El juramento masónico y el rito de iniciación: ceremonia con el candidato vendado ante la escuadra y el compás

El juramento masónico y el rito de iniciación: qué se jura exactamente

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De todas las búsquedas sobre masonería, la del juramento masónico es la que más se repite con variantes: juramento de aprendiz, de compañero, significado, texto completo. Y tiene sentido, porque el juramento es el corazón del asunto. No los símbolos, no los grados: el juramento. Es ahí, y solo ahí, donde se juega la incompatibilidad con la fe católica.

Vamos a explicar qué ocurre en una iniciación y qué se jura exactamente. Todo lo que sigue está en rituales publicados y accesibles: no hace falta filtración ninguna.

Si ha llegado hasta aquí sin tener claro todavía qué es exactamente la institución, conviene empezar por qué es la masonería y en qué creen los masones; aquí damos por sabido lo básico.

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La ceremonia, paso a paso

El candidato es conducido a una sala apartada, el Gabinete de Reflexión: un cuarto pequeño, oscuro, con una calavera, un reloj de arena y algunas inscripciones sobre la muerte y el paso del tiempo. Allí escribe su testamento filosófico, respondiendo por escrito a qué debe el hombre a Dios, a sí mismo y a sus semejantes.

Después se le prepara: se le despoja de los metales —dinero, joyas, cualquier objeto de valor—, se le descubre parcialmente el pecho y una rodilla, se le calza a medias y se le venda los ojos. Así, «ni desnudo ni vestido, ni descalzo ni calzado», llama a la puerta del templo.

Dentro se le somete a los viajes: recorridos rituales por la sala, acompañados de ruido, obstáculos y pruebas simbólicas de los cuatro elementos. Se le interroga. Y finalmente, arrodillado ante el altar, con la mano sobre el Libro de la Ley Sagrada y sobre la escuadra y el compás, presta el juramento. Solo entonces se le retira la venda: es el momento que los rituales llaman recibir la luz.

Qué se jura

La fórmula varía de una obediencia a otra, pero el contenido es constante. El iniciado jura, ante el Gran Arquitecto del Universo:

Guardar los secretos de la orden: no revelar a ningún profano —es decir, a nadie de fuera— los signos, palabras y toques de reconocimiento, ni lo que ocurre en el interior del templo.

Obedecer las constituciones y reglamentos de la obediencia y las decisiones legítimas de sus autoridades.

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Socorrer a sus hermanos y guardarles fidelidad.

Y en los rituales de tradición antigua, el juramento va acompañado de penas simbólicas de una crudeza notable —tener la garganta cortada, la lengua arrancada— que el propio texto declara alegóricas y que muchas obediencias modernas han suavizado o suprimido.

Las tres objeciones católicas

Ahora se puede ver con claridad por qué la Iglesia dice lo que dice. No son tres sospechas: son tres constataciones sobre el acto mismo.

Primera: se jura ante un Dios que nadie está obligado a identificar. El juramento es un acto religioso: se pone a Dios por testigo de lo que se promete. Pero el testigo invocado aquí es «el Gran Arquitecto del Universo», una fórmula construida a propósito para que cada uno entienda lo que quiera. Un católico no puede tomar por testigo a un Dios indeterminado, porque el Dios que él conoce tiene nombre y rostro.

Segunda: se jura antes de saber a qué uno se compromete. El candidato presta juramento vendado y sin conocer el contenido completo de lo que promete guardar. La teología moral católica exige que el juramento se preste con verdad, con juicio y con justicia; comprometerse a ciegas y por adelantado a una obediencia cuyos contenidos futuros se ignoran no cumple esa condición.

Tercera: se crea una lealtad paralela y opaca. El católico ya tiene un vínculo. Aceptar otro que le obliga a callar ante todos los de fuera —incluido, en la práctica, su confesor y su obispo— establece una fidelidad que compite con la primera.

Lo que la masonería responde

Las obediencias sostienen que el secreto es de método, no de doctrina: que se calla el rito para preservar el efecto de la experiencia iniciática, del mismo modo que no se cuenta el final de una novela. Sostienen también que las penas son alegorías de un tiempo pasado, que ningún masón está obligado a nada contrario a su conciencia o a las leyes de su país, y que muchos hermanos son creyentes practicantes que no ven contradicción alguna.

