«Epístola de paja»: el libro del Nuevo Testamento que Lutero quiso tirar a la basura
Por Marcos Vera PérezHay una frase de Martín Lutero que conviene conocer antes de discutir con nadie sobre la Biblia. Del libro del Nuevo Testamento que llamamos Epístola de Santiago dijo que era «una epístola de paja», sin «ningún carácter del Evangelio». No lo escribió en una carta privada ni se lo sacaron de contexto: son sus palabras, y llegaron impresas hasta nosotros.
La cuestión no es anecdótica. Un hombre que estaba fundando una religión entera sobre el principio de que la Biblia, y solo la Biblia, basta para salvarse, se topó con un libro de esa misma Biblia que le contradecía de plano. Su reacción no fue corregir la doctrina: fue intentar sacar el libro del volumen.
Vale la pena seguir la historia despacio, porque explica mejor que cien argumentos por qué la Escritura no se sostiene sola, sin la autoridad viva de la Iglesia que la reunió y la guarda.

El libro de este artículo
Introducción a la Sagrada Escritura (PREVENTA)
Ver el libro · Libro de bolsillo · €25,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
¿Qué quiso decir Lutero con «epístola de paja»?
La recoge el canónigo Henry G. Graham en Where We Got the Bible, en el capítulo sobre las deficiencias de la Biblia protestante. Hizo falta toda la capacidad de resistencia de los reformadores más conservadores, cuenta, para impedir que Lutero arrojara fuera la Epístola de Santiago como indigna de permanecer dentro del volumen de la Sagrada Escritura. «Una epístola de paja», la llamó, «sin ningún carácter del Evangelio en ella».
Conviene subrayar qué significa «paja» ahí. No es que le pareciera flojo: medido con su propia vara —su Evangelio, el que él había deducido—, aquel libro no daba la talla. La vara ya no era la Escritura: era él.
El dato aparece en autores que no se conocían entre sí. El cardenal Gibbons escribe que Lutero solía llamar a la Epístola de Santiago «una carta de paja». Monseñor Bégin arranca de ahí una lista de arbitrariedades protestantes sobre el texto sagrado: «desde Lutero, que llamó a la Epístola de Santiago una epístola de paja, hasta nuestros racionalistas modernos».
¿Por qué le estorbaba a Lutero la Epístola de Santiago?
Porque dice lo que dice. Searle pone el dedo en la llaga: Santiago escribe que «así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma» (Sant. II, 17), y hasta la versión protestante traduce «está muerta, estando sola». Y comenta con sequedad: no es de extrañar que Lutero pusiera reparos a esta epístola y la llamara «epístola de paja»; pero San Pablo enseña exactamente lo mismo.
Gibbons señala un segundo motivo. En el capítulo V de Santiago está el mandato apostólico sobre la unción de los enfermos por los presbíteros. Viendo que la orden del Apóstol era demasiado clara para escamotearla con sutilezas de palabras, escribe, Lutero rechazó la epístola entera, a la que llamó despectivamente «una carta de paja».
Ese es el mecanismo: el libro no se juzga por su origen apostólico, sino por si encaja con la doctrina que uno ya ha decidido defender. Es el criterio que está detrás de la supresión de los siete libros del Antiguo Testamento.

El libro de este artículo
Introducción a la Sagrada Escritura (PREVENTA)
Ver el libro · Libro de bolsillo · €25,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
¿Quién impidió que Santiago saliera del Nuevo Testamento?
No fue la prudencia de Lutero. Fueron los reformadores más conservadores, según Graham, que se resistieron y frenaron la operación. El detalle hay que darlo entero, porque es lo que dice la fuente: en lo que toca al Nuevo Testamento, los reformadores dejaron los libros tal como los encontraron, y su Testamento contiene hoy exactamente los mismos libros que el nuestro.
Es decir: el protestante que hoy lee la Epístola de Santiago la lee porque unos hombres detuvieron a Lutero, no porque su principio se lo garantizara.
Santiago no fue el único libro que Lutero despreció
Graham continúa: del mismo modo, y casi en el mismo grado, Lutero deshonró la Epístola de San Judas, la Epístola a los Hebreos y el hermoso Apocalipsis de San Juan, declarando que no estaban en el mismo plano que los demás ni contenían la misma cantidad de Evangelio —es decir, matiza, de su Evangelio.
