Sótano de una checa de Madrid durante la guerra civil española, con un banco y una puerta cerrada

Las checas de Madrid: qué eran, cuántas hubo y cómo funcionaban

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La palabra viene de Rusia: Cheká, la policía política de Lenin. En el Madrid de 1936 se aplicó a unos locales que no eran comisarías, ni juzgados, ni cárceles, y que eran las tres cosas a la vez. Hubo 226 de carácter inequívoco y permanente solo en la capital.

¿Qué era exactamente una checa?

Montero Moreno la define sin rodeos: en ella confluían, en medidas siempre irregulares, las atribuciones de un puesto de policía, un tribunal popular, un piquete de ejecución y una banda autónoma de asesinos. La tortura estaba a la orden del día.

Se amparaban casi siempre tras nombres de apariencia oficial: Comité de Investigación Pública, Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra, Servicio de Investigación Militar, Puestos especiales de vigilancia. Funcionaban como organismos semioficiosos, bien vistos o directamente patrocinados desde el poder. Su función era, a la vez y sin demasiados pruritos legales, policíaca, judicial y ejecutora de la pena máxima.

¿Quién tenía checa propia?

Prácticamente todo el que tenía algo de poder. Desde los centros políticos de escalafón más bajo hasta los propios ministerios, todos solían tener la suya, con poderes ilimitados o con la vista gorda de las autoridades para depurar, según su propio criterio, a cualquier sospechoso de antipatía hacia el régimen.

Entre las más destacadas de Madrid:

  • La checa oficial del Comité Provincial de Investigación Pública, en Alcalá, 40, en el edificio del Círculo de Bellas Artes, trasladada después a la calle Fomento.
  • La de la Secretaría Técnica de la Dirección de Seguridad y Escuadrilla del Amanecer, en Alcalá, 82, que disponía de los archivos y ficheros de la propia Dirección General.
  • La de Marqués de Cubas, 19, dependiente del subdirector de Seguridad.
  • La de Martínez de la Rosa, 1, checa socialista de las Milicias Populares de Investigación, regida por García Atadell.
  • La de la escuadrilla Los linces de la República, controlada por la secretaría particular del director general de Seguridad, Manuel Muñoz.
  • La de Marqués del Riscal, 1, de las milicias socialistas, bajo la dependencia inmediata del ministro de la Gobernación, Galarza.

Algunas eran tan importantes que tenían sucursales propias: la del palacio de Oquendo era filial de la del Marqués del Riscal; la de Imagen, 1, satélite del Ateneo Libertario. Y una de ellas se instaló en la iglesia de las Angustias. Tenían checa las milicias vascas en San Jerónimo, 32; el Sindicato de Actores de la CNT, en Miguel Ángel, 29; la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza, en el paseo de Recoletos, 23.

¿El Gobierno sabía lo que ocurría en ellas?

Lo sabía, y hay declaración firmada. El 16 de enero de 1937, García Atadell —jefe de la célebre Brigada del Amanecer— redactó de su puño y letra una declaración en la que habla de los poderes omnímodos del Comité de Investigación Pública y de los numerosísimos fusilamientos que había llevado a cabo sin que el Gobierno lo ignorase. Su conclusión, en sus propias palabras: el Gobierno de Madrid era el responsable de todo ello.

Tampoco se ocultaba en la prensa. El diario Claridad, el 3 de septiembre de 1936, justificaba su existencia en un artículo titulado «El abecé de la guerra civil»: vivimos en guerra civil, venía a decir, y por eso hacen falta las checas espontáneas y las brigadas especiales de investigación.

¿Qué le pasaba a un sacerdote que entraba en una checa?

El recorrido está documentado caso por caso. Uno sirve por todos.

Don Emilio Franco Prieto, párroco de San Ramón, en el Puente de Vallecas, fue detenido por la brigada de García Atadell el 9 de agosto de 1936 y conducido a la checa de la calle Martínez de la Rosa. Horas más tarde pasó a la cárcel de San Antón, donde permaneció tres meses. El 24 o 25 de noviembre lo juzgó uno de los tribunales improvisados que actuaban en aquella prisión.

El interrogatorio se dio por terminado en cuanto confesó su condición de sacerdote y el lugar donde ejercía su ministerio. No hizo falta preguntar nada más. Días después moría en Paracuellos.

