Quién fue Mons. José Guerra Campos, el obispo que no se calló
Por Marcos Vera PérezUn obispo tiene que enseñar, gobernar y santificar, y ninguna de las tres cosas es opcional. José Guerra Campos rigió la diócesis de Cuenca durante más de veinte años y, a la vez, dejó una obra escrita que muy pocos obispos de su tiempo dejaron: miles de páginas de análisis, conferencias, cartas pastorales y notas doctrinales, redactadas justo en los años en que la Iglesia española cambiaba de piel, y redactadas por alguien que no estaba dispuesto a callarse mientras cambiaba.
De Galicia a Roma
Nació en Ames, en la provincia de La Coruña, el 13 de septiembre de 1920. Entró en el seminario de Santiago de Compostela en 1931 y sus estudios quedaron interrumpidos por la guerra. Se ordenó sacerdote el 15 de octubre de 1944 y completó su formación en la Gregoriana de Roma y en la Pontificia de Salamanca, donde se doctoró en teología.
Quien abra cualquiera de sus textos notará enseguida un rasgo poco frecuente en la prosa eclesiástica: escribe como un lógico. Define los términos antes de usarlos, separa las cuestiones, enumera las hipótesis y las descarta una por una, y cita siempre la fuente completa. No hay retórica: hay demostración.

El libro de este artículo
Ver el libro · Libro de bolsillo · €26,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
El obispo más joven y el secretario del episcopado
En junio de 1964 fue nombrado obispo auxiliar de Madrid-Alcalá y consagrado el 26 de julio de aquel año. Tenía cuarenta y tres años. Casi al mismo tiempo asumió la secretaría general del episcopado español, cargo que ocupó hasta 1972.
Le tocó, por tanto, el puesto más expuesto en los años más revueltos: los del Concilio Vaticano II y su recepción española, los del vaciamiento de los seminarios, los de la secularización masiva del clero joven. Participó en el Concilio y defendió después, con una insistencia que le costó cara, la tesis que sería el eje de toda su obra: que hay que distinguir entre lo que el Concilio dijo y lo que se estaba diciendo en su nombre.
Su método para probarlo era siempre el mismo, y es inapelable: tomar la afirmación que se atribuía al Concilio, buscar el pasaje conciliar correspondiente, citarlo entero y enseñar la distancia entre uno y otro. En la inmensa mayoría de los casos, la afirmación discutida sencillamente no estaba en el Concilio.
Cuenca
En abril de 1973 fue nombrado obispo de Cuenca, diócesis que rigió durante más de veinte años. Allí hizo lo que hace un obispo —visita pastoral, seminario, catequesis, confirmaciones pueblo a pueblo— y siguió escribiendo.
Sus posiciones durante la transición española le dejaron en minoría dentro de su propia conferencia episcopal. No cedió. Fue de los pocos que expresaron públicamente sus reservas ante el tratamiento de la cuestión religiosa en la Constitución de 1978, y lo sostuvo por escrito y con su firma cuando lo cómodo era no dejar rastro.
Su diagnóstico
El núcleo de su análisis puede resumirse en tres puntos, y los tres se han cumplido.

El libro de este artículo
Ver el libro · Libro de bolsillo · €26,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
Primero, que existía una operación de sustitución: en nombre de la actualización conciliar se estaban introduciendo tesis que el Concilio no había enseñado y que en varios casos contradecían el magisterio anterior.
Segundo, que la raíz del problema era doctrinal y no pastoral. Mientras la discusión pública giraba sobre el latín, la sotana o la disposición del altar, él señalaba que lo que estaba en juego eran los artículos del Credo: la divinidad de Cristo, la realidad histórica de la Resurrección, el carácter sacrificial de la Misa, la existencia del pecado y la necesidad de la gracia.
Tercero, que reducir el cristianismo a compromiso temporal vaciaría las iglesias. Su argumento era estrictamente lógico: si el núcleo del mensaje cristiano es la transformación social, hay instituciones que la persiguen de manera más directa y sin exigir la fe; quien busque eso irá allí, y quien busque a Dios no lo encontrará en una parroquia que ha dejado de hablar de Él.
Lo que se le reprochó
Se le acusó de anclado y de inoportuno. El reproche se responde solo con mirar las cifras de las décadas siguientes: seminarios cerrados, parroquias sin sacerdote, catequesis sin contenido y dos generaciones que ya no saben qué se celebra en la Misa. Guerra Campos anunció por escrito, con años de antelación, exactamente eso.
Se dijo también que su tono era demasiado jurídico. Es cierto que escribía con precisión de canonista, y esa fue justamente su fuerza: no se puede discutir a un hombre que cita entero el texto que se le atribuye mal. No conocemos ninguna refutación de su obra hecha punto por punto, y buena parte de ella sigue sin leerse.
El final
Murió el 15 de julio de 1997, en Sentmenat. Dejó una obra escrita, extensa y verificable, hecha por un hombre que analizó su tiempo mientras sucedía y que aceptó quedarse solo antes que firmar lo que no creía.
De nuestro catálogo
La brújula teológica de Mons. Guerra Campos frente al naufragio modernista: sus análisis doctrinales, reunidos y ordenados.
Seguir leyendo
- Concilio Vaticano II: qué dijo, qué cambió y qué pasó después: la página que reúne el asunto entero, con las fechas, los dieciséis documentos y lo que se les atribuyó sin haberlo dicho.
- Qué es el modernismo en la Iglesia y por qué importa: su diagnóstico desarrollado con los textos delante, a partir del libro que reúne su obra.
- Liberalismo, capitalismo y modernismo: el esquema del padre Gabriel Calvo Zarraute: de dónde venía el error que él combatió, y qué condenó San Pío X en Pascendi.
- Mons. José Guerra Campos: su ficha de autor, con la bibliografía y el vídeo sobre su archivo personal.
- Manuel Acosta Elías: quien cataloga y edita el archivo del obispo.
- La Iglesia española después del Concilio: lo que Guerra Campos vio venir: lo que anunció por escrito sobre la crisis posconciliar española, punto por punto, y cómo se cumplió.
- Qué celebra la fiesta de Cristo Rey y por qué se instituyó — la tesis sobre la fe y la vida pública que Guerra Campos sostuvo, en su formulación original.