Cómo desmontar la sola Scriptura con la Biblia en la mano
Por Marcos Vera PérezUn evangélico llama a su puerta con una Biblia en la mano y una frase preparada: «solo la Biblia». Nada de Tradición, nada de Magisterio, nada de Iglesia. La Escritura sola, interpretada por cada creyente bajo la luz del Espíritu. Suena limpio, suena humilde y suena bíblico.
No lo es. Y lo mejor del caso es que no hace falta salirse de la Biblia para demostrarlo. Este artículo recoge el argumento tal como lo construyó monseñor Louis-Nazaire Bégin en The Bible and the Rule of Faith, apoyado en Milner, Gibbons y Faà di Bruno. Todo lo que va aquí está en esos libros, con capítulo y versículo.
¿Qué es exactamente la sola Scriptura?
La sola Scriptura sostiene que la Sagrada Escritura es la única regla de fe: todo lo que hay que creer está en ella, está claro en ella, y cada cristiano puede sacarlo de ella por sí mismo. Bégin la descompone en dos piezas, porque el error está en las dos.

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La primera pieza es la regla remota: el libro. La segunda es la regla próxima: quién lo interpreta. El protestante contesta «cada uno, con la ayuda del Espíritu Santo». Ahí es donde el sistema se rompe, y se rompe con la propia Biblia delante.
¿Dónde dice la Biblia que solo vale la Biblia?
En ninguna parte. Este es el primer punto y el más incómodo, porque un sistema que afirma que toda verdad de fe debe estar en la Escritura tendría que empezar por encontrar en la Escritura la afirmación de que toda verdad de fe está en la Escritura. No está.
Bégin lo formula así: es imposible para un protestante probar que la Biblia contiene todas las verdades reveladas por Dios, porque esa afirmación no se lee en ningún texto sagrado. Se presupone. Y un principio que se presupone no es un principio revelado: es una opinión del siglo XVI.
San Pablo dice lo contrario cuando escribe a los tesalonicenses: «manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido, sea de palabra, sea por carta nuestra» (2 Tes 2,14). De palabra y por carta. Dos cauces, no uno.
2 Timoteo 3,16: qué dice y qué no dice
El versículo que siempre sale es este: «Toda Escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia».
Léalo despacio. Dice útil. No dice suficiente, no dice única, no dice exclusiva. Hay un abismo entre «este libro sirve para enseñar» y «este libro es lo único que enseña». Un martillo es útil para construir una casa; de ahí no se sigue que baste el martillo.

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Y hay un detalle cronológico que Bégin subraya y que casi nadie menciona: cuando San Pablo escribe esas palabras a Timoteo, buena parte del Nuevo Testamento todavía no existe. La «Escritura» a la que se refiere es, en primer lugar, el Antiguo Testamento. Si ese versículo probara la sola Scriptura, probaría una sola Scriptura sin Evangelios.
San Pedro dijo que la Biblia es difícil de entender
El segundo pilar del sistema —que la Escritura es clara para cualquiera— lo derriba San Pedro en persona. Hablando de las cartas de San Pablo, escribe que «contienen cosas difíciles de entender, que los indoctos e inestables tuercen, como también las demás Escrituras, para su propia perdición» (2 Pe 3,16).
Fíjese en las tres afirmaciones que ese versículo encierra: hay pasajes difíciles; hay quien los tuerce; y torcerlos lleva a la perdición. Las tres están en la Biblia, dichas por el príncipe de los Apóstoles, y las tres son incompatibles con la idea de que basta abrir el libro y leer.
El eunuco de la reina de Etiopía
Hay una escena en los Hechos que parece escrita a propósito. Un funcionario etíope va leyendo al profeta Isaías en su carro. El diácono Felipe le pregunta si entiende lo que lee, y él contesta: «¿Cómo voy a entenderlo, si nadie me lo explica?» (Hch 8,31).
Un hombre culto, con el texto sagrado delante, de buena fe, reconociendo que necesita un intérprete. Y Dios no le envía una iluminación interior: le envía un ministro de la Iglesia. Bégin añade el caso de los discípulos de Emaús, a quienes el propio Cristo tiene que explicar las Escrituras reprochándoles que no han entendido a los profetas (Lc 24,25-27).
Los primeros cristianos no tenían Biblia
Este es el golpe más fuerte, y es puramente histórico. El canon del Nuevo Testamento no se completó hasta unos sesenta años después de la muerte de Cristo. Durante esas décadas hubo cristianos —y cristianos mejores que nosotros, dice Bégin: los que «eran un solo corazón y una sola alma», los que perseveraban en la oración y en la fracción del pan— que no pudieron examinar unos libros que todavía no estaban escritos.
¿Qué regla de fe seguían? La predicación de los Apóstoles. Es decir, la Tradición viva de la Iglesia. Si la sola Scriptura fuera el sistema querido por Cristo, la primera generación cristiana habría vivido y muerto sin regla de fe.
Catorce siglos sin imprenta
El argumento se prolonga. Durante los catorce siglos anteriores a la invención de la imprenta, ¿cómo iba cada fiel a examinar la Escritura por su cuenta? Bégin cita al historiador protestante Macaulay, que no es sospechoso: en la mayor parte de Europa «ni uno de cada quinientos hombres habría podido deletrear un salmo; los libros eran pocos y caros; el arte de imprimir era desconocido», y los ejemplares de la Biblia se vendían a precios que muchos sacerdotes no podían pagar.
La conclusión es demoledora y Bégin la deja caer sin adornos: según el sistema protestante habría que concluir que aquellos hombres no tenían regla de fe y estaban fuera del camino de la salvación. O dicho de otro modo: que Cristo impuso a los hombres una obligación sin darles el medio de cumplirla, y esperó catorce siglos a Gutenberg para ponérsela un poco más al alcance.
