Oulanem: la obra de teatro que Marx escribió a los diecinueve años

Oulanem: la obra de teatro que Marx escribió a los diecinueve años

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Entre los papeles que Karl Marx envió a su padre desde Berlín en 1837 hay un drama en verso inacabado. Se titula Oulanem. Nunca se estrenó, nunca se terminó y su autor jamás intentó publicarlo. Figura, sin embargo, en el primer volumen de sus obras completas, editadas por institutos marxistas que no tenían ningún interés en perjudicarle.

Es un texto breve, oscuro y literariamente flojo. Y es, probablemente, el documento más revelador que dejó escrito.

El título

Lo primero que llama la atención es el nombre. Oulanem no significa nada en ninguna lengua conocida. Desde hace décadas, los comentaristas señalan que es un anagrama aproximado de Emmanuel, el nombre con que Isaías anuncia al Mesías y que San Mateo aplica a Cristo: Dios con nosotros.

Invertir un nombre sagrado no era un juego cualquiera en la Europa de 1837. La inversión —del nombre, de la cruz, de la oración— es el gesto ritual característico de la parodia de lo sagrado, y cualquier lector culto de la época lo sabía. Que la coincidencia sea deliberada no puede demostrarse; que sea llamativa, tampoco puede negarse.

El argumento

La acción transcurre en un pueblo de montaña italiano. El protagonista, Oulanem, es un viajero que llega acompañado de un joven discípulo. Hay un anfitrión, Pertini, y una trama de venganzas antiguas que nunca llega a resolverse porque la obra se interrumpe.

Lo que importa no es la trama: son los monólogos. Y en ellos aparece, una y otra vez, la misma idea.

El personaje central maldice a la humanidad entera. Anuncia que el mundo, gigantesco y sin sentido, ha sido hecho para aplastar a los hombres. Declara que él mismo está condenado y que arrastrará consigo a todos los demás. Habla de una eternidad que no es descanso sino tormento, y de un «nada» que se traga cuanto existe. No hay redención, no hay salida y, sobre todo, no hay nadie que se salve.

Lo que no hay en la obra

Esto es tan significativo como lo que sí hay. En Oulanem no aparece la injusticia social. No aparecen los obreros, ni los patronos, ni la miseria de las fábricas, ni la propiedad, ni el salario. Nada de lo que veinte años después sería el centro de su obra.

Lo que hay es una condena universal de la existencia y una voluntad expresa de destruir. La compasión por el pobre —que es lo que la mayoría de la gente supone en el origen del socialismo— llegaría después. Lo primero, cronológicamente, fue esto.

La lectura de Wurmbrand

Richard Wurmbrand, que salió de catorce años de cárceles comunistas preguntándose de dónde había salido todo aquello, leyó Oulanem con la Biblia y con el Fausto de Goethe al lado. Su conclusión es que el drama pertenece a un género muy concreto de la literatura alemana —la del pacto y la condenación voluntaria— y que el joven Marx no lo está imitando desde fuera, sino hablándolo en primera persona.

Su argumento no es que un mal drama juvenil refute El capital. Es que la actitud espiritual que Oulanem expresa —la voluntad de arrastrar al mundo a la ruina— reaparece con exactitud inquietante en la práctica de los regímenes que invocaron a su autor.

Las tres coartadas, y por qué no valen

«Era el Romanticismo alemán.» El Romanticismo dio titanes malditos a docenas, pero ninguno de ellos fundó después un movimiento que persiguiera a la Iglesia en cuatro continentes. Lo que en otros fue moda literaria, en Marx fue programa.

«Habla un personaje, no el autor.» Los poemas del mismo cuaderno, donde el yo poético no es ningún personaje dramático, dicen exactamente lo mismo. Y su padre, leyendo aquellos papeles, no vio un personaje: vio a su hijo, y se lo escribió con todas las letras.

«Marx lo abandonó.» Abandonó la poesía, que es otra cosa. No abandonó nunca la idea de que el orden existente debe ser destruido sin sustituto previsto, que es palabra por palabra lo que Oulanem declara en verso.

Vale la pena leerlo

El drama ocupa unas pocas decenas de páginas y está publicado. Quien lo lea no encontrará una prueba judicial de nada, pero sí algo más incómodo: un joven de diecinueve años que, antes de tener una sola idea económica, ya sabía con toda precisión lo que quería hacer con el mundo.

Novedad editorial

Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo

Los textos de Oulanem, los poemas y las cartas familiares, reunidos y comentados por un hombre que conoció por dentro el sistema que Marx inspiró.

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