Manuscrito medieval iluminado abierto sobre un atril, con capitulares doradas y texto latino a dos columnas

La mentira de que la Iglesia prohibió la Biblia: nombres, fechas y documentos

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La acusación es vieja y se repite con una seguridad que impresiona: la Iglesia católica odió la Biblia, la escondió del pueblo, la encerró en una lengua muerta y la quemó siempre que la halló en manos de un seglar. Solo cuando la Reforma abrió el Libro —dice el relato— supieron las naciones que llevaban siglos engañadas.

Conviene tomarse la acusación en serio, porque tiene una ventaja notable: es comprobable. O hubo decretos que prohibieron la Sagrada Escritura, o no los hubo. O la Iglesia destruyó Biblias, o se pasó mil años fabricándolas a mano, una por una.

¿De dónde sale la idea de que Roma odia la Biblia?

El canónigo Henry G. Graham, que dedicó a esto un libro entero, Where We Got the Bible, resume así la opinión recibida: que Roma odia la Biblia, que ha hecho cuanto ha podido por destruirla y que, cuando no ha podido impedirla, la ha vuelto inútil sellándola en una lengua muerta.

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Graham no discute el tono: discute el origen. Sostiene que el relato protestante del catolicismo anterior a la Reforma fue una falsificación de la historia, transmitida por el sermón y el catecismo hasta creerse con la naturalidad con que se cree que el sol sale por el este.

Durante mil años, quien copió la Biblia fue el monje católico

Antes de la imprenta, un libro existía porque alguien lo escribía a mano. La pregunta pertinente no es si la Iglesia «permitía» la Biblia, sino quién la producía. La respuesta está documentada: los monasterios. «Un monasterio sin biblioteca es como un castillo sin armería», escribe un monje del siglo XII; y añade que la principal defensa de esa armería debe ser la Biblia. Para ese trabajo existía una sala llamada scriptorium, donde podía ocuparse a la vez una docena de monjes; otros trabajaban en su celda, dispuestas alrededor de la cámara de calefacción para que no se les entumecieran las manos. También las monjas: Graham recoge el caso de una que copió dos Biblias completas y seis copias de grandes porciones de los Evangelios. Y costaba una fortuna: el doctor Maitland —protestante, bibliotecario del arzobispo de Canterbury— calculó diez meses de trabajo por Biblia, y Buckingham, 427 pieles de pergamino para los 35.000 versículos, con un precio que no bajaba de 218 libras. Con esas cifras delante, la indignación por que no hubiera una Biblia en cada hogar se sostiene mal.

¿Conocían la Escritura los clérigos de los «siglos oscuros»?

Las constituciones diocesanas obligaban al clero a saber los Salmos, las Epístolas y los Evangelios, y no eran letra muerta: el concilio de Toledo, en 835, decretó que los obispos averiguasen por sus diócesis si el clero estaba suficientemente instruido en la Escritura. Bajo la regla de san Pacomio había que saber de memoria el Salterio entero y el Nuevo Testamento.

Hay una prueba que vale por muchas: hacia el año 1000 un monje llamado Bardo predicó en Navidad ante una gran multitud y ante el emperador; Graham contó las citas bíblicas en unas ocho páginas de aquel sermón y halló exactamente setenta y tres. El auditorio las entendió, y a Bardo lo hicieron arzobispo. Maitland lo resumió así: los escritos de los siglos oscuros «están hechos de las Escrituras». La Quarterly Review de octubre de 1879 fue más seca: la idea de que en la Edad Media no se leía la Biblia «no es simplemente un error; es una de las pifias más ridículas y grotescas».

¿Y los analfabetos? Se les enseñaba por el sermón, los dramas sagrados y las pinturas y vidrieras, «el libro del ignorante». Y para quien no podía comprar un ejemplar, el volumen sagrado se encadenaba a una piedra en algún lugar público de la iglesia.

Entonces, ¿dónde están las Biblias medievales?

Las guerras, con el saqueo e incendio de monasterios por daneses, normandos y sarracenos. Los incendios accidentales. La negligencia: préstamos nunca devueltos, humedad y pergaminos aprovechados por los encuadernadores. Y, sobre todo, la destrucción deliberada para quedarse con el oro de las encuadernaciones, en las que llegaban a emplearse veinte libras.

