Viva Cristo Rey: la historia del grito de los mártires mexicanos
Por Marcos Vera PérezEl 23 de noviembre de 1927, en el patio de la Inspección General de Policía de la ciudad de México, un jesuita de treinta y seis años fue colocado ante un pelotón de fusilamiento. El gobierno había convocado a la prensa para fotografiar la ejecución y escarmentar al pueblo católico.
El padre Miguel Agustín Pro pidió un momento para rezar, perdonó a los que iban a dispararle, extendió los brazos en cruz y gritó «¡Viva Cristo Rey!». Las fotografías, que debían servir de advertencia, recorrieron el mundo y produjeron el efecto contrario.
Qué pasó exactamente el 23 de noviembre de 1927
Los detalles importan, porque la escena se cuenta muchas veces de oído. La ficha que la Compañía de Jesús dedica a su mártir fija la secuencia: el domingo 13 de noviembre alguien intentó matar con una bomba al general Álvaro Obregón. Ni el padre Pro ni sus hermanos participaron, pero uno de ellos había sido dueño del coche empleado. Antes de poder salir del país, la policía rodeó la casa y detuvo a los tres hermanos.

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El verdadero responsable, Luis Segura, se entregó al saber que se culpaba al sacerdote. No sirvió de nada: el presidente Calles quiso hacer un escarmiento con el jesuita aunque el culpable estuviese ya preso, y el 22 de noviembre invitó a conocidos a la ejecución del día siguiente.
La mañana del 23 los soldados lo condujeron al patio. Al ver a los espectadores y al pelotón pidió unos momentos para rezar; rechazó la venda; con el rosario en la mano se puso ante el muro picado de balazos y extendió los brazos en cruz. Al darse la orden de fuego gritó «¡Viva Cristo Rey!». Su hermano Humberto fue ejecutado aquella misma mañana; Roberto se salvó en el último momento. Su padre reclamó el cuerpo: pasaron a velarlo miles de obreros, y también soldados.
De dónde venía el grito
La expresión no era nueva, pero se convirtió en consigna a partir de 1925, cuando Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey con la encíclica Quas primas. En México, donde la persecución religiosa se endurecía año tras año, aquellas tres palabras dejaron de ser una aclamación litúrgica para convertirse en una respuesta política y en una declaración de identidad.
Esa relación no es una lectura nuestra: la hizo la propia Santa Sede. En la homilía de la beatificación de trece mártires mexicanos, en Guadalajara, el 20 de noviembre de 2005, el cardenal Saraiva Martins lo dijo así: «Pío XI, al finalizar el Año santo de 1925, proclamó esta fiesta para la Iglesia Universal. Pocos meses después, iniciaría en estas tierras la persecución contra la fe católica, y bajo el grito de ¡Viva Cristo Rey! morirían muchos hijos de la Iglesia». Aquel documento está explicado en Quas primas: la encíclica del Reinado Social de Jesucristo.
El contexto: la persecución mexicana
La Constitución mexicana de 1917 contenía un articulado fuertemente restrictivo en materia religiosa: negaba personalidad jurídica a las iglesias, prohibía la enseñanza religiosa, impedía el culto público fuera de los templos y despojaba al clero de derechos políticos.
Durante años esos artículos se aplicaron con laxitud. En 1926, el presidente Plutarco Elías Calles decidió aplicarlos al pie de la letra mediante una ley que fijaba penas concretas: multas por vestir hábito en la calle, cárcel por criticar las leyes, expulsión de sacerdotes extranjeros y registro obligatorio de los nacionales.

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El episcopado respondió con una medida sin precedentes: suspendió el culto público en todo el país. Iniquis afflictisque fija el día exacto: los obispos decretaron que el culto divino «debiese suspenderse por completo en todas las iglesias de su diócesis, empezando por el último día de julio, día en el que entraría en vigor aquella ley».
Qué decía exactamente la ley Calles
Pío XI la describió con detalle en Iniquis afflictisque, del 18 de noviembre de 1926, que la Santa Sede no publica en español: lo que sigue es nuestra traducción del italiano. Del articulado de 1917 enumera que los sacerdotes han de ser mexicanos de nacimiento, no exceder del número fijado por cada Estado y quedar «privados de los derechos políticos y civiles, igualados en esto a los malhechores y a los delincuentes»; que votos, órdenes y congregaciones quedan prohibidos; que las iglesias se declaran propiedad del Estado; y que hay «prohibición absoluta de la religión en la enseñanza, incluso privada, que se da a los niños».
