Humanum genus, la encíclica de León XIII sobre la masonería

Humanum genus: la encíclica de León XIII sobre la masonería, explicada

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Si un católico solo va a leer un documento de la Iglesia sobre la masonería, tiene que ser este. Humanum genus, la encíclica que León XIII publicó el 20 de abril de 1884, es el texto que fija la lectura católica del asunto durante todo el siglo siguiente y el que se sigue citando hoy. Las declaraciones posteriores —la de 1983 y la de 2023— remiten en última instancia aquí.

El problema es que casi nadie la ha leído. Circulan de ella dos o tres frases sueltas, casi siempre las más truculentas y casi siempre sacadas de contexto. El resultado es una caricatura que sirve a los dos bandos: al que quiere reírse de la Iglesia y al que quiere convertir la encíclica en un panfleto de conspiraciones. Ni una cosa ni la otra. Vamos a ver qué dice realmente, apartado por apartado.

¿Qué es la encíclica Humanum genus?

Es una carta encíclica de León XIII dirigida a los patriarcas, primados, arzobispos y obispos del orbe católico. Toma su nombre, como todas, de sus dos primeras palabras latinas: humanum genus, «el género humano». Ocupa unas treinta páginas y está dividida en tres movimientos: un diagnóstico, una descripción de la doctrina que se condena y un programa de acción.

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Conviene situarla. En 1884 León XIII llevaba seis años de pontificado y estaba levantando, documento a documento, un edificio doctrinal completo: en 1879 había ordenado la restauración de la filosofía escolástica con Aeterni Patris; en 1891 publicaría Rerum novarum sobre la cuestión obrera. Humanum genus está justo en medio, y se entiende mal si se lee suelta.

¿Por qué empieza hablando de dos ciudades?

El arranque es una de las páginas más citadas del pontificado. León XIII abre con una imagen agustiniana: el género humano, después de la caída, quedó dividido en dos partes contrarias, una que combate por la verdad y la virtud y otra que combate contra ellas. Es la doctrina de las dos ciudades de san Agustín trasladada a la polémica del siglo XIX.

Conviene entender qué está haciendo el Papa con esa imagen, porque de ella se ha abusado mucho. No está afirmando que cada masón concreto sea un agente consciente del infierno. Está encuadrando el conflicto en una clave teológica de la historia, que es como la Iglesia lee siempre los grandes movimientos: no como conspiraciones de individuos, sino como corrientes espirituales que arrastran a los individuos. Eso no rebaja la condena —la encíclica es durísima—, pero cambia por completo el tipo de lectura que pide.

¿Qué condena exactamente León XIII: los ritos o una idea?

Aquí está lo que de verdad importa, y es lo que casi nunca se cita.

León XIII no condena a la masonería por sus mandiles, ni por sus símbolos, ni por sus grados, ni por el juramento de iniciación. La condena por una idea, que llama naturalismo y que define con una precisión que no deja escapatoria: la doctrina según la cual la naturaleza y la razón humanas deben ser en todo maestras y guías.

Es decir: que el hombre se basta. Que no hay revelación que recibir, ni autoridad religiosa a la que escuchar, ni verdad que venga de fuera. Que todo lo que hay que saber sobre Dios, sobre el bien y sobre el destino del hombre puede establecerlo la razón por su cuenta. De ahí que las logias admitan a hombres de cualquier religión: no porque sean tolerantes, sino porque han decidido de antemano que ninguna religión aporta nada que la razón no tenga ya. Es exactamente la lógica que hay detrás del Gran Arquitecto del Universo.

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Y de ese principio —dice la encíclica— se deriva todo lo demás con lógica implacable. Si el hombre se basta, la religión es asunto privado; si es asunto privado, el Estado debe ser indiferente a ella; si el Estado es indiferente, la ley se separa de la moral revelada. No hace falta ninguna conspiración: basta con aceptar la premisa.

¿Cómo se aplica eso al matrimonio, a la escuela y al Estado?

La encíclica desciende después a tres terrenos muy concretos, y son exactamente los tres que estaban en disputa en la Europa de 1884.

El matrimonio. León XIII denuncia que se lo trate como un contrato del género de los comerciales, revocable por la voluntad de quienes lo hicieron, y que el vínculo pase a depender de la autoridad civil. Advierte de que ahí se juega la estabilidad de la familia entera, y por tanto la de la sociedad.

La educación de los hijos. Objeta a una formación de la que se ha excluido a los ministros de la Iglesia, tanto de la enseñanza como de la disciplina, y de la que se ha retirado cuanto se refiere a los deberes del hombre para con Dios. Sostiene que una educación construida sobre bases puramente naturalistas termina desarmando moralmente a quien la recibe.

El poder civil. Rechaza la tesis de que toda autoridad derive únicamente de la voluntad popular y de que el gobierno pueda organizarse prescindiendo por completo de Dios. No está defendiendo un régimen concreto: está negando que la política pueda ser un terreno donde Dios no tenga nada que decir.

Un lector de hoy hará bien en detenerse un momento aquí y preguntarse cuántas de esas tres batallas siguen siendo actuales, y cuál de los dos bandos las ha ganado.

¿Qué manda hacer León XIII al final?

Y ahora la parte más olvidada del documento, la que desmiente por sí sola la caricatura de una encíclica paranoica. Al final, el Papa no pide vigilancia, ni listas, ni denuncias: pide construir. Y es muy concreto.

Arrancar la máscara. Pide a los obispos que su primera regla sea quitar a la masonería el disfraz y mostrarla tal como es, desde el púlpito y en las cartas pastorales. Exponer su doctrina real, no inventarle otra.

