¿Qué pasó en 1914 según los testigos de Jehová?
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
Visiblemente, nada. En 1914 empezó la Primera Guerra Mundial, y eso ocurrió de verdad; pero lo que los testigos de Jehová sostienen que pasó aquel año —que Cristo tomó posesión del Reino y empezó a reinar de manera invisible en el cielo— no es un hecho observado, sino el resultado de una cuenta. La fecha no sale de un documento ni de un suceso: sale de una operación aritmética sobre una frase del libro de Daniel, y la organización explica esa operación con detalle en sus propias publicaciones.
La cuenta tiene dos piezas: una interpretación de los «siete tiempos» de Daniel 4 y una fecha de partida, el año 607 antes de Cristo, para la caída de Jerusalén. La primera choca con lo que dice el propio capítulo 4 de Daniel. La segunda choca con la cronología babilónica establecida por la asiriología, que sitúa la caída de Jerusalén en el 587 o el 586 antes de Cristo. Y si la fecha de partida se corrige, el resultado ya no es 1914. Vamos con las dos, porque aquí lo que importa es el detalle.

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¿De dónde sale exactamente la fecha de 1914?
Lo explican ellos, y hay que reconocerles que no esconden los pasos. En el apéndice que la organización dedica a esta cuestión el razonamiento es este:
- En Daniel 4, un ángel manda que sobre cierto árbol —que representa un reino— «pasen siete tiempos».
- Esos «siete tiempos» se toman como el doble de «tres tiempos y medio», periodo que el Apocalipsis equipara a «1.260 días». De ahí, siete tiempos equivalen a 2.520 días.
- A esos días se les aplica la regla de «un día por un año», apoyada en Números 14,34 y Ezequiel 4,6. Los 2.520 días pasan así a ser 2.520 años.
- El punto de partida es octubre del 607 a. C., año en que sitúan la caída de Jerusalén ante los babilonios.
- Y 2.520 años contados desde ahí terminan en octubre de 1914. Su propia nota aritmética lo detalla: de octubre del 607 a. C. a octubre del 1 a. C. van 606 años; como no existe el año cero, del 1 a. C. a 1914 van 1.914; y 606 más 1.914 son 2.520.
La cuenta cuadra: como aritmética es correcta. Todo el peso recae, por tanto, en las dos premisas: que los «siete tiempos» de Daniel 4 sean 2.520 años de historia universal, y que Jerusalén cayera en el 607 a. C.
¿Qué dicen los «siete tiempos» de Daniel 4 en su contexto?
El capítulo 4 de Daniel cuenta un sueño de Nabucodonosor y su interpretación. Y lo notable es que el propio capítulo dice sobre quién caen los siete tiempos, y lo dice tres veces, en segunda persona: «siete tiempos pasarán sobre ti» (Dan 4,22 y 4,29). No sobre un reino abstracto ni sobre una era: sobre el rey que está escuchando.
Y acto seguido el mismo capítulo narra el cumplimiento, sin dejarlo pendiente. Nabucodonosor «fue arrojado de entre los hombres y comió heno como los bueyes»; y después, dice él en primera persona, «al cabo de los días, yo, Nabucodonosor, levanté mis ojos al cielo y mi juicio me fue devuelto», y «fui restablecido en mi reino, y se me añadió una magnificencia mayor» (Dan 4,30-33).
La profecía tiene, pues, sujeto y desenlace, y los dos caen dentro de la vida del rey; el capítulo se cierra con él alabando a Dios. Para convertir esos siete tiempos en 2.520 años que acaban en el siglo XX hay que sacarlos del rey al que el texto los asigna, convertir los «tiempos» en años de 360 días, tomar la equivalencia de otro libro escrito seis siglos más tarde y aplicar una regla traída de dos pasajes que hablan de otras cosas. Cada uno de esos cuatro pasos es una decisión del intérprete, no un dato del texto.
¿Cuándo cayó Jerusalén, según la documentación cuneiforme?
Aquí está el corazón del asunto, así que conviene explicar en qué se basa la datación y no limitarse a dar una cifra. La cronología del imperio neobabilónico no es una conjetura: es una de las mejor ancladas de la Antigüedad, y se sostiene sobre cuatro apoyos que se cruzan entre sí.

