Qué era el liberalismo que combatió Sardá y Salvany

Qué era el liberalismo que combatió Sardá y Salvany

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En 1884, un sacerdote de Sabadell publicó un libro cuyo título bastaba para desatar la tormenta: El liberalismo es pecado. Se llamaba Félix Sardá y Salvany, había nacido en aquella misma ciudad el 21 de mayo de 1841 y tenía, por tanto, cuarenta y tres años.

La polémica fue nacional, llegó a Roma y terminó con la Santa Sede dando la razón al autor. Conviene contarlo entero, porque el episodio explica de qué se estaba hablando realmente.

Qué significaba «liberalismo»

La palabra ha cambiado tanto de sentido en siglo y medio que la mayoría de las discusiones actuales sobre este libro son discusiones sobre otra cosa.

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Sardá no hablaba de aranceles, ni de libre comercio, ni del partido liberal como sigla electoral. Combatía una doctrina filosófica precisa sobre el origen de la verdad y de la ley: la que sostiene que la razón humana es autónoma y no está sujeta a ninguna verdad revelada; que el Estado debe organizarse como si Dios no existiera; que todas las religiones tienen el mismo derecho ante la ley porque ninguna es verdadera en sentido propio; y que la norma última de lo justo es la voluntad de la mayoría.

Ese conjunto es exactamente lo que Pío IX había condenado veinte años antes en Quanta cura y el Syllabus, del 8 de diciembre de 1864, y lo que León XIII desarrollaría poco después en Immortale Dei, del 1 de noviembre de 1885, y en Libertas praestantissimum, del 20 de junio de 1888. Sardá no inventó nada: divulgó el magisterio de su tiempo en un lenguaje que el obrero de Sabadell podía entender.

Las tres fechas que hay que tener delante: 1832, 1864, 1888

El liberalismo que Sardá combate no lo definió él: lo habían definido tres documentos pontificios.

Mirari vos, de Gregorio XVI, 15 de agosto de 1832. Primera condena moderna, va contra el indiferentismo, «aquella perversa opinión» según la cual da igual la religión que se profese; de esa fuente, dice el Papa, nace la tesis de que «se ha de afirmar y reivindicar para cualquiera la libertad de conciencia». El texto va sin numerar y se cita por su fecha.

Quanta cura y el Syllabus, de Pío IX, 8 de diciembre de 1864. Aquí hay números y conviene usarlos. La sección III del Syllabus trata del «indiferentismo y latitudinarismo» y condena la proposición XV, «es libre para cualquier hombre abrazar y profesar la religión que, guiado por la luz de la razón, haya tenido por verdadera». Y la sección X se titula, con todas las letras, «errores que se refieren al liberalismo de hoy»: proposiciones LXXVII a LXXX, la última de las cuales es que «el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y concordar con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna».

Libertas praestantissimum, de León XIII, 20 de junio de 1888. Es el documento que explica el mecanismo. El párrafo 12 señala la raíz: «el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana». El 15 describe «la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio», profesar la religión que quiera o ninguna.

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Tres fechas y cincuenta y seis años: lo condenado en las tres es lo mismo, y no es una preferencia política.

El argumento

La lógica del libro es de una sencillez incómoda.

Si Dios ha hablado, la verdad revelada obliga. Si obliga, no puede ser una opinión más entre otras. Sostener que da igual lo que se crea equivale a sostener que Dios no ha hablado, o que da lo mismo lo que dijo. Y eso no es un matiz político: es la negación práctica de la Revelación.

De ahí el título. No es un insulto lanzado a los votantes de un partido: es la calificación moral de la adhesión consciente al principio del indiferentismo. Sardá distingue con todo cuidado —y esto es lo primero que ocultan sus críticos— entre el error y la persona que lo sostiene, y entre la doctrina y la ignorancia de quien la ha recibido con la educación de su siglo.

Cómo definió Sardá el liberalismo, con sus propias palabras

El capítulo segundo, «¿Qué es el Liberalismo?», responde en las páginas 13 a 15 de la edición enlazada:

«Principios liberales son: la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que no nazca de ella misma; soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad.»

