Biblia antigua abierta junto a una vela encendida en una biblioteca

Los protestantes guardan el domingo por una tradición católica, y se lo demostramos con la Biblia

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Hay una pregunta que los adventistas llevan siglo y medio haciendo y que deja mudos a la mayoría de los cristianos: si el mandamiento dice «acuérdate del día del sábado para santificarlo», ¿por qué usted va a misa el domingo?

La respuesta católica es incómoda para todos menos para nosotros. El día se cambió, lo cambiaron los Apóstoles, y no hay en toda la Escritura un precepto que lo ordene. Se sostiene únicamente sobre la Tradición de la Iglesia. Quien guarda el domingo y niega la Tradición está viviendo de un crédito que no reconoce.

El argumento no es nuestro: lo construyó John Milner en The End of Religious Controversy, y lo repite Faà di Bruno en Catholic Belief. Vamos por partes, con los textos delante.

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El primer precepto de la Biblia es el sábado

No es una manera de hablar. Milner lo señala así: el primer precepto que aparece en la Escritura es el de santificar el día séptimo. «Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó» (Gn 2,3).

Ese precepto se confirma después en los Diez Mandamientos, con toda solemnidad: «Acuérdate del día del sábado para santificarlo... el día séptimo es el sábado del Señor tu Dios» (Ex 20,8-10).

Séptimo día. No el primero. El texto no deja margen.

Cristo no vino a abolir la ley, y guardó el sábado

Aquí el argumento aprieta. Cristo declara: «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles cumplimiento» (Mt 5,17).

Y Él mismo observó el sábado. San Lucas lo dice con una fórmula que subraya la costumbre: «entró, según su costumbre, en la sinagoga el día del sábado» (Lc 4,16).

Más aún: sus discípulos siguieron guardándolo después de su muerte. «Y descansaron el sábado, conforme al mandamiento» (Lc 23,56). Ese versículo está situado entre la sepultura y la resurrección: es decir, después de consumada la redención.

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Entonces, ¿quién cambió el día?

Milner formula la pregunta sin adornos. Con todo ese peso de autoridad escriturística a favor de santificar el sábado, los protestantes de todas las denominaciones tienen ese día por profano y trasladan la obligación al primer día de la semana, el domingo.

Y entonces escribe la frase que conviene aprenderse:

«¿Qué autoridad tienen para hacer esto? Ninguna en absoluto, salvo la Palabra no escrita, o Tradición de la Iglesia católica, la cual declara que los Apóstoles hicieron el cambio en honor de la Resurrección de Cristo y del descenso del Espíritu Santo en ese día de la semana.»

Léalo despacio, porque encierra dos afirmaciones. La primera: no existe precepto escriturístico que mande el cambio. La segunda: el cambio es legítimo, y lo es porque lo hicieron los Apóstoles y la Iglesia lo ha transmitido sin interrupción.

El Nuevo Testamento deja huellas de la práctica —los discípulos reunidos para partir el pan el primer día de la semana, la colecta que San Pablo manda hacer ese mismo día, el «día del Señor» del Apocalipsis—, pero huellas de una práctica no son un precepto. Y es un precepto lo que haría falta para derogar el tercer mandamiento tal como está escrito.

También se cambió el modo de guardarlo

Milner no se detiene ahí, y esta es la parte que nadie espera. No solo se cambió el día: se cambió la manera de observarlo, y también sin apoyo en la letra del texto.

La Escritura manda: «De tarde a tarde celebraréis vuestro sábado» (Lv 23,32). Así lo hacen los judíos hasta hoy. Ningún protestante, observa Milner con sequedad, lo hace así.

La Escritura declara ilícito guisar alimentos ese día (Ex 16,23) y hasta encender fuego (Ex 35,3). Nadie cumple eso tampoco.

De modo que quien exige el sábado apelando a la letra tendría que exigirlo entero: de tarde a tarde, sin cocinar y sin encender fuego. Si admite que esas prescripciones cesaron, ya está admitiendo que hubo una autoridad capaz de determinar qué cesa y qué permanece. Y esa autoridad es precisamente la que se niega a reconocer.

No es el único caso: la sangre

Milner añade un segundo ejemplo que remata la demostración. ¿Hay en toda la Escritura un precepto más expreso que el de no comer sangre? Dios dice a Noé: «Todo lo que se mueve y vive os servirá de alimento; pero la carne con su vida, que es su sangre, no la comeréis» (Gn 9,4). La prohibición se confirma por Moisés (Lv 17,11) y se renueva en el concilio de Jerusalén (Hch 15,29).

Sin embargo, ningún cristiano occidental, católico o protestante, se abstiene hoy de la morcilla. ¿Por qué? Porque la Iglesia entendió que aquella prescripción era disciplinar y temporal. Otra vez la misma autoridad, ejercida sobre el texto sagrado, y aceptada de hecho por quienes la niegan de palabra.

