Cuántos muertos ha causado el comunismo, y por qué no se enseña
Por Marcos Vera PérezPregunte a un estudiante de bachillerato cuántas víctimas causó el nacionalsocialismo y le dará una cifra. Pregúntele por el comunismo y, con suerte, dirá que «también hubo excesos». La asimetría es tan constante que no puede ser casual.
La cifra
La referencia obligada sigue siendo El libro negro del comunismo, publicado en Francia en 1997 por un equipo de historiadores dirigido por Stéphane Courtois, varios de ellos antiguos militantes comunistas con acceso a los archivos abiertos tras la caída del muro. Su recuento total ronda los cien millones de muertos.
El desglose aproximado que ofrece la obra es este:
- China: unos 65 millones, la mayor parte por la hambruna provocada por el Gran Salto Adelante y por la Revolución Cultural.
- Unión Soviética: unos 20 millones, entre la colectivización forzosa, el Holodomor ucraniano, el Gulag y las purgas.
- Camboya: unos 2 millones, casi una cuarta parte de la población del país en menos de cuatro años.
- Corea del Norte: unos 2 millones.
- Vietnam: alrededor de 1 millón.
- Europa del Este: cerca de 1 millón.
- África y Afganistán: en torno a 3 millones entre ambos.
Hay quien discute el recuento, casi siempre para rebajarlo. Da igual: incluso las estimaciones más benévolas dejan el orden de magnitud en decenas de millones, muy por encima de cualquier otro sistema político de la historia.
Cómo se mata a esa escala
Conviene decir de qué murieron, porque el número solo es una abstracción.
Hambre organizada. La mayoría de las víctimas no cayó fusilada: murió de hambre. En Ucrania, en 1932 y 1933, la requisa forzosa de la cosecha y el cierre de las fronteras de las aldeas mataron a millones de campesinos. En China, entre 1958 y 1962, la colectivización y las metas ficticias de producción produjeron la mayor hambruna de la historia.
Campos de trabajo. El Gulag soviético y el laogai chino no eran prisiones: eran sistemas económicos basados en el trabajo forzado, con tasas de mortalidad previstas de antemano.
Deportaciones. Pueblos enteros trasladados en vagones de ganado a Siberia o a Asia Central, con una parte considerable muerta en el trayecto.
Ejecuciones. Purgas, procesos sumarísimos, cuotas de fusilamientos fijadas por región antes de saber a quién se iba a fusilar.
Y los católicos
Dentro de esa cifra hay un capítulo propio. En México, la persecución de los años veinte llevó al martirio a sacerdotes y seglares cuyo grito era «¡Viva Cristo Rey!». En España, en 1936, fueron asesinados casi siete mil miembros del clero. En Rusia, decenas de miles de sacerdotes ortodoxos y católicos. En China, la Iglesia fue sustituida por una asociación patriótica controlada por el Partido. En Rumania, la Iglesia greco-católica fue suprimida por decreto y todos sus obispos encarcelados.
Por qué no se enseña
Las razones que se suelen dar son varias y probablemente todas influyen.
Porque los archivos se abrieron tarde. Hasta 1991 no hubo acceso a la documentación soviética. La historiografía llegó medio siglo después de los hechos, cuando el relato ya estaba fijado.
Porque los vencedores escribieron el relato de la guerra. La URSS estuvo en el bando aliado en 1945, y eso condicionó durante décadas la manera de contar el siglo.
Porque se distingue entre la idea y su aplicación. Suele decirse que el comunismo real traicionó al comunismo ideal. Es un argumento que nunca se concede al otro totalitarismo, y que además tropieza con un hecho: la traición se produjo en todos los países, siempre, sin una sola excepción.
Porque muchos intelectuales occidentales apoyaron el sistema y reconocerlo obligaría a revisar reputaciones consolidadas.
Para qué sirve saberlo
No para ganar una discusión de sobremesa. Sirve para lo que sirve toda memoria histórica seria: para que las víctimas tengan nombre, para no repetir el error y para entender que una idea sobre el hombre —sobre si tiene alma, sobre si su vida vale por sí misma o solo por su clase— acaba teniendo consecuencias que se cuentan en millones.
Novedad editorial
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De dónde salió todo esto. Richard Wurmbrand, catorce años preso en Rumania, va al origen: los escritos del joven Marx.
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