Y nombra el fondo: «el fondo común de ellos es el racionalismo individual, el racionalismo político, y el racionalismo social». Compárese con el párrafo 12 de Libertas, cuatro años posterior: «el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana». Los dos describían la misma cosa, uno en lenguaje de revista popular y el otro en latín de cancillería.

De ahí su conclusión: «en el orden de las doctrinas el Liberalismo es la herejía universal y radical, porque las comprende todas». Y la última palabra del sistema es una sola: «secularización, es decir, la no intervención de la Religión en acto alguno de la vida pública».

La denuncia en Roma, y cómo acabó

El libro fue denunciado ante la Sagrada Congregación del Índice, y la denuncia se repitió junto con un opúsculo que lo refutaba, El proceso del integrismo, de un canónigo de la diócesis de Vich, D. de Pazos.

La Secretaría de la Congregación se pronunció el 10 de enero de 1887, en carta al obispo de Barcelona, Jaime Catalá y Albosa, firmada por su secretario, Fr. Jerónimo Pío Saccheri, O. P. La versión castellana que el propio libro imprimió después dice así:

«Mas en el primero nada halló contra la sana doctrina, antes su autor D. Félix Sardá y Salvany merece alabanza, porque con argumentos sólidos, clara y ordenadamente expuestos, propone y defiende la sana doctrina en la materia que trata, sin ofensa de ninguna persona.»

Del opúsculo que atacaba a Sardá el juicio fue el contrario: «necesita corrección en alguna cosa», y no podía aprobarse «el modo injurioso de hablar de que el autor usa, más contra la persona del señor Sardá que contra los errores». La Congregación mandó amonestarlo y que retirase «cuanto sea posible los ejemplares».

Está al frente, en latín y castellano, de la séptima edición, de 1887, con la lista de aprobaciones episcopales que la obra ya tenía: Barcelona, Urgel, Osma, Tuy, Mallorca, Tarazona y Montevideo. Conviene tenerlo a mano cada vez que se presenta a Sardá como un exaltado marginal: Roma leyó los dos libros y mandó retirar el otro.

Un divulgador, no un académico

Sardá y Salvany dirigió la Revista Popular desde 1871 hasta su muerte, el 2 de enero de 1916: cuarenta y cinco años seguidos de una publicación de gran tirada, destinada al lector corriente y no a los seminarios, desde la que hizo campaña contra la masonería, el espiritismo y el protestantismo.

De ahí su estilo: frases cortas, ejemplos, ironía y ninguna preocupación por resultar simpático a quien no tenía intención de convencerse. Es exactamente lo contrario del lenguaje eclesiástico que se impondría un siglo después, tan matizado que ya no afirma nada.

Liberalismo doctrinal y régimen político: donde se pierde el lector

Aquí está el nudo, y casi todas las discusiones sobre este libro se estropean por no deshacerlo. La objeción corriente es: «entonces la Iglesia condena la democracia y exige la monarquía católica». No es eso lo que dicen los documentos.

El párrafo 32 de Libertas es explícito: «La Iglesia no condena forma alguna de gobierno, con tal que sea apta por sí misma la utilidad de los ciudadanos». La forma no es lo que está en discusión. Lo que se discute es el principio que se pone debajo: si la autoridad viene de Dios y está sujeta a una ley que no ha hecho ella, o si la voluntad de la mayoría es la norma última de lo justo.

Y hay un segundo paso que casi nadie cita: el párrafo 23 admite que la autoridad pública tolere lo que se aparta de la verdad «para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien». La tolerancia práctica de una situación no es la aprobación doctrinal de un principio, y confundirlas arruina el debate por los dos lados.

Puesto así, la tesis se entiende sin escándalo: Sardá no dice que votar sea pecado, dice que afirmar que el hombre y la sociedad no deben cuentas a Dios es un error contra el primer mandamiento, y que ese error no cambia porque lo sostengan personas honradas.

