Manuscrito medieval iluminado abierto, con capitulares doradas y texto latino a dos columnas, en penumbra

Así manipuló Lutero la Biblia: la palabra que le añadió a San Pablo

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Hay manipulaciones que necesitan páginas enteras y otras que caben en cuatro letras. La que Martín Lutero introdujo en el texto de San Pablo es de las segundas: una sola palabra, añadida donde el Apóstol no la había puesto, y sobre ella se levantó la doctrina que separó a media Europa de la Iglesia.

La palabra es «solo»; en latín, sola. San Pablo escribió que el hombre es justificado por la fe; Lutero tradujo que lo es solo por la fe. Y cuando le afearon la añadidura, no la retiró ni la discutió: contestó que la mantenía porque le daba la gana.

El episodio está documentado en autores católicos que trabajaban con los escritos del propio Lutero. No es anécdota de erudito: es el nacimiento de una doctrina a partir de una interpolación.

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¿Qué palabra le añadió Lutero a San Pablo exactamente?

El canónigo Henry G. Graham lo cuenta en Where We Got the Bible. Tras explicar que Lutero no solo expulsó ciertos libros sino que mutiló algunos de los que dejó, pone este ejemplo: no complacido con la doctrina de San Pablo, «somos justificados por la fe», y temiendo que las buenas obras —una superstición papista— pudieran colarse, añadió la palabra «solo» después de las palabras del Apóstol, de modo que la frase quedara «somos justificados por la fe sola». Y así se lee, escribe, en las Biblias luteranas hasta hoy.

Graham no disimula su juicio: tal acción debe ser reprobada por todos los cristianos que dicen atenerse a la Biblia. Lo que le asombra es la audacia del hombre capaz de cambiar fríamente, de un plumazo, una doctrina fundamental de San Pablo, que escribió —como todos admitían— bajo la inspiración del Espíritu Santo.

¿Qué contestó Lutero cuando le reprocharon la añadidura?

Aquí está lo más revelador, y lo recoge monseñor Louis-Nazaire Bégin en The Bible and the Rule of Faith. Un día, escribe, se sorprendió a Lutero traduciendo las palabras de la Escritura «Justificari hominem per fidem» por «el hombre es justificado por la fe sola». Y como justificación de su audaz temeridad, dio esta respuesta:

«Vuestro papista arma mucho alboroto por esta añadidura de la palabra sola; decidle que el doctor Martín Lutero quiere que así sea, y que dice que un papista y un asno son una y la misma cosa: sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas. No queremos ser discípulos de los papistas, que consideran pecado alterar las Escrituras, sino de su Maestro.»

La frase latina significa «así lo quiero, así lo mando, sirva mi voluntad de razón». No es un argumento: es la renuncia expresa a darlo. Y obsérvese lo que se le escapa de paso: admite que los papistas consideran pecado alterar las Escrituras. Lo sabía perfectamente.

Una sola palabra que cambia toda la doctrina

Puede parecer un detalle menor. No lo es. El padre Joseph Faà di Bruno, en Catholic Belief, explica lo que ese «solo» hace: con la palabra sola los protestantes pretenden excluir todas las obras exteriores, ceremoniales, piadosas o caritativas, las de obediencia o de penitencia y cualesquiera actos morales buenos, como medios o condiciones de la justificación. Y con ella excluyen también los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia.

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La palabra añadida no matiza el texto: lo invierte. Donde San Pablo afirmaba algo, el añadido niega todo lo demás. Faà di Bruno lo califica de nuevo dogma, que no se encuentra en ninguno de los Credos ni en los cánones de ningún concilio general, inventado para que cada individuo se procurase por sí mismo el perdón y la gracia, al margen de los sacerdotes y los sacramentos.

¿Qué dijo entonces San Pablo, y qué quiso decir?

Faà di Bruno responde con precisión. Cuando San Pablo dijo que somos justificados por la fe sin las obras de la ley, quería decir que la justificación cristiana era algo distinto de la que los conversos judíos imaginaban: estos la creían resultado de sus obras exteriores, al margen de la gracia, mientras que la cristiana es don gratuito de Dios. Por eso insistió en que los ritos judíos, ya abolidos, nunca podrían por sí mismos efectuar la justificación.

