolucionarias.

Si Dios existe, ¿por qué permite el mal? La respuesta de la Iglesia

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Dios permite el mal porque nos ha hecho libres y porque es lo bastante poderoso y bueno para sacar del mal un bien mayor. No es el autor del pecado: el pecado es el abuso que hace el hombre de una libertad que es buena. Y el dolor que no nace de nuestras culpas sirve, en manos de Dios, para corregir, para purificar y para hacer mirar al cielo. Así lo enseña la Iglesia y así lo resumió san Agustín en una frase que santo Tomás y el Catecismo repiten: Dios no permitiría ningún mal en sus obras si no fuera tan poderoso y tan bueno que supiera sacar bien del mismo mal.

No es una respuesta para salir del paso. Es la que da el P. A. Hillaire en La religión demostrada al tratar de la Providencia, donde se enfrenta, una por una, a las objeciones que todos hemos oído —o pensado—: si Dios cuida de nosotros, ¿por qué hay sufrimiento?, ¿por qué hay pecado?, ¿por qué les va bien a los malos y mal a los buenos? Vamos a verlas por orden.

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¿Por qué permite Dios el mal si es bueno y todopoderoso?

La pregunta es tan antigua que santo Tomás la puso como primera objeción en el artículo de la Suma Teológica donde demuestra que Dios existe: si Dios es un bien infinito, no debería haber ningún mal; pero hay mal en el mundo; luego Dios no existe. Y la respondió con san Agustín: Dios, siendo sumamente bueno, no permitiría mal alguno en sus obras «si no fuera tan omnipotente y bueno que hiciera bien incluso del mal». Y añade Tomás: pertenece a la infinita bondad de Dios permitir que haya males para sacar de ellos bienes.

El Catecismo no presume de despachar la cuestión con una frase. Reconoce que a esta pregunta, «tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa», no se puede dar una respuesta simple, y que la respuesta es el conjunto de la fe cristiana (n. 309). Pero esa respuesta tiene partes que se pueden explicar, y Hillaire las explica.

Primero hay que saber de qué se habla. Dios gobierna el mundo: «nada sucede sin su orden o permiso. Este gobierno que Dios ejerce sobre el mundo se llama Providencia» (p. 42). Pero no todo lo quiere del mismo modo: hay cosas que quiere y manda, y hay cosas que solo permite. El pecado está entre las segundas: Dios «sólo lo permite; Él no lo autoriza, pero lo tolera por respeto a la libertad de que ha dotado al hombre» (p. 43).

¿Es Dios el culpable del pecado?

No, y el libro lo dice sin rodeos: Dios no es la causa del mal moral; al contrario, «lo detesta y castiga» (p. 48). El razonamiento es sencillo. Dios nos dio la libertad, y la libertad es un bien. El pecado es el mal uso de ese bien. Hillaire lo dice en una línea: «La libertad viene de Dios; el abuso, del hombre» (p. 48).

El Catecismo lo afirma con la misma rotundidad: Dios «no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral»; lo permite, respetando la libertad de su criatura, y misteriosamente sabe sacar de él el bien (n. 311).

¿Por qué no nos quitó Dios la libertad para evitar el mal?

Porque entonces no habría mérito, ni amor, ni virtud. Hillaire lo plantea con crudeza: Dios tendría un medio radical para impedir el mal, que sería quitarnos la libertad. Pero «a su servicio no quiere sino voluntarios; por eso deja la posibilidad del mal» (p. 48). Y explica por qué eso es más digno de Dios: «hay más gloria para Dios en tener criaturas que le sirvan voluntariamente, que en tener máquinas dirigidas por una fuerza irresistible» (p. 48).

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La pregunta que el autor deja caer es la que zanja la discusión: para impedir que el hombre sea malo, ¿habría que reducirlo al instinto y convertirlo en bestia? Un mundo sin posibilidad de pecado sería un mundo sin santos. Dios hizo libre al hombre para que pudiera ser bueno de verdad, y feliz.

¿Qué bien puede sacar Dios del mal?

Mucho más del que solemos ver. Hillaire lo afirma así: «Dios permite el mal para sacar un bien mayor» (p. 48), y pone tres ejemplos. Dios permitió el pecado original y lo reparó con la Encarnación. Permitió la Pasión de su Hijo, y con ella salvó al mundo. Permite las persecuciones, y en ellas brilla el heroísmo de los mártires. Su conclusión: «El mundo se vería privado de grandes bienes, si el mal no existiera» (p. 48).

