Qué es el modernismo y por qué San Pío X lo llamó la síntesis de todas las herejías
Por Marcos Vera PérezLas herejías clásicas negaban una cosa concreta. Arrio negaba la divinidad del Hijo; Nestorio, la unidad de persona en Cristo; Lutero, la autoridad de la Iglesia para interpretar la Escritura. Cada una tenía una tesis identificable y, por tanto, refutable.
El modernismo no funciona así, y por eso San Pío X lo llamó en 1907 la síntesis de todas las herejías. No niega ningún dogma: los conserva todos y les cambia el significado.
Los dos documentos
En 1907 la Santa Sede publicó dos textos capitales. El 3 de julio, el decreto Lamentabili sane exitu del Santo Oficio, que condena sesenta y cinco proposiciones, una por una. El 8 de septiembre, la encíclica Pascendi Dominici gregis, que no se limita a condenar: reconstruye el sistema entero como un edificio lógico y explica de dónde sale cada pieza.

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Tres años después, en 1910, Pío X impuso a los clerigos el llamado juramento antimodernista, que estuvo en vigor hasta 1967.
Las cuatro piezas del sistema
Uno: el agnosticismo. La razón humana no puede alcanzar a Dios ni conocer nada que esté fuera de la experiencia sensible. Si esto se acepta, la teología natural desaparece y la Revelación no puede probarse desde fuera.
Dos: la inmanencia vital. Si Dios no puede conocerse desde fuera, la religión tiene que brotar desde dentro: es el producto de una necesidad ineludible del subconsciente, un sentimiento que busca expresarse. La fe deja de ser adhesión a una verdad recibida y pasa a ser experiencia interior.
Tres: el dogma como símbolo. Las fórmulas dogmáticas no describen la realidad: son expresiones aproximadas de aquella experiencia, válidas para una época y sustituibles en otra. Aquí está el núcleo práctico del sistema, porque permite conservar todas las palabras —Trinidad, Resurrección, Eucaristía— vaciándolas de contenido objetivo.
Cuatro: la evolución del dogma. Puesto que las fórmulas son históricas, deben cambiar cuando cambia la conciencia religiosa de los creyentes. La doctrina no se desarrolla explicitando lo que ya contenía: se transforma.
La consecuencia práctica: los dos Cristos
De ahí sale la distinción que más daño ha hecho: la del «Cristo de la historia» frente al «Cristo de la fe». Habría, por un lado, un predicador galileo que murió y del que apenas sabemos nada; y por otro, una figura divina construida después por la comunidad creyente.

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Con ese instrumento se puede decir que se cree en la Resurrección entendiendo por ello que «la causa de Jesús continúa», o que se cree en la Eucaristía entendiendo un símbolo de comunión fraterna. Las palabras se conservan intactas. Es lo que hace al modernismo tan difícil de combatir: no se presenta como una alternativa a la fe católica, sino como su versión adulta.
Por qué «síntesis de todas las herejías»
Porque el principio del símbolo permite reproducir, a la vez, todos los errores antiguos sin afirmar ninguno explícitamente. Si el dogma es una expresión histórica revisable, entonces puede negarse la divinidad de Cristo sin decirlo, la presencia real sin decirlo y la infalibilidad de la Iglesia sin decirlo. Y como no se afirma nada, no hay nada que condenar.
Pío X añadió una observación que explica su alarma: los modernistas no estaban fuera de la Iglesia, sino dentro, y muchos de ellos eran sacerdotes y profesores de seminario.
Por qué no bastó con condenarlo
San Pío X hizo lo que había que hacer: nombró el error, lo describió pieza por pieza y exigió a los clérigos el juramento antimodernista. Durante unos años pareció zanjado.
No lo estaba. El modernismo no se retractó: se calló, esperó y siguió enseñando en los seminarios. Cuando el juramento fue suprimido en 1967, sus tesis reaparecieron en el mismo sitio del que nunca se habían ido, y esta vez sin nadie que las llamara por su nombre. La advertencia de Pascendi era exacta también en esto: el enemigo no estaba fuera de la Iglesia, sino dentro, y en las cátedras.
Sigue siendo actual
Pascendi se lee en poco más de una hora y está íntegra en el sitio de la Santa Sede. Quien la lea reconocerá formulaciones que ha oído en homilías, en cursos de formación y en libros de gran difusión. Esa es la mejor prueba de que el diagnóstico de 1907 no era exagerado.
De nuestro catálogo
Mons. Guerra Campos aplicó el análisis de Pascendi a la teología que se difundía en España en los años sesenta y setenta. Sus textos, reunidos.
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