Bégin amplía la lista con una enumeración que recoge de otro autor: Lutero rechazó del canon Job, el Eclesiastés, Hebreos, la segunda de San Pedro, la segunda y la tercera de San Juan, la de San Judas y el Apocalipsis; y Calvino apartó además Ester, Tobías, Judit, la Sabiduría, el Eclesiástico y los dos libros de los Macabeos.
Y remata el inventario con una observación demoledora: un librero protestante que quisiera publicar una Biblia con solo los libros cuya autoridad reconocieran todos sus correligionarios no tendría nada que imprimir.
¿Y los siete libros que sí llegó a tirar?
En el Antiguo Testamento la operación sí se consumó. Abra usted una Biblia protestante, detalla Graham, y faltan siete libros completos: siete menos que en la Biblia católica y que en toda colección y catálogo de Sagrada Escritura desde el siglo IV hasta el XVI. Son Tobías, Baruc, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, I Macabeos y II Macabeos, junto con siete capítulos de Ester y sesenta y seis versículos del capítulo III de Daniel, el llamado «Cántico de los tres jóvenes» (Daniel III, 24-90, versión de Douai). Fueron deliberadamente cortados, dice, y la Biblia se encuadernó sin ellos.
El caso de los Macabeos es el más transparente. Cuando un libro enseñaba una doctrina repugnante a su gusto individual —por ejemplo, que «es un pensamiento santo y saludable orar por los difuntos para que sean liberados de sus pecados», II Mac. XII, 46—, tanto peor para el libro: «tíralo por la borda», fue su sentencia, y por la borda fue. El hilo completo está en el libro que quitaron de la Biblia por hablar del purgatorio.
¿Cómo sabemos que Lutero dijo eso de verdad?
Es la objeción previsible, y Graham la responde antes de que se la hagan. La manera presuntuosa en que Lutero vertió desprecio y duda sobre escritos inspirados venerados durante mil o mil doscientos años sería apenas creíble —escribe— si no fuera porque tenemos sus mismas palabras impresas en frío, que no pueden mentir, y que pueden leerse en su biografía o citadas en libros como The Bible in the Church, del doctor Westcott.
Westcott, conviene recordarlo, era obispo anglicano de Durham: no un polemista católico buscando munición, sino un erudito protestante recogiendo lo que su propio fundador escribió.
¿Por qué la Iglesia sí conservó la Epístola de Santiago?
Aquí está el fondo del asunto, y es lo que más incomoda al principio de la Escritura sola. Antes de que la colección del Nuevo Testamento quedara fijada en Cartago el año 397, explica Graham, los escritos cristianos se dividían en tres clases: los reconocidos como canónicos, los disputados y los declarados espurios. Y en la segunda —admitidos en unos sitios y rechazados en otros— se encontraban precisamente la Epístola de Santiago, la de San Judas, la segunda de San Pedro, la segunda y la tercera de San Juan, Hebreos y el Apocalipsis.
Fue la Iglesia la que zanjó la cuestión. Cartago fijó el canon, principalmente por influencia de San Agustín, y decretó que su decisión se remitiera a Roma para su confirmación. Graham añade que cerraron el canon los concilios de Hipona y Cartago en el siglo IV y los papas Inocencio I en 405 y Gelasio en 494, con listas idénticas a la conciliar; y que esos decretos fueron reafirmados por Florencia en 1442, bajo Eugenio IV, y por Trento en 1546.
Gibbons lo resume en una frase: la Iglesia católica, en la plenitud de su autoridad, en el tercer Concilio de Cartago del año 397, separó la paja del trigo y declaró qué libros eran canónicos y cuáles apócrifos. Cómo se formó esa lista lo tiene en nuestra guía sobre cómo leer la Biblia.
El problema de fondo no era Santiago: era el juicio privado
Graham no deja el diagnóstico a medias. ¿Por qué impugnó Lutero esos libros? Porque no encajaban con sus nuevas doctrinas y opiniones. Había llegado al principio del juicio privado —escoger y descartar doctrinas a gusto— y desde ahí lo demás se sigue solo.
Graham describe adónde lleva ese principio con una ironía que no ha envejecido: por ignorante, por iletrado que usted sea, puede, es más, está obligado a recortarse y tallarse una Biblia y una religión a su medida. Ningún Papa, ningún concilio, ninguna Iglesia le iluminará ni le transmitirá las doctrinas de Cristo. El resultado, concluye, lo hemos visto en la corrupción de la Palabra de Dios. Es el nudo que tratamos al desmontar la sola Scriptura.