El Catecismo lo ilustra con la historia de José, vendido por sus hermanos, que acabó salvando del hambre a su familia: «aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien» (Gn 50,20). Y llega al ejemplo supremo: del mayor mal moral que se ha cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, Dios sacó el mayor de los bienes, la glorificación de Cristo y nuestra Redención (n. 312). Y añade con cuidado: «no por esto el mal se convierte en un bien».

Hillaire concreta además qué bien saca Dios de cada pecado: lo hace servir a los designios de su Providencia; hace brillar su bondad, atrayendo al pecador; su misericordia, perdonándolo cuando se arrepiente, o su justicia, castigando el crimen; y el pecador convertido repara la ofensa con su penitencia y, a veces, sale más firme en el bien que antes de caer (p. 48).

¿Por qué hay enfermedades, desgracias y dolor?

Aquí el libro distingue tres orígenes, y la distinción aclara mucho.

El primero somos nosotros mismos. «Los sufrimientos provienen, frecuentemente, de nuestras propias faltas» (p. 47): padeceríamos menos si fuéramos más moderados en los deseos, más razonables en los proyectos y más templados en la vida. ¡Cuántas enfermedades, dice el autor, son fruto de la sensualidad y de la intemperancia!

El segundo son las leyes generales con que Dios gobierna el mundo material. El fuego quema porque es fuego, y Hillaire lo pregunta con sentido común: «un hombre cae en el fuego, se quema. ¿Está Dios obligado a hacer un milagro para impedir este accidente?» (p. 47). Un mundo en el que las leyes se suspendieran cada vez que alguien puede salir dañado no sería un mundo ordenado, sino un caos.

El tercero es Dios mismo, que a veces envía la prueba directamente: como castigo de faltas cometidas, como ocasión de merecer o como medio para convertir y desprender de los bienes de la tierra. «Dios permite el dolor, ya para hacernos expiar nuestros pecados, ya para probar nuestra fidelidad, así en la desgracia como en la dicha; ya finalmente, para desasirnos de este mundo de destierro y obligarnos a considerar el cielo como nuestra verdadera patria» (p. 47). Y añade una observación que cualquier confesor podría firmar: «Nada aproxima tanto el hombre a Dios como el sufrimiento» (p. 47).

¿Por qué les va bien a los malos y mal a los buenos?

Es la queja de Job y de los salmos, y Hillaire empieza por rebajarla a su tamaño: no es cierto que todos los malos prosperen y todos los justos sufran; «los bienes y los males de este mundo son, en general, comunes a todos los hombres» (p. 49).

Después da la clave, que es la eternidad. No hay hombre tan malo que no haga alguna obra buena, y Dios se la puede pagar aquí; no hay justo tan justo que no tenga faltas, y Dios se las puede hacer expiar aquí. La cuenta definitiva no se salda en este mundo: «Dios subordina las cosas del tiempo a las de la eternidad; por ejemplo, si el justo no es recompensado en este mundo, lo será en el otro» (p. 45).

Y enumera para qué sirven las pruebas del justo: para desapegarlo de los falsos bienes, para hacerlo entrar en sí mismo y mejorar, para que gane más méritos, para hacerlo más semejante a Cristo y para que expié aquí sus pecados, donde las deudas con la justicia divina se pagan «de una manera mucho menos penosa que en el purgatorio» (p. 49). Con todo, termina, el justo es más feliz que el malvado incluso en esta vida, porque tiene paz en el alma, y el malvado vive presa de sus remordimientos y de sus pasiones (p. 50).

¿Por qué no castiga Dios ya a los malos?

Hillaire da cuatro razones en una sola frase: «Dios es paciente, porque es eterno; porque quiere dar lugar al arrepentimiento; porque si castigara siempre el vicio aquí en este mundo, y aquí también recompensara la virtud, el hombre no practicaría el bien sino por interés» (p. 50).

La tercera merece atención. Si cada mentira produjera al instante una enfermedad y cada limosna una herencia, nadie sería bueno por amor a Dios, sino por cálculo. La paciencia de Dios con los malos es también lo que hace posible que los buenos lo sean de verdad.

Y la cuarta razón es la más humilde: «nosotros no conocemos el plan divino, y debemos creer que Dios tiene buenas razones para proceder como procede» (p. 50). El Catecismo dice lo mismo: los caminos de la Providencia nos son con frecuencia desconocidos, y solo al final, cuando veamos a Dios cara a cara, conoceremos plenamente por dónde condujo su obra, incluso a través de los dramas del mal y del pecado (n. 314).

