Un hombre deja caer el mandil masónico y camina hacia una iglesia iluminada

Cómo salir de la masonería: los pasos, según la Iglesia

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Este artículo no está escrito contra nadie. Está escrito para quien quiere salir de la masonería y no sabe por dónde se empieza, o teme que ya sea tarde.

Lo primero que hay que decirle es esto: no es tarde, no hay ningún pecado que la confesión no borre y la Iglesia no le va a cerrar la puerta. La Iglesia condena a la masonería con una dureza que no ha aflojado en trescientos años. Pero la condena recae sobre el sistema. Al hombre lo quiere dentro, y lleva tres siglos diciéndolo en el mismo documento en que condena.

Por qué hay que salir

Conviene tenerlo claro antes de dar un paso, porque quien sale a medias vuelve.

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La masonería no es un club al que un católico esté desaconsejado pertenecer. Es una doctrina completa e incompatible con la fe: un dios sin rostro que cada uno rellena a su gusto, la Revelación reducida a costumbre respetable, todas las religiones tratadas como equivalentes y el hombre como su propio fin. León XIII lo llamó por su nombre en Humanum genus (1884): naturalismo, y la empresa de levantar frente al Reino de Dios el reino de Satanás.

Y por eso la respuesta de la Iglesia es la misma desde la bula In eminenti apostolatus specula de Clemente XII, del 28 de abril de 1738, hasta hoy. La formulación vigente está en la Declaración sobre las asociaciones masónicas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 26 de noviembre de 1983, firmada por el cardenal Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II: el juicio negativo permanece invariable, la inscripción está prohibida, y quienes pertenecen a la masonería están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión. La Congregación lo reafirmó por escrito en noviembre de 2023.

Esa última frase es la que hace urgente el asunto. Mientras se siga dentro, no se puede comulgar.

1. Salir de verdad, no solo dejar de ir

Dejar de asistir a las tenidas no es salir. Hay que causar baja. En la práctica masónica eso se hace por escrito, mediante una comunicación dirigida al Venerable Maestro o al secretario del taller, sin necesidad de explicar motivos ni de entrar en polémicas. Una línea basta.

Si por lo que sea esa vía no es posible —porque se teme una presión, porque el trato ha sido malo, porque se quiere un corte limpio—, lo esencial ante Dios es la voluntad firme de romper, manifestada y sin marcha atrás. Lo administrativo importa por el escándalo y por la claridad, no por la validez del arrepentimiento.

2. Confesarse, y decirlo con todas las letras

Este es el paso que de verdad cambia las cosas, y suele ser el que más miedo da.

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Una precisión práctica que tranquiliza a mucha gente: el Código de Derecho Canónico de 1917 imponía en su canon 2335 una excomunión reservada a la Santa Sede, de modo que hacía falta acudir a una autoridad superior para levantarla. El Código vigente, de 1983, no mantiene esa excomunión automática: su canon 1374 prevé una pena justa para quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia, y una pena mayor para quien la promueve o dirige. En la inmensa mayoría de los casos, por tanto, un sacerdote puede absolver en una confesión ordinaria, sin trámites ni permisos especiales.

Lo que no puede faltar es la sinceridad: hay que decir que se ha pertenecido a la masonería, cuánto tiempo, qué grado se alcanzó y si se arrastró a alguien. Y hay que llevar el propósito firme de no volver.

Si teme el trance, busque un sacerdote de confianza, o vaya a una iglesia donde no le conozcan. Lo que no le va a pasar es que le echen.

3. Los juramentos no obligan

Esta es la duda que más retiene a la gente, y tiene una respuesta clásica y firme en la teología moral católica.

Un juramento es poner a Dios por testigo de lo que se promete. Por eso, un juramento sobre materia ilícita no obliga a cumplirlo: obliga a no cumplirlo. Nadie puede comprometer a Dios como garante de una ofensa contra Dios. Santo Tomás lo trata expresamente al estudiar el juramento: lo prometido contra la virtud no vincula, y perseverar en ello añade pecado al pecado.

Así que los compromisos de secreto y de fidelidad prestados en la iniciación no atan la conciencia de nadie. El pecado no fue romperlos; el pecado fue prestarlos.

Conviene además renunciar a ellos de manera expresa e interior, delante de Dios, y decírselo al confesor.

4. Deshacerse de lo material

Mandil, guantes, joyas, diplomas, anillos, libros de ritual. Quemarlo o tirarlo. No venderlo ni regalarlo: sería pasarle a otro lo que uno ha reconocido como malo.

Puede parecer un detalle menor. No lo es. La cabeza vuelve donde las manos guardan recuerdos.

5. Reparar el escándalo, si lo hubo

Si su pertenencia era pública, o si usted ha animado a otros a entrar —a un hijo, a un amigo, a un compañero—, hay una obligación añadida: deshacer lo que hizo, en la medida en que pueda. Decirle a esa persona que se equivocó y por qué. No hace falta un discurso; hace falta que conste.