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Primero, las tablillas comerciales. De Babilonia se conservan miles de documentos económicos corrientes —contratos, préstamos, recibos— y cada uno va fechado por el año de reinado del rey, con su mes y su día. Al ordenarlos sale una serie continua: se ve cuántos años reinó cada rey y dónde termina uno y empieza el siguiente. Eso encadena los reinados sin huecos donde meter años de más.
Segundo, las crónicas babilónicas, relatos oficiales año por año. La que los asiriólogos numeran como ABC 5, la «Crónica de Jerusalén», cuenta que en el año séptimo de Nabucodonosor, en el mes de Kislimu, el rey reunió sus tropas, marchó contra el país de Hatti, sitió «la ciudad de Judá» y la tomó el día 2 de Addaru, capturando a su rey y poniendo otro de su elección: febrero o marzo del 597 a. C., lo que encaja con el primer asedio y la deportación de Joaquín. Hay que decir que el texto conservado llega solo hasta el año 11, y que el tramo que narraría la destrucción se ha perdido.
Tercero, el Canon de Ptolomeo, la lista de reyes con la duración de cada reinado transmitida por vía astronómica griega, que coincide con las tablillas.
Y cuarto, el apoyo decisivo: la tablilla astronómica VAT 4956. Es un diario que registra posiciones de la luna y de los planetas a lo largo de un año y que lleva escrita su propia fecha: «año 37 de Nabucodonosor, rey de Babilonia». La gracia de un documento así es que se puede comprobar hacia atrás: ese conjunto de posiciones celestes solo se da en un año concreto, y los cálculos lo sitúan en el 568/567 a. C. Si el año 37 es el 568/567, el año 18 —en el que la Escritura sitúa la ruina de Jerusalén— cae en el 587 a. C. La obra que fija esta cronología a partir de las tablillas sigue siendo Babylonian Chronology, 626 B.C.–A.D. 45, de Richard A. Parker y Waldo H. Dubberstein (Universidad de Chicago, 1942), que permite convertir una fecha babilónica en fecha juliana.
Queda el matiz del 587 frente al 586, que es real y no conviene disimular: la Escritura fecha la destrucción en el año 19 de Nabucodonosor (2 Reyes 25,8; Jeremías 52,12), mientras que Jeremías 52,29 cuenta una deportación en el año 18. La diferencia de un año entre los especialistas depende del sistema con que se cuenten los años de reinado, no de los documentos. Unos escriben 587 y otros 586; ninguno escribe 607.
Y hay que decir también que la propia Watch Tower conoce y discute todo esto. En un estudio en dos partes sobre cuándo fue destruida Jerusalén nombra esos mismos apoyos, admite que los historiadores dan el 587 a. C. y reconoce que el año 37 se fecha en el 568/567. Su respuesta es objetar la lectura astronómica —sostiene que cuadraría con el 588/587, lo que en su esquema devolvería el año 18 al 607— y apuntar que los documentos podrían estar incompletos. Su 607 no procede de la arqueología, sino de un cálculo bíblico: cuentan setenta años hacia atrás desde el 537 a. C., año en que sitúan el regreso de los judíos. Es coherente consigo mismo; lo que no hace es apoyarse en la documentación, sino corregirla.
¿Por qué cambia todo si la fecha es 587 y no 607?
Porque la cuenta es una resta, y una resta no perdona. Con el 607 a. C. de partida, los 2.520 años terminan en 1914. Con el 587, veinte años después: en 1934. Con el 586, en 1935. Ninguno de esos años se ha señalado nunca como el del comienzo del reinado invisible de Cristo.
Hay un detalle que lo explica. En 1889, Charles Taze Russell publicó The Time Is at Hand con esta misma cuenta, y allí el punto de partida no era el 607, sino el 606 a. C.: «los "tiempos de los gentiles" son un periodo de 2.520 años, desde el año 606 a. C. hasta 1914 inclusive», escrito como una resta, «2520 − 606 = 1914». Esa resta olvida que no existe el año cero, de modo que le falta un año. Cuando se corrigió el error, lo que se movió no fue el resultado, sino el punto de partida, que pasó del 606 al 607. La fecha de llegada se mantuvo fija y la de salida se acomodó a ella. Es lo contrario de lo que haría una cronología.
¿Qué otras fechas se anunciaron y no se cumplieron?
Es la parte que más conviene documentar y menos conviene exagerar, así que cada fecha va con la publicación donde consta.
