Los poemas que Karl Marx escribió a los dieciocho años y que el marxismo nunca cita
Por Marcos Vera PérezEn 1837, un estudiante de diecinueve años reunió sus poemas en un cuaderno y se los regaló a su padre por su cumpleaños. El cuaderno lleva escrita la dedicatoria: «del año 1837, dedicado a mi querido padre». El estudiante se llamaba Karl Marx.
Los versos que contiene ese regalo están publicados. No son un hallazgo de archivo ni una falsificación de sus enemigos: figuran en el volumen primero de las Obras completas de Marx y Engels, la edición canónica que preparó el propio movimiento comunista. Cualquiera puede leerlos. Casi nadie lo hace.
Y cuando se leen, la pregunta se impone sola: ¿qué le había pasado a ese muchacho en los dos años anteriores?
¿Marx fue siempre ateo?
No. Y este es el punto de partida que desmonta la caricatura por los dos lados.
El primer escrito conservado de Karl Marx es un trabajo escolar de bachillerato titulado La unión de los fieles con Cristo. No es un ejercicio frío. Dice que por el amor a Cristo volvemos el corazón «al mismo tiempo hacia nuestros hermanos», aquellos por quienes Él se entregó en sacrificio. Su certificado de bachillerato, en el epígrafe «Conocimiento religioso», anota que su conocimiento de la fe cristiana y de la moral son «bastante claros y bien fundamentales».
Poco después de recibir ese certificado, algo cambió. Y cambió deprisa.
El 10 de noviembre de 1837 —el mismo año del cuaderno de poemas— Marx le escribe a su padre una carta larguísima en la que resume lo que le ha ocurrido en Berlín. Hay una frase que lo dice todo: «Cayó la cortina. Mi santo de los santos se hizo pedazos y nuevos dioses tuvieron que ser instalados».
El «santo de los santos» es el sanctasanctórum del Templo. No es una metáfora cualquiera para un joven educado en la Biblia. Y los «nuevos dioses» tampoco.
Su padre, Heinrich Marx, ya lo había intuido. Meses antes le había escrito una línea que hoy se lee como una profecía: «si ningún demonio es capaz de alejar tu corazón de los mejores sentimientos, solo entonces seré feliz». No es un padre católico alarmista: era un abogado ilustrado, convertido al protestantismo por conveniencia profesional. Y aun así vio algo. El biógrafo marxista Franz Mehring, que no tenía ningún interés en insinuarlo, lo constató sin querer: el padre «parece haber observado con secreta inquietud al demonio en su hijo favorito».
¿Qué dicen exactamente los poemas de Marx?
Dicen lo que el marxismo académico jamás cita.
En Invocación de un desesperado, Marx escribe que no le queda nada más que la venganza, y anuncia: «Edificaré mi trono en lo alto, ¡frío!, ¡tremendo!, en la cumbre estará».
Ponga usted al lado el capítulo 14 de Isaías, donde el profeta pone en boca de Lucifer su caída: «Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono». No hace falta ser exégeta. Es el pecado de Lucifer, versificado por un muchacho de dieciocho años.
En otro lugar escribe que desea vengarse «de Aquel que gobierna allá arriba». En la balada El violinista, el músico enseña su arma y explica de dónde salió: «¿Ves esta espada? Me la vendió el príncipe de las tinieblas». En La doncella pálida ya sabe adónde lleva ese camino: «Por lo tanto, el cielo he perdido, lo sé muy bien. Mi alma, una vez fiel a Dios, es elegida para el infierno».
Y está Oulanem, el drama en verso que casi nadie ha leído. Ahí la humanidad entera es la destinataria: «Te hundirás y seguiré riendo, susurrando en tus oídos: Desciende, ven conmigo, amigo».
¿No son simplemente versos románticos de adolescencia?
Esa es la coartada habitual, y hay que responderla de frente, porque es la única objeción seria.
Es verdad que el romanticismo alemán de los años treinta estaba lleno de tumbas, espectros y pactos diabólicos. Un poema suelto con un demonio dentro no prueba nada de nadie. Pero aquí no hay un poema suelto. Hay cuatro cosas juntas, y es la conjunción lo que hace prueba.
Primera: la trayectoria. No estamos ante un joven que siempre escribió sombrío, sino ante uno que dos años antes redactaba sobre la unión de los fieles con Cristo y que, sin causa humana conocida, cambió de bando. No hubo hambre, ni orfandad, ni una desgracia que lo explique. Su familia era acomodada. No se conoce ningún motivo personal.
