Biblia católica y Biblia protestante: las diferencias que conviene conocer
Por Marcos Vera PérezUn católico entra en una librería y ve dos biblias del mismo tamaño y precio parecido. Una lleva imprimatur; la otra, no. Aparentemente contienen lo mismo. No es así. Las diferencias entre una Biblia católica y una protestante son cuatro, y ninguna es menor.
1. El número de libros
La diferencia más visible: la Biblia católica tiene setenta y tres libros; la protestante, sesenta y seis. Faltan siete libros del Antiguo Testamento -Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y los dos de los Macabeos- además de partes de Ester y de Daniel.
Cada uno de esos siete, con lo que contiene y por qué la Iglesia lo tiene por inspirado, está explicado en los siete libros que faltan en las biblias protestantes.
La Iglesia los llama deuterocanónicos, es decir, de canon segundo o discutido en su día, no de segunda categoría. Estaban en la versión griega de los Setenta, la que usaban los apóstoles y la que citan los autores del Nuevo Testamento; los usaron los Padres; los enumeran los concilios de Hipona y Cartago a finales del siglo IV, y el Concilio de Trento los definió solemnemente como canónicos en 1546.
Lutero los apartó al final de su Biblia como lectura útil pero no normativa; las ediciones protestantes posteriores acabaron suprimiéndolos. Al hacerlo desapareció, entre otras cosas, el pasaje del segundo libro de los Macabeos donde se ora y se ofrece sacrificio por los difuntos, que es la base bíblica más explícita del purgatorio.
2. Las notas
La segunda diferencia es la que más consecuencias tiene en la práctica. Una Biblia católica lleva notas: explicaciones a pie de página, referencias cruzadas, advertencias sobre pasajes difíciles, remisiones a los Padres y al magisterio. Muchas ediciones protestantes ofrecen el texto desnudo, por principio.
Ese principio tiene nombre: sola Scriptura, la idea de que la Escritura se interpreta a sí misma y que cada creyente, asistido por el Espíritu, puede entenderla sin mediación. La objeción católica es sencilla y empírica: si eso fuera cierto, cuatro siglos de lectura privada no habrían producido millares de denominaciones que se contradicen entre sí leyendo el mismo texto.
San Pedro ya advirtió que en las cartas de San Pablo hay puntos difíciles que los indoctos tuercen para su propia perdición. Y cuando el eunuco de Candace lee a Isaías en su carro, y Felipe le pregunta si entiende lo que lee, la respuesta es la clave de todo el asunto: «cómo podría, si nadie me lo explica».
3. El texto de base
La tercera diferencia es técnica pero tiene efectos doctrinales. Hay pasajes cuya traducción divide desde el siglo XVI:
- El saludo del ángel a la Virgen. La tradición católica traduce «llena de gracia»; muchas versiones protestantes prefieren «muy favorecida», con lo que se debilita la lectura de la plenitud de gracia en María.
- Los «hermanos» de Jesús, que en el semitismo del texto designan a parientes y que algunas traducciones vierten de modo que sugiere hermanos carnales.
- El capítulo sexto de San Juan, donde el verbo empleado para «comer» es deliberadamente crudo y algunas versiones suavizan.
- Santiago 2, sobre la fe y las obras, tan incómodo para la doctrina de la justificación por la fe sola que Lutero llegó a llamar a esa carta «epístola de paja».
La conclusión es inevitable: toda traducción supone una interpretación, y quien traduce desde una teología traduce hacia esa teología. Los pasajes que la Reforma necesitaba neutralizar son exactamente los que aparecen debilitados en sus versiones. No es descuido filológico: es coherencia doctrinal.
4. La aprobación eclesiástica
La cuarta diferencia es la más fácil de comprobar: mire las primeras páginas. Una Biblia católica lleva imprimatur y nihil obstat, con el nombre del obispo y la fecha. No es un sello burocrático: es la garantía de que un censor competente ha verificado que ni la traducción ni las notas contienen error contra la fe.
¿Puede entonces un católico usar una Biblia protestante?
Para la lectura habitual, la formación y la oración, la respuesta es no. El fiel no necesita una Biblia mutilada de siete libros y despojada de notas: necesita el canon íntegro y la interpretación de la Iglesia junto al texto. Durante todo el siglo XIX los Papas advirtieron una y otra vez contra las versiones que difundían las sociedades bíblicas, precisamente por esto, y el tiempo les ha dado la razón.
La versión de Mons. Juan Straubinger, traducida directamente del hebreo y del griego y anotada para el fiel corriente, sigue siendo la referencia en lengua española precisamente por eso: no separa nunca el texto sagrado de la fe que lo interpreta.
5. La numeración de los salmos
Esta no se ve en el índice, pero desconcierta a cualquiera que compare dos biblias abiertas. El salmo que en una edición católica tradicional es el 50 —el Miserere— en una protestante es el 51. No hay error en ninguna de las dos: son dos numeraciones antiguas que conviven desde hace siglos.