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Aquí el dato tiene nombre: el historiador protestante Collier cuenta que Enrique VIII, decidido a «purgar su biblioteca» de libros papistas, ordenó destruir misales y leyendas y, acto seguido, «entregar la guarnición de los libros, de plata o de oro, a sus oficiales». Fuller añade que «las Sagradas Escrituras mismas corrieron la suerte del resto: si un libro llevaba una cruz, se condenaba por papismo». De Oxford dejó constancia Dom Bede Camm: carretadas de libros llevadas al fuego, y la biblioteca de la universidad tan desnuda que hasta los estantes se vendieron para leña.

Qué prohibió realmente la Iglesia, y contra quién

Hubo restricciones, y negarlo sería tan falso como la leyenda. Monseñor Louis-Nazaire Bégin lo formula sin rodeos: la Iglesia y los Romanos Pontífices nunca han prohibido de manera general la lectura de la Biblia en lengua vulgar; unas veces la desaprobaron y otras la aprobaron según las circunstancias. Es materia de disciplina, y por tanto variable. Ciertos concilios sí la prohibieron en casos concretos: Narbona, Tolosa, Cambrai, Malinas.

El de Tolosa, en 1229, es el caso típico. Valdenses y albigenses enseñaban que había dos dioses, que no había presencia real en la Eucaristía ni resurrección de la carne, y condenaban el matrimonio; y todo eso pretendían fundarlo en la Escritura. El concilio prohibió a los laicos la posesión de los libros sagrados, especialmente en lengua vulgar, aunque cualquiera podía tener Breviario, Salterio u Oficio de Nuestra Señora. No es una prohibición de la Biblia: es una cuarentena contra un uso concreto de ella. El Índice es, por cierto, otro asunto con su propia historia, que no debe confundirse con este.

Por qué se condenó a Wyclif: fechas y proposiciones

Wyclif nació en 1320 y fue sacerdote y profesor en Oxford. Empezó enfrentándose al Papa en materia de tributos y acabó atacando la fe: citado ante su arzobispo en 1378 a instancias de Gregorio XI, se le inhibió de enseñar. No desistió. En 1382 se condenaron veintidós proposiciones tomadas de sus obras; murió en Lutterworth el 31 de diciembre de 1384 mientras oía misa. Más tarde, dos concilios distintos, uno en Londres y otro en Constanza, condenaron cuarenta y cinco proposiciones suyas.

El decreto del arzobispo Arundel en Oxford, en 1408, prohibió esa versión y traducir la Biblia al inglés sin autorización; pero no prohibió las antiguas versiones inglesas aprobadas, que existían en gran número. Quien mejor lo ha dicho no es católico: el anglicano James Gairdner, que pasó más de sesenta años entre los papeles de Estado de aquel período, escribió que «la Iglesia de Roma no se oponía en absoluto a que se hicieran traducciones de la Escritura ni a ponerlas en manos de los laicos bajo las debidas precauciones».

Tyndale, o cómo se quema un libro sin odiar la Biblia

La Biblia de William Tyndale se imprimió en Worms en 1525 y entró de contrabando en Inglaterra; fue denunciada y quemada en la cruz de San Pablo. La razón no fue que estuviera en inglés, sino lo que llevaba dentro. Tunstall, obispo de Londres, declaró poder contar más de dos mil errores en ella; Tomás Moro escribió que buscar errores en el libro de Tyndale era como estudiar cómo encontrar agua en el mar. El anglicano Dixon lo concede: si el clero hubiera obrado así solo para mantener al pueblo ignorante de la palabra de Dios, no tendría excusa; pero cada volumen llevaba prólogos y notas de tal furia contra el clero y los ritos de la Iglesia que mal iban a granjearse el favor de los atacados.

Y hay un dato que desarma el relato: quien más quemó aquella Biblia fue el fundador de la Iglesia de Inglaterra. En 1531 Enrique VIII ordenó que «la traducción de la Escritura corrompida por William Tyndale fuese totalmente expulsada, rechazada y apartada de las manos del pueblo». En 1543 un Acta del Parlamento la abolía por «astuta, falsa y mentirosa», y vedaba la lectura general de la Biblia a mujeres, artesanos y jornaleros. En 1546 el mismo rey mandó quemar todos los ejemplares, junto con los de Coverdale.

La Biblia católica en lengua vulgar, y los papas que mandaron leerla

Mientras tanto, la Iglesia perseguida preparaba su propia versión. El cardenal William Allen fundó en 1568 un colegio en Douai; trasladado a Reims en 1578, allí se publicó en 1582 el Nuevo Testamento en inglés, traducido de la Vulgata. En 1593 el colegio volvió a Douai y en 1609 se añadió el Antiguo Testamento. Isabel I ordenó confiscar cuantos ejemplares se hallaran y se aplicó el potro a quienes lo distribuían: todo por parte de quienes proclamaban el derecho ilimitado al juicio privado.