Sobre la ley de 1926 el Papa escribe que, «en virtud de la ley promulgada por el presidente de la república el 2 de julio de este año, casi ninguna libertad le ha quedado a la Iglesia en aquellas regiones», y que el ejercicio del ministerio «viene castigado, como si fuera un delito capital, con penas severísimas». Detalla que los sacerdotes y religiosos extranjeros son expulsados, que se cierran colegios, seminarios y conventos, y que ninguno puede ejercer si no está inscrito ante el magistrado. Y recoge condiciones que, dice, «si no se tratase de cosa tan lamentable, moverían a risa»: una edad fija, estar unidos en el llamado matrimonio civil y no bautizar sino con agua corriente.
La guerra cristera
Lo que siguió fue un alzamiento popular, en su mayor parte campesino y espontáneo, que duró hasta 1929. Los sublevados se llamaban a sí mismos cristeros y llevaban ese grito en los estandartes.
Cómo acabó lo contó el mismo Papa en Acerba animi, del 29 de septiembre de 1932, también sin versión española. Allí recuerda que los obispos, por su firmeza, «fueron casi todos expulsados de la República» y tuvieron que asistir «desde la tierra del exilio a las luchas y al martirio de sus sacerdotes y de su rebaño». En 1929 la Santa Sede autorizó reanudar el culto, y precisa que con ello «no se pretendía ciertamente aceptar las leyes mexicanas sobre el culto, ni retirar las protestas hechas contra esas mismas leyes». Aquella encíclica se escribió para constatar que la paz prometida no llegó.
Conviene precisar quiénes fueron los mártires que la Iglesia ha elevado a los altares. No cayeron combatiendo: fueron sacerdotes y seglares asesinados desarmados, en su casa, en el camino o en la sacristía, por negarse a dejar de ejercer el ministerio o a renegar de la fe. Ese detalle basta para saber qué clase de persecución fue aquélla: no un choque entre dos ejércitos, sino un Estado que se propuso arrancar la religión de un pueblo y un pueblo que se negó a entregarla.
Los mártires
El caso que más ha impresionado es el de José Sánchez del Río. Su biografía oficial da los datos: nació en Sahuayo, Michoacán, el 28 de marzo de 1913, y tenía «13 años y 5 meses» cuando se decretó la suspensión del culto. Cayó prisionero en combate cerca de Cotija el 5 de febrero de 1928. El general le ofreció pasarse: «Vente con nosotros y te irá mejor que con esos cristeros». Respondió: «¡Jamás, jamás! ¡Primero muerto! ¡Yo no quiero unirme con los enemigos de Cristo Rey!».
El 10 de febrero de 1928, con catorce años, le desollaron los pies con un cuchillo y lo hicieron caminar a golpes hasta el cementerio: «los soldados querían hacerlo apostatar a fuerza de crueldad, pero no lo lograron». Antes de que el capitán le disparase en la cabeza, repitió a cada puñalada: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Fue canonizado el 16 de octubre de 2016.
Anacleto González Flores, nacido en Tepatitlán el 13 de julio de 1888, abogado y defensor de la resistencia cívica, fue detenido en la madrugada del 1 de abril de 1927 y llevado al cuartel Colorado. Le exigían decir dónde se escondía el arzobispo de Guadalajara, y respondió: «No lo sé, y si lo supiera, no se lo diría». Le descoyuntaron las extremidades antes de fusilarlo.
No fue el único de aquellos días. Salvador Huerta Gutiérrez, fusilado el 3 de abril de 1927 en el panteón de Mezquitán, pidió una vela encendida y, alumbrándose el pecho descubierto, dijo: «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!; disparen; muero por Dios, que lo amo mucho». Luis Magaña Servín se ofreció al general en lugar de su hermano detenido y, el 9 de febrero de 1928, perdonó al pelotón en voz alta antes de morir.
El reconocimiento oficial llegó en dos tandas. El 21 de mayo de 2000, Juan Pablo II canonizó a «Cristóbal Magallanes y 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos»; su homilía precisa que «la mayoría pertenecía al clero secular y tres de ellos eran laicos», y que todos «aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores». El 20 de noviembre de 2005 fueron beatificados otros trece, muertos «entre los años de 1927 y 1928», diez de ellos laicos.
El mismo grito en España
Nueve años después la expresión volvió a oírse al otro lado del Atlántico, y consta en la documentación de las causas. La biografía publicada al beatificar a José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires en España, el 11 de marzo de 2001, lo afirma de todo el grupo: «Todos ellos fueron martirizados única y exclusivamente por motivos religiosos, murieron amando y perdonando a sus verdugos y diciendo "¡Viva Cristo Rey!", porque tuvieron un sentido teológico muy profundo de la realeza de Cristo y porque éste fue el grito con el que los cristianos hicieron frente a los totalitarismos del siglo XX».