Ahí está, en una sola línea de expediente, toda la naturaleza de aquello. No se investigaba un delito: se comprobaba una condición.

¿Por qué se llamaban así, y qué dice ese nombre?

Porque el modelo era soviético y nadie tenía interés en disimularlo. La Cheká de Lenin había inaugurado en 1917 el procedimiento: un organismo con facultades de policía, juez y verdugo, encargado de depurar a los enemigos de clase. Veinte años después, en Madrid, Barcelona y Valencia, se repitió el esquema con el mismo nombre, y se instaló incluso en iglesias tomadas.

Eso no se importa por casualidad. Se importa porque se comparte la doctrina, y la doctrina tenía —y tiene— una raíz que no es económica. Karl Marx, antes de escribir una sola línea de economía, escribió que no le quedaba nada más que la venganza y que edificaría su trono en lo alto: palabra por palabra, la jactancia de Lucifer en Isaías 14,13. Quien documentó ese rastro fue Richard Wurmbrand, pastor encarcelado catorce años por los comunistas rumanos, en «Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo».

Una checa instalada en una iglesia no es una anécdota logística. Es una declaración de intenciones.

El procedimiento: cómo se entraba y cómo se salía

La mecánica era casi siempre la misma, y está descrita miles de veces en los expedientes.

La detención se hacía de noche, en el domicilio, por un grupo de milicianos con un coche requisado. No hacía falta orden judicial: bastaba una denuncia, un nombre en un fichero o el testimonio de un portero. Se registraba la casa y se incautaba lo que hubiera: dinero, joyas, objetos de culto, libros.

En el local, el interrogatorio. Las preguntas no buscaban esclarecer un delito, porque no había delito que esclarecer: buscaban confirmar una condición. Ser sacerdote, religioso, militar, propietario, afiliado a un partido de derechas o, simplemente, practicante conocido en el barrio.

La salida tenía tres formas. La libertad, que existía y se daba. El traslado a una cárcel —San Antón, Porlier, Ventas, la Modelo—, que en muchos casos solo aplazaba el desenlace. Y el paseo: la saca nocturna hasta una tapia, una cuneta o un descampado. Los cuerpos aparecían por la mañana en el Retiro, en la Casa de Campo, en las carreteras de salida o en el depósito judicial.

La palabra «paseo» es del propio vocabulario de la época. Nadie la inventó después.

De la checa a Paracuellos

Las checas no fueron un fenómeno aislado: fueron el primer escalón de una cadena. El eslabón siguiente, en noviembre y diciembre de 1936, fueron las sacas de las cárceles madrileñas y los fusilamientos masivos de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz.

El circuito está documentado caso por caso: detención por una checa, ingreso en San Antón o en Porlier, comparecencia ante un tribunal improvisado dentro de la propia prisión y, semanas después, expedición nocturna en autobús hacia el nordeste de Madrid. Lo hemos contado en las matanzas de Paracuellos, en los religiosos asesinados en Paracuellos y en la responsabilidad de Santiago Carrillo.

Quien quiera entender Paracuellos tiene que empezar por las checas, porque son ellas las que llenaron las cárceles de las que después se sacó a la gente.

Cuándo dejaron de existir

No de golpe, y nunca del todo.

Ya en agosto de 1936 el Gobierno creó los Tribunales Populares, con la intención declarada de encauzar por vía judicial lo que se estaba haciendo por vía expedita. En 1937, con el Estado republicano algo más reconstruido, se organizaron cuerpos de vigilancia de retaguardia y, en agosto de ese año, el Servicio de Investigación Militar (SIM), que centralizó buena parte de la represión.

El resultado no fue el fin de la violencia, sino su cambio de forma: de la improvisación de los comités a un aparato con organigrama. Las checas de partido y de sindicato fueron perdiendo protagonismo, absorbidas por estructuras que hacían lo mismo con mejor papeleo.

El grueso de los asesinatos, en cualquier caso, se concentra en los primeros meses: de julio a diciembre de 1936, cuando no había Estado que mandara en Madrid y cada local con una bandera podía detener, juzgar y matar.

Cómo sabemos todo esto

La objeción es previsible: se trata de documentación producida por el bando vencedor. Conviene responderla con datos, no con indignación.