Pero San Pablo —continúa— nunca pretendió desautorizar los actos morales hechos por la gracia de Dios. Si lo hubiera hecho, habría enfrentado la gracia contra la gracia y a Dios contra Dios, como si desautorizase lo que Él mismo había inspirado. Y añade un argumento de hierro: si excluyera toda clase de buenas obras, habría que excluir la fe misma, porque la fe es obra de la inteligencia y de la voluntad tanto como el temor, el amor y el arrepentimiento.

El Concilio de Trento, que Faà di Bruno cita, fija el límite por el otro lado: ninguna de las cosas que preceden a la justificación, ni la fe ni las buenas obras, puede merecer esa gracia. Ni obras sin gracia ni fe sola sin obras: la doctrina católica no se deja tirar de ninguno de los dos extremos.

No fue un error de traducción: fue deliberado

Graham vuelve sobre el asunto en el capítulo dedicado a las variaciones del texto, y allí lo clasifica. Hay unas doscientas mil variantes en los manuscritos bíblicos —cifra que no debe extrañar, dice, si se recuerda que la Biblia tiene treinta y cinco mil versículos—, y las divide en intencionadas e involuntarias. La inmensa mayoría son involuntarias: escribas cansados, malas vistas, dictados mal oídos, glosas marginales.

Y en la primera categoría, la de los cambios hechos a propósito, coloca el nuestro: hay que contar por desgracia, escribe, aquellos cambios hechos por herejes para acomodar su doctrina o su práctica particular, como por ejemplo cuando los luteranos añadieron la palabra «solo» a las palabras de San Pablo para encajarlas con su nueva ocurrencia sobre la «justificación por la fe sola».

Queda dicho en sus propios términos: ni errata ni licencia de traductor, sino alteración deliberada del texto para sostener una doctrina previa. Es el procedimiento que llevó a llamar «epístola de paja» a la carta de Santiago y, en el Antiguo Testamento, a quitar siete libros enteros. Suprimir libros y retocar versículos son el mismo gesto: el de quien se coloca por encima del texto en vez de someterse a él.

«Ni el Papa, ni los reyes, ni todos los diablos del infierno»

Que Lutero era consciente de lo que defendía, y contra quién, lo documenta John Milner en The End of Religious Controversy. Su principio fundamental, explica, era el de la justicia imputada, con exclusión de todos los actos de virtud y de todas las buenas obras; y su discípulo predilecto Amsdorf lo llevó hasta sostener que las buenas obras son un estorbo para la salvación.

En defensa de ese principio, recoge Milner, Lutero se jactaba así:

«Este artículo permanecerá a pesar de todo el mundo: soy yo, Martín Lutero, Evangelista, quien lo dice; que nadie por tanto intente quebrantarlo, ni el Emperador de los romanos, ni el de los turcos, ni el de los tártaros; ni el Papa, ni los monjes, ni las monjas, ni los reyes, ni los príncipes, ni todos los diablos del infierno. Si lo intentan, que las llamas infernales sean su recompensa. Lo que digo aquí ha de tomarse por inspiración del Espíritu Santo.»

Un hombre que declara inspirada por el Espíritu Santo su propia opinión ya no necesita ninguna Iglesia; ni, en rigor, ninguna Biblia: si el texto le estorba, lo corrige. Es el nudo que examinamos al desmontar la sola Scriptura.

La palabra añadida llegó hasta los artículos de fe

La interpolación no se quedó en la Biblia alemana. El cardenal Wiseman señala que los Artículos de la Iglesia de Inglaterra recogen la fórmula: «que somos justificados por la fe sola es una doctrina muy sana y llena de consuelo». Y advierte que quien lea la homilía sobre la justificación a la que ese artículo remite encontrará repetido una y otra vez que los hombres han de ser justificados por la fe sola sin obras.

Y hace la pregunta que la fórmula no puede responder: nunca se nos dice en qué consiste esa fe, ni cómo se conduce al pecador hasta ella, ni con qué criterios distinguir la verdadera de la falsa. Sobre todo eso, concluye, quedamos a oscuras.