Y por si alguien sospecha que la apertura es cosa reciente: los papas aprobaron y alentaron la traducción alemana de Allioli, la italiana de Martini, la española del padre Scío, la francesa de Glaire y la polaca de Wich. Fue en la carta sobre la versión de Martini donde Pío VI escribió que las Sagradas Escrituras son «las fuentes abundantes que deben estar abiertas a todos». Quien quiera seguir el hilo por el lado de las cifras tiene aquí el segundo expediente: había Biblias en español siglos antes de que Lutero naciera.

Preguntas frecuentes

¿Prohibió alguna vez el Papa leer la Biblia?

Nunca de manera general y absoluta. Bégin lo formula así: la Iglesia y los Romanos Pontífices jamás han prohibido de modo general la lectura de la Biblia en lengua vulgar; unas veces la desaprobaron y otras la aprobaron según las circunstancias de tiempo, lugar y personas, por tratarse de materia de disciplina y no de doctrina. La cuarta regla del Índice, de Pío IV, restringió esa lectura en un momento concreto.

¿Qué prohibió exactamente el concilio de Tolosa de 1229?

Prohibió a los laicos la posesión de los libros sagrados, especialmente en lengua vulgar, dejando expresamente permitidos el Breviario, el Salterio y el Oficio de Nuestra Señora. Fue una medida circunstancial contra valdenses y albigenses, que fundaban en la Escritura la existencia de dos dioses o la negación de la presencia real. No es una prohibición permanente de la Biblia, sino una cuarentena frente a un uso sectario de ella.

¿Por qué se condenó la versión de Wyclif si la Iglesia admitía traducciones?

Porque la Iglesia distingue entre la Escritura y una versión concreta de la Escritura. Reivindica el derecho de supervisar las traducciones y de que sus hijos tengan un texto verdadero, no uno mutilado o con notas que enseñen doctrina falsa. Wyclif había sido ya juzgado: veintidós proposiciones suyas se condenaron en 1382 y cuarenta y cinco en Londres y Constanza. El decreto de Arundel de 1408 prohibió su versión, no las antiguas versiones inglesas aprobadas.

¿Es verdad que la Iglesia quemaba Biblias?

Se quemaron ejemplares de versiones condenadas por heréticas, como la de Tyndale, de la que el obispo de Londres declaró contar más de dos mil errores. Pero quien ordenó la destrucción masiva de Biblias en Inglaterra fue Enrique VIII: en 1531, en 1543 y de nuevo en 1546, cuando mandó quemar todos los ejemplares de Tyndale y de Coverdale. Antes había mandado arrancar el oro de las encuadernaciones monásticas.

¿Por qué quedan tan pocas Biblias medievales si se copiaron tantas?

Por cuatro causas documentadas: las guerras, con el saqueo e incendio de monasterios por daneses, normandos y sarracenos; los incendios accidentales; la negligencia, que se llevó por delante manuscritos por préstamos no devueltos, humedad o reaprovechamiento por los encuadernadores; y sobre todo la destrucción deliberada para quedarse con el oro de las encuadernaciones, que llegaban a llevar veinte libras de oro puro.

¿No demuestra el latín que se quería ocultar la Biblia?

Demuestra lo contrario. La Iglesia tomó la Escritura del hebreo y del griego, lenguas accesibles a unos pocos eruditos, y la vertió al latín, que entonces era lengua viva y común de toda la Europa culta. Quien sabía leer, leía latín; quien no leía latín, no leía nada. Podía haber dejado el texto en las lenguas originales y guardarlo como documento arcano: hizo lo contrario.

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El libro

Quien quiera discutir estos asuntos sin quedarse en la anécdota necesita saber cómo se formó el canon y qué autoridad garantiza el texto. Ese terreno lo despeja Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

Fuentes

  • Henry G. Graham, Where We Got the Bible, caps. VIII-X y XII-XV. Texto completo.
  • Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, parte sobre la regla protestante de fe. Texto completo.
  • Card. Wiseman, Lectures on the Principal Doctrines, lección II. Texto completo.
  • George M. Searle, Plain Facts for Fair Minds, cap. sobre educación católica. Texto completo.
  • Card. Gibbons, The Faith of Our Fathers, cap. VIII («The Church and the Bible»). Texto completo.
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