Qué celebra la fiesta de Cristo Rey y por qué se instituyó
Por Marcos Vera PérezEs una de las fiestas más recientes del calendario y una de las peor entendidas. Muchos católicos la viven como una solemnidad genérica sobre el señorío de Cristo en el corazón de cada uno. El documento que la instituyó dice algo bastante más concreto.
La fecha y el contexto
Pío XI estableció la fiesta el 11 de diciembre de 1925, al cerrar el Año Santo, mediante la encíclica Quas primas.
Conviene mirar el mundo de aquel año. Habían pasado siete años desde el final de la Gran Guerra, que había liquidado cuatro imperios y dejado a Europa llena de regímenes nuevos. En Rusia el comunismo llevaba ocho años en el poder. En Italia el fascismo había consolidado el suyo. En México, la persecución religiosa se endurecía mes a mes y desembocaría al año siguiente en la guerra cristera. Y en casi toda Europa avanzaba una legislación que expulsaba a la Iglesia de la escuela y de la vida pública.

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Pío XI llamó a ese conjunto de fenómenos laicismo, y lo describió como la peste de nuestra época: no el ateismo declarado, sino la organización de la vida común como si Cristo no existiera.
Qué afirma la fiesta
La tesis de Quas primas puede resumirse así: Cristo es rey no solo de las almas, sino también de las sociedades.
La encíclica distingue tres títulos de esa realeza. Por naturaleza, en cuanto Verbo eterno por quien todo fue hecho. Por conquista, porque nos ha redimido con su sangre. Y en cuanto hombre, porque el Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
De ahí extrae la consecuencia que constituye el núcleo del documento: los Estados, las leyes y las instituciones no están exentos de reconocerlo. Un particular puede creer en privado; una sociedad que se declara neutral respecto de la verdad acaba, en la práctica, organizándose contra ella.
Por qué una fiesta y no solo una encíclica
Pío XI da una razón muy práctica y muy pedagógica: los documentos los leen unos pocos; la liturgia la vive el pueblo entero. Una verdad que se celebra cada año, con su misa, sus lecturas y sus himnos, se transmite mejor que cien tratados.
Es la lógica del viejo principio de que la ley de la oración establece la ley de la fe: lo que la Iglesia reza es lo que la Iglesia cree, y lo que el pueblo canta es lo que el pueblo acaba sabiendo.

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El cambio de fecha
La fiesta se fijó originalmente en el último domingo de octubre, inmediatamente antes de Todos los Santos, con una intención clara: mostrar el reinado de Cristo primero y después a los santos que lo componen.
La reforma del calendario de 1969 la trasladó al último domingo del año litúrgico y le dio el título de Jesucristo Rey del Universo. El acento se desplazó hacia lo escatológico: Cristo como fin de la historia. Con ello quedó difuminado precisamente aquello que Pío XI quiso subrayar, que es el reinado de Cristo ahora y sobre las sociedades de este mundo. Quien quiera celebrar la fiesta como fue instituida hará bien en leer Quas primas el último domingo de octubre.
El grito
La expresión «¡Viva Cristo Rey!» no nació en un despacho. Se convirtió en el grito con que murieron los mártires mexicanos de aquellos años —entre ellos el padre Miguel Agustín Pro, fusilado en 1927, y el niño José Sánchez del Río—, y después el de muchos mártires españoles de 1936.
Aquella coincidencia explica por qué la fiesta tuvo desde el principio un tono muy distinto del de una devoción tranquila: se instituyó mientras había gente muriendo por lo que afirmaba.
Qué hacer con ella
Leer la encíclica, que es breve. Y advertir que su pregunta sigue siendo exactamente la misma: si la fe es un asunto estrictamente privado o si tiene algo que decir sobre cómo se organiza la vida en común. Quien crea que esa discusión se cerró en 1925 no ha mirado un periódico últimamente.
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