La Iglesia frente al comunismo: de León XIII a Divini Redemptoris
Por Marcos Vera PérezSe repite a menudo que la Iglesia tardó en darse cuenta de lo que era el comunismo. La documentación dice lo contrario: lo condenó antes de que existiera un solo Estado comunista en el mundo, y volvió a hacerlo con creciente severidad cada vez que el fenómeno avanzó. Este es el recorrido.
1846: Pío IX, dos años antes del Manifiesto
La primera condena pontificia del comunismo es anterior al Manifiesto comunista. En la encíclica Qui pluribus, de noviembre de 1846, Pío IX se refiere a la doctrina llamada comunismo como algo contrario al mismo derecho natural, cuya implantación destruiría por completo los derechos, la propiedad, la sociedad y la religión.
Marx y Engels publicarían su manifiesto en febrero de 1848. La Iglesia había visto venir el problema.
1878: León XIII y la «peste mortal»
Recién elegido, León XIII dedica su primera encíclica social, Quod apostolici muneris, a los socialistas, comunistas y nihilistas. Su análisis señala ya lo esencial: la negación del origen divino de la autoridad, la destrucción de la familia y la supresión de la propiedad privada, que la Iglesia defiende como derecho natural.
1891: Rerum novarum, la alternativa
Trece años después, el mismo León XIII publica el documento que funda la doctrina social católica. Es importante entender qué hace y qué no hace.
Rerum novarum no defiende al capitalismo liberal: describe con dureza la situación del obrero, exige salario justo, descanso dominical, limitación de la jornada, protección de mujeres y niños y reconoce el derecho de asociación. Pero rechaza la solución socialista por dos razones: porque suprime la propiedad, que permite al trabajador ser dueño de algo, y porque sustituye la cooperación entre clases por la guerra entre ellas.
Esa es la posición católica: ni la explotación liberal ni la revolución. Justicia sin destrucción.
1931: Quadragesimo anno, la línea divisoria
Pío XI, en el cuadragésimo aniversario de Rerum novarum, distingue entre un socialismo moderado y el comunismo propiamente dicho, y pronuncia la frase que zanjó el debate en Europa: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista.
1937: Divini Redemptoris
El 19 de marzo de 1937, fiesta de San José, Pío XI publica la condena más solemne que la Iglesia ha dirigido a un sistema político. El comunismo, dice, es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir en ningún terreno la colaboración con él por parte de quien quiera salvar la civilización cristiana.
La encíclica describe con precisión el mecanismo: cómo el comunismo despoja al hombre de su libertad y de su dignidad, cómo destruye la familia, cómo somete la moral y el arte al Partido, y cómo la propaganda logra presentarlo como una liberación. Y añade lo que casi nunca se cita: que el comunismo se aprovecha de injusticias reales, y que la mejor barrera contra él es cumplir de una vez la justicia social que la Iglesia lleva medio siglo pidiendo.
Cinco días antes, el 14 de marzo, el mismo Papa había publicado Mit brennender Sorge contra el nacionalsocialismo, escrita en alemán, impresa clandestinamente y leída desde los púlpitos alemanes el Domingo de Ramos. Los dos totalitarismos fueron condenados en la misma semana.
1949: el decreto del Santo Oficio
Consumada la sovietización de Europa del Este, el Santo Oficio publicó en julio de 1949 un decreto que prohibía a los católicos afiliarse a partidos comunistas, difundir su propaganda o leer sus publicaciones, y declaraba excomulgados a quienes profesaran su doctrina materialista y anticristiana.
Y los que lo pagaron
Detrás de los documentos hay nombres. El cardenal Mindszenty en Hungría, torturado y condenado en un proceso farsa. El cardenal Stepinac en Yugoslavia. El cardenal Wyszyński en Polonia. El obispo Hossu y toda la jerarquía greco-católica rumana, encarcelada en bloque. Miles de sacerdotes en España en 1936 y en México en los años veinte. El cardenal Kung en Shanghái, treinta años preso.
La enseñanza de los Papas no fue una especulación de gabinete: describió por adelantado lo que después sufrieron en su carne miles de católicos en cuatro continentes.
Novedad editorial
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Por qué la Iglesia lo condenó tan pronto y con tanta dureza. Richard Wurmbrand busca la respuesta en los primeros escritos del propio Marx.
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