El Gran Arquitecto del Universo: qué dios adoran los masones
Por Marcos Vera PérezLa masonería repite desde hace tres siglos que no es una religión y que no se mete en las creencias de nadie. En sus logias, dice, caben el católico, el protestante, el judío, el musulmán y el deísta. Solo pone una condición para entrar: creer en el Gran Arquitecto del Universo.
Suena a poco. Es, en realidad, todo el problema.
De dónde sale la fórmula
La expresión aparece en el documento fundacional de la masonería moderna, las Constituciones que el pastor presbiteriano James Anderson redactó en Londres en 1723. El primer artículo, «Sobre Dios y la religión», dice que el masón queda obligado a «aquella religión en la que todos los hombres están de acuerdo», dejando a cada uno sus opiniones particulares.

El libro de este artículo
Ver el libro · Libro de bolsillo · €16,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
Léalo despacio, porque en esa línea está contenida toda la doctrina masónica. «Aquella religión en la que todos los hombres están de acuerdo» no es el cristianismo, ni el judaísmo, ni el islam. Es lo que queda cuando se le quita a cada una de esas religiones todo aquello en lo que se distinguen: la Trinidad, la Encarnación, la Cruz, los sacramentos, la Iglesia, la revelación. Es decir, todo lo que Dios ha dicho de sí mismo.
Lo que queda después de esa poda es el Gran Arquitecto del Universo.
Qué clase de dios es
Empecemos por el nombre, que es transparente. Un arquitecto no crea: ordena una materia que ya existe. Traza planos, mide, distribuye. El Dios de la fe católica crea de la nada, sostiene en el ser a cada criatura en cada instante, se hace hombre, muere en una cruz y funda una Iglesia. El Gran Arquitecto no hace nada de eso. Diseñó y se retiró.
De ahí que en el ritual no se le adore. Se le invoca. Se abre la sesión «a mayor gloria del Gran Arquitecto del Universo» igual que se abre un acta. No hay oración, no hay sacrificio, no hay obediencia, no hay mandamientos. Es un dios que no manda nada, no prohíbe nada, no juzga a nadie y no salva a nadie.
Y sobre todo es un dios que cada hermano rellena a su gusto. Los propios textos masónicos lo dicen sin rubor: el Gran Arquitecto es un símbolo, y cada uno pone detrás del símbolo lo que su conciencia le dicte. El católico pondrá la Santísima Trinidad, el deísta una fuerza impersonal, el ateo —en las obediencias que ya ni siquiera exigen la fórmula— nada en absoluto. Los tres se dan la mano y se llaman hermanos, porque el sistema ha decidido de antemano que la diferencia entre ellos no importa.
El libro sobre el que se jura
Hay un detalle del ritual que vale por cien páginas de análisis. En el altar de la logia está abierto lo que llaman «el Libro de la Ley Sagrada», sobre el que el candidato presta juramento. En Inglaterra suele ser la Biblia. En una logia con mayoría musulmana, el Corán. En otras, el libro que corresponda a cada uno. Y en el Gran Oriente de Francia, desde 1877, no hay libro ninguno.

El libro de este artículo
Ver el libro · Libro de bolsillo · €16,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
Es decir: la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, está ahí como mobiliario intercambiable. Un objeto litúrgico entre otros posibles, elegido por conveniencia local. Quien acepta eso ha aceptado, con el gesto, que la Revelación no es la verdad de Dios sobre el hombre, sino una costumbre respetable.
León XIII le puso nombre: naturalismo
El 20 de abril de 1884, León XIII publicó Humanum genus, la encíclica que sigue siendo el documento más completo que la Iglesia ha escrito sobre la masonería. El Papa no se entretiene en los mandiles ni en los secretos. Va directo al principio del sistema y lo llama por su nombre: naturalismo.
El naturalismo, explica León XIII, sostiene que la naturaleza y la razón humana han de ser en todo maestra y guía; que el hombre se basta; que, por tanto, no hace falta ninguna revelación, ninguna Iglesia, ningún dogma, ninguna ley divina positiva. De ese principio, dice el Papa, se sigue todo lo demás con lógica de hierro: si nada ha sido revelado, todas las religiones valen lo mismo, es decir, ninguna vale; y si ninguna vale, el Estado debe tratarlas a todas como opiniones privadas y organizarse al margen de Dios.
Por eso la encíclica describe el conjunto con una expresión que ningún católico debería suavizar: el empeño de la masonería, escribe León XIII, es levantar frente al Reino de Dios el reino de Satanás. No es una metáfora colocada para impresionar. Es la conclusión de un razonamiento: una organización cuya razón de ser es que Cristo no reine sobre la sociedad está haciendo, quiéranlo o no sus miembros, la obra del que quiso reinar en lugar de Dios.
«Pero yo conozco masones que van a misa»
Es la objeción de siempre, y conviene contestarla en serio, porque suele venir de buena fe.
Primero, un hecho: es verdad. Ha habido y hay masones de vida privada intachable, caritativos, cumplidores, incluso practicantes. León XIII lo sabía perfectamente y lo dice en la misma encíclica: advierte que en estas sociedades hay muchos que no son criminales, que ignoran el fin último de la secta y que nunca cometerán personalmente los desmanes que otros cometen.
Y a continuación explica por qué eso no cambia nada. La Iglesia no juzga a la masonería por la conducta de sus miembros, sino por sus principios. Un sistema se juzga por lo que enseña y por lo que exige, no por lo simpáticos que sean los que lo forman. Y lo que la masonería exige a todos sus miembros, al devoto y al indiferente, es exactamente lo mismo: aceptar que en la logia Nuestro Señor Jesucristo es una opinión particular que hay que dejar en la puerta, junto con el sombrero.