La griega de los Setenta, que pasó a la Vulgata y de ahí a la liturgia latina, une en uno solo los salmos 9 y 10 del texto hebreo. Desde ese punto y hasta el 146, la numeración latina va un número por detrás de la hebrea; al final vuelve a cuadrar, porque el 147 hebreo se divide en dos. Las ediciones católicas modernas suelen dar las dos cifras, una de ellas entre paréntesis.
Conviene saberlo por una razón práctica: el breviario, el misal y los autores espirituales citan por la numeración antigua. Quien busque el «salmo 50» en una Biblia protestante no encontrará el Miserere, sino otro texto.
6. Los nombres de los libros
La siguiente sorpresa está también en el índice. Donde una Biblia protestante dice Crónicas, una católica tradicional dice Paralipómenos; donde aquella distingue 1 y 2 de Samuel de 1 y 2 de Reyes, la Vulgata numeraba cuatro libros de los Reyes seguidos. El Eclesiástico y el Sirácida son el mismo libro con dos nombres —y no tienen nada que ver con el Eclesiastés, que es otro distinto—.
No es un capricho de traductor. Son los nombres con que la Iglesia latina ha citado la Escritura durante siglos, y son los que aparecen en los documentos pontificios y en los Padres. Una edición que los cambie sin avisar deja al lector incapaz de seguir una cita de san Agustín o de Trento sin ir contando libros.
Qué manda la Iglesia sobre las ediciones
Lo anterior no es una recomendación piadosa: está en el Código. El canon 825 establece que los libros de la Sagrada Escritura no pueden publicarse si no han sido aprobados por la Sede Apostólica o por la Conferencia Episcopal, y que las traducciones a lengua vernácula han de ir provistas de las anotaciones necesarias. El mismo canon prevé que las ediciones preparadas junto con los hermanos separados, con las anotaciones oportunas, puedan ser usadas por los fieles con permiso de la Conferencia Episcopal.
Detrás de esa norma hay tres siglos de experiencia. La Iglesia no desconfía de que el fiel lea la Escritura —lo manda—, sino de que la lea sola, sin la voz que la interpreta. De ahí que la aprobación y las notas vayan siempre juntas en la legislación: no son dos requisitos, son uno.
Cómo saber en diez segundos cuál tiene delante
Tres comprobaciones, por orden:
- Busque Macabeos en el índice. Si no aparece, a esa Biblia le faltan siete libros.
- Mire las primeras páginas. Una edición católica lleva el nihil obstat y el imprimatur, con el nombre del censor, el del obispo que aprueba y la fecha.
- Abra por cualquier página. Si no hay notas al pie, o si las que hay solo explican variantes del original y nunca la doctrina, no tiene delante una Biblia católica anotada aunque el índice cuadre.
Sobre qué edición conviene tener en casa y qué mirar antes de pagar, está qué Biblia católica comprar.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos libros tiene la Biblia católica y cuántos la protestante?
La católica, setenta y tres; la protestante, sesenta y seis. La diferencia son los siete libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento y unas partes de Ester y de Daniel. El Nuevo Testamento es idéntico en las dos.
¿Puede un católico leer una Biblia protestante?
Puede consultarla, y para comparar traducciones puede ser útil. Para leer la Escritura habitualmente, no: le faltan libros y, sobre todo, le faltan las notas que la Iglesia manda que acompañen al texto.
¿Por qué el salmo 50 es el 51 en algunas biblias?
Porque hay dos numeraciones. La griega y latina une los salmos 9 y 10 del texto hebreo, y desde ahí va un número por detrás hasta el 146. La liturgia y los autores clásicos citan por la numeración antigua.
¿Qué es el imprimatur y dónde se mira?
Es la licencia del obispo para imprimir, y va en las primeras páginas junto al nihil obstat del censor. Su ausencia en una edición de la Escritura es el aviso más rápido de que no es católica.
¿Por qué las biblias protestantes llaman apócrifos a esos libros?
No. Deuterocanónicos son los siete libros inspirados que la Iglesia tiene por Palabra de Dios. Apócrifos, en sentido católico, son escritos falsamente atribuidos a un apóstol o a un profeta, que la Iglesia nunca reconoció. Las ediciones protestantes llaman «apócrifos» a los siete, y de ahí viene la confusión.
¿Qué Biblia católica en español conviene tener?
La versión de Mons. Juan Straubinger, traducida directamente del hebreo y del griego y anotada para el fiel corriente, sigue siendo la referencia en lengua española por la calidad de sus notas.
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Fuentes
- Concilio de Trento, sesión IV (8 de abril de 1546), decreto sobre los libros sagrados y sobre la edición de la Vulgata.
- León XIII, encíclica Providentissimus Deus (18 de noviembre de 1893), sobre los estudios bíblicos.
- Código de Derecho Canónico (1983), canon 825, sobre la edición de la Sagrada Escritura.
Novedad editorial
Cómo lee un católico la Sagrada Escritura: con la Iglesia, con las notas, con la Tradición. La enseñanza de Mons. Straubinger sobre el uso espiritual de la Biblia.
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