Masones y templarios: el origen que la masonería se inventó
Por Marcos Vera PérezEs una de las historias mejor contadas de los últimos tres siglos. Los Templarios fueron destruidos por la envidia de un rey y la debilidad de un Papa; unos pocos caballeros escaparon a Escocia; allí se escondieron entre los gremios de constructores, y de aquel rescoldo nació, siglos después, la masonería. El mandil viene del hábito, y la logia del capítulo.
Es una historia magnífica. Y es falsa de principio a fin, cosa que la propia masonería reconoció oficialmente hace más de dos siglos.
La genealogía verdadera cabe en un párrafo
La masonería moderna tiene fecha, ciudad y acta. El 24 de junio de 1717, cuatro logias londinenses se reunieron y constituyeron la Gran Logia de Londres. En 1723, el pastor presbiteriano James Anderson redactó las Constituciones que le dieron doctrina. Todo lo que existe hoy, en cualquier rito y en cualquier país, desciende de ahí.

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Antes de 1717 hubo, eso sí, gremios de canteros: la masonería llamada «operativa», hombres que cortaban piedra de verdad y que, como todos los gremios medievales, tenían sus secretos de oficio, sus signos de reconocimiento y su organización. A partir del siglo XVII empezaron a admitir en sus logias a caballeros que no trabajaban la piedra: los accepted masons. Cuando esos socios honorarios fueron mayoría, se quedaron con el edificio y tiraron el oficio.
Eso es todo. Trescientos años, Londres, una fecha.
De dónde salió entonces el disfraz templario
De dos hombres del siglo XVIII.
El primero fue Andrew Michael Ramsay, escocés al servicio de los Estuardo, que en 1736 pronunció ante los masones de París un discurso célebre en el que sostuvo que la orden no venía de unos picapedreros sino de los caballeros cruzados de Tierra Santa, que habrían usado la construcción como tapadera. El discurso no mencionaba propiamente a los Templarios, pero abrió la puerta y dio a la masonería lo que le faltaba: un pasado noble.
El segundo fue el barón alemán Karl Gotthelf von Hund, que hacia 1750 fundó la llamada Estricta Observancia Templaria, ya con la historia completa: los Templarios supervivientes, la huida a Escocia, la continuidad secreta. Von Hund aseguraba haber sido iniciado por unos Superiores Desconocidos cuya identidad no podía revelar y de los que esperaba instrucciones.
Las instrucciones no llegaron nunca. El asunto acabó en el Convento de Wilhelmsbad, en 1782, donde las obediencias alemanas examinaron la cuestión y concluyeron que no existía ninguna prueba de la filiación templaria. La Estricta Observancia se deshizo. Von Hund había muerto sin poder presentar un solo documento.

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Es decir: la propia masonería juzgó la leyenda y la desestimó. Lo que ocurre es que una leyenda útil no muere por una votación, y aquella era utilísima.
Por qué le hacía falta esa leyenda
Por dos razones, y la segunda es la importante.
La primera es de prestigio. Una sociedad iniciática no puede permitirse ser nueva. El misterio necesita antigüedad; nadie se somete a una venda en los ojos y a un juramento por algo fundado anteayer en una taberna de Londres. Un origen medieval y cruzado resolvía el problema de golpe.
La segunda es polémica. Si la masonería desciende de una orden destruida por el Papa, entonces su enfrentamiento con Roma deja de ser una rebelión y se convierte en una cuenta pendiente. La logia ya no ataca a la Iglesia: cobra una deuda antigua. No es casualidad que en los altos grados del Rito Escocés, y señaladamente en el grado 30, llamado Caballero Kadosh, el simbolismo de la venganza contra los que destruyeron a la orden tenga un papel central.
Ahí está la verdadera función del disfraz: convertir la hostilidad contra la Iglesia en un acto de justicia histórica.
Lo que de verdad pasó con los Templarios
Y conviene decirlo, porque en esta historia los Templarios son las víctimas dos veces: primero de Felipe IV de Francia y después de quienes los han usado durante trescientos años.
Los Templarios fueron una orden religiosa militar católica, aprobada por la Santa Sede en el concilio de Troyes (1128), con regla, votos, capellanes y Misa diaria. Nada de esoterismo: caballeros que hacían voto de pobreza, castidad y obediencia.
Felipe IV, arruinado y endeudado con ellos, los hizo detener en masa el 13 de octubre de 1307 y arrancó confesiones mediante tortura. Clemente V suprimió la orden en el concilio de Vienne, en 1312, mediante la bula Vox in excelso, y lo hizo por vía administrativa y no por sentencia condenatoria: la fórmula empleada fue que la orden había quedado de tal modo desacreditada que no podía subsistir con fruto. Jacques de Molay fue quemado en París en 1314 por orden del rey.
Y hay un documento que zanja el fondo. En 2007 el Archivo Secreto Vaticano publicó el llamado pergamino de Chinon, el acta del interrogatorio que tres cardenales enviados por Clemente V hicieron a los dirigentes templarios en agosto de 1308. En ella el Papa, por medio de sus legados, los absolvió de la acusación de herejía y los readmitió a los sacramentos.
