¿Puede un católico ser masón? Sacerdote rezando el rosario frente a una logia masónica

¿Puede un católico ser masón? Lo que la Iglesia ha respondido de verdad

«¿Un católico puede ser masón?» es, literalmente, lo primero que Google propone cuando alguien empieza a escribir «un católico puede ser…». No es una curiosidad de erudito. Detrás de esa búsqueda casi siempre hay un caso concreto —un padre, un hermano, un compañero de trabajo que ha entrado en una logia— y una sospecha: que la Iglesia, en algún momento de los últimos cincuenta años, cambió de opinión y dejó de condenar la masonería.

No la cambió. Y la última vez que lo puso por escrito fue hace muy poco.

La respuesta corta

El 13 de noviembre de 2023, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó una nota firmada por el cardenal Víctor Manuel Fernández y aprobada por el papa Francisco. Respondía a monseñor Julito Cortés, obispo de Dumaguete (Filipinas), que había preguntado qué hacer con el número creciente de fieles de su diócesis inscritos en logias. La respuesta cabe en una línea: «la pertenencia activa de un fiel a la masonería está prohibida, debido a la irreconciliabilidad entre la doctrina católica y la masonería». Es la misma tesis que, con otras palabras, sostiene Masonismo y Catolicismo, el clásico de Félix Sardá y Salvany que hemos reeditado.

Casi tres siglos diciendo lo mismo

Lo llamativo del documento de 2023 no es lo que dice, sino que haya hecho falta repetirlo. La condena no es un arrebato del siglo XIX ni una reacción a la política española: es una constante que atraviesa a papas de sensibilidades muy distintas y contextos históricos que no se parecen en nada.

1738. Clemente XII promulga In eminenti apostolatus specula, apenas veintiún años después de la fundación de la Gran Logia de Londres. Es la primera condena pontificia, y llega cuando la masonería todavía era un fenómeno británico y minoritario.

1884. León XIII publica Humanum genus, la encíclica que fija la lectura católica del asunto durante todo el siglo siguiente: no se trata de una sociedad benéfica con ritos pintorescos, sino de un proyecto para organizar la vida pública al margen de la Revelación.

1917. El Código de Derecho Canónico, en su canon 2335, castiga con excomunión la inscripción en sectas masónicas.

1983. El nuevo Código ya no menciona a la masonería por su nombre. Ese mismo año, y precisamente para evitar el malentendido, la Congregación para la Doctrina de la Fe publica la declaración Quaesitum est, firmada por el cardenal Joseph Ratzinger: el juicio negativo de la Iglesia permanece inmutado, quienes se inscriben en asociaciones masónicas están en pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión.

2023. La nota del Dicasterio, que remite expresamente a la declaración de 1983 y añade una indicación pastoral: que las conferencias episcopales estudien el fenómeno en sus países y que los párrocos traten cada caso persona a persona, sin escándalo público pero sin ambigüedad doctrinal.

El malentendido más extendido

Aquí está el punto que casi nadie conoce y que explica la mitad de las discusiones sobre este tema: el Código de 1983 no absolvió a la masonería, dejó de nombrarla. El canon 1374 habla genéricamente de asociaciones que conspiran contra la Iglesia, sin citar a ninguna. Ese cambio de redacción se leyó, sobre todo en prensa, como una despenalización. La declaración Quaesitum est se publicó precisamente para cortar esa lectura. Cuarenta años después seguía haciendo falta repetirlo.

Conviene decir también qué no afirma la Iglesia. No sostiene que todo masón sea un conspirador, ni juzga la conciencia de cada persona, ni niega que en muchas logias haya obras de beneficencia sinceras. Las propias obediencias masónicas rechazan la caracterización eclesiástica y se presentan como asociaciones filosóficas y filantrópicas abiertas a creyentes de cualquier confesión. La objeción católica no es sociológica, sino doctrinal: se refiere a los principios —el deísmo del «Gran Arquitecto», el relativismo religioso implícito en esa fórmula, el juramento y la disciplina del secreto— y no al carácter moral de los inscritos.

