Cuántos sacerdotes y religiosos murieron en Paracuellos

Cuántos sacerdotes y religiosos murieron en Paracuellos

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De los miles de hombres fusilados en las zanjas de Paracuellos del Jarama en noviembre de 1936, una parte iba con sotana o con hábito. No es un detalle accesorio: es la clave para entender qué clase de operación fue aquella.

¿Cuántos religiosos murieron en Paracuellos?

Casi todos los institutos religiosos con casa estable en Madrid pusieron muertos en aquellas fosas. El recuento, establecido por Antonio Montero Moreno sobre los informes de cada congregación, es este:

  • Agustinos: 69 solo en el mes de noviembre.
  • Hermanos de San Juan de Dios: 23.
  • Oblatos de María Inmaculada: 14.
  • Hermanos de las Escuelas Cristianas: 12.
  • Dominicos: 8.
  • Escolapios: 6.

Y aparte, disperso, el clero secular: los curas de parroquia detenidos de uno en uno, en la calle, en casa de un pariente o a la puerta de una embajada.

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¿Por qué había tantos agustinos en Madrid?

Por una casualidad que la revolución convirtió en redada perfecta. En julio de 1936 la Orden celebraba en Madrid su capítulo provincial, en el colegio-residencia de la calle Valverde, 25. Estaban allí las primeras figuras: el asistente general, el padre Mariano Revilla; el recién elegido superior provincial por unanimidad, el padre Avelino Rodríguez; el padre Esteban García.

De los dieciséis superiores y jerarquías que asistieron a aquel capítulo, diez murieron en Paracuellos, tres en otros puntos y solo tres se salvaron. El gobierno entero de una orden religiosa, liquidado en una temporada.

El grueso restante vino de la comunidad de El Escorial. Los religiosos habían logrado mantenerse entre sus muros hasta bien entrado agosto, con la vida conventual todavía en pie, aunque desde el día de Santiago una orden del alcalde obligó a cerrar la iglesia y suprimir el culto público. Confiaban en el respeto de los vecinos y en que hasta los cabecillas locales veían en ellos hombres de estudio. Se equivocaron: por encima de la vecindad estaba Madrid, y Madrid ya no admitía componendas.

¿Cómo se sacaba a un religioso para fusilarlo?

Con un papel. Las órdenes de salida llevaban la firma de Manuel Muñoz como director general de Seguridad, la de Vicente Girauta Linares como subdirector o la de Segundo Serrano Poncela como delegado de Orden Público de la Junta de Defensa.

Se conserva un documento firmado por Serrano Poncela que ordena la libertad de 46 presos citados por su nombre. Dieciséis eran religiosos, y los dieciséis fueron fusilados en la saca del 28 de noviembre.

En otras ocasiones ni eso: al director de la cárcel se le presentaba un volante ya firmado por la autoridad superior, y los propios milicianos escribían delante de la firma, allí mismo y por su cuenta, los nombres de los que iban a morir esa noche.

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El 28 de noviembre de 1936: lo que vio el enterrador

Los cuerpos los enterraban vecinos obligados a ello. Uno de ellos, Gregorio Muñoz Juan, dejó declaración de lo que presenció aquel día.

Un sacerdote pidió a los milicianos que le dejaran despedirse de sus compañeros y darles la absolución. Se lo concedieron. Fue abrazando a cada uno y, arrodillados en tierra, los fue absolviendo. Cuando terminó, dijo en voz alta que sabían que los mataban por católicos y religiosos, que lo eran, y que los perdonaban a todos de corazón. Y remató:

«¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!»

Los agustinos sostienen que fue el padre Avelino Rodríguez, el superior provincial elegido cuatro meses antes. Un oblato de María Inmaculada, el padre Álvaro Vega, propone al padre Francisco Esteban. La discusión sobre el nombre demuestra lo único que aquí importa: que la escena está documentada por quien la vio y no tenía ningún motivo para inventarla.

Otro detalle del mismo día: al mismo grupo se le había hecho dentro de la cárcel un cacheo minucioso y se le habían atado las manos a la espalda con crueldad. Uno de ellos hizo notar a los demás que en aquel momento daban el primer paso camino del Calvario, igual que hicieron con Jesucristo.

¿Y los que se negaron a morir de espaldas?

En Griñón, a las afueras de Madrid, diez Hermanos de las Escuelas Cristianas fueron descubiertos cuando los niños los presentaban como simples maestros suyos. Los milicianos volvieron armados al jardín, les arrancaron escapularios, crucifijos y medallas y los llevaron con los brazos en alto hasta la fachada de la capilla.

Cuando les indicaron que se volviesen de espaldas para recibir el disparo, contestaron que no querían recibir la muerte por la espalda, sino de frente. Y gritaron lo mismo. Un hermano que llegaba en ese momento con otro grupo de asaltantes vio la escena, corrió hacia los suyos y dijo: «¿Qué vais a hacer? Yo también soy de ellos. ¡Viva Cristo Rey!» Cayeron ocho. Los dos que faltaban, escondidos en las calderas y en las duchas, fueron encontrados y fusilados cada uno en su escondite.

¿Por qué gritaban precisamente eso?