- 1874. En The Time Is at Hand (1889), Russell escribe que «la segunda venida de nuestro Señor correspondía… a saber, en octubre de 1874», entendida como un regreso invisible. Décadas más tarde esa fecha se abandonó y el comienzo de la presencia de Cristo se trasladó a 1914.
- 1878. En el mismo libro se anuncia que el Reino «debía empezar a ejercer el poder en 1878». También se abandonó, y la entronización se movió igualmente a 1914.
- 1914. Lo esperado no era solo una entronización invisible: el libro de 1889 anuncia que «la batalla del gran día de Dios todopoderoso… terminará en 1914 con el derrocamiento completo de la actual dominación de la tierra», y que ya había comenzado. Los gobiernos del mundo no cayeron. Lo que se conservó fue la fecha, reinterpretada como el principio de un reinado invisible.
- 1925. En el folleto Millions Now Living Will Never Die (1920), Joseph F. Rutherford escribe que «podemos esperar con confianza que 1925 marcará el regreso de Abraham, Isaac y Jacob» desde la condición de muerte. No ocurrió.
- 1975. «The Watchtower» del 15 de agosto de 1968 publicó un artículo titulado «¿Por qué miran ustedes con expectación hacia 1975?», y el número del 1 de mayo de aquel año había dado la cuenta: «ocho años desde el otoño de 1967 nos llevarían al otoño de 1975, plenamente 6.000 años dentro del séptimo día de Dios». Tampoco ocurrió.
En justicia hay que añadir que la propia organización volvió sobre ello. En «The Watchtower» del 15 de marzo de 1980, página 17, se habla de «intentos de fijar fechas para la liberación deseada», se reconoce que «se despertó una expectación considerable respecto al año 1975» y se admite que, junto a las advertencias de cautela, se publicaron declaraciones que daban a entender que aquello era «más una probabilidad que una simple posibilidad». Es un reconocimiento honrado y recogerlo es de justicia. Pero el método que produjo 1975 es el mismo que produjo 1914, y ese no se ha revisado.
¿Qué respondió Cristo cuando le preguntaron por la fecha?
Dos veces le preguntaron, y las dos cerró la puerta.
La primera, en el discurso sobre el fin: «Mas de aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre» (Mateo 24,36). No dice que sea difícil de calcular: dice que no lo sabe nadie, y en la lista de quienes no lo saben incluye a los ángeles.
La segunda, el día de la Ascensión, cuando los apóstoles le preguntan precisamente por el calendario del Reino: «¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?». La respuesta: «No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha puesto en su propia potestad» (Hechos 1,7). Es significativo que la última pregunta antes de verlo marchar sea sobre el cuándo, y que lo último que reciban sea una negativa y un encargo: «seréis mis testigos». La tarea sustituye al calendario.
¿Por qué la Iglesia nunca ha puesto fecha?
Porque tiene una prohibición expresa de su Fundador, y porque ha entendido desde el principio que la espera cristiana no es un cómputo, sino una vigilancia. El Catecismo lo formula recogiendo los dos pasajes anteriores: «Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente, aun cuando a nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad"» (n. 673).
Esa es la prudencia escatológica católica, y tiene su lógica: el acontecimiento «se puede cumplir en cualquier momento», de modo que la actitud debida es estar preparado siempre, no un año concreto. Una fecha hace justo lo contrario de lo que pretende: tranquiliza hasta que llega y desmoraliza cuando pasa. En veinte siglos no han faltado grupos que anunciaran el año del fin, y la Iglesia no se ha sumado a ninguno; no por tibieza, sino porque Cristo dijo que no se sabe.
Preguntas frecuentes
¿Qué dicen los testigos de Jehová que ocurrió en 1914?
Que Cristo fue entronizado y empezó a reinar de manera invisible en el cielo, y que comenzaron los «últimos días». No es un suceso observable, sino la conclusión de un cálculo: los «siete tiempos» de Daniel 4 convertidos en 2.520 años y contados desde octubre del 607 a. C.
¿Cómo se obtienen los 2.520 años?
Los «siete tiempos» de Daniel 4 se toman como el doble de «tres tiempos y medio», que el Apocalipsis equipara a 1.260 días; de ahí, 2.520 días. Después se aplica la regla de «un día por un año», apoyada en Números 14,34 y Ezequiel 4,6, y los días pasan a años. Son cuatro pasos interpretativos, no datos del texto de Daniel.
¿Por qué el propio Daniel 4 desmiente esa lectura?
