Por qué el comunismo persigue siempre a la Iglesia
Por Marcos Vera PérezHay una regularidad histórica que debería inquietar a cualquiera que estudie el siglo XX: no existe un solo caso de régimen comunista que no haya perseguido a la Iglesia. Ni uno. Cambian los países, las culturas, las religiones mayoritarias y los siglos de historia previa; no cambia el resultado.
Rusia en 1917. México en los años veinte, con un anticlericalismo revolucionario que fusiló sacerdotes en la calle. España en 1936. Los países del Este a partir de 1945. China desde 1949. Corea del Norte. Cuba. Albania, que llegó a declararse constitucionalmente el primer Estado ateo del mundo. Camboya. Etiopía. Vietnam.
Cuando un fenómeno se repite sin excepciones en cuatro continentes y en cien años, deja de ser un accidente y pasa a ser una propiedad del sistema. La pregunta es por qué.
Primera respuesta: porque la doctrina lo exige
El materialismo dialéctico no es una opinión sobre la economía: es una explicación total de la realidad. Afirma que solo existe la materia, que la historia se mueve por el conflicto de clases y que todo lo demás —el derecho, la moral, el arte, la religión— es superestructura, es decir, reflejo de intereses materiales.
En ese esquema no hay sitio para un alma inmortal, para una ley natural anterior al Estado ni para un juicio después de la muerte. La religión no es un error tolerable: es el obstáculo. De ahí la frase célebre sobre el opio del pueblo, que suele citarse a medias. Marx quería decir que la religión anestesia al oprimido y le impide rebelarse. Suprimir el analgésico es, en esa lógica, condición de la revolución.
Segunda respuesta: porque hay una competencia de lealtades
Todo régimen totalitario aspira a ser la instancia última de la vida del ciudadano. Y la Iglesia le disputa exactamente eso.
Un católico tiene un superior que no está en el Comité Central. Tiene una moral que no vota el Partido. Tiene un fuero interno —la conciencia, el confesonario— al que la policía política no llega. Y tiene una organización mundial que no depende del Estado. Para un poder total, cada uno de esos rasgos es intolerable por separado; juntos, son una declaración de guerra.
Por eso las persecuciones siguen siempre el mismo guión: primero se nacionalizan los bienes y las escuelas, después se prohibe la catequesis, luego se exige a los sacerdotes un juramento de fidelidad al régimen, se crea una iglesia «patriótica» paralela con clero adicto, y por último se encarcela o se elimina a los que no ceden.
Tercera respuesta: porque la Iglesia dice que el hombre es más que su clase
El comunismo divide a la humanidad en dos bandos y hace del conflicto entre ellos el motor de la historia. La Iglesia enseña que todo hombre está hecho a imagen de Dios, que el rico y el pobre tienen la misma alma y que el pecado atraviesa el corazón de cada persona y no la frontera entre las clases.
Esa antropología desarma la revolución. Si el enemigo también es hijo de Dios y hay que perdonarle, la lógica de la liquidación se rompe. La doctrina social católica, además, defiende a la vez la justicia para el obrero y el derecho a la propiedad y a la familia, es decir, ofrece una alternativa: se puede corregir la injusticia sin destruir el orden. Para un movimiento que necesita la desesperación, una alternativa creible es lo más peligroso que existe.
Lo que dijo la Iglesia, y cuándo lo dijo
No se puede decir que faltaran advertencias. León XIII condenó el socialismo en Quod apostolici muneris en 1878, casi cuarenta años antes de la revolución rusa. Y Pío XI, en Divini Redemptoris (1937), escribió la condena más dura que la Iglesia ha pronunciado contra un sistema político: el comunismo es intrínsecamente perverso, y no se admite colaboración con él en ningún terreno.
Aquella encíclica se publicó en marzo de 1937, cinco días después de Mit brennender Sorge contra el nacionalsocialismo. Es un dato que conviene recordar cuando se acusa a la Iglesia de haber mirado solo hacia un lado.
El testimonio de los que lo vivieron
Las cifras son discutidas y las discusiones académicas seguirán. Los testimonios personales son más difíciles de relativizar. Richard Wurmbrand pasó catorce años en las prisiones de la Rumania comunista, tres de ellos en aislamiento bajo tierra. Salió, escribió y dedicó el resto de su vida a explicar una cosa: que aquello no fue un exceso de unos cuantos, sino la consecuencia de una idea.
Novedad editorial
Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo
Por qué la persecución religiosa no fue un accidente del comunismo sino su programa. Escrito por quien la sufrió catorce años en la cárcel.
Seguir leyendo
- La Iglesia frente al comunismo: todo lo que hemos publicado: la página que reúne el asunto entero, con los documentos pontificios y los libros que lo tratan.
- La Iglesia frente al comunismo: de León XIII a Divini Redemptoris: el recorrido documental: 1846, 1878, 1891, 1931, 1937 y 1949.
- Oulanem: la obra de teatro que Marx escribió a los diecinueve años: la raíz que explica la persecución: lo que Marx escribió antes de tener una sola idea económica.
- Richard Wurmbrand: catorce años en las cárceles comunistas: lo que contó al salir sobre la Iglesia del silencio.
