Libros prohibidos por la Iglesia católica: qué fue el Índice y por qué tenía razón

Libros prohibidos por la Iglesia católica: qué fue el Índice y por qué tenía razón

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Hay una frase que se repite en cualquier documental, en cualquier clase de instituto y en cualquier discusión de sobremesa: «la Iglesia prohibía libros». Se dice con el tono con que se menciona un crimen y se da por supuesto que quien la escucha bajará la cabeza. Conviene detenerse ahí, porque en esa frase conviven un hecho verdadero y una conclusión falsa.

El hecho es cierto: durante cuatro siglos la Iglesia mantuvo un catálogo de libros que un católico no debía leer. La conclusión falsa es que aquello fuera un abuso del que hoy haya que pedir perdón. El Índice de libros prohibidos fue un acto de gobierno pastoral, y uno de los más razonables que ha tomado nunca una autoridad sobre la tierra.

Y hay algo que casi nadie sabe: el Índice dejó de ser ley en 1966, pero la propia Santa Sede dejó escrito, negro sobre blanco, que conserva su vigor moral.

Qué era el Índice de libros prohibidos

El Index librorum prohibitorum era exactamente lo que dice su nombre: un índice, una lista. No era una hoguera, ni una policía, ni un tribunal. Era un catálogo publicado con nombres y títulos, para que cualquier católico supiera a qué atenerse.

Las fechas, en orden:

  • 1559. Pablo IV publica el primer Índice romano, preparado desde 1557.
  • 1564. Tras el Concilio de Trento, Pío IV promulga el llamado Índice tridentino, con diez reglas generales de censura que serán la base de todo lo demás.
  • 1571. San Pío V crea la Sagrada Congregación del Índice, encargada de examinar los escritos y mantener la lista al día.
  • 1917. Benedicto XV suprime esa Congregación y traslada su competencia al Santo Oficio; las normas sobre lectura pasan al nuevo Código de Derecho Canónico.
  • 1948. Se publica la trigésimo segunda y última edición, con unos cuatro mil títulos.
  • 1961. Se incorpora el último libro de la historia del Índice: la Vida de Jesús de Jean Steinmann, el 26 de junio.
  • 1966. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe publica la Notificación que pone fin al Índice como ley. Volveremos sobre ella, porque no dice lo que todo el mundo cree que dice.

Cuatro mil títulos en cuatro siglos. Conviene hacerse cargo de la cifra: solo en el siglo XIX se imprimieron millones de obras. La Iglesia no prohibió los libros; prohibió unos libros, y dijo cuáles y por qué.

Además, la prohibición admitía licencia. Los estudiosos, los profesores, los sacerdotes que debían refutar un error podían obtener permiso para leer lo prohibido. No se trataba de que nadie supiera qué decía Voltaire: se trataba de que el padre de familia no encontrara a Voltaire en la mesilla de su hija de dieciséis años sin saber lo que había dentro.

Qué libros estaban en el Índice

Esta es la parte que la gente busca, y conviene darla sin rodeos. Algunos de los nombres que estuvieron en la lista, con el año en que entraron:

  • Nicolás Maquiavelo, toda su obra — 1559
  • Giordano Bruno, toda su obra — 1600
  • Thomas Hobbes, toda su obra — 1649
  • Blaise Pascal, las Cartas provinciales — 1657; los Pensamientos — 1789
  • René Descartes, las Meditaciones y Las pasiones del alma — 1663
  • Michel de Montaigne, los Ensayos — 1676
  • Baruch Spinoza, el Tratado teológico-político — 1679
  • John Milton, El paraíso perdido — 1694
  • John Locke, el Ensayo sobre el entendimiento humano — 1734
  • Voltaire, Cándido y el Tratado sobre la tolerancia, entre otros — desde 1752
  • Denis Diderot, la Enciclopedia — 1758
  • David Hume, toda su obra — 1761
  • Jean-Jacques Rousseau, el Emilio y el Contrato social — 1762 y 1766
  • Immanuel Kant, la Crítica de la razón pura — 1827
  • Giacomo Casanova, las Memorias — 1834
  • Honoré de Balzac — 1841
  • Gustave Flaubert, Madame Bovary y Salambó — 1864
  • Émile Zola, toda su obra — 1894
  • Henri Bergson — 1914
  • Jean-Paul Sartre, toda su obra — 1948
  • André Gide, toda su obra — 1952
  • Simone de Beauvoir, El segundo sexo y Los mandarines — 1956

Mírese la lista con calma y aparecerá un dibujo. No es el dibujo de una institución que teme al conocimiento: es el de una institución que sabe perfectamente de dónde le vienen los golpes. Ahí está el racionalismo (Descartes, Hume, Kant), ahí está la Revolución antes de la Revolución (Voltaire, Rousseau, Diderot), ahí está el naturalismo que convierte al hombre en animal (Zola), y ahí está el existencialismo que lo convierte en dios de sí mismo (Sartre, Beauvoir).