Lo que Faà di Bruno pone en la misma lista

La profesión de fe católica que recoge Faà di Bruno en Catholic Belief pone dos ejemplos, y solo dos, de lo que significa admitir las tradiciones apostólicas como verdad revelada: que el bautismo se confiera a los niños y que se santifique el domingo en lugar del sábado.

Son los dos casos en que la práctica universal de la cristiandad no está claramente expresada —ni, en rigor, mencionada— en la Palabra escrita. Los dos son aceptados por la inmensa mayoría de los protestantes. Y los dos descansan sobre lo mismo: la enseñanza de los Apóstoles transmitida por la Iglesia.

El problema de fondo: sin Tradición no queda nada en pie

Bégin lo plantea en la tercera parte de su tratado con una tesis que conviene tener presente: los protestantes están obligados a admitir la Tradición, so pena de perder todo fundamento para su propia regla de fe y para varios de sus artículos de creencia.

El razonamiento es sencillo de seguir. Sin Tradición no hay modo de saber que existen unos escritos dictados por inspiración divina; no hay modo de saber cuáles son en particular esos escritos; y no hay modo de saber qué versiones o publicaciones de ellos son genuinas. Milner lo dice con estas mismas tres negaciones.

Es decir: el propio principio de que solo vale la Biblia necesita, para funcionar, que alguien haya dicho antes qué es la Biblia. Y quien lo dijo fue la Iglesia. El domingo no es más que el caso más visible y cotidiano de esa dependencia; hay una lista larga detrás.

Por eso esta discusión no es una curiosidad de calendario. Es la misma cuestión de siempre, planteada sobre un asunto que el interlocutor practica todas las semanas sin haberse preguntado nunca por qué.

Qué se sigue de todo esto

No se sigue que el domingo sea un invento ni que haya que volver al sábado. Se sigue exactamente lo contrario: que la Iglesia tiene autoridad recibida de Cristo para determinar estas cosas, y que quien guarda el domingo está reconociendo esa autoridad aunque no quiera.

El adventista, al menos, es coherente: exige el sábado porque está escrito. El resto de las confesiones que proclaman sola Scriptura se encuentran en la posición incómoda de guardar un día que la Escritura no manda guardar, del modo que la Escritura no manda guardarlo, por una autoridad que dicen no reconocer.

Este es el mismo callejón que se ve desde otro ángulo en cómo desmontar la sola Scriptura con la Biblia en la mano.

Cómo plantearlo en una conversación

  1. El mandamiento dice «el día séptimo». Cristo lo guardó y dijo que no venía a abolir la ley. Los discípulos lo guardaron después de su muerte. ¿En qué versículo se manda cambiarlo al domingo?
  2. Si me responde que la práctica de los Apóstoles basta, ya está admitiendo la Tradición como regla.
  3. Y si exige la letra del sábado, ¿celebra usted de tarde a tarde, sin cocinar y sin encender fuego, como manda Levítico y Éxodo?

Es una conversación que se gana sin levantar la voz, porque todo está escrito.

Preguntas frecuentes

¿Por qué los cristianos guardan el domingo y no el sábado?

Porque los Apóstoles trasladaron la observancia al primer día de la semana en honor de la Resurrección de Cristo y del descenso del Espíritu Santo, que ocurrieron en domingo. El cambio no figura como precepto en la Escritura: se conoce por la Tradición de la Iglesia.

¿Dice la Biblia que hay que santificar el domingo?

No hay ningún precepto escriturístico que lo mande. El Nuevo Testamento deja constancia de que los cristianos se reunían el primer día de la semana, pero una práctica registrada no es lo mismo que un mandato. Por eso John Milner concluye que la única autoridad del cambio es la Palabra no escrita.

¿No abolió Cristo el sábado?

Cristo declaró que no venía a abolir la ley sino a darle cumplimiento (Mt 5,17), guardó Él mismo el sábado según su costumbre (Lc 4,16) y sus discípulos lo observaron incluso después de su muerte (Lc 23,56). El cambio es posterior y es obra apostólica.

¿Tienen razón entonces los adventistas?

Tienen razón en que la letra del mandamiento dice «día séptimo», y en eso son más coherentes que quienes proclaman la sola Escritura y guardan el domingo. Se equivocan al negar la autoridad que la Iglesia recibió de Cristo, que es lo único que legitima el cambio.

¿Qué más se cambió además del día?

El modo de guardarlo. La Escritura manda celebrarlo «de tarde a tarde» (Lv 23,32), prohíbe guisar en él (Ex 16,23) y hasta encender fuego (Ex 35,3). Nadie observa hoy esas prescripciones, lo cual supone una autoridad capaz de distinguir lo permanente de lo disciplinar.

¿Qué otro ejemplo hay de precepto bíblico que ya no obliga?

La prohibición de comer sangre, dada a Noé (Gn 9,4), confirmada por Moisés (Lv 17,11) y renovada en el concilio de Jerusalén (Hch 15,29). Ningún cristiano occidental la observa, porque la Iglesia la entendió disciplinar y temporal.

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El libro

La relación entre Escritura y Tradición, que es la raíz de toda esta discusión, está expuesta con orden en Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

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