Un católico no puede hacer eso. No porque sea poco tolerante, sino porque Cristo no es una opinión suya: es Dios. Dejarlo en la puerta una sola vez, aunque sea por cortesía, es haberlo negado.
Por eso la condena es tan antigua y tan continua
La primera excomunión llegó el 28 de abril de 1738, con la bula In eminenti apostolatus specula de Clemente XII, apenas veinte años después de la fundación de la Gran Logia de Londres. La confirmó Benedicto XIV en Providas Romanorum (1751). Volvieron sobre ello Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI, Pío IX y León XIII. El Código de Derecho Canónico de 1917 recogió la pena en su canon 2335: excomunión para quien se inscriba en la secta masónica.
Y no es cosa de siglos pasados. El 26 de noviembre de 1983, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una Declaración sobre las asociaciones masónicas firmada por el cardenal Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II, para cortar de raíz el rumor de que el nuevo Código había levantado la prohibición. Dice literalmente que el juicio negativo de la Iglesia permanece invariable, que la inscripción en ellas está prohibida, que los fieles que se adscriben a la masonería están en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la sagrada comunión. Y en noviembre de 2023 la misma Congregación lo reafirmó en respuesta a un obispo que preguntaba por sus diocesanos.
Tres siglos, veintitantos documentos pontificios y una sola respuesta, sin una sola grieta.
Lo que vio Sardá y Salvany
El sacerdote catalán Félix Sardá y Salvany, el mismo que escribió El liberalismo es pecado, dedicó a este asunto un libro entero: Masonismo y catolicismo. Su tesis, sostenida con una claridad que hoy incomoda, es que masonismo y catolicismo no son dos religiones que compiten: son dos términos que se excluyen, como la afirmación y la negación de una misma frase. Donde entra uno, sale el otro. No hay tercera posición, no hay término medio, no hay diálogo posible sobre el fondo.
Lo escribió a finales del siglo XIX, en un país donde la masonería estaba desmontando pieza por pieza la presencia pública de la Iglesia. Se lee hoy y no ha envejecido una línea.
La conclusión
Se repite mucho que la Iglesia condenó a la masonería por sus secretos, por sus juramentos o por sus conspiraciones políticas. Es falso, o al menos es lo de menos.
La Iglesia condenó a la masonería por su dios. Por ese Gran Arquitecto sin rostro, sin Hijo, sin Cruz y sin voz, que no pide nada porque no es nadie, y cuya única función real es ocupar el sitio del Dios verdadero sin que se note el cambio.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el Gran Arquitecto del Universo?
El nombre con que la masonería designa al ser supremo cuya existencia exige admitir a sus candidatos. Aparece en las Constituciones que James Anderson redactó en 1723 y funciona como una fórmula de trámite: se abre la sesión «a mayor gloria del Gran Arquitecto del Universo» igual que se abre un acta.
¿El Gran Arquitecto es el Dios de los cristianos?
No. El Dios de la Revelación habla, se encarna, funda una Iglesia y manda. El Gran Arquitecto no hace nada de eso: es un símbolo detrás del cual cada uno pone lo que su conciencia le dicte. Un católico, un protestante, un judío y un deísta pueden invocarlo a la vez precisamente porque no significa lo mismo para ninguno.
¿Sobre qué libro juran los masones?
Sobre lo que en la logia llaman el Libro de la Ley Sagrada, abierto en el altar. En los países de tradición anglosajona suele ser la Biblia; en otros puede ser otro volumen. Que el libro sea intercambiable dice más sobre qué clase de religión se practica allí que cualquier declaración.
¿Qué dijo León XIII sobre la masonería?
El 20 de abril de 1884 publicó Humanum genus, que sigue siendo el documento más completo que la Iglesia ha escrito sobre el asunto. Allí pone nombre a la doctrina de fondo: naturalismo, la pretensión de que la naturaleza y la razón humana sean en todo maestra y guía. Y escribe que el empeño de la masonería es levantar frente al Reino de Dios el reino de Satanás.
Conozco masones que van a misa. ¿Cómo se explica?
León XIII lo sabía perfectamente y lo dice en la misma encíclica. Que un hombre no advierta la contradicción no la suprime: lo que la Iglesia juzga es la doctrina de la institución y el juramento que exige, no la sinceridad de cada uno de sus miembros.
¿Desde cuándo condena la Iglesia a la masonería?
Desde el 28 de abril de 1738, con la bula In eminenti apostolatus specula de Clemente XII, apenas veintiún años después de la fundación de la Gran Logia de Londres. La condena se ha repetido sin variaciones hasta la nota vaticana de noviembre de 2023.
Si quiere seguir por aquí: qué es la masonería y en qué creen los masones, qué significan de verdad sus símbolos y si un católico puede ser masón. Todo lo que hemos publicado sobre el asunto está reunido en la página sobre la masonería y la Iglesia católica.
Fuentes
- León XIII, Humanum genus (1884), sobre el naturalismo masónico y el dios de la razón.
- Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre las asociaciones masónicas (26 de noviembre de 1983), firmada por el cardenal Joseph Ratzinger.
Seguir leyendo
- Masonería y Iglesia católica: todo lo que hemos publicado
- Qué es la masonería: origen, estructura y fines
- Los símbolos de la masonería y su significado
- El juramento masónico: qué se jura en la iniciación
- ¿Puede un católico ser masón?
- Masonismo y catolicismo, del P. Félix Sardá y Salvany
- El fraude de Léo Taxil: doce años engañando a la Iglesia: el problema real no eran los demonios de atrezo, sino el Dios indefinido ante el que se jura.