El Índice no es una lista de libros difíciles. Es el mapa de una guerra.

Los dos nombres que nunca estuvieron: Darwin y Marx

Y aquí se cae el tópico de un golpe. Si el Índice hubiera sido lo que dicen —una institución aterrada ante la ciencia y ante el progreso—, habría dos libros en cabeza de la lista: El origen de las especies de Charles Darwin y El capital de Karl Marx.

Ninguno de los dos estuvo jamás en el Índice.

El único Darwin que aparece es Erasmus Darwin, el abuelo, por sus escritos filosóficos. Y Marx, el hombre cuya doctrina la Iglesia condenó con una dureza que no empleó con casi nadie más, no entró nunca en la lista de libros prohibidos.

Eso desmonta la caricatura, pero también dice algo más interesante: el criterio del Índice nunca fue «esto me incomoda». Era un criterio teológico y moral, aplicado a escritos concretos, no una reacción de miedo ante las ideas nuevas. Contra el comunismo la Iglesia no necesitó una lista: usó encíclicas enteras, que es un arma bastante más pesada. Quien quiera entender de dónde salía realmente aquel odio, aquí lo contamos en los poemas que Marx escribió a los dieciocho años.

Por qué la Iglesia prohibía libros

La respuesta corta: porque los libros hacen algo. Un libro no es un objeto neutro que reposa en una estantería. Un libro entra en la inteligencia, ordena o desordena la voluntad, y deja al lector distinto de como estaba. Toda la historia moderna consiste en libros que cambiaron naciones enteras. Quien afirma que un libro nunca hizo daño a nadie tendría que explicar de dónde salieron las revoluciones.

La respuesta larga tiene tres partes.

Primera: la Iglesia es madre, no bibliotecaria

Un padre que sabe que cierta compañía va a destruir a su hijo y no dice nada no es un padre respetuoso: es un padre que ha dimitido. La Iglesia tiene la enseñanza de la fe y de la moral encomendada por Cristo, y con ella la obligación de avisar. Avisar no es encerrar: es señalar el precipicio. Que después uno se asome es cosa suya, pero nadie podrá decir que no había cartel.

Segunda: el criterio no era el gusto, era el daño

Las diez reglas tridentinas no prohibían lo raro ni lo incómodo. Prohibían, en esencia, lo que ataca la fe católica, lo que defiende la herejía, lo que enseña adivinación y magia, lo que presenta el vicio como bien, y las ediciones de la Sagrada Escritura manipuladas o hechas sin autoridad. Ese último punto explica por qué en el Índice hay tantas Biblias: no se prohibía la Biblia —eso es una leyenda protestante que hemos desmontado en otro artículo—, sino traducciones preparadas para que el texto dijera lo que el traductor quería que dijera. Todavía hoy el Derecho Canónico exige aprobación para editar la Escritura, y por eso conviene saber qué Biblia católica comprar.

Tercera: la ley natural ya obliga por sí sola

Este es el punto que casi nadie conoce y el que resuelve toda la discusión. La obligación de no envenenarse el alma no nace del Índice: nace de la propia naturaleza de las cosas. El Índice se limitaba a poner por escrito lo que la razón recta ya exige. Nadie aceptaría operarse con un cirujano que estudió en manuales equivocados; nadie deja a un niño jugar con el botiquín. Sin embargo, en materia de fe y de costumbres se ha impuesto la idea de que todo puede leerse impunemente y de que el alma es el único órgano invulnerable del hombre.

«Pero el Índice se abolió en 1966»

Se dice mucho y se entiende mal. El 14 de junio de 1966, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, con la firma del cardenal Ottaviani, publicó una Notificación breve y precisa. Merece la pena leerla despacio, porque dice dos cosas y la gente solo repite una:

«[…] el índice conserva su vigor moral, en cuanto que orienta la conciencia de los fieles, para que, por exigencias del mismo derecho natural, tengan precaución ante los escritos que puedan poner en peligro la fe y las buenas costumbres; sin embargo, deja de tener la fuerza de ley eclesiástica con las censuras anejas.»

Traducido: lo que desapareció fue la pena canónica, la excomunión automática asociada a ciertos libros. Lo que permanece es la obligación en conciencia. El Índice no fue derogado por equivocado; dejó de ser un código penal y siguió siendo lo que siempre había sido en el fondo: un consejo grave de la Madre a sus hijos.

La misma Notificación añade que la Santa Sede se reserva el derecho y la obligación de condenar públicamente los escritos que dañen las almas cuando sus autores, invitados con delicadeza a corregirse, se nieguen a hacerlo. Es decir: la potestad no se renunció. Se ejerce de otra manera.