Graham cierra el capítulo con una pregunta que conviene dejar planteada: ¿qué cuerpo cristiano ama y venera realmente más las Escrituras, y cuál parece más expuesto a incurrir en el anatema, registrado por San Juan, que Dios enviará sobre los que quiten palabras del Libro de la Vida (Ap. XXII, 19)?
Preguntas frecuentes
¿Qué significa exactamente «epístola de paja»?
Es la expresión con la que Lutero descalificó la Epístola de Santiago. Según recoge Graham, la llamó «una epístola de paja, sin ningún carácter del Evangelio en ella», y quiso sacarla del Nuevo Testamento por indigna de permanecer en la Escritura. Gibbons la registra como «una carta de paja» y explica el motivo concreto: Santiago manda ungir a los enfermos por medio de los presbíteros, y ese mandato apostólico era demasiado claro para esquivarlo con sutilezas. Rechazar la epístola entera resultaba más cómodo que aceptar el sacramento.
¿Está la Epístola de Santiago en las Biblias protestantes actuales?
Sí. Graham es explícito: en el Nuevo Testamento los reformadores dejaron los libros tal como los encontraron, y su Testamento contiene hoy los mismos libros que el católico. Lutero quiso quitarla, pero hizo falta la resistencia de los reformadores más conservadores para impedírselo, y se lo impidieron. La diferencia real entre ambas Biblias está en el Antiguo Testamento, del que sí desaparecieron siete libros completos más partes de Ester y de Daniel.
¿Qué otros libros del Nuevo Testamento despreció Lutero?
Graham señala que, del mismo modo y casi en el mismo grado, deshonró la Epístola de San Judas, la Epístola a los Hebreos y el Apocalipsis, declarando que no estaban en el mismo plano que los demás ni contenían la misma cantidad de Evangelio. Bégin recoge una lista más amplia: Job, el Eclesiastés, Hebreos, la segunda de San Pedro, la segunda y la tercera de San Juan, la de San Judas y el Apocalipsis. El criterio era siempre el mismo: la conformidad con su propia doctrina.
¿Contradice de verdad Santiago a San Pablo?
No. Searle lo resuelve con claridad: Santiago escribe que la fe sin obras está muerta en sí misma, y San Pablo enseña justamente lo mismo. La fe sin caridad, sin el amor de Dios del que se sigue el amor al prójimo, es —según la enseñanza llana de San Pablo— insuficiente para la salvación. Santiago solo lo desarrolla más por extenso. La contradicción aparece únicamente cuando se lee a San Pablo a través de un principio que él no enseñó.
¿Quién decidió entonces qué libros forman el Nuevo Testamento?
La Iglesia católica. Graham documenta que antes del 397 había tres clases de escritos —reconocidos, disputados y espurios— y que entre los disputados figuraban Santiago, Judas, la segunda de Pedro, la segunda y tercera de Juan, Hebreos y el Apocalipsis. El Concilio de Cartago del 397, por influencia de San Agustín, fijó la lista y la remitió a Roma para su confirmación. Inocencio I en 405 y Gelasio en 494 publicaron listas idénticas; Florencia en 1442 y Trento en 1546 lo reafirmaron.
¿De dónde sacamos que Lutero dijo estas cosas?
De sus propios escritos. Graham advierte que sus palabras están impresas en frío, que no pueden mentir, y remite a su biografía y a The Bible in the Church del doctor Westcott, obispo anglicano de Durham. Bégin, Gibbons y Searle recogen la misma expresión de manera independiente. No es una atribución polémica ni una leyenda católica: es un dicho citado también por autores protestantes, que lo transmiten sin escándalo porque forma parte del expediente público del reformador.
Seguir leyendo
- Así manipuló Lutero la Biblia: la palabra que le añadió a San Pablo
- Los siete libros que faltan en las Biblias protestantes
- Biblia católica y Biblia protestante: las diferencias que conviene conocer
- ¿Cuántos libros tiene la Biblia?
El libro
Para entender por qué la Escritura no se sostiene sin la Iglesia que la reunió hace falta saber cómo está hecha la Biblia: qué es el canon, quién lo fijó y con qué autoridad. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.
Fuentes
- Henry G. Graham, Where We Got the Bible, caps. IV y V («Deficiencies of the Protestant Bible»). Texto completo.
- James Gibbons, The Faith of Our Fathers, caps. VIII y XXVIII («Extreme Unction»). Texto completo.
- Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, parte I, art. II (canon) y parte II, cap. IV. Texto completo.
- George M. Searle, Plain Facts for Fair Minds, cap. sobre las buenas obras. Texto completo.