El joven Marx que quiso vengarse de Dios

El joven Marx que quiso vengarse de Dios

A los diecisiete años, Karl Marx escribió un trabajo escolar titulado La unión de los fieles con Cristo. Dice así:

«A través del amor a Cristo, volvemos nuestros corazones al mismo tiempo hacia nuestros hermanos que están íntimamente unidos a nosotros y por quienes Él se entregó a sí mismo en sacrificio.»

No era una frase de compromiso. En su certificado de graduación, bajo el epígrafe «Conocimiento religioso», sus profesores anotaron que «su conocimiento de la fe cristiana y la moral son bastante claros y bien fundamentados». Por las mismas fechas, en su tesis Reflexiones de un joven en la elección de una profesión, escribía que «la misma religión nos enseña que el Ideal hacia el cual todos nos esforzamos se sacrificó por la humanidad».

Dos años después, ese mismo joven escribía versos sobre construirse un trono desde el que reinaría el terror.

El 10 de noviembre de 1837

Entre una cosa y la otra hay una carta. Marx escribe a su padre una frase que ningún biógrafo ha conseguido explicar del todo:

«Cayó la cortina. Mi santo de santos se hizo pedazos y nuevos dioses tuvieron que ser instalados.»

¿Qué cortina? ¿Qué dioses nuevos, y en el lugar de quién? El padre contestó con una prudencia que dice mucho: se abstuvo de insistir «sobre un asunto muy misterioso, aunque parecía sumamente sospechoso».

Unos meses antes le había escrito otra carta. La elección de las palabras es difícil de pasar por alto:

«Solo si tu corazón permanece puro y late humanamente, y si ningún demonio es capaz de alejar tu corazón de los mejores sentimientos, solo entonces seré feliz.»

Un padre no escribe eso a un hijo por casualidad. ¿Qué había visto?

Los poemas

Probablemente, los poemas que su hijo le regaló por su cumpleaños. En uno de ellos, titulado Invocación de un desesperado, Marx escribe:

«Un dios me ha arrebatado todo, en el transcurso y estancia del destino. Todos sus mundos se han ido detrás del recuerdo. No me queda nada más que la venganza. Edificaré mi trono en lo alto, ¡frío!, ¡tremendo!, en la cumbre estará. Para protegerlo de la fea superstición. Para guardarlo de la negra agonía.»

Y en otro:

«Entonces podré caminar triunfalmente, como un dios, a través de las ruinas de su reino. Cada palabra mía es fuego y acción. Mi pecho es igual al del Creador.»

Quien conozca la Escritura reconocerá el eco. «Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono» (Isaías 14, 13). No es el lenguaje del ateo, que niega la existencia de Dios y se desentiende. Es el lenguaje de quien lo reconoce y le declara la guerra. En otro poema, El violinista, que él mismo y sus seguidores minimizarían después, aparece una espada: «Me la vendió el príncipe de las tinieblas».

Oulanem

En aquellos mismos años de estudiante, Marx compuso una obra dramática poco conocida: Oulanem. El título es un anagrama de Emmanuel, el nombre bíblico de Jesús que significa «Dios con nosotros». La inversión de los nombres santos no es un capricho literario: es un procedimiento característico de la magia negra.

El drama termina con el protagonista arrastrando consigo a la humanidad entera:

«Si hay Algo que devora, saltaré dentro de él, aunque traiga el mundo a ruinas. Al mundo que se interpone entre mí y el abismo lo romperé en pedazos con mis constantes maldiciones.»

Como observa Wurmbrand, en Oulanem no hay blanco y negro, no hay un Yago frente a una Desdémona: todos los personajes son conscientes de su propia corrupción, hacen alarde de ella y la celebran. Es, probablemente, la única obra dramática del mundo construida así.

El juicio de quienes lo trataron

Mijaíl Bakunin, durante un tiempo uno de sus amigos más cercanos, lo resumió sin rodeos: «Uno tiene que adorar a Marx para ser amado por él. Uno tiene al menos que temerle para ser tolerado por él. Marx es extremadamente orgulloso, hasta llegar a lo obsceno».

Y el propio Marx, que en su tesis de estudiante había repetido seis veces la palabra «destruir» —ninguno de sus compañeros la usó ni una sola vez—, se describía a sí mismo como «el más destacado detractor de lo llamado positivo».

Quién reunió estas pruebas

No un académico de despacho. Richard Wurmbrand (1909-2001) fue un pastor rumano que pasó catorce años en las cárceles comunistas de su país por confesar su fe: tres de ellos en aislamiento absoluto, sin ver a nadie más que a sus torturadores. Su mujer fue condenada a trabajos forzados en el Canal del Danubio. A su familia le dijeron que había muerto.

Cuando en 1966 unos cristianos noruegos negociaron su salida de Rumanía, el precio corriente de un preso político era de mil novecientos dólares; por él se pagaron diez mil. Aquel mismo año testificó ante el Senado de los Estados Unidos y se descubrió el torso para mostrar las cicatrices de dieciocho heridas de tortura. Fundó después la misión La Voz de los Mártires.

El libro que reúne esta investigación fue traducido a numerosos idiomas e introducido de contrabando tras el Telón de Acero. La prensa oficial de Berlín Oriental lo denunció bajo el título «El asesino de Marx», llamándolo «la obra más amplia, provocativa y atroz escrita contra Marx». No es mal aval.

Una precisión que debemos hacer

Wurmbrand era pastor luterano, no católico. Lo decimos sin rodeos, porque no acostumbramos a esconder lo que el lector tiene derecho a saber. Publicamos esta obra por el valor de su documentación y por el peso de un testimonio pagado con catorce años de cárcel. El lector encontrará aquí un aliado en la denuncia del error, no un maestro en materia doctrinal.

Por qué importa hoy

Es cómodo pensar que todo esto pertenece al pasado. No lo pertenece. A finales del siglo pasado se estimaba en cerca de cien millones el número de muertos atribuibles al comunismo en todo el mundo, y la ideología sigue gobernando o inspirando a naciones enteras. La pregunta que plantea este libro no es histórica, sino actual: si el sistema que ha perseguido a la Iglesia allí donde ha gobernado lo hace por accidente, o si lo lleva escrito en su origen.

Wurmbrand ofrece las pruebas y pide al lector que las examine él mismo. Cada afirmación remite a textos del propio Marx y de su círculo, con un aparato de notas que permite comprobarlo todo.

Novedad en Páginas Contrarrevolucionarias

Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo

Richard Wurmbrand. Primera edición española, traducida del original inglés y publicada con licencia de The Voice of the Martyrs. 181 páginas, rústica, 17 €.

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