Porque era la confesión exacta que se les exigía negar. Mons. Alberto José González Chaves lo resume en «¡Viva Cristo Rey!»: aquellos hombres y mujeres «no entregaron a Cristo a Pilato por corrección política o por un puñado de monedas», y su vida entera «estuvo envuelta en el perfume de un grito».

El grito venía de México. La persecución de Calles en los años veinte lo puso en boca del beato Miguel Agustín Pro, de san Cristóbal Magallanes y del niño san José Sánchez del Río, al que hicieron caminar hacia su propia tumba con las plantas de los pies cortadas y no lograron doblegar. «Los mexicanos dieron la consigna a España», escribe González Chaves. Diez años después se volvió a oír en una zanja del Jarama.

En la obra de Montero Moreno, levantada sobre los informes de todas las diócesis y congregaciones de España, «¡Viva Cristo Rey!» aparece treinta y cuatro veces como última palabra documentada de los mártires. Eso no es retórica: es un recuento.

Lo que esto demuestra

Un régimen que mata por razones políticas mata políticos. Aquí se mataba a un hombre por ser sacerdote, y se le mataba después de intentar que blasfemara. Esa insistencia —que negara, que renegara, que callara el grito— delata el móvil. No se pedía una rectificación política: se pedía una apostasía.

Y González Chaves anota el dato que cierra el asunto: de los millares que murieron así, ni una sola apostasía.

Dónde están enterrados y qué hay hoy en el lugar

Los cuerpos quedaron en fosas abiertas en el término de Paracuellos de Jarama y en el vecino de Torrejón de Ardoz. En los años cuarenta se levantó allí el cementerio de los Mártires, con el osario donde se reunieron los restos exhumados y una cruz sobre el conjunto.

Es un lugar que se puede visitar. No es un monumento retórico: es un camposanto con una lista de nombres, y esa lista es la que conviene leer despacio, porque en ella los muertos dejan de ser una cifra.

Por qué los expedientes se conservan y qué contienen

La documentación no se perdió, y conviene saber de dónde sale todo lo que aquí se ha contado.

Las órdenes de excarcelación, las listas de saca y los testimonios de los supervivientes se recogieron en la Causa General, la investigación abierta por decreto de 26 de abril de 1940, cuyos fondos están hoy en el Archivo Histórico Nacional. Junto a ella están los procesos diocesanos instruidos para las causas de beatificación, que recogieron declaraciones de testigos presenciales, muchas de ellas tomadas cuando los hechos estaban recientes.

Esa doble procedencia es lo que da solidez al recuento: una fuente judicial del Estado y una fuente eclesiástica independiente, levantadas con criterios distintos y por instituciones distintas, que coinciden en lo sustancial.

El cotejo definitivo lo hizo Antonio Montero Moreno, después arzobispo de Mérida-Badajoz, en 1961: depuró las listas diocesanas una por una, descontó duplicidades y casos no acreditados, y rebajó la cifra siempre que la documentación no era concluyente. Por eso su recuento sigue siendo el de referencia sesenta años después, y por eso conviene citarlo a él y no a las estimaciones redondas que circulan.

Preguntas frecuentes

¿Cuántos religiosos murieron en Paracuellos?

Entre las órdenes con más bajas: 69 agustinos solo en noviembre de 1936, 23 hermanos de San Juan de Dios, 14 oblatos de María Inmaculada, 12 hermanos de La Salle, 8 dominicos y 6 escolapios, además del clero secular.

¿Quién fue el padre Avelino Rodríguez?

Superior provincial de los agustinos, elegido por unanimidad en el capítulo celebrado en Madrid en julio de 1936. Los suyos lo identifican con el sacerdote que absolvió a sus compañeros antes del fusilamiento del 28 de noviembre en Paracuellos.

¿Cuántos sacerdotes y religiosos murieron en toda España?

6.832 personas consagradas: 4.184 sacerdotes seculares y seminaristas, 2.365 religiosos y 283 religiosas, más trece obispos.

¿Se ha beatificado a los mártires de Paracuellos?

La Iglesia ha beatificado a más de dos mil mártires de la persecución española, entre ellos numerosos religiosos muertos en las sacas de Madrid. El Estado no los ha contado nunca.

¿Dónde están enterrados los mártires de Paracuellos?

En el cementerio de los Mártires, levantado en los años cuarenta en el término de Paracuellos de Jarama, con el osario donde se reunieron los restos exhumados y una cruz sobre el conjunto. Se puede visitar, y lo que conviene leer despacio es la lista de nombres.

¿De dónde sale la documentación sobre estos asesinatos?

De dos fuentes independientes que coinciden: la Causa General, abierta por decreto de 26 de abril de 1940 y hoy en el Archivo Histórico Nacional, y los procesos diocesanos de beatificación, que recogieron declaraciones de testigos presenciales. El cotejo definitivo lo hizo Antonio Montero Moreno en 1961.

Fuentes

Para seguir leyendo

«¡Viva Cristo Rey!», de Mons. Alberto José González Chaves (15,60 €) no es una crónica de la persecución: es la doctrina que hay detrás del grito, con la encíclica Quas primas de Pío XI íntegra como apéndice. Quien quiera saber qué confesaban exactamente los que morían en aquellas zanjas, ahí lo tiene.

Marcos Vera Pérez

Datos: Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, BAC, cap. XIV.

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