No fue un grupo aislado. El 28 de octubre de 2007 Benedicto XVI daba cuenta en el Ángelus de que «han sido proclamados beatos 498 mártires asesinados en España en la década de 1930 del siglo pasado»: «hombres y mujeres diversos por edad, vocación y condición social». Qué ocurrió en un solo lugar está contado en cuántos sacerdotes y religiosos murieron en Paracuellos.
Qué significa exactamente
No es un lema partidista, aunque se haya usado como tal. Es la afirmación de que existe una autoridad por encima de la del Estado y de que hay cosas que ningún poder humano puede exigir.
Lo que afirma está en la encíclica de 1925: que la realeza de Cristo comprende «una triple potestad» —legislativa, judicial y ejecutiva— y que «el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes». No es una preferencia política: es sostener que la autoridad del Estado no es la última.
Por eso resultaba intolerable a quienes lo perseguían: no atacaba a un gobierno concreto, sino que negaba la pretensión de un poder de ser la instancia última. Un hombre que puede decir esas tres palabras ante un pelotón es, en el sentido más exacto, un hombre libre.
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Preguntas frecuentes
¿Quién gritó «Viva Cristo Rey» antes de morir?
Muchos. El más conocido es el jesuita Miguel Agustín Pro, fusilado en la ciudad de México el 23 de noviembre de 1927 y beatificado el 25 de septiembre de 1988. También lo gritaron José Sánchez del Río, Salvador Huerta Gutiérrez y Luis Magaña Servín.
¿De dónde viene la expresión?
De la fiesta de Cristo Rey, instituida por Pío XI en Quas primas, del 11 de diciembre de 1925. La homilía oficial de la beatificación de 2005 lo dice así: «bajo el grito de ¡Viva Cristo Rey! morirían muchos hijos de la Iglesia».
¿Qué era la ley Calles de 1926?
La ley penal promulgada por el presidente mexicano el 2 de julio de 1926, que aplicaba al pie de la letra los artículos religiosos de la Constitución de 1917. Pío XI escribió que el ejercicio del ministerio quedaba castigado con ella «como si fuera un delito capital, con penas severísimas».
¿Por qué se suspendió el culto público en México?
Porque los obispos entendieron que aceptar aquella ley equivaldría a entregar la Iglesia al Estado. Decretaron suspenderlo «empezando por el último día de julio, día en el que entraría en vigor aquella ley». Se reanudó en 1929, sin retirar las protestas.
¿Cuántos mártires mexicanos han sido canonizados?
El 21 de mayo de 2000, Juan Pablo II canonizó a Cristóbal Magallanes y veinticuatro compañeros. José Sánchez del Río lo fue aparte, el 16 de octubre de 2016. Otros trece se beatificaron el 20 de noviembre de 2005, diez de ellos laicos.
¿Se usó el mismo grito en la persecución religiosa española?
Sí, y consta en la documentación de las causas. La biografía publicada por la Santa Sede al beatificar a José Aparicio Sanz y 232 compañeros, el 11 de marzo de 2001, afirma que todos ellos «murieron amando y perdonando a sus verdugos y diciendo "¡Viva Cristo Rey!"».
Fuentes
- Pío XI, encíclica Iniquis afflictisque (1926) y encíclica Acerba animi (1932), sobre la persecución en México; publicadas en italiano y latín, y las citas son nuestra traducción.
- Biografías oficiales de José Anacleto González Flores y ocho compañeros (beatificación del 20 de noviembre de 2005).
- Cardenal Saraiva Martins, homilía de aquella beatificación (Guadalajara, 2005).
- Juan Pablo II, homilía de la canonización de Cristóbal Magallanes y 24 compañeros (2000).
- Biografía oficial de José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires en España (11 de marzo de 2001) y Ángelus del 28 de octubre de 2007.
- Ficha del beato Miguel Agustín Pro en el sitio oficial de la Compañía de Jesús.
- Pío XI, encíclica Quas primas (11 de diciembre de 1925), números 13 y 33.
Seguir leyendo
- Quas primas: la encíclica del Reinado Social de Jesucristo — el documento de 1925 que convirtió esas tres palabras en consigna.
- Qué celebra la fiesta de Cristo Rey y por qué se instituyó — qué afirma la fiesta y en qué circunstancias se estableció.
- Por qué el comunismo persigue siempre a la Iglesia — la raíz del conflicto que en México tomó forma de ley.
- Richard Wurmbrand: catorce años en las cárceles comunistas — la misma persecución, en otro continente y otra década.
- Las persecuciones romanas: qué pasó de verdad en las catacumbas — el precedente con el que Pío XI la compara.
- Viva Cristo Rey: origen y significado del grito — la doctrina, por Mons. González Chaves.
- Historia de la Iglesia — la página que recorre el tema en orden.