París en 1789, una iglesia en llamas y el emblema masónico entre el humo

Masonería y Revolución francesa: qué papel tuvo de verdad

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En cuanto se junta la palabra masonería con la palabra Revolución, la conversación se estropea. Unos dicen que todo se planeó en las logias; otros contestan que eso es una fábula de curas asustados y que los historiadores serios hace mucho que la desmintieron.

Las dos posiciones son cómodas y las dos son malas. Vamos a hacer algo más aburrido y mucho más eficaz: mirar lo que está documentado.

El estado de la cuestión en 1789

Empecemos por el dato menos discutido. En vísperas de 1789 Francia estaba cubierta de logias. El Gran Oriente de Francia, fundado en 1773, agrupaba varios centenares de talleres repartidos por todo el reino, y a ellos hay que sumar los de otras obediencias. Decenas de miles de hombres —nobles, oficiales, abogados, médicos, comerciantes, clérigos incluso— se reunían periódicamente a deliberar bajo un ritual común.

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Esto no lo denuncia ningún panfleto: lo cuentan con orgullo las propias historias oficiales de la masonería francesa, que consideran aquel periodo su edad de oro.

Y no era una red cualquiera. Era, en un país sin partidos, sin prensa libre y sin parlamento, la única estructura nacional de discusión política que existía fuera del rey y de la Iglesia.

Lo que dijo el abate Barruel

En 1797, apenas terminado el Terror, el jesuita francés Agustín Barruel publicó desde el exilio en Londres sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo. Es el libro que fundó todo el debate posterior, y el que hoy se cita para descalificarlo.

Su tesis es conocida: la Revolución fue el resultado de una triple conjura —la de los filósofos contra el altar, la de los masones contra el trono y la de los Iluminados de Baviera contra toda sociedad—, enlazadas y conducidas hacia un mismo fin.

Hay que decir dos cosas de Barruel, y hay que decir las dos.

La primera: reunió una cantidad de documentación que nadie había reunido antes, especialmente sobre los Iluminados de Baviera, cuyos papeles habían sido incautados por el gobierno bávaro en 1786 y publicados. En eso no inventó nada.

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La segunda: forzó el esquema. Presentó como una cadena de mando lo que era una atmósfera compartida, y atribuyó a un plan unitario lo que fue una convergencia. Escribía con los muertos todavía calientes, y se le nota.

Por eso a la tesis de Barruel le basta un historiador profesional para despeinarla. Y por eso conviene no defenderla tal cual. Hay algo mucho más sólido, y es lo que sigue.

Cochin: no hizo falta ninguna conspiración

A principios del siglo XX, un historiador francés católico, Augustin Cochin, muerto en el frente en 1916, planteó el problema de otra manera y acertó de lleno. Su obra sobre las sociedades de pensamiento es hoy reconocida incluso por historiadores que no comparten ni una sola de sus convicciones religiosas.

Cochin dice, en resumen, esto: lo decisivo no fue que las logias dieran órdenes, sino lo que las logias enseñaban a hacer sin darse cuenta.

Una sociedad de pensamiento —y la logia es su modelo perfecto— es un grupo donde los hombres se reúnen únicamente para opinar. No tienen que gobernar nada, ni responder de nada, ni producir nada. No hay realidad que los corrija. En ese ambiente, la opinión deja de medirse por su verdad y pasa a medirse por su capacidad de obtener el asentimiento del grupo. El que mejor formula lo que todos ya están dispuestos a admitir arrastra a los demás; el que discrepa se vuelve sospechoso y acaba fuera.

Y así, mediante un mecanismo puramente social, se forja algo nuevo: una «opinión» que nadie ha decidido, que se atribuye al pueblo entero, y en cuyo nombre se puede exigir cualquier cosa. Cochin la llamó la máquina. Cuando la Revolución llegó, esa máquina llevaba veinte años funcionando y tenía ya sus cuadros formados, su lenguaje, sus fórmulas y sus hábitos.

Lo importante para nosotros es la consecuencia. No hace falta demostrar que se conspiró, porque no hacía falta conspirar. Bastaba con haber acostumbrado a varias decenas de miles de hombres influyentes a deliberar sobre Dios, el rey y la sociedad como quien discute un reglamento, sin más autoridad que la del grupo. Lo demás vino solo.

El programa, punto por punto

La prueba de familia no está en las listas de socios: está en lo que se hizo en cuanto se pudo hacer.

  • 1789: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano funda el orden político en la voluntad general, sin una sola referencia a la ley de Dios que obligue por encima de ella.
  • 1790: la Constitución civil del clero convierte a los obispos y párrocos en funcionarios elegidos, y somete la Iglesia al Estado. Al año siguiente se exige el juramento.
  • 1790-1793: supresión de las órdenes religiosas, confiscación de los bienes eclesiásticos, cierre de los seminarios.
  • 1793: culto de la Razón. Se entroniza a una actriz como diosa en Notre-Dame de París.
  • 1794: culto del Ser Supremo, decretado por Robespierre. Una religión de Estado, sin revelación, sin dogma y sin Cristo.

Ese último punto es el que cierra el argumento. El Ser Supremo de Robespierre y el Gran Arquitecto del Universo de las logias no se parecen: son el mismo dios. El dios de la religión natural, el que cabe en todas las creencias porque no exige ninguna, el que no ha hablado, no ha redimido y no ha fundado Iglesia. Lo hemos explicado en el artículo sobre qué es la masonería y en qué creen los masones.