¿Y en España?

«Masonería en España» es, después de «qué es la masonería», la búsqueda más frecuente del país sobre este asunto, y no es casual. España tiene con la masonería una relación histórica larga y muy cargada: la polémica del siglo XIX, en la que se escribió el libro que aquí recomendamos; la Segunda República, cuando alcanzó su máxima presencia institucional; y la Ley del 1 de marzo de 1940, que prohibió la pertenencia tras la persecución religiosa de la guerra. El resultado es un país donde casi todo el mundo tiene una opinión sobre la masonería y casi nadie ha leído una sola línea de lo que la Iglesia enseñó sobre ella.

Los símbolos: por qué la escuadra y el compás

La otra gran puerta de entrada al tema es la simbólica: la escuadra y el compás, el ojo dentro del triángulo, el mandil, el pavimento ajedrezado. Son símbolos tomados del oficio de la construcción, herencia de los gremios medievales de canteros de los que la masonería especulativa tomó el vocabulario en el siglo XVIII. La escuadra y el compás representan la rectitud moral y la medida; el ojo, la vigilancia del «Gran Arquitecto del Universo». Y ahí está justamente el nudo del problema teológico: esa fórmula deliberadamente neutra permite que un cristiano, un deísta y un agnóstico juren sobre lo mismo entendiendo cosas distintas. Para la Iglesia, un Dios que puede significar cualquier cosa no es el Dios que se ha revelado.

Masonería y «masonismo»: la distinción que da nombre al libro

Félix Sardá y Salvany (Sabadell, 1844-1916) fue sacerdote, director durante más de cuarenta años de La Revista Popular y el polemista católico más leído de la España de su tiempo. Su obra más célebre, El liberalismo es pecado (1884), se tradujo a media docena de idiomas. Masonismo y Catolicismo pertenece a esa misma etapa y contiene su aportación más original al debate.

Sardá distingue entre la masonería —la organización, las logias, los grados, los inscritos— y el masonismo, que es otra cosa: el conjunto de principios naturalistas y racionalistas ya disueltos en la cultura, en la legislación y en las costumbres, y que actúan con independencia de que quien los sostiene haya pisado nunca una logia. Dicho en corto: para Sardá se puede ser masonista sin ser masón. Y esa es, ciento cuarenta años después, la parte del libro que sigue mordiendo, porque describe una situación que el lector reconoce sin esfuerzo en su propio entorno.

El libro está construido como una serie de paralelos: en una columna la doctrina de las logias, en la otra la de la Iglesia, punto por punto. Es apologética del siglo XIX, con su temperatura y su estilo, y hay que leerla sabiéndolo; pero pocas veces se encuentra una exposición tan ordenada de por qué la Iglesia consideró que las dos posiciones no podían convivir en la misma conciencia.

Preguntas frecuentes

¿Es pecado ser masón? Según la declaración de 1983, quienes se inscriben formal y conscientemente en asociaciones masónicas y abrazan sus principios están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión. La nota de 2023 lo reafirma.

¿Están excomulgados? La excomunión automática del canon 2335 del Código de 1917 no se recogió como tal en el Código de 1983. La prohibición sigue vigente; la pena canónica concreta cambió de forma.

¿La Iglesia ha aceptado hoy la masonería? No. Es el bulo más repetido sobre este tema, y el documento de noviembre de 2023 existe precisamente para desmentirlo.

¿Un masón puede convertirse? Sí. Ninguno de estos documentos cierra la puerta a nadie; lo que piden es que la pertenencia activa cese.

Para leerlo entero

Masonismo y Catolicismo, de Félix Sardá y Salvany, está disponible en nuestra edición por 16,00 €, con envío gratuito en toda España. Si esta pregunta te la has hecho alguna vez —o te la ha hecho alguien de tu familia—, es el sitio por donde empezar.

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