6. Volver a la vida cristiana entera

Confesión, Misa, comunión, oración diaria. Y formación, porque quien no llena el hueco lo deja abierto. Una vida de fe cultivada es la única garantía real de que no se vuelve.

Masonismo y Catolicismo, de Félix Sardá y Salvany

Preguntas frecuentes sobre cómo salir de la masonería

¿Un católico que ha sido masón puede confesarse con normalidad?

Sí. El Código de 1917 imponía en su canon 2335 una excomunión reservada a la Santa Sede, y por eso hacía falta acudir a una autoridad superior. El Código vigente, de 1983, no mantiene esa excomunión automática: su canon 1374 prevé una pena justa para quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia. En la inmensa mayoría de los casos, un sacerdote puede absolver en una confesión ordinaria, sin trámites ni permisos especiales.

¿Obligan los juramentos prestados en la iniciación?

No. Un juramento es poner a Dios por testigo de lo que se promete, y por eso un juramento sobre materia ilícita no obliga a cumplirlo: obliga a no cumplirlo. Nadie puede comprometer a Dios como garante de una ofensa contra Dios. Santo Tomás lo trata expresamente: lo prometido contra la virtud no vincula, y perseverar en ello añade pecado al pecado.

¿Basta con dejar de ir a las tenidas?

No. Dejar de asistir no es salir: hay que causar baja. En la práctica se hace por escrito, con una comunicación al Venerable Maestro o al secretario del taller, sin explicar motivos ni entrar en polémicas. Si esa vía no es posible, lo esencial ante Dios es la voluntad firme de romper, manifestada y sin marcha atrás.

¿Qué se hace con el mandil, las joyas y los diplomas?

Quemarlo o tirarlo. No venderlo ni regalarlo, porque sería pasarle a otro lo que uno ha reconocido como malo. No es un detalle menor: la cabeza vuelve donde las manos guardan recuerdos.

¿Se puede comulgar mientras se pertenece a la masonería?

No. La Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 26 de noviembre de 1983 establece que quienes se inscriben en asociaciones masónicas están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la sagrada comunión. Es lo que hace urgente el asunto, y la Congregación lo reafirmó por escrito en noviembre de 2023.

¿Y si se ha estado treinta años dentro?

No hay treinta años que valgan contra una absolución. El buen ladrón arregló una vida entera en la última hora de la suya. No hay en toda la doctrina católica una sola línea que autorice a nadie a pensar que ha llegado tarde.

Fuentes

  • Clemente XII, constitución In eminenti apostolatus specula, 28 de abril de 1738.
  • León XIII, encíclica Humanum genus, 20 de abril de 1884 (vatican.va).
  • Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre las asociaciones masónicas, 26 de noviembre de 1983 (vatican.va).
  • Código de Derecho Canónico (1983), canon 1374 (vatican.va).
  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 89, sobre el juramento.
  • Félix Sardá y Salvany, Masonismo y Catolicismo (nuestra edición).

«¿Y si toman represalias?»

Es un miedo real y hay que tratarlo sin dramatizar ni minimizar.

En la práctica ordinaria de hoy, el que causa baja de una logia deja de recibir convocatorias y se acabó. Lo que sí es frecuente es otra cosa, más silenciosa: la pérdida de un ambiente. Relaciones profesionales, amistades, invitaciones, favores. Para muchos, salir cuesta ahí, y ese precio hay que saber que existe antes de pagarlo.

Vale la pena. Lo que se compra con él es poder acercarse a comulgar.

«He estado treinta años, ¿de qué sirve ya?»

Sirve de todo, y no hay treinta años que valgan contra una absolución.

El buen ladrón arregló una vida entera en la última hora de la suya, y con dos frases. Dios no lleva la cuenta del tiempo perdido: lleva la del momento en que uno vuelve. Y no hay en toda la doctrina católica una sola línea que autorice a nadie a pensar que ha llegado tarde.

Lo que conviene leer después

Para entender bien de qué se sale, el libro más claro que se ha escrito en español es Masonismo y catolicismo, del sacerdote catalán Félix Sardá y Salvany. Su tesis es la que aquí hemos dado por supuesta: masonismo y catolicismo no compiten, se excluyen. No hay término medio ni hay manera de estar en los dos sitios.

Y si lo que busca es el argumento con documentos en la mano, tenemos publicados qué es la masonería y en qué creen los masones y si un católico puede ser masón. Todo está reunido en la página sobre la masonería y la Iglesia católica.

Una última cosa. Si ha llegado hasta aquí buscando cómo salir, lo más difícil ya lo ha hecho. Lo que queda es una conversación de diez minutos con un sacerdote.

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