Lutero contra Lutero
Bégin hace algo que conviene aprender: pone a Lutero frente a Lutero.
Por un lado, Lutero afirma que «la Escritura es su propio intérprete, el más seguro, el más claro y el más inteligible; lo prueba todo a todos, juzga a todos e ilumina a todos», y llega a escribir que no aprueba que se la llame oscura en ninguna de sus partes.
Por otro lado, el mismo Lutero escribe: «Penetrar el sentido de las Sagradas Escrituras es cosa imposible; no podemos más que rozar la superficie; entender su sentido sería una maravilla. Apenas se nos concede conocer el alfabeto».
Las dos frases no pueden ser verdad a la vez. Y el sistema entero se apoya en la primera.
Si la Biblia es tan clara, ¿por qué no coinciden?
Queda la prueba práctica, que es la que cualquiera puede comprobar sin saber teología. Entre las confesiones que tienen la Escritura por única regla de fe hay opiniones contradictorias sobre puntos evidentemente esenciales: la divinidad de Jesucristo, la eternidad del infierno, los efectos del bautismo, la validez del bautismo de los niños, la necesidad de las buenas obras, la presencia real en la Eucaristía.
El ejemplo que pone Bégin es el mejor de todos. Ante las palabras «esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre», Lutero entiende la presencia real y Calvino entiende un signo, una figura, un recuerdo. Los dos con la misma Biblia, los dos con el mismo versículo, los dos convencidos de leerlo con claridad. ¿A cuál de los dos ha de seguir el fiel sencillo? Y si tiene que decidirse por autoridad puramente humana, ¿por qué no habría de adoptar igual de bien la interpretación de los católicos?
La libre interpretación no ha producido unidad en cinco siglos porque no puede producirla. No es un defecto de aplicación: es el resultado necesario del principio.
Qué pone la Iglesia en su lugar
La Iglesia católica no opone a la Biblia otra cosa. Opone a la Biblia sola la Biblia entera, leída dentro de la Iglesia que la recibió, la custodió y la declaró inspirada. Regla remota: Escritura y Tradición. Regla próxima: el Magisterio vivo, asistido para no errar.
Y conviene decirlo sin complejos: la Iglesia no teme la Escritura, la produjo. Fue ella quien fijó la lista de los libros sagrados, quien los copió a mano durante mil años y quien los defendió de las mutilaciones. Puede ver esa historia en nuestro artículo sobre quién quitó los 7 libros de la Biblia, y el recuento completo en cuántos libros tiene la Biblia.
Cómo usar esto en una conversación
Tres preguntas, por este orden, y ninguna de ellas sale de la Biblia:
- ¿En qué versículo dice la Escritura que la Escritura es la única regla de fe?
- Si la Escritura es clara para cualquiera, ¿por qué dice San Pedro que hay en ella cosas difíciles de entender que los indoctos tuercen para su perdición?
- ¿Qué regla de fe tenían los cristianos de los primeros sesenta años, cuando el Nuevo Testamento todavía no estaba escrito?
No hace falta levantar la voz. Basta esperar la respuesta.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa sola Scriptura?
Significa que la Sagrada Escritura es la única regla de fe: que todo lo que hay que creer está en ella, está claro en ella y cada creyente puede extraerlo de ella por sí mismo, sin Tradición ni Magisterio. Es uno de los principios fundacionales de la Reforma protestante del siglo XVI.
¿Dónde dice la Biblia que solo vale la Biblia?
En ningún pasaje. La afirmación de que toda verdad revelada está contenida en la Escritura no se encuentra en la Escritura; se presupone. San Pablo, en cambio, manda conservar las tradiciones recibidas «sea de palabra, sea por carta nuestra» (2 Tes 2,14).
¿No prueba 2 Timoteo 3,16 la suficiencia de la Escritura?
No. El texto dice que toda Escritura inspirada es «útil» para enseñar, argüir, corregir e instruir. Útil no es lo mismo que suficiente ni que único. Además, cuando San Pablo lo escribe, buena parte del Nuevo Testamento aún no existía.
¿Es la Biblia clara para cualquiera que la lea?
San Pedro dice que en las cartas de San Pablo hay «cosas difíciles de entender, que los indoctos e inestables tuercen, como también las demás Escrituras, para su propia perdición» (2 Pe 3,16). El eunuco etíope de Hechos 8 reconoce que no puede entender a Isaías si nadie se lo explica.
¿Qué regla de fe tenían los primeros cristianos?
La predicación apostólica. El canon del Nuevo Testamento no quedó completo hasta unos sesenta años después de la muerte de Cristo, de modo que la primera generación de cristianos no pudo examinar unos libros que todavía no estaban escritos.
¿Por qué los protestantes no se ponen de acuerdo si leen la misma Biblia?
Porque la libre interpretación no tiene criterio que zanje las discrepancias. Ante «esto es mi Cuerpo», Lutero entendió presencia real y Calvino un mero signo. Sin una autoridad viva e infalible, cada lectura vale tanto como la contraria.
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El libro
Todo lo que aquí se resume en dos mil palabras está desarrollado con rigor en Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute: qué es la inspiración, cómo se formó el canon, qué autoridad tiene la Vulgata y por qué la Escritura no se sostiene fuera de la Iglesia que la custodia. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.
Fuentes
- Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith — partes primera y segunda, sobre la regla de fe remota y próxima.
- John Milner, The End of Religious Controversy — primera parte, sobre la regla de fe.
- James Gibbons, The Faith of Our Fathers — capítulos sobre Escritura y Tradición.
- Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief — sobre la Palabra no escrita.
- Henry G. Graham, Where We Got the Bible — sobre la formación del canon.