Es una respuesta seria y merece decirse. La Iglesia no la rebate acusando de mala fe a nadie: se limita a juzgar la estructura del acto, no las intenciones de quien lo realiza.

Qué dice la Iglesia hoy

La condena no es reciente ni improvisada: arranca en 1738 con Clemente XII y se repite a lo largo de casi tres siglos, como se detalla en ¿puede un católico ser masón?. La declaración Quaesitum est (1983), firmada por el cardenal Ratzinger, afirma que quienes se inscriben en asociaciones masónicas están en pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión. La nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del 13 de noviembre de 2023, firmada por el cardenal Fernández y aprobada por el papa Francisco, lo reitera: la pertenencia activa de un fiel a la masonería está prohibida.

Obsérvese que ninguno de los dos textos habla de grados, ni de satanismo, ni de conspiraciones. Hablan de pertenencia. Porque el problema está entero en el momento en que alguien se arrodilla y jura.

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¿Se jura lo mismo en los grados siguientes?

No. Cada grado tiene su propia obligación, y cada una se presta sobre la anterior sin revocarla. El compañero jura de nuevo; el maestro, otra vez, y en su caso con la escenificación de la muerte y la resurrección de Hiram Abif. Quien sigue subiendo por los escalones del Rito Escocés vuelve a jurar en cada uno. De ahí que la pregunta «¿cuántos juramentos hay?» no tenga una respuesta corta: hay tantos como grados se reciban, y todos se acumulan. Lo explicamos con detalle en los grados de la masonería, del aprendiz al grado 33.

Esto importa para el asunto de fondo: la objeción católica no se dirige a una fórmula concreta de un rito concreto, sino a la estructura del acto, que se repite idéntica en todos los escalones.

Si ya se ha jurado

Es la situación de mucha gente que llega a estas páginas, y conviene decirlo sin dramatismo. La Iglesia no considera que un juramento ilícito obligue: un juramento que compromete a algo que no se puede prometer es nulo de suyo, no un vínculo que ate para siempre. Lo que se pide no es un castigo, sino que la pertenencia activa cese. Lo que se pide es concreto y está al alcance de cualquiera: hablarlo con un sacerdote, presentar la baja y volver a los sacramentos.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es el texto del juramento de aprendiz?

Varía según la obediencia y el rito, pero el esqueleto es constante: promesa solemne ante el Gran Arquitecto del Universo, con la mano sobre el Volumen de la Ley Sagrada, la escuadra y el compás, de guardar los secretos de la orden, obedecer a los superiores y socorrer a los hermanos.

¿Es verdad que se juran castigos físicos?

Los rituales clásicos los recogen literalmente —la garganta cortada, el corazón arrancado— y las obediencias actuales los explican como alegorías heredadas de los gremios medievales. Muchas los han suavizado o suprimido en su redacción moderna.

¿Se jura con los ojos vendados?

Sí. El candidato presta la obligación antes de que se le retire la venda, que es precisamente una de las tres objeciones de fondo que se explican arriba.

¿Se puede jurar sobre la Biblia si no se cree en ella?

En muchas logias el Volumen de la Ley Sagrada puede sustituirse por el libro sagrado de la religión del candidato, o quedar abierto sin más. Esa intercambiabilidad es justamente el punto teológico en discusión.

¿Un católico que juró está excomulgado?

La excomunión automática del Código de 1917 no se recogió como tal en el de 1983. La prohibición sigue vigente y la declaración de 1983 habla de pecado grave y de no poder acceder a la comunión, pero la pena canónica concreta cambió de forma. Está explicado en ¿puede un católico ser masón?.

¿La Iglesia acusa a los masones de ser malas personas?

No. Juzga la estructura del acto que se realiza, no las intenciones ni la conducta de quien lo realiza.

Fuentes

Para seguir leyendo

Todo el tema, ordenado y con los libros que lo tratan, está en nuestra página de masonería. Y el clásico que lo estudió punto por punto —doctrina de las logias frente a doctrina de la Iglesia, en columnas paralelas— es Masonismo y Catolicismo, de Félix Sardá y Salvany.

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