Qué obliga hoy a un católico

El Código de Derecho Canónico de 1983 recogió la materia en los cánones 822 a 832. Los que importan:

  • Canon 823. Los Pastores tienen el derecho y el deber de vigilar que la fe y las costumbres de los fieles no sufran daño por causa de los escritos, y de exigir que se sometan a juicio los que vayan a publicarse.
  • Canon 825. Las ediciones de la Sagrada Escritura necesitan aprobación de la Sede Apostólica o de la Conferencia Episcopal.
  • Canon 827. Catecismos y libros de enseñanza religiosa requieren aprobación; y no se expongan ni vendan en las iglesias escritos sobre religión o costumbres sin licencia.
  • Canon 831. Los fieles no escriban, sin causa justa y razonable, en periódicos o revistas que suelen atacar abiertamente la religión católica o las buenas costumbres; los clérigos y religiosos, solo con licencia.
  • Canon 832. Los religiosos necesitan licencia de su Superior mayor para publicar escritos sobre religión o costumbres.

No hay lista, pero hay ley. Y por encima de la ley está el juicio que cada uno debe formar. Suprimido el catálogo, la responsabilidad no se disolvió: se repartió. Ahora el censor de lo que entra en su casa es usted.

«¿Y Galileo?»

Nunca falta. Conviene tener los datos.

El libro de Copérnico se dedicó al Papa Pablo III, se imprimió sin obstáculo en 1543 y circuló durante setenta años entre eclesiásticos que lo estudiaban con interés. No se suspendió hasta 1616, y se suspendió donec corrigatur: hasta que se corrigiera. Las correcciones se publicaron en 1620 y afectaban a un puñado de pasajes, los que presentaban el sistema como verdad demostrada y reinterpretaban la Escritura en consecuencia, cuando la demostración todavía no existía. En 1758 se retiró la prohibición general de las obras heliocéntricas, y en 1835 salieron de la lista los últimos títulos.

Es decir: el desacuerdo no fue entre la fe y la astronomía, sino sobre quién tiene autoridad para decir qué significa un pasaje de la Biblia, y sobre si se puede exigir esa reinterpretación antes de haber probado nada. Que hubo torpeza es evidente y la Iglesia lo ha reconocido. Que aquello convierta cuatro siglos de gobierno prudente en una fábula de oscurantismo es un salto que solo se da cuando interesa darlo.

El Índice no ha desaparecido: ha cambiado de manos

Aquí está lo que de verdad debería inquietar a quien se escandaliza del Índice.

Nunca en la historia se ha decidido por tanta gente qué puede leer y qué no como se decide hoy. Un algoritmo elige qué aparece en su pantalla y qué se hunde donde nadie lo verá. Una editorial decide qué manuscrito no se publica. Una plataforma retira un libro del catálogo. Un Estado aprueba qué se enseña. Ninguno de ellos publica una lista. Ninguno firma con su nombre. Ninguno dice por qué.

El Índice hacía justamente lo contrario: publicaba la lista, la firmaba y daba el motivo. Se podía discutir, apelar, pedir licencia. Cuando se equivocaba, se sabía exactamente en qué. Compárese con la censura silenciosa de hoy, que además tiene la desfachatez de llamarse libertad.

La pregunta, por tanto, no es si debe haber criterio sobre lo que se lee. Criterio hay siempre; es inevitable. La pregunta es quién lo pone: si una Madre que tiene dos mil años de doctrina y responde de las almas ante Dios, o una empresa que responde ante sus anunciantes.

Preguntas frecuentes

¿Cuántos libros llegó a tener el Índice?

La última edición, la trigésimo segunda, publicada en 1948, recogía unos cuatro mil títulos acumulados a lo largo de casi cuatro siglos.

¿Se podía leer un libro prohibido?

Sí, con licencia. Se concedía a quienes debían estudiarlos o refutarlos: profesores, teólogos, sacerdotes, investigadores.

¿El Índice sigue vigente?

No como ley eclesiástica ni con censuras anejas, desde la Notificación del 14 de junio de 1966. Sí conserva, según esa misma Notificación, su vigor moral como orientación de la conciencia.

¿Estuvo la Biblia en el Índice?

Estuvieron determinadas traducciones y ediciones no aprobadas, no la Sagrada Escritura. La distinción es toda la cuestión.

¿Estuvo El capital de Marx?

No. Tampoco El origen de las especies de Darwin. Los dos libros que la leyenda da por descontados no estuvieron nunca en la lista.

Para seguir por aquí

Entender el Índice es entender cómo gobierna la Iglesia, y eso se aprende leyendo su historia desde el principio: Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, del P. Gabriel Calvo Zarraute.

Y si lo que le interesa es la otra cara —quién combatía a la Iglesia desde fuera y con qué método—, Masonismo y Catolicismo, de Félix Sardá y Salvany, sigue siendo insuperable.

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Fuentes

  • Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre la abolición del índice de libros prohibidos, 14 de junio de 1966 (AAS 58 [1966] 445).
  • Código de Derecho Canónico (1983), cánones 822-832.
  • Concilio de Trento, Index librorum prohibitorum con las diez reglas tridentinas, 1564.
  • Index librorum prohibitorum, edición XXXII, Typis Polyglottis Vaticanis, 1948.
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