Ni los propios luteranos aguantaron el dogma

El desenlace lo cuenta Milner y no tiene desperdicio. Pese a las terribles amenazas e imprecaciones de su maestro, Melanchthon y el resto de los luteranos abandonaron aquel artículo inmediatamente después de la muerte de Lutero y pasaron al extremo opuesto, el semipelagianismo, enseñando que las buenas obras son anteriores a la gracia de Dios.

Y remata con el testimonio de Osiander, luterano: sobre este único asunto «hay veinte opiniones distintas, todas sacadas de la Escritura, y sostenidas por diferentes miembros de la Confesión de Augsburgo». Veinte opiniones sobre el artículo que había de permanecer a pesar de todo el mundo.

Preguntas frecuentes

¿Qué palabra añadió Lutero a la Biblia?

La palabra «solo»: sola en latín. Graham lo expone con detalle: no complacido con la doctrina de San Pablo «somos justificados por la fe», y temiendo que las buenas obras pudieran colarse, Lutero añadió «solo» tras las palabras del Apóstol, de modo que la frase quedó «somos justificados por la fe sola». Añade que así se lee en las Biblias luteranas hasta hoy, y lo califica de alteración de una doctrina fundamental de San Pablo hecha de un plumazo.

¿Cómo justificó Lutero esa añadidura?

No la justificó: la impuso. Bégin recoge su respuesta textual: «Vuestro papista arma mucho alboroto por esta añadidura de la palabra sola; decidle que el doctor Martín Lutero quiere que así sea», rematada con la fórmula latina sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas —así lo quiero, así lo mando, sirva mi voluntad de razón—. En la misma frase reconoce que los católicos consideran pecado alterar las Escrituras.

¿San Pablo enseñó la justificación por la fe sola?

No. Faà di Bruno lo explica: cuando San Pablo dice que somos justificados por la fe sin las obras de la ley se refiere a los ritos judíos, ya abolidos, que por sí mismos nunca podrían efectuar la justificación. Nunca pretendió desautorizar las obras hechas por la gracia; si lo hubiera hecho, habría enfrentado la gracia contra la gracia y a Dios contra Dios. Y advierte que ese criterio, llevado al final, excluiría la fe misma, que es obra de la inteligencia y la voluntad.

¿Qué dice la Iglesia sobre la fe y las obras?

El Concilio de Trento, citado por Faà di Bruno, establece que ninguna de las cosas que preceden a la justificación, ni la fe ni las buenas obras, puede merecer esa gracia: es don gratuito de Dios. Pero eso no anula las obras, que son disposición y preparación, no causa. Searle lo resume desde el otro lado: es certísimo que la fe sola no nos salvará, pues hace falta el amor de Dios, y ese amor, si no se muestra en buenas obras, es falso.

¿Se puede demostrar que fue un cambio intencionado?

Graham lo clasifica expresamente como tal. Al tratar de las doscientas mil variantes del texto bíblico distingue las involuntarias —la inmensa mayoría: escribas cansados, malas vistas, glosas marginales— de las intencionadas, hechas por herejes para acomodar su doctrina. Y en esa segunda categoría sitúa el caso: los luteranos añadieron «solo» a las palabras de San Pablo para encajarlas con su nueva ocurrencia sobre la justificación por la fe sola. No fue descuido de copista, sino decisión doctrinal.

¿Qué pasó después con la doctrina de la fe sola?

Se deshizo entre sus propios partidarios. Milner documenta que Melanchthon y el resto de los luteranos abandonaron aquel artículo inmediatamente después de la muerte de Lutero y pasaron al extremo contrario, el semipelagianismo, enseñando que las buenas obras son anteriores a la gracia. Y cita a Osiander, luterano, reconociendo que sobre este solo asunto hay veinte opiniones distintas, todas sacadas de la Escritura, sostenidas por miembros de la Confesión de Augsburgo.

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Fuentes

  • Henry G. Graham, Where We Got the Bible, caps. V y VII («Variations in the Text»). Texto completo.
  • Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, parte II, cap. IV. Texto completo.
  • Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, apéndice 38 («Justification by Faith Alone»). Texto completo.
  • John Milner, The End of Religious Controversy, carta VIII (segunda regla falaz). Texto completo.
  • Card. Wiseman, Lectures on the Principal Doctrines, lección X. Texto completo.
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