Cuando un régimen revolucionario, después de descristianizar a sangre y fuego, se ve obligado a inventarse una religión, y la religión que se inventa es exactamente la de la logia, la discusión sobre quién estaba afiliado a qué pierde casi todo su interés.

Lo que dijeron los Papas mientras ocurría

No hubo que esperar a que los historiadores se pusieran de acuerdo. Pío VI condenó la Constitución civil del clero y los principios de la Declaración de derechos en el breve Quod aliquantum, del 10 de marzo de 1791, señalando que fundar el orden humano en una libertad absoluta de pensamiento y religión es negar a Dios el derecho a mandar sobre su criatura. Aquel Papa acabó detenido por las tropas francesas y murió en cautividad en Valence, en 1799.

Casi un siglo después, León XIII hizo el diagnóstico completo en Humanum genus (1884): la masonería no es un grupo de descontentos, sino un plan coherente para reconstruir la sociedad sobre bases meramente humanas, quitando de en medio la Revelación, la Iglesia y la soberanía de Cristo. El Papa lo llamó, sin rodeos, la empresa de levantar frente al Reino de Dios el reino de Satanás.

«Eso es una teoría de la conspiración»

Es la fórmula con la que se cierra hoy cualquier conversación sobre esto, y funciona porque mete dos cosas distintas en el mismo saco.

Una cosa es afirmar que un comité secreto redactó un plan y lo ejecutó. Eso no se puede demostrar, no hace falta sostenerlo y nosotros no lo sostenemos.

Otra cosa muy distinta es afirmar que una doctrina, difundida durante decenios por una red organizada, produjo los efectos que esa doctrina anuncia. Eso no es una conspiración: es historia de las ideas, y se demuestra con documentos públicos, porque los principios masónicos nunca han sido secretos. El secreto de la logia protege los ritos y los nombres, no la doctrina, que está impresa desde 1723.

Quien confunde las dos cosas gana la discusión fácil y pierde la importante.

Para qué sirve saber esto hoy

Porque el mecanismo no se jubiló en 1799. La sociedad de pensamiento de Cochin —el grupo que opina sin responder de nada, que fabrica un consenso y luego lo presenta como voluntad de todos— es hoy más grande y más rápida que nunca, y sigue produciendo el mismo resultado: un orden público construido como si Dios no existiera.

Es exactamente lo que el sacerdote catalán Félix Sardá y Salvany combatió en España en aquel mismo siglo, y lo que explica en Masonismo y catolicismo: que entre la logia y la Iglesia no hay una disputa de opiniones, sino dos proyectos de sociedad que se excluyen.

Para seguir: el esquema del liberalismo, el capitalismo y el modernismo, y qué fue el Índice de libros prohibidos, donde muchos de los autores de este episodio tienen su sitio. Todo lo publicado sobre masonería está en esta página.

Preguntas frecuentes sobre la masonería y la Revolución francesa

¿Planeó la masonería la Revolución francesa?

No en el sentido de una cadena de mando que diera órdenes desde una logia. Lo documentado es otra cosa y es más grave: en vísperas de 1789 Francia estaba cubierta de logias, y en un país sin partidos, sin prensa libre y sin parlamento, eran la única estructura nacional de discusión política existente fuera del rey y de la Iglesia.

¿Cuántas logias había en Francia en 1789?

El Gran Oriente de Francia, fundado en 1773, agrupaba varios centenares de talleres repartidos por todo el reino, a los que hay que sumar los de otras obediencias: decenas de miles de hombres. No lo denuncia ningún panfleto: lo cuentan con orgullo las historias oficiales de la masonería francesa, que consideran aquel periodo su edad de oro.

¿Quién fue el abate Barruel y qué sostuvo?

El jesuita francés Agustín Barruel publicó en 1797, desde el exilio en Londres, sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo. Sostuvo que la Revolución fue el resultado de una triple conjura: los filósofos contra el altar, los masones contra el trono y los Iluminados de Baviera contra toda sociedad. Reunió una documentación que nadie había reunido antes, pero forzó el esquema: presentó como cadena de mando lo que era una atmósfera compartida.

¿Quién fue Augustin Cochin?

Un historiador francés católico muerto en el frente en 1916, cuya obra sobre las sociedades de pensamiento reconocen hoy incluso historiadores que no comparten ninguna de sus convicciones religiosas. Planteó el problema de otra manera: lo decisivo no fue que las logias dieran órdenes, sino lo que enseñaban a hacer sin darse cuenta.

¿Qué es una sociedad de pensamiento?

Un grupo donde los hombres se reúnen únicamente para opinar, sin gobernar nada, sin responder de nada y sin producir nada. No hay realidad que los corrija. La opinión deja entonces de medirse por su verdad y pasa a medirse por su capacidad de obtener el asentimiento del grupo: el que discrepa se vuelve sospechoso y acaba fuera. Cochin llamó máquina a ese mecanismo.

¿Es esto una teoría de la conspiración?

No, y precisamente por eso conviene no defender la tesis de Barruel tal cual. La explicación de Cochin no necesita ninguna conspiración: le basta con un mecanismo social perfectamente observable y con documentos que nadie discute. Es más sólida porque exige menos.

Fuentes

  • León XIII, encíclica Humanum genus, 20 de abril de 1884 (vatican.va).
  • Félix Sardá y Salvany, Masonismo y Catolicismo (nuestra edición).
  • Clemente XII, constitución In eminenti apostolatus specula, 28 de abril de 1738.
  • Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre las asociaciones masónicas, 26 de noviembre de 1983 (vatican.va).

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