La Iglesia española después del Concilio: lo que Guerra Campos vio venir

La Iglesia española después del Concilio: lo que Guerra Campos vio venir

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Entre 1965 y 1985, la Iglesia en España sufrió el desplome más rápido de su historia moderna. Los seminarios, llenos a principios de los sesenta, se vaciaron en pocos años. Miles de sacerdotes pidieron la dispensa. La práctica dominical, que estaba entre las más altas de Europa, empezó una caída que no se ha detenido.

Mientras ocurría, un obispo se sentó a escribir qué estaba pasando y por qué. Sesenta años después, sus páginas se leen como un pronóstico cumplido.

El punto de partida

España llegó al Concilio con una Iglesia socialmente fuerte y teológicamente desprevenida. Cuando los documentos conciliares llegaron, llegaron envueltos en una literatura de divulgación abundantísima, en buena parte traducida del francés y del holandés, que interpretaba los textos mucho más allá de lo que decían y que se leyó muchísimo más que los textos mismos.

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Guerra Campos, que era secretario del episcopado entre 1964 y 1972, vio el proceso desde dentro y desde el principio. Y aplicó a lo que veía el único método que sirve: comparar.

La distinción que lo explica todo

Su tesis, repetida en decenas de textos, es de una simplicidad demoledora: una cosa son los documentos del Concilio y otra la interpretación que circulaba en su nombre.

Su procedimiento era invariable. Tomaba la afirmación que se atribuía al Concilio —que la Misa había dejado de ser sacrificio, que el pecado original era un símbolo, que la Iglesia había renunciado a enseñar verdades obligatorias, que el compromiso temporal era el núcleo del Evangelio—, buscaba el pasaje conciliar correspondiente, lo citaba entero y enseñaba la distancia.

En la inmensa mayoría de los casos, la afirmación no estaba. En algunos, el texto conciliar decía lo contrario.

Lo que anunció, punto por punto

Que la crisis era doctrinal antes que pastoral. Mientras la discusión pública se entretenía con el latín, la sotana o la orientación del altar, él sostenía que lo que se estaba discutiendo eran los artículos del Credo: la divinidad de Cristo, la realidad histórica de la Resurrección, el carácter sacrificial de la Misa, la existencia del pecado y la necesidad de la gracia. El tiempo le dio la razón: los debates de los años setenta y ochenta fueron exactamente sobre eso.

Que reducir el cristianismo a compromiso temporal vaciaría las iglesias. Su razonamiento era estrictamente lógico. Si el núcleo del mensaje cristiano es la transformación social, hay instituciones que la persiguen de manera más directa y sin exigir la fe: quien busque eso irá allí. Y quien busque a Dios no lo encontrará en una parroquia que ha dejado de hablar de Él. Las dos cosas sucedieron.

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Que la catequesis decidiría la generación siguiente. Insistió mucho en los materiales de formación. Si los catecismos dejaban de enseñar contenidos precisos y pasaban a suscitar experiencias, los niños formados con ellos no tendrían nada que transmitir a sus hijos: la ruptura no se vería en su generación, sino en la siguiente. Basta preguntar hoy a un adulto de cuarenta años qué es la transustanciación para comprobar el acierto del pronóstico.

Que el silencio de los pastores se leería como asentimiento. Sostenía que muchos obispos compartían sus preocupaciones en privado y callaban en público por prudencia, y que ese silencio prolongado acabaría interpretándose como aprobación. A su juicio, así ocurrió.

El precio

Defender esto en la España de aquellos años costó caro. Guerra Campos quedó en minoría dentro de su propia conferencia episcopal, fue apartado de los centros de decisión y se convirtió en el ejemplo que se citaba para señalar lo que no había que ser.

Siguió escribiendo desde Cuenca durante más de veinte años, con el mismo método y sin bajar el tono. Nunca respondió con descalificaciones personales: respondía con citas, y esa es la razón por la que su obra ha envejecido tan bien mientras la de sus contradictores ha desaparecido.

Por qué leerlo ahora

Porque los hechos ya están sobre la mesa y se puede contrastar. Porque su método —definir, distinguir, citar la fuente entera— es exactamente lo que falta en casi todas las polémicas eclesiales de hoy. Y porque un católico que quiera entender cómo se ha llegado hasta aquí encontrará en él algo que casi no existe: un testigo de primera fila que tomó notas.

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