La fuente principal es la Causa General, la investigación oficial abierta por decreto del 26 de abril de 1940 para instruir los hechos delictivos cometidos durante la guerra en la zona republicana. Es un fondo enorme, hoy en el Archivo Histórico Nacional, con declaraciones, atestados, fotografías y fichas local por local. Es material de parte, sí, y como tal hay que leerlo: cotejando.

Y ese cotejo existe. El trabajo de referencia sobre la persecución religiosa lo hizo Antonio Montero Moreno —después arzobispo de Mérida-Badajoz— en su Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939, publicada en 1961 y nunca desmentida en lo sustancial. Montero depuró las listas diocesanas una por una, descontó duplicidades y casos no acreditados, y fijó una cifra que la historiografía posterior, de cualquier signo, ha venido confirmando: 6.832 eclesiásticos asesinados, entre ellos trece obispos.

No es un cálculo de propaganda. Es un recuento hecho con nombre, apellidos, diócesis y fecha, y rebajado a la baja por su propio autor siempre que la documentación no era concluyente.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas checas hubo en Madrid?

226 de carácter inequívoco y permanente, además de las brigadas especiales y los locales ocasionales.

¿Qué era la Brigada del Amanecer?

La brigada de las Milicias Populares de Investigación dirigida por García Atadell, con checa en Martínez de la Rosa, 1. Su propio jefe declaró por escrito que el Gobierno de Madrid conocía sus fusilamientos.

¿Había checas fuera de Madrid?

Sí. En Barcelona se llegó a un refinamiento insospechado en las torturas; en Valencia, el Departamento Especial de Información del Estado tenía la suya. Incluso villas muy pequeñas llegaron a tener checa propia.

¿Qué relación tienen las checas con Paracuellos?

Las checas detenían, clasificaban y entregaban; las cárceles custodiaban; las sacas de noviembre de 1936 ejecutaban. Era una cadena, no una sucesión de excesos aislados.

¿Cómo era una detención por una checa?

De noche, en el domicilio, por un grupo de milicianos con un coche requisado y sin orden judicial: bastaba una denuncia, un nombre en un fichero o el testimonio de un portero. Se registraba la casa y se incautaba dinero, joyas, objetos de culto y libros.

¿Qué era un paseo?

La saca nocturna del detenido hasta una tapia, una cuneta o un descampado, donde se le fusilaba sin sentencia. Los cuerpos aparecían por la mañana en el Retiro, en la Casa de Campo, en las carreteras de salida o en el depósito judicial. La palabra es del vocabulario de la propia época.

¿Qué relación tienen las checas con Paracuellos?

Las checas fueron el primer escalón de la cadena: detención, ingreso en San Antón o Porlier, comparecencia ante un tribunal improvisado dentro de la prisión y, en noviembre y diciembre de 1936, expedición nocturna hacia Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. Fueron las checas las que llenaron las cárceles de las que después se sacó a la gente.

¿Cómo sabemos lo que ocurrió en las checas?

La fuente principal es la Causa General, investigación oficial abierta por decreto del 26 de abril de 1940, hoy en el Archivo Histórico Nacional, con declaraciones, atestados y fichas local por local. Es material de parte y hay que leerlo cotejando. El cotejo sobre la persecución religiosa lo hizo Antonio Montero Moreno en su Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, de 1961, que fijó en 6.832 los eclesiásticos asesinados, entre ellos trece obispos.

Fuentes

  • Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939, BAC, 1961 (ejemplar en Internet Archive).
  • Causa General, instruida por decreto de 26 de abril de 1940; fondos en el Archivo Histórico Nacional. Avance impreso: La dominación roja en España. Causa General, Ministerio de Justicia (Internet Archive).
  • Richard Wurmbrand, Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo (nuestra edición).

Para seguir leyendo

«Karl Marx y las raíces satánicas del comunismo», de Richard Wurmbrand (17 €), para entender de dónde viene el procedimiento. Y «¡Viva Cristo Rey!», de Mons. Alberto José González Chaves (15,60 €), para entender qué respondían los que salían de aquellas checas camino del paredón.

Marcos Vera Pérez

Datos: Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, BAC; La dominación roja en España. Causa general.

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