O sea: la Iglesia, examinada la causa, declaró que aquellos hombres no eran herejes. Quien hoy se proclama heredero espiritual de los Templarios para vengarse de la Iglesia está reclamando el legado de unos frailes católicos a los que el propio Papa absolvió.
«Pero los constructores de catedrales sí eran los antepasados»
Esta objeción es más seria que la templaria, porque aquí sí hay una continuidad material: las logias especulativas del XVIII heredaron los locales, el vocabulario y los útiles de los gremios de canteros.
Solo que la herencia juega en contra de quien la invoca. Los gremios medievales de constructores eran corporaciones católicas. Tenían capellán, santos patronos, Misa de hermandad, obligación de cumplir con la Iglesia y estatutos que expulsaban al blasfemo y al amancebado. Levantaban catedrales porque creían, y su escuadra y su compás eran herramientas de trabajo, no alegorías de una moral sin dogma.
Lo que ocurrió en el siglo XVIII no fue una continuación, fue una sustitución. Se conservaron los objetos y se cambió el alma: el compás dejó de medir piedra para medir «virtud», el santo patrono desapareció, la Misa se convirtió en un banquete ritual y el Dios de la catedral fue reemplazado por el Gran Arquitecto del Universo, que no exige nada porque no ha dicho nada.
Los canteros de Chartres no son los antepasados de la masonería. Son lo contrario de la masonería, y sus herramientas están hoy colgadas en la logia como los trofeos de una casa conquistada.
La conclusión
Descartada la leyenda, queda la masonería tal cual es: una institución inglesa, del siglo XVIII, de matriz protestante y deísta, que en 1723 puso por escrito su doctrina y a la que la Iglesia condenó quince años después, en 1738, con la bula In eminenti apostolatus specula de Clemente XII. No hacía falta ningún secreto para condenarla: bastaba con leer sus Constituciones, que estaban impresas.
Todo lo demás —los cruzados, los Superiores Desconocidos, la venganza de Molay— es vestuario. Y el vestuario, en esta historia, sirve para lo de siempre: que no se vea lo que hay debajo.
Preguntas frecuentes sobre masones y templarios
¿La masonería viene de los Caballeros Templarios?
No. La masonería moderna tiene fecha, ciudad y acta: el 24 de junio de 1717, cuando cuatro logias londinenses constituyeron la Gran Logia de Londres, con las Constituciones de James Anderson en 1723. Todo lo que existe hoy, en cualquier rito y en cualquier país, desciende de ahí. Entre la disolución de los Templarios en 1312 y 1717 median cuatro siglos sin un solo documento que los una.
¿Quién inventó la leyenda templaria de la masonería?
Dos hombres del siglo XVIII. Andrew Michael Ramsay, escocés al servicio de los Estuardo, que en 1736 sostuvo ante los masones de París que la orden venía de los caballeros cruzados. Y el barón alemán Karl Gotthelf von Hund, que hacia 1750 fundó la Estricta Observancia Templaria con la historia ya completa: los supervivientes, la huida a Escocia, la continuidad secreta.
¿La propia masonería reconoce que la leyenda es falsa?
Sí, y hace más de dos siglos. En el Convento de Wilhelmsbad de 1782 las obediencias alemanas examinaron la cuestión y concluyeron que no existía prueba alguna de la filiación templaria. La Estricta Observancia se deshizo. Von Hund murió sin poder presentar un solo documento.
¿Por qué le hacía falta a la masonería una genealogía templaria?
Por prestigio y por polémica. Una sociedad iniciática no puede permitirse ser nueva: el misterio necesita antigüedad. Pero lo importante es lo segundo: si la masonería desciende de una orden destruida por el Papa, su enfrentamiento con Roma deja de ser una rebelión y se convierte en una cuenta pendiente. La logia ya no ataca a la Iglesia: cobra una deuda antigua.
¿Qué fueron realmente los Templarios?
Una orden religiosa militar católica, aprobada por la Santa Sede en el concilio de Troyes en 1128, con regla, votos de pobreza, castidad y obediencia, capellanes y Misa diaria. Nada de esoterismo. Fueron víctimas dos veces: primero de Felipe IV de Francia y después de quienes los han usado como disfraz durante trescientos años.
¿Y los constructores de catedrales, no eran los antepasados de los masones?
Los gremios medievales de canteros existieron, y de ellos viene la masonería llamada operativa: hombres que cortaban piedra de verdad, con sus secretos de oficio y sus signos de reconocimiento. Desde el siglo XVII empezaron a admitir socios que no trabajaban la piedra, los accepted masons. Cuando esos socios honorarios fueron mayoría se quedaron con el edificio y tiraron el oficio. La continuidad es de local y de vocabulario, no de doctrina.
Fuentes
- Clemente XII, bula In eminenti apostolatus specula (28 de abril de 1738), la primera condena pontificia de la masonería, con pena de excomunión.
- Benedicto XIV, bula Providas Romanorum (18 de mayo de 1751), que confirma y renueva la condena de su predecesor.
- León XIII, encíclica Humanum genus (20 de abril de 1884), la exposición más completa del magisterio sobre la secta.
- Knights Templar, en la Encyclopædia Britannica, para las fechas y los hechos de la supresión de 1312.
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