¿Qué hacer cuando no se entiende lo que Dios permite?

El libro termina el capítulo con cuatro deberes, que son el resumen práctico de todo lo anterior: adorar con humildad las disposiciones de la Providencia; dar gracias por los bienes recibidos y usarlos para la salvación; recibir los males «con alegría, o por lo menos con paciencia», convencidos de que, viniendo de tan buen Padre, deben ser para nuestro bien; y ponerse en sus manos con confianza absoluta (p. 50).

Para lo último cita una regla de los santos que vale para cualquier desgracia: «cada cual debe obrar y trabajar como si todo tuviera que esperarlo de sí mismo: y cuando haya hecho todo lo que estaba de su parte, no esperar nada de su trabajo, sino esperarlo todo de Dios» (p. 50). No es resignación pasiva: es trabajar como si todo dependiera de uno y confiar como si todo dependiera de Dios.

Preguntas frecuentes

¿Es Dios responsable del mal que hay en el mundo?

Del mal moral, no: el Catecismo enseña que Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, su causa (n. 311). El pecado es el abuso que el hombre hace de su libertad. Dios lo permite por respeto a esa libertad, lo detesta y lo castiga, y sabe sacar de él un bien mayor.

¿Por qué Dios no creó un mundo sin sufrimiento?

Porque quiso criaturas libres y un mundo con leyes estables. La libertad hace posible el pecado, y el pecado trae dolor; las leyes de la naturaleza hacen que el fuego queme y el agua ahogue. El Catecismo añade que Dios quiso crear un mundo «en estado de vía» hacia su perfección última (n. 310).

¿Qué dijo san Agustín sobre el mal?

Que Dios, siendo sumamente bueno, no permitiría ningún mal en sus obras si no fuera tan poderoso y bueno que supiera sacar bien del mismo mal. Lo citan santo Tomás en la Suma Teológica (I, q. 2, a. 3) y el Catecismo (n. 311).

¿Castiga Dios con enfermedades?

Puede hacerlo, pero Hillaire distingue: muchos males nacen de nuestras propias faltas, otros de las leyes generales de la naturaleza, y otros los permite o envía Dios como castigo, como prueba para merecer o como medio de conversión. No se puede saber en cada caso cuál es cuál, y por eso no se juzga al que sufre: Cristo lo advirtió ante el ciego de nacimiento, de quien dijo que ni él pecó ni sus padres (Jn 9,3).

¿Por qué les va bien a los malvados?

No a todos, y los bienes y males de esta vida son comunes a buenos y malos. Cuando un malvado prospera, puede ser que Dios quiera atraerlo por la gratitud o pagarle aquí el poco bien que haya hecho. La cuenta definitiva se salda en la eternidad, no en esta vida.

¿Cómo se debe llevar el sufrimiento?

Con paciencia y, si se puede, con alegría, sabiendo que viene de un Padre que quiere nuestro bien; uniéndolo a la Pasión de Cristo; ofreciéndolo en expiación de los pecados, y sin dejar de poner todos los medios humanos para remediarlo. Confiar en Dios no dispensa de trabajar.

Dónde leer la respuesta entera

Lo que aquí se resume ocupa el capítulo de la Providencia de «La religión demostrada», del P. A. Hillaire, que antes demuestra la existencia de Dios y después sigue con el alma, la religión, Jesucristo y la Iglesia, siempre en preguntas y respuestas, con la prueba debajo. Es la versión castellana de Mons. Agustín Piaggio, con las licencias eclesiásticas de 1941, en 682 páginas. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 €.

Fuentes

  • P. A. Hillaire, La religión demostrada. Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, versión castellana de Mons. Agustín Piaggio sobre la 16.ª edición francesa, Páginas Contrarrevolucionarias, 2026: «Dios es el creador, conservador y señor de todas las cosas. Él lo gobierna todo con su Providencia», preguntas 28-37, pp. 42-50.
  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 2, a. 3, objeción 1 y su respuesta, con la cita de san Agustín (Enchiridion, 11): texto latino en Corpus Thomisticum.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 309-314 y 324, «La providencia y el escándalo del mal»: texto español en vatican.va.
  • Libro de Job, la queja del justo que sufre: Nova Vulgata, Liber Iob.

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Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de «La religión demostrada» y revisado por Marcos Vera Pérez.

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