Segunda: el tema no es la muerte, es el trono. El romántico juega con la melancolía y con el infierno como decorado. Marx no está triste en esos versos: está compitiendo. Quiere edificar un trono, quiere vengarse del que gobierna arriba, quiere arrastrar a la humanidad hacia abajo. Eso no es Sturm und Drang: es una posición.
Tercera: el nombre del drama. Oulanem no significa nada en ningún idioma. Wurmbrand lo identifica como el nombre Emmanuel —«Dios con nosotros»— dado la vuelta, y recuerda que la inversión de los nombres sagrados es exactamente lo que se practica en la magia negra: en la misa negra las oraciones se leen del final al principio y el crucifijo se cuelga al revés. Puede discutirse la etimología; lo que no se discute es que el muchacho eligió como título una deformación del nombre de Cristo.
Cuarta, y la más incómoda: la inversión no se le pasó nunca. Si fuera cosa de la edad, habría desaparecido con la edad. Ocurrió lo contrario. El Marx adulto piensa invirtiendo, sistemáticamente y como quien firma. A la Filosofía de la miseria de Proudhon le responde con La miseria de la filosofía. Escribe que en lugar del arma de la crítica hay que usar la crítica de las armas. Escribe que Lutero quebrantó la fe en la autoridad porque restauró la autoridad de la fe. El procedimiento del muchacho de diecinueve años es el procedimiento del hombre de cincuenta.
Los versos, entonces, no son un desliz juvenil que quedó atrás. Son la primera vez que se ve en voz alta lo que después se dirá en prosa económica.
¿Qué tiene esto que ver con el comunismo real?
Todo, si uno se toma en serio la pregunta por el diagnóstico.
Occidente combatió al comunismo con sanciones, tratados y misiles. Y ganó una guerra fría sin ganar la batalla, porque había errado el análisis: creyó estar ante una teoría económica equivocada. Si el diagnóstico es falso, el remedio será inútil.
Lo que el marxismo hace con el hombre no es un error de cálculo: es una degradación deliberada. Es la primera filosofía sistemática que reduce al hombre, en el fondo, a un estómago que hay que llenar y volver a llenar; todo lo demás —el matrimonio, el arte, la ciencia, la fe— pasa a ser superestructura determinada por el estado de ese estómago. Y de ahí se sigue lo demás con lógica implacable: si el hombre es solo materia, no hay ley moral, porque no hay Legislador. El propio Marx lo dijo sin rodeos: los comunistas no proclaman ninguna moral en absoluto.
Hay además una diferencia que conviene fijar, porque cambia la conversación entera: el comunismo no fue ateísmo, fue antiteísmo. El ateo de verdad es indiferente. Nadie monta una policía secreta y un archipiélago de campos durante setenta años para combatir algo que cree inexistente. La prensa soviética lo dijo mejor que cualquier crítico: no luchaban contra los creyentes, ni siquiera contra los clérigos; luchaban contra Dios para arrebatarle los creyentes.
Y si el bautismo no significara nada, bautizarse no beneficiaría ni perjudicaría a nadie. ¿Por qué entonces persiguieron el bautismo con saña? En Albania, el sacerdote Stephen Kurti fue condenado a muerte por bautizar a un niño. Sabían perfectamente lo que el bautismo hace en el alma.
¿Quién es Richard Wurmbrand y por qué hay que escucharle?
Porque no habla desde una biblioteca.
Richard Wurmbrand fue un pastor luterano rumano, judío converso, que pasó catorce años en las cárceles comunistas por confesar a Cristo, tres de ellos en una celda de aislamiento bajo tierra. Estuvo en Pitesti, donde a los sacerdotes presos se les obligaba a decir misa con excremento y orina, y se «bautizaba» a los reclusos en el barril de las inmundicias mientras los demás cantaban el rito. Su pregunta no tiene respuesta marxista posible: ¿qué tienen que ver esas humillaciones con el socialismo y con el bienestar del proletariado?
Él mismo cuenta que este libro nació como un folleto pequeño «que contenía solo indicios», y que lo escribió «cauteloso, y hasta tímido», hasta que las pruebas se le fueron acumulando encima de la mesa. La reacción del otro bando dice más que cualquier faja publicitaria: el Deutsche Lehrerzeitung de Berlín Oriental lo denunció bajo el título «El asesino de Marx» y lo llamó la obra más amplia, provocativa y atroz escrita contra Marx.
¿Qué es exactamente lo que el libro afirma, y qué no?
Aquí está, a nuestro juicio, la razón para publicarlo en español.