Porque el capítulo dice tres veces que los siete tiempos pasarán «sobre ti», dirigiéndose a Nabucodonosor, y después narra su cumplimiento en vida del rey: fue apartado de entre los hombres, comió heno como los bueyes y luego «mi juicio me fue devuelto» y «fui restablecido en mi reino» (Dan 4,30-33).
¿En qué se basa la fecha de 587/586 a. C. para la caída de Jerusalén?
En cuatro apoyos que se cruzan: las tablillas comerciales fechadas por año de reinado, que encadenan los reinados sin huecos; las crónicas babilónicas; el Canon de Ptolomeo; y la tablilla astronómica VAT 4956, fechada en el «año 37 de Nabucodonosor», cuyas posiciones lunares y planetarias sitúan ese año en el 568/567 a. C., con lo que el año 18 cae en el 587.
¿Qué pasaría con 1914 si la fecha correcta es 587 a. C.?
Que la cuenta daría 1934, no 1914, porque son veinte años de diferencia; con el 586, 1935. Russell partía además del 606 a. C. y escribía «2520 − 606 = 1914», resta que olvida que no existe el año cero; al corregirse ese error se movió el punto de partida al 607 y se mantuvo fija la fecha de llegada.
¿Ha fijado la Iglesia alguna vez una fecha para el fin del mundo?
No, y tiene motivo expreso para no hacerlo. Cristo dijo que «de aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo» (Mt 24,36) y, preguntado por el calendario del Reino, respondió: «No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos» (Hch 1,7). El Catecismo lo recoge en el n. 673.
Dónde aprender a leer la profecía bíblica
Lo que falla en una cuenta como la de 1914 no es la aritmética: es la lectura. Un libro profético tiene género literario, destinatario, momento histórico y una manera propia de hablar, y cuando se le arrancan cifras sin atender a nada de eso se puede demostrar cualquier cosa, y el mismo método sirve para demostrar la contraria. La defensa no está en aprenderse respuestas sueltas, sino en saber cómo se lee la Escritura dentro de la Iglesia que la recibió.
Eso es lo que enseña la «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute: el canon, la inspiración, los géneros literarios, la profecía y la apocalíptica, la relación entre Escritura y Tradición y los límites de la crítica moderna. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 € y en audiolibro por 14,99 €.
Fuentes
- El cálculo, en la publicación oficial de los propios testigos de Jehová: «1914—A Significant Year in Bible Prophecy», con los «siete tiempos», los 2.520 días, la regla de un día por año (Núm 14,34; Ez 4,6) y la cuenta desde octubre del 607 a. C. El origen del 607, en el apéndice al capítulo 14 de «Let Your Kingdom Come»: «counting back 70 years from when the Jews returned to their homeland in 537 B.C.E., we arrive at 607 B.C.E.».
- Su propio tratamiento de la cronología académica, donde admiten el 587 a. C. y la datación del año 37 en 568/567: «When Was Ancient Jerusalem Destroyed?», segunda parte, 1 de noviembre de 2011.
- Obra de referencia de la cronología neobabilónica: Richard A. Parker y Waldo H. Dubberstein, Babylonian Chronology, 626 B.C.–A.D. 45, Studies in Ancient Oriental Civilization 24, University of Chicago Press, 1942. Ejemplar completo en archive.org.
- Crónica babilónica ABC 5, llamada «Crónica de Jerusalén», con la toma de la ciudad de Judá el 2 de Addaru del año séptimo de Nabucodonosor: traducción y notas en Livius.org.
- Charles Taze Russell, The Time Is at Hand, 1889, con el cómputo de 2.520 años desde el 606 a. C. y las fechas de 1874, 1878 y 1914: ejemplar en archive.org.
- Joseph F. Rutherford, Millions Now Living Will Never Die, 1920, pp. 88-90, sobre 1925: ejemplar en archive.org.
- Sobre 1975 y su reconocimiento posterior, en su propia biblioteca: «Why Are You Looking Forward to 1975?», 15 de agosto de 1968, «Making Wise Use of the Remaining Time», 1 de mayo de 1968 y «Choosing the Best Way of Life», 15 de marzo de 1980, p. 17.
- Daniel 4, Mateo 24,36 y Hechos 1,7 en el texto latino oficial: Nova Vulgata, Daniel, en vatican.va. Y el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 673: texto español en vatican.va.
- Gabriel Calvo Zarraute, Introducción a la Sagrada Escritura, Páginas Contrarrevolucionarias.