El mismo esquema, extendido a la economía y a la teología, está en el esquema del padre Gabriel Calvo Zarraute; la lectura del libro entero, con sus grados, en El liberalismo es pecado: qué dijo Sardá y Salvany.

Las objeciones que se le hicieron, y lo que valen

«Era un intransigente.» Lo era con el error, como lo fueron San Pablo, San Ireneo y San Pío X. Con las personas fue de una caridad explícita y repetida a lo largo del libro, que quienes lo citan de oídas nunca han leído.

«Dividía a los católicos.» La división no la introdujo él: la introdujeron los católicos que quisieron pactar con el principio liberal creyendo que así conservarían influencia. Un siglo después puede comprobarse quien conservó qué.

«Eso ya no está vigente.» No conocemos ninguna derogación del Syllabus, de Quanta cura, de Immortale Dei ni de Libertas: ninguno de esos documentos ha sido abrogado por otro posterior. Lo que sí conviene es leerlos enteros, porque la distinción que el objetante echa de menos está dentro de ellos, como se ha visto más arriba.

Por qué se le sigue leyendo

Porque su advertencia central se ha cumplido punto por punto: una sociedad que se organiza como si Dios no existiera no se queda neutral mucho tiempo; acaba organizándose contra Dios. Sardá lo escribió en 1884 y el siglo XX se encargó de demostrarlo.

Y porque escribe para ser entendido. En una época en que casi nadie se atreve a decir una cosa con todas sus letras, leer a un hombre que define, distingue y concluye es, por sí solo, un ejercicio saludable.

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Preguntas frecuentes

¿Qué llamaba liberalismo Sardá y Salvany?

No un partido ni el libre comercio, sino los principios que él enumera: «la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad» y el derecho del pueblo a legislar «con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad». El fondo común, dice, es el racionalismo.

¿Condenó Roma El liberalismo es pecado?

No. La Secretaría de la Sagrada Congregación del Índice resolvió el 10 de enero de 1887 que «nada halló contra la sana doctrina» y que su autor «merece alabanza». Al opúsculo que lo refutaba le ordenó corrección y le mandó retirar ejemplares.

¿Significa esto que la Iglesia condena la democracia?

No. El párrafo 32 de Libertas praestantissimum (1888) dice que «la Iglesia no condena forma alguna de gobierno, con tal que sea apta por sí misma la utilidad de los ciudadanos». Lo condenado no es un régimen, sino la tesis sobre el origen de la autoridad.

¿Dónde está condenado el liberalismo en los documentos pontificios?

En Mirari vos de Gregorio XVI, del 15 de agosto de 1832; en el Syllabus de Pío IX, del 8 de diciembre de 1864, cuya sección X se titula «errores que se refieren al liberalismo de hoy», proposiciones LXXVII a LXXX; y en Libertas praestantissimum de León XIII, del 20 de junio de 1888.

¿Puede un católico sostener de buena fe una tesis liberal?

Sardá distingue el error de la persona: la doctrina se juzga por su contenido, y la culpa del que la sostiene depende de su conciencia y de su formación, que solo Dios mide. Lo que niega es dar por aceptable la doctrina porque la sostengan personas honradas.

¿Puede la autoridad civil tolerar lo que es un error?

Sí, y eso no cambia la doctrina. El párrafo 23 de Libertas admite que el poder público tolere lo que se aparta de la verdad «para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien». Tolerancia práctica y aprobación doctrinal son dos cosas distintas.

Fuentes

  • Félix Sardá y Salvany, El liberalismo es pecado, séptima edición, de 1887: la carta del Índice del 10 de enero de 1887 en latín y castellano, las aprobaciones episcopales y el capítulo II.
  • Gregorio XVI, Mirari vos, 15 de agosto de 1832.
  • Pío IX, Quanta cura y el Syllabus, 8 de diciembre de 1864: secciones III y X del Syllabus, proposiciones XV-XVI y LXXVII-LXXX.
  • León XIII, Libertas praestantissimum, 20 de junio de 1888: párrafos 12, 15, 23 y 32.
  • León XIII, Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885.

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