¿Qué es la masonería y en qué creen los masones?

¿Qué es la masonería y en qué creen los masones?

«¿Qué son los masones?» es, con diferencia, la pregunta más repetida en Google sobre este asunto en España. Y la respuesta que uno encuentra suele ser de dos tipos: la de las propias logias, que hablan de una asociación filosófica y filantrópica dedicada al perfeccionamiento del hombre, o la del rumor, que las convierte en un contubernio que maneja los hilos del mundo. Ni una ni otra explican por qué la Iglesia católica lleva casi tres siglos diciendo que un católico no puede pertenecer a ellas.

Este artículo forma parte de nuestra página sobre la masonería y la Iglesia católica, donde está reunido todo lo publicado sobre el asunto.

Vamos a explicarlo despacio y sin adornos.

Qué es la masonería, en una frase

La masonería es una sociedad iniciática de estructura fraternal, organizada en logias, que admite a sus miembros por cooptación tras un rito de iniciación, los organiza en grados y les exige un juramento de fidelidad y de discreción. Su lenguaje está tomado del oficio de la construcción —la escuadra, el compás, el mandil, la piedra bruta— y su finalidad declarada es el perfeccionamiento moral del iniciado y la fraternidad entre los hombres. Ese es el retrato que la propia masonería hace de sí misma, y conviene partir de él antes de discutirlo. Es también el punto de partida de Masonismo y Catolicismo, el clásico de Félix Sardá y Salvany que hemos reeditado.

De dónde sale

Los gremios medievales de canteros —los masons ingleses, los picapedreros que levantaban catedrales— eran corporaciones de oficio con sus secretos técnicos, sus signos de reconocimiento y su patrón religioso. Cuando el oficio decayó, algunas de esas logias empezaron a admitir a caballeros y eruditos que no picaban piedra: los llamados masones aceptados. De ahí la distinción entre masonería operativa, la de los canteros de verdad, y masonería especulativa, la que conserva el vocabulario del oficio y lo convierte en símbolo moral.

La fecha que todo el mundo cita es 1717: cuatro logias londinenses se unen y forman la Gran Logia de Londres. Seis años después, en 1723, aparecen las Constituciones de Anderson, el texto fundacional. Y ahí está ya, en el primer artículo, la frase que lo cambia todo: al masón se le pide que profese «aquella religión en la que todos los hombres están de acuerdo», dejando «sus opiniones particulares para sí mismos».

En qué creen los masones

Esa frase de 1723 es la clave para responder a otra de las búsquedas más frecuentes: en qué creen los masones. La respuesta honesta es que la masonería no pide creer en nada concreto, y ese es precisamente el punto.

Las obediencias de tradición anglosajona exigen al candidato profesar la existencia de un Ser Supremo, al que llaman el Gran Arquitecto del Universo, y trabajan con el Libro de la Ley Sagrada abierto sobre el ara. Pero la fórmula está construida para que quepan dentro un cristiano, un judío, un musulmán y un deísta, cada uno entendiendo cosa distinta y ninguno obligado a precisar cuál. Otras obediencias, sobre todo el Gran Oriente de Francia desde 1877, suprimieron incluso ese requisito y admiten a ateos declarados.

Dicho de otro modo: no hay dogma, no hay revelación, no hay magisterio. Hay un método —el simbolismo, el rito, el trabajo en logia— y una moral que cada cual llena con el contenido que trae de casa.

Por qué eso choca con el catolicismo

Aquí está el nudo, y conviene entenderlo bien porque casi todas las discusiones sobre este tema se pierden antes de llegar a él.

La objeción católica no es que los masones sean malas personas. No lo es. Tampoco es que en las logias se hagan cosas siniestras: en la mayoría se hace beneficencia, se cena y se dan conferencias. La objeción es estrictamente doctrinal, y se puede resumir en tres puntos.

Primero, el Dios que puede ser cualquiera. Para un católico, Dios no es una hipótesis sobre la que cada uno opine: es Alguien que se ha revelado, que tiene un rostro y un nombre, y que se ha hecho hombre en Jesucristo. Un «Gran Arquitecto» deliberadamente indefinido, sobre el que se jura sin decir quién es, no es una versión discreta del Dios cristiano: es otra cosa.

Segundo, el relativismo religioso implícito. Si en la logia todas las confesiones son igualmente respetables mientras se dejen «fuera del templo», entonces se está afirmando en la práctica que la religión es asunto privado y que ninguna es verdadera en un sentido que obligue. Eso es exactamente lo que León XIII llamó naturalismo en la encíclica Humanum genus de 1884.

Tercero, el juramento y el secreto. El católico ya tiene una obediencia y un vínculo. Comprometerse por juramento con una autoridad paralela, cuyos contenidos no puede revelar ni siquiera a su confesor, crea una lealtad que compite con la que ya tiene.

Qué ha dicho la Iglesia, en dos líneas

Desde Clemente XII en 1738 hasta la nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del 13 de noviembre de 2023, firmada por el cardenal Fernández y aprobada por el papa Francisco, la posición no ha cambiado: la pertenencia activa de un fiel a la masonería está prohibida. La declaración Quaesitum est de 1983, firmada por el cardenal Ratzinger, añade que quienes se inscriben están en pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión.

Y hay un matiz que casi nadie conoce: el Código de Derecho Canónico de 1983 dejó de nombrar a la masonería, y muchos leyeron eso como una absolución. No lo fue. Quaesitum est se publicó precisamente para cortar esa lectura.

Lo que la masonería responde

Sería deshonesto no decirlo: las obediencias masónicas rechazan de plano esta descripción. Sostienen que no son una religión ni la sustituyen, que no tienen doctrina que oponer a ninguna Iglesia, que muchos de sus miembros son creyentes practicantes y que el «Gran Arquitecto» es un símbolo, no una divinidad alternativa. En países de tradición anglicana o protestante la convivencia ha sido, de hecho, mucho menos conflictiva que en los países latinos.

La Iglesia no responde a eso con una acusación de mala fe, sino con una constatación: una cosa es lo que los miembros crean subjetivamente y otra lo que el sistema afirma por su propia estructura. Y esa estructura —el juramento, el secreto, el Dios indeterminado— es lo que se juzga incompatible.

Masonería y «masonismo»

Félix Sardá y Salvany (Sabadell, 1844-1916), el polemista católico más leído de la España de su tiempo, introdujo en este debate una distinción que sigue siendo la más útil. Una cosa es la masonería: la organización, las logias, los inscritos, un número siempre pequeño. Otra es lo que él llamó masonismo: el conjunto de principios naturalistas y racionalistas ya disueltos en la cultura, en la legislación y en las costumbres, y que operan con independencia de que quien los sostiene haya pisado jamás una logia.

Para Sardá, se puede ser masonista sin ser masón. Y esa es, ciento cuarenta años después, la parte del libro que sigue mordiendo: describe una situación que el lector reconoce sin esfuerzo en su propio entorno.

Resumen

La masonería es una sociedad iniciática nacida en 1717 del vocabulario de los antiguos gremios de constructores, sin dogma propio, que exige juramento y discreción y que reúne a sus miembros en torno a un Ser Supremo deliberadamente indefinido. La Iglesia católica no la condena por lo que hacen sus miembros, sino por lo que esa indefinición implica. Y lleva haciéndolo, sin variaciones, desde 1738.

Si quieres el argumento completo y de primera mano, Masonismo y Catolicismo lo expone punto por punto, en columnas paralelas: a un lado la doctrina de las logias, al otro la de la Iglesia. Nuestra edición cuesta 16,00 € con envío gratuito en España.

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