Enseñar. Encarga una instrucción asidua del pueblo cristiano en los preceptos de la religión y en la filosofía cristiana, por escrito y de viva voz, para que las inteligencias queden protegidas frente al error. Es, en la práctica, la aplicación pastoral de lo que cinco años antes había ordenado en Aeterni Patris: sin una filosofía sólida, el católico solo tiene indignación.

Promover la Tercera Orden de San Francisco, cuya regla él mismo acababa de suavizar. Es decir: una vía de santidad concreta, practicable, para los laicos corrientes. Frente a la fraternidad de la logia, una fraternidad real.

Restaurar los gremios de trabajadores bajo la guía de la Iglesia, que protejan los intereses materiales y la moral de los obreros, para que no tengan que buscar amparo en sociedades malas. Siete años después, eso será Rerum novarum.

Léase otra vez esa lista. La respuesta que León XIII propone frente a la masonería es formación intelectual, santidad laical y organización social cristiana del trabajo. Ni una palabra sobre listas de infiltrados.

¿Qué no dice Humanum genus?

Tres cosas que se le atribuyen y no están en el texto.

No dice que los masones celebren cultos satánicos. El invento de los cultos luciferinos es posterior y tiene un autor con nombre y apellidos: Léo Taxil, que en 1897 confesó públicamente que se lo había inventado todo. Quien defiende hoy la doctrina católica con ese material está defendiéndola con munición fabricada por un estafador.

No dice que la masonería fabricara la Revolución francesa como quien encarga un edificio. Esa es una discusión histórica distinta, con su propia respuesta, y la hemos tratado aparte en Masonería y Revolución francesa.

No dice que la masonería descienda de los templarios. Ese linaje es una construcción del siglo XVIII fabricada por las propias logias, y lo explicamos en Masones y templarios.

¿Sigue vigente Humanum genus?

La tesis central no ha caducado, y la Santa Sede lo ha dicho dos veces por escrito.

La declaración Quaesitum est, del 26 de noviembre de 1983, firmada por el cardenal Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II, afirma que el juicio negativo de la Iglesia sobre las asociaciones masónicas no ha cambiado, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia, y que los fieles que se afilien a ellas están en pecado grave y no pueden acercarse a la sagrada comunión.

La nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del 13 de noviembre de 2023, firmada por el cardenal Víctor Manuel Fernández y aprobada por el Papa, responde a una consulta del obispo de Dumaguete, en Filipinas, y repite el mismo argumento: la pertenencia activa está prohibida por la irreconciliabilidad entre la doctrina católica y la masónica. Esa irreconciliabilidad es la que Humanum genus describió con detalle en 1884. Lo desarrollamos en ¿Puede un católico ser masón?.

Y hay algo más, que es lo que hace del documento una lectura incómoda. El naturalismo que León XIII describía en 1884 como doctrina de logia es hoy el aire que se respira: la idea de que la religión es una preferencia privada y de que el hombre no debe nada a nadie está instalada muy lejos de cualquier templo masónico. Que la enfermedad haya desbordado al portador no la hace menos real. La hace peor.

De la masonería al masonismo

Eso es precisamente lo que Félix Sardá y Salvany llamó masonismo —frente a masonería— en Masonismo y Catolicismo, escrito en esos mismos años y con la encíclica de León XIII todavía fresca. Su tesis es que el enemigo no es la sociedad, sino el espíritu que la anima y que ya había salido de ella para instalarse en la prensa, en la escuela y en la ley. El libro pone en columnas paralelas la doctrina de las logias y la de la Iglesia y deja que el lector compare, punto por punto.

Nuestra edición cuesta 16,00 €. Envío gratis en España a partir de 30 € de compra. Si quiere saber por dónde entrar en este autor, hablamos de él en El liberalismo es pecado: qué dijo Sardá y Salvany.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la encíclica Humanum genus y cuándo se publicó?

Es la carta encíclica de León XIII sobre la secta masónica, publicada el 20 de abril de 1884 y dirigida a los obispos de todo el mundo. Es el documento pontificio más extenso y más citado sobre el asunto.

¿Qué es el naturalismo que condena Humanum genus?

La doctrina según la cual la naturaleza y la razón humanas deben ser en todo maestras y guías; es decir, que no hay revelación que recibir ni autoridad religiosa que escuchar. Es el principio del que la encíclica hace derivar todo lo demás.

¿Dice Humanum genus que los masones adoran a Satanás?

No. Usa la imagen agustiniana de las dos ciudades para encuadrar el conflicto en clave teológica, no para atribuir cultos diabólicos a personas concretas. Los relatos de misas negras masónicas proceden del fraude de Léo Taxil, confesado por su autor en 1897.

¿Qué pide León XIII que se haga?

Cuatro cosas: exponer públicamente la doctrina real de las logias, instruir al pueblo en la religión y en la filosofía cristiana, extender la Tercera Orden de San Francisco y restaurar los gremios de trabajadores bajo guía cristiana. Nada de vigilancia ni de listas.

¿Sigue en vigor la condena de Humanum genus?

Sí. La declaración Quaesitum est de 1983 y la nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del 13 de noviembre de 2023 mantienen la prohibición apoyándose en el mismo argumento: la irreconciliabilidad entre ambas doctrinas.

¿Dónde se puede leer Humanum genus completa en español?

En el propio sitio de la Santa Sede, en el enlace que damos en las fuentes. Son unas treinta páginas y se lee en una tarde.

Fuentes

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