Wurmbrand escribe, con todas las letras, que no pretende haber aportado pruebas indiscutibles de que Marx perteneciera a una secta de adoradores del diablo, pero que hay indicios suficientes para suponerlo con fuerza, y que él solo ha dado el impulso inicial.
Esa frase es la que separa al investigador del panfletista. Quien busque un expediente cerrado no lo va a encontrar en estas páginas. Quien busque el rastro, lo tiene entero: los poemas, el drama, la carta del 10 de noviembre, la carta en la que su hijo Edgar se dirige a él empezando «mi querido diablo», la de su mujer llamándole «sumo sacerdote y obispo de almas» y agradeciéndole su «última carta pastoral» —¿qué cartas pastorales escribe un hombre que se tiene por ateo, y dónde están?—, y el testimonio de la criada Helen Demuth, que contó que durante una enfermedad grave Marx oraba a solas en su cuarto ante una hilera de velas encendidas, con una especie de cinta atada alrededor de la frente.
Nosotros publicamos el libro por lo que es: un testimonio y una investigación honesta, no un tratado de teología católica. Wurmbrand era pastor protestante, y así se dice en la ficha del libro y en la propia edición. En el fondo del asunto coincide con lo que la Iglesia ya había definido: en Divini Redemptoris, Pío XI llamó al comunismo «intrínsecamente perverso» y prohibió colaborar con él en nada.
¿Y por qué ahora?
Porque el sujeto revolucionario ha cambiado y el objetivo no. Wurmbrand lo escribió en 1986, antes de que cayera el Muro, y hoy se lee como una descripción del telediario: donde los proletarios no luchen por los ideales socialistas, los marxistas explotarán las diferencias raciales o la llamada brecha generacional; lo principal es que la religión debe ser destruida.
Y porque el hombre no deja de adorar por decreto. Si no tiene una religión temerosa de Dios, tendrá otra. Millones de europeos que jamás han pisado una misa negra viven, sin saberlo, según un catecismo que se resume en una consigna que Wurmbrand vio pintada en la Universidad de París en 1968: prohibido prohibir. Es la versión de andar por casa de un principio mucho más antiguo: nada es verdad, y todo está permitido.
Conviene decir, por último, cómo termina el libro, porque no es un ajuste de cuentas. Wurmbrand escribe que ama a cada ser humano, incluidos los marxistas, y que si Marx, Engels y Moses Hess vivieran hoy su deseo más ardiente sería llevarlos a Jesucristo. Su última línea es esta: «¡Marxistas y proletarios del mundo, uníos en torno a Jesucristo!».
Preguntas frecuentes
¿Son auténticos los poemas satánicos de Karl Marx?
Sí. Se escribieron en 1836-1837 y están publicados en el volumen primero de las Obras completas de Marx y Engels, la edición preparada por el propio movimiento comunista. El cuaderno de 1837 fue un regalo de cumpleaños a su padre.
¿Qué es Oulanem?
Un drama en verso que Marx escribió en su juventud y del que se conserva el primer acto. Wurmbrand identifica el título como una inversión del nombre Emmanuel, «Dios con nosotros», y lo relaciona con la práctica ritual de invertir los nombres sagrados.
¿Afirma el libro que Marx fue miembro de una secta satánica?
No lo afirma como hecho probado. Wurmbrand escribe expresamente que no aporta pruebas indiscutibles, sino indicios suficientes para suponerlo con fuerza. Lo que el libro documenta es el rastro; la conclusión la saca el lector.
¿Puede un católico leer a un autor protestante sobre esta materia?
Sí, y aquí se lee como lo que es: el testimonio de un hombre que pasó catorce años en las cárceles comunistas y la investigación que hizo a partir de fuentes marxistas. En el juicio de fondo coincide con Divini Redemptoris de Pío XI. La edición española lo advierte con claridad en la ficha y en el propio libro.
¿Se puede ser cristiano y marxista?
No. El libro cierra esa puerta sin componendas: no se puede ser un cristiano marxista, igual que no se puede ser un adorador del diablo cristiano. Y recuerda de dónde viene la operación contraria: fue Moses Hess, el hombre que ganó a Marx y a Engels para el socialismo, quien añadió lenguaje cristiano a su Catecismo rojo para acreditarse ante los creyentes.
El libro
Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo, de Richard Wurmbrand. Traducción española de Karl Marx and the Satanic Roots of Communism, publicada por Páginas Contrarrevolucionarias con licencia de The Voice of the Martyrs. Tapa blanda. Envío